CAPÍTULO 92.
La oscuridad era total cuando Adrián y Ane enfilaron la rúa de las Zapaterías. El consejero del rey no había sentido dolor hasta ese momento, pero antes de llegar a su casa, una punzada en el costado le hizo ponerse en cuclillas.
―No debías haber salido de casa. Ya te lo dijo Blanca ―lo regañó Ane.
El hombre sintió cómo la sangre empapaba las vendas y el sayo.
―¿Blanca se encuentra en casa esta noche? ―preguntó a su hija.
―¿Sigues sangrando?
― Bai. Así es ―respondió con un gesto de dolor.
Lorea estaba esperándolos. Oyó sus voces y apareció en el umbral.
―¿Qué es lo que ocurre? ¿Os han atacado? ―indagó preocupada.
―No. Solamente se ha vuelto a abrir la herida ―respondió mostrándole el sayo empapado.
Ella se tapó la boca con las manos y acto seguido lo ayudó a entrar.
―Buscaré a Blanca. Quizá Jerónima se encuentre también en el Burgo. Estos días atiende al alcalde ―decidió la abogada.
No esperó réplica de su madre. Salió de la casa y en un instante la noche se la había tragado.
Ane regresó acompañada de Jerónima y Blanca.
Para entonces, Lorea había hecho que Adrián se acostara.
Le había quitado las vendas y lavado la herida con agua y alcohol, como había visto hacer en otras ocasiones a las herbolarias.
Blanca besó a su madre adoptiva y luego tomó la mano de su padre mientras Jerónima abría la bolsa que llevaba consigo.
Sacó los instrumentos necesarios y los colocó ordenados en una tabla a su lado.
Era ya una anciana, pero sus gestos y su apariencia no lo reflejaban.
―No perdamos tiempo. Ha sangrado mucho esta vez ―pidió a Blanca tras observar las ropas y paños teñidos de rojo.
Volvieron a lavar la herida y cuando retiraron los puntos que habían cedido, la cicatriz se volvió a abrir por completo. Pero no sangraba. El tapón que había colocado Lorea había surtido efecto.
―No te preocupes. La herida no se ha infectado. Volverás a encontrarte bien ―le dijo Jerónima―. Ahora voy a dormirte ―añadió a la vez que cogía los bebedizos.
Adrián asintió mientras apretaba los dientes de dolor. Tomó de la vasija la pócima somnífera y respiró profundamente. Pronto sintió que los párpados le pesaban.
Ane acercó varias velas a la cama y se retiró para dejar trabajar a las herbolarias. El tiempo pasó muy rápido. Antes de que Lorea hubiera preparado un caldo de ave y algo de pan, ellas habían concluido. El herido estaba empapado de sudor y su esposa le secó el torso con suavidad.
―No lo dejéis levantarse ni aunque lo reclame el rey ―pidió Blanca.
―Tú misma se lo advertiste ―se defendió Lorea.
Jerónima sonrió y tomó un sorbo del caldo caliente.
De pronto un resplandor iluminó el otro lado de la única ventana de la habitación.
―¿Qué demonios…? ―exclamó Ane.
―¿Es un rayo? La tormenta parecía haber cesado ―aseguró Lorea.
Salieron de la casa y, en torno a las edificaciones más cercanas al foso entre el Burgo y la Población, se oyeron gritos y carreras. Entonces, en lo alto de aquel cielo impenetrable, vieron con nitidez una estela de fuego y a continuación otras dos seguidas.
―¡Bastardos! Están atacando las casas más cercanas a la muralla ―maldijo Ane.
Una nueva flecha sorteó la oscuridad iluminando los tejados. Esta vez había caído más cerca, pero, por fortuna, el foso se la había tragado.
―Ama , comprobaré qué ocurre ―anunció la joven a su madre.
―Yo te acompañaré. He vivido esta escena otras veces y ya no me puede resultar indiferente.
A Blanca no le pareció mal que fueran juntas.
―Nos quedaremos aquí esta noche por si surge cualquier problema ―les dijo.
Las dos pelirrojas volvieron a entrar en la vivienda, tomaron mantos y pellizas y salieron decididas hacia las edificaciones donde había caído el fuego.
―Id con cuidado. Kontuz ibili! Y si veis cualquier amago de violencia, volved ―pidió la joven herbolaria.
El viento arrastraba las hojas de algunos árboles cercanos mientras las dos mujeres avanzaban a oscuras sobre el talud del foso.
En invierno y también en otoño, el hedor procedente del vertedero entre los dos burgos no era tan desagradable.
No observaron resplandor que advirtiera fuego.
Al parecer las flechas no habían alcanzado su objetivo.
Algunos vecinos se encontraban allí con cubos de agua, pero no había sido necesario utilizarlos.
No obstante, seguían esperando en tensión fuera de sus casas.
Buscaban en la oscura bóveda celeste nuevas luces, pero hacía un buen rato que no se habían repetido.
―Ha sido un aviso. No nos han alcanzado ―les informó el más joven de los vecinos cuando las vio acercarse.
―Pero podían haberlo hecho ―contestó Ane mostrando su enfado.
―¡Haremos turnos esta noche! ¡Quizá lo vuelvan a intentar! ―propuso el muchacho a sus vecinos.
―De acuerdo. Yo me quedaré ahora y en un par de horas os avisaré ―le contestó el dueño de otra de las casas.
Lorea abrazó a su hija.
―Malditos sean ―murmuró.
Ane la miró leyendo en su gesto aquello que no decía con palabras: otras noches oscuras, los gritos, los fuegos…
―¿Todavía lo recuerdas?
―Solo cuando ocurren cosas como esta ―respondió en un suspiro―. No creí que volvería a tener otra vez este miedo ―añadió.
―¿Qué miedo? ―preguntó ingenua su hija.
―Los burgos tratando de hacerse daño unos a otros ―contestó mirando al cielo de San Cernin.
Seguían abrazadas. Ane se separó para mirar a su madre directamente a los ojos.
― Ama, un día verás cómo caen esas murallas. Te lo aseguro.
―Al menos tú sí lo verás.
El día amaneció impoluto y las casas de la Población junto a la muralla parecían intactas. Blanca y Jerónima habían pasado allí la noche junto a Adrián y se presentaron sonrientes en la cocina.
―Es un buen síntoma que siga dormido ―fue el saludo de Jerónima.
Ane y Lorea recibieron la noticia con alegría y esperaron a que Adrián despertase. No se demoró demasiado. Llamó a su esposa desde la habitación con voz firme.
El consejero real se enfadó cuando le contaron lo sucedido mientras él se encontraba inconsciente. Quiso levantarse, pero la mirada de Jerónima bastó para impedírselo.
―Avisaré al rey. Quiero que sepa lo ocurrido. Esto no puede quedar impune ―exclamó con una fuerza impropia de un hombre herido.
Ane escribió cuatro líneas en un pergamino y se lo entregó a su padre para que lo firmara. Llamó a un muchacho al que encargaba algunos recados y le pidió que llevara el mensaje al Palacio Real. No sabían si el monarca habría partido hacia Olite, pero era muy temprano y quizá llegaran a tiempo.
Adrián se encontraba bien, no obstante, hizo caso a sus mujeres y se quedó postrado en la cama en compañía de Blanca y Ane.
Lorea y Jerónima bajaron hasta la sala donde se hallaba el fuego del hogar y conversaron largo y tendido mientras preparaban algo de comer.
Jerónima pensaba que el rey no iba a permitir brotes de violencia como los de la noche anterior y Lorea compartía aquella esperanza.
―Gracias. Creo que esta vez el testarudo de mi esposo os hará caso ―agradeció a la herbolaria antes de marcharse.
Jerónima esperó a Blanca y ambas se dispusieron para partir.
― Ama , si me necesitáis enviadme a alguien. Vendré de inmediato. Pero creo que estará bien ―trató de tranquilizarla Blanca.
Ella asintió y junto a Ane las observó alejarse por la rúa de la Zapatería.
Madre e hija entraron en la casa y se sentaron junto al fuego.
Tomaron un caldo y se disponían a comer algo de carne, cuando escucharon el sonido de jinetes en el exterior.
Se miraron a los ojos temiendo que se hubieran reiniciado las escaramuzas y salieron de forma precipitada.
Ambas se quedaron inmóviles en el umbral.
Cuatro cabalgaduras se hallaban ante la casa y quien en aquel momento descendía de su montura era el mismísimo rey Carlos III.
―Majestad, sed bienvenido ―exclamó Lorea reclinándose ante él.
Carlos de Navarra reconoció a la mujer al instante.
―Levantaos. ¿Recordáis? La víspera de mi coronación en la catedral de Santa María.
Ella se quedó atónita. ¿Cómo podía el mismo rey recordar aquel breve encuentro ocurrido hacía tantos años?
―Era mucho más joven, Majestad ―respondió cohibida.
―Yo también lo era, os lo aseguro. Lo que sí sé es que seguís siendo igual de valiente.
El monarca sonrió y, pese a que Lorea lo había invitado a pasar con un gesto, él le advirtió de sus intenciones.
―Vengo a ver a Adrián.
―Por supuesto, esta es vuestra casa.
El soberano entró tras ella y entonces se dirigió a Ane.
―Así que vos sois la famosa abogada.
―Supongo que así es. Soy la única mujer en el reino que ejerce ese oficio ―le contestó con ironía.
El rey soltó una carcajada.
―Me han advertido de vuestra destreza para mantener una disputa dialéctica.
―Quizá es así cuando lo hago con quien no tiene demasiado seso en su cabeza.
El soberano volvió a reír con gusto.
El herido se había incorporado y, en cuanto vio entrar al rey por la puerta de la cámara, comenzó a levantarse.
―¡Permaneced en el lecho, Adrián! ¡Por Dios! Quiero que os repongáis cuanto antes.
―Majestad, es un honor recibiros en nuestra humilde morada.
―Veo que os encontráis mejor de lo que me habían contado.
El rey se acomodó en una silla que Lorea le ofreció y pidió con un gesto a las dos mujeres que se quedaran allí.
―Deseo que me contéis lo ocurrido esta noche ―les pidió.
Acercaron varias velas y permanecieron de pie, algo apartadas, en señal de respeto.
El monarca escuchó muy serio a las dos. No intervino en ningún momento y, tras concluir el relato, guardó silencio. No parecía ofendido ni sorprendido. Fue Lorea quien volvió a tomar la palabra.
―Majestad, si me lo permitís, quiero deciros lo que sentí ayer, no solo lo que vi.
El soberano asintió y ella buscó dentro las palabras exactas.
―Ayer retorné a los tiempos de vuestro padre, el rey Carlos II.
Sentí presentes aquellos rencores entre las gentes de uno y otro lado; volví a los tiempos de matanzas, de sangre, y lloré con las mismas lágrimas de entonces ―se detuvo durante un momento y retomó su voz―.
Mi difunto marido Peru, el padre de mi hija Ane, decía que seguiría pasando hasta que no se derrumbaran los muros. El tiempo le sigue dando la razón.
Ane miró orgullosa a su madre y Adrián le mostró también una sonrisa. El monarca se levantó y caminó lentamente hasta el único ventanuco de la estancia. Desde allí se podía ver la muralla de San Cernin y la torre del Rey. Ya se había levantado el día.
―Esto debe terminar. Tenéis razón. Ya me lo habíais advertido. Encontraré la forma y el momento.