El privilegio CAPÍTULO 93.
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CAPÍTULO 93.

La venta en la lonja de Olite había ido muy bien aquella mañana.

Sancho estaba a punto de recoger el puesto y acercarse hasta la taberna cercana, cuando vio a una mujer correr hacia él.

Colocó una mano en la frente para protegerse del sol de mediodía y afinó la vista.

Era su esposa la que se acercaba sin tocado alguno, con el cabello enmarañado y sus ropas totalmente desarregladas.

―¿Que te ocurre, Aldonza? Pareces haber visto el alma de algún muerto que regresa del purgatorio.

La doncella de palacio no celebró la ocurrencia de su esposo como solía hacer.

―¡Ha llegado un emisario desde Zaragoza! ―consiguió pronunciar entre jadeos―. ¡Anuncia al rey la llegada de una caravana de animales exóticos!

Sancho se quedó paralizado.

―¡Dios santo! Eso sí que sería un milagro.

Aldonza, todavía sofocada, se agachó y apoyó las manos en sus rodillas.

―¿Sabéis algo más? ¿Son ellos? ¡Tienen que serlo! ―dijo él.

―El mensajero no dio más detalles. Lo enviaba Juan, el hermano del rey Alfonso V de Aragón.

―¿La expedición se encontraba en Zaragoza?

―Al parecer, en la corte de Aragón les proporcionaron sustento y agua para las criaturas que transportan. En cuanto se recuperen hombres y animales emprenderán el viaje hacia Olite.

Sancho se llevó la mano a la frente, como si de esa forma pudiera razonar más rápido.

―Debo avisar al señor Miguel. El muchacho Fernando recogerá el puesto. Llegaré a Pamplona antes de que anochezca.

Tomó a su esposa de la nuca, la atrajo hacia sí, la besó y echó a correr dejando el puesto vacío.

Miguel y María habían vivido aquellos años tras su llegada en la casa del Burgo, junto a su hijo, Blanca y el pequeño Martín. Vendieron algunos de los rebaños para devolver a sus amigos el dinero que prestaron a Rodrigo y, pese a que ellos al principio se negaron, terminaron por aceptarlo.

Miguel había vuelto a tomar con fuerzas renovadas las riendas del negocio y, de esa forma, Felipe pudo dedicarse por completo al diseño del mausoleo de Carlos y Leonor bajo la dirección de Johan Lome.

Cuando concluía los trazos de alguna sección viajaba a Olite, donde permanecía repasando los dibujos con el maestro escultor: la postura de cada plorante, sus ropas y sus gestos.

Cerrado el diseño, volvía a Pamplona y era Jesús quien le tomaba el relevo.

Elegía la piedra adecuada para cada pieza y comenzaba a esculpirlas por separado.

Ahora lo ayudaba el propio Felipe en aquella tarea.

El escultor había ilustrado a su amigo sobre el noble oficio de tallar la piedra y en muy poco tiempo, logró hacerlo con cierta habilidad.

Pese al calor de aquella hora de la tarde, Sancho cabalgó el trayecto que le separaba de la capital del reino sin hacer una sola parada.

Cuando sobrepasó el castillo de Tiebas, con la última luz de la tarde, divisó Pamplona.

Los muros de la obra de la catedral se advertían ya más altos que torres y fortalezas.

Muy pronto las superarían de forma aún más evidente y constituirían sin duda la referencia de la ciudad en la distancia.

El caballo del carnicero relinchó sofocado y, sin tiempo para ningún descanso, Sancho palmeó su lomo y volvió a espolearlo.

Tras una de aquellas revueltas divisó con nitidez las murallas y comprobó que las puertas de la ciudad se encontraban todavía abiertas.

Eligió el acceso a través de la puerta de San Lorenzo para entrar directamente en el burgo de San Cernin.

Descabalgó antes de superar la muralla y se encaminó por la desierta rúa de Correyería, haciendo resonar los cascos de su caballo en el terreno empedrado.

Avanzó en la penumbra. Tan solo un par de tramos de la calle se hallaban iluminados por antorchas.

Varios vecinos se asomaron a la ventana para comprobar quién era el osado que paseaba por delante de sus casas tras el toque de queda.

Y tras un recorrido corto, sin incidentes, Sancho llegó a su destino.

En la casa del Burgo solo se encontraban Miguel, María y su hijo mayor.

Blanca se había trasladado a la Población con el pequeño Martín.

La herida de Adrián tras el encontronazo con los jurados del Burgo se había infectado y Blanca decidió estar cerca de su padre.

Se abrió la puerta y Felipe, sin aviso previo, colocó la mano en el pecho del recién llegado impidiéndole el acceso.

―Sancho, ¿qué es lo que ocurre? ¡Esperad! ¿Sabéis algo de Rodrigo? ―preguntó inquieto.

El de Olite trató de tranquilizarlo.

―No es una mala noticia. ¡Una expedición con animales exóticos está camino del Palacio de Olite!

El tracista se quedó mirando a Sancho de hito en hito.

―¿Qué más sabéis? ―preguntó impaciente.

―Solo eso. No hay noticias de Rodrigo.

―¡Dios santo, debe de ser él!

Entraron en la casa y antes de llegar a la estancia en la que se reunían junto al fuego, María había salido al zaguán para saber quién los visitaba.

―¡Sancho! ¿Qué es lo que ocurre? ―preguntó sin atreverse siquiera a citar el nombre de su hijo.

―Señora María, son buenas noticias. En unos días llegará a Olite una caravana con animales. ¡Estoy seguro de que se trata de Rodrigo!

El rostro de la mujer se iluminó. Miguel entraba en aquel momento en la casa desde el patio y pudo escuchar también la última frase.

―¡Es él!

Llegó hasta el umbral y abrazó a Sancho.

―¡Muchacho, es la mejor noticia que nos podías dar!

―Padre, no sabemos si Rodrigo se encuentra en esa expedición ―advirtió el mayor de los hermanos con prudencia.

―Nadie, de no ser él, estaría llevando esos animales a Olite.

―Podría tratarse de Martín de Viana o del propio Fortún ―insistió Felipe.

Con la mirada perdida Miguel expresó lo que estaba pensando.

―Únicamente quien lo hubiera deseado con fuerza infinita podría hacerlo, y ese apetito solo lo poseía nuestro hijo.

Nadie quiso llevarle la contraria y fue María quien se dirigió a Sancho.

―Dormirás aquí esta noche. Estábamos a punto de comer algo. Y tomarás también una jarra de vino.

Pasaron a la cocina y, mientras Felipe recogía las ropas de abrigo y las armas del de Olite, Miguel llevó su caballo al patio trasero.

María sirvió a Sancho una jarra repleta y se colocó junto al fuego para preparar varias truchas que su marido había pescado en el Runa.

El joven de Olite no pudo advertir el gesto de la mujer de su señor, pero sus palabras denotaban preocupación.

―¿Cuál puede ser la razón por la que no haya sido el mismo Rodrigo quien informe de su llegada?

―Lo desconozco, señora. Aldonza me dijo que el emisario no citó nombre alguno de los integrantes de la expedición. Pero en la corte todos han deducido que se trataba de vuestro hijo.

―¿Saben de su empeño?

―Hace tiempo que el rey conoce su empresa. Si el soberano entiende que no puede tratarse de otro, quiere decir que no ha encargado semejante encomienda a nadie más.

Miguel y Felipe entraron casi a la vez en la cocina y se sirvieron también una jarra. El patriarca tomó del hombro al de Olite con una mano y con la otra golpeó su pecho.

―Gracias, Sancho. Esperábamos una noticia así hace mucho tiempo. Mañana te acompañaré a Olite y esperaré allí a Rodrigo.

―¿Sabes cuándo llegarán los viajeros? ―preguntó María.

―Solo sabemos que están en Zaragoza. Fue el que dicen futuro esposo de la heredera Blanca quien envió el mensaje.

―Padre, iré con vosotros ―intervino Felipe decidido.

Miguel dibujó un gesto de desaprobación.

―Tú guardarás la casa y protegerás a tu madre y a tu familia. Una vez la expedición llegue a Olite podremos estar aquí en una sola jornada.

Felipe asintió conforme. María pensó en Ane. La había tenido muy presente desde el momento en que Sancho les dio la noticia.

―Mañana se lo contaré a Ane. Lleva tanto tiempo esperando que quizá no lo crea. Quizás quiera ir a recibirlo a su llegada ―intuyó.

Fue la propia María, la que, al día siguiente, antes de que Sancho y Miguel partieran hacia Olite, le contó la noticia. La joven pelirroja tuvo que sentarse en uno de los bancos del taller de la zapatería.

―Lo he creído muerto tantas veces. Pero siempre ocurría algo después que me hacía suponer que estaba equivocada ―fue su reacción―. Cada visita a la iglesia de San Cernin he salido convencida de que vivía.

―Partirán esta misma mañana hacia Olite. Podéis acompañarlos ―insistió María.

Ane guardó silencio, agachó la cabeza y al fin se sinceró.

―Ha pasado tanto tiempo. Quizás Rodrigo malinterprete lo que ocurrió aquel día.

―Una mujer sabe si un hombre la ama. Eso fue lo que entonces me contaste. Estoy segura de que así es.

Ane continuó cavilando.

―No conozco ninguna muchacha que llamara la atención de Rodrigo ―siguió contando María―. Todos intuíamos que era a ti a quien amaba. Solo el respeto que profesaba a su hermano le impidió tener iniciativa. Él pensaba que Felipe te pretendía.

La joven pelirroja sonrió con resignación.

―Rodrigo ni siquiera se despidió de mí. En todo caso, se marchaba sin hacerlo. Fui yo la que lo siguió. A veces pienso que no me besó, que lo soñé.

―Solo se trataba del dolor que sabía que iba a sentir al despedirse de ti. No quería verte. Quizá dudaba de si hacerlo lo desviaría de su propósito. Tú eras la tentación.

Ane sostenía una pluma de ave entre los dedos y continuó escribiendo en uno de sus pergaminos.

―Lo esperaré en Pamplona. Si es verdad lo que decís, él me buscará.