El privilegio CAPÍTULO 91.
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CAPÍTULO 91.

Adrián no se había recuperado por completo de la agresión sufrida en la rúa Chica.

Aquel día lo hallaron inconsciente. Había perdido mucha sangre y de inmediato avisaron a su hija Blanca y a la herbolaria de Villava.

Ellas lavaron con alcohol sus heridas abiertas, las cosieron y lo mantuvieron hidratado.

Solo quedó esperar. Aquel letargo se prolongó durante semanas en las que Lorea se mantuvo junto a él alimentándolo con caldos de ave y pidiendo a Dios que no se volviera a llevar a su marido.

Todos, incluida Blanca, temieron lo peor, hasta que un día a media mañana despertó y fue él quien pidió algo de comer.

Creyeron que había vencido a la muerte, sin embargo, su sufrimiento no había terminado.

Durante meses no hubo día que no padeciera un dolor lacerante.

Pidió a Jerónima y a su propia hija que lo salvaran de aquel calvario.

Probaron con diferentes ungüentos y bebedizos, pero el mal no acabó de sanar.

Adrián sufrió un dolor crónico hasta que, hacía tan solo unas semanas la cicatriz se volvió violácea.

Fue entonces cuando Jerónima decidió volver a sajarlo.

―El monarca se encuentra en Pamplona y quiere verme. Quizá no vuelva en semanas. No puedo faltar.

Adrián, tras el buen trabajo de reorganización de las instituciones de justicia del reino y pese a sus ataques de dolor recurrentes, había sido nombrado miembro del Consejo Real.

El soberano le sugirió que se trasladara junto a su familia al Palacio de la Navarrería o incluso a Olite y, ante su negativa, le asignó al menos un guardia que lo acompañaba.

Pero después de un par de meses renunció a su protección.

―No deberías acudir ―opinó su esposa.

―Me encuentro mejor. Casi no tengo dolor desde la última intervención. Esta vez creo que voy a estar bien ―dijo palpando con cuidado su costado.

Ane, también presente, no dijo nada. Si no hacía caso a su madre tampoco ella podría convencerlo. Lorea, pese a todo, intentó impedirlo.

―Hace apenas un momento Blanca te acaba de decir que deberías permanecer todavía en reposo.

―Acudiré en un carruaje y me mantendré sentado cuando me encuentre con el soberano.

Lorea apretó los labios con preocupación, pero se consoló pensando que al menos tomaría precauciones.

―Adrián, ¿recuerdas lo que te conté sobre la nueva revuelta que se está fraguando entre los vecinos de San Cernin? ―preguntó Ane.

―No te hice caso. Estaba todavía algo aturdido tras la intervención.

―Son los hijos de varios comerciantes ricos que hostigan a los de la Población. Quizá algunas de las casas construidas recientemente frente a la muralla no cumplen las distancias, pero nadie puede llegar a creer que eso suponga un peligro.

―Yo tampoco lo entiendo. Hace ya mucho tiempo que no se han producido ataques entre los burgos ―reflexionó Adrián disgustado.

―¿Advertirás al monarca de la situación? Si como dices su mayor preocupación es que la paz reine entre los burgos, estará interesado en conocerlo ―expuso con un retintín.

―Lo haré, por supuesto. Pero debes evitar cualquier tipo de confrontación con ellos.

―Se reúnen cada noche en la taberna de la rúa Mayor de los Cambios y cuando están borrachos se refugian en el claustro de la iglesia de San Cernin. Allí los he oído hablar de quemar las primeras casas de la Población.

―Ane, estoy seguro de que no tendrán semejante arrojo a la mañana siguiente cuando despierten. No existe un peligro real ahora mismo. Es solo una fanfarronería.

―Los he visto en dos ocasiones. La primera me pilló por sorpresa. No lo esperaba. Pero la segunda vez, cuando los espié, me dieron miedo.

―¿Los has estado espiando? ¡Por Dios, Ane! ―exclamó Lorea.

―No me pueden ver. No te preocupes, ama.

―Debiera ser el propio concejo de la Población quien tomara cartas en el asunto y hablara con el de San Cernin ―intervino otra vez su madre.

―En todo caso, pediré al rey que me permita reconducir sus quejas a una denuncia ante el tribunal de la Cort ―se comprometió él.

―Supongo que ahora será más complicado que cuando formabas parte de él. Godofre es omnipresente. Lo controla todo y a todos, y está loco. Siempre trata de oponerse a mis causas y, teniendo en cuenta lo que ocurrió, lo tomará como una venganza ―recordó la joven abogada.

―Tienes razón. Pero el resto de jueces velará por impartir justicia. Estoy seguro.

Ane no estaba de acuerdo, pero no dijo nada.

Lorea había escuchado atenta los temores de su hija y las advertencias de su marido.

―¿Tendrás cuidado con lo que te ha dicho tu padre? Por favor.

―Por supuesto, ama . No te preocupes ―contestó sin demasiada convicción.

Adrián no sintió dolor en su recorrido hasta el Palacio Real ni durante la reunión mantenida con el monarca.

Le advirtió sobre lo que Ane había escuchado, como acostumbraba con todo lo que ocurría en los tres burgos.

Y el rey, tal y como había hecho las últimas veces, solo le manifestó su intención de hacer algo al respecto.

Era ya muy tarde cuando concluyó la reunión y decidió acercarse al claustro de San Cernin para comprobar si también ese día se habían reunido allí los rebeldes.

Y justo cuando entraba en el Burgo por Portalapea escuchó los primeros truenos.

La tarde no había dado muestras de aquella espectacular tormenta de agua y viento.

Había oscurecido y todos los habitantes de los burgos se habían refugiado en sus casas.

Tomó la rúa de las Tecenderías y, en cuanto se acercó a las galerías porticadas, oyó voces.

Se apresuró tratando de no tropezar en la penumbra reinante.

La luz mortecina de algunas antorchas parecía apagarse con cada ráfaga y, pese a su violencia, volvían a renacer llamas minúsculas que danzaban como si tuvieran vida propia.

De pronto escuchó un grito. Parecía una muchacha y de inmediato pensó en Ane.

Dejó a su izquierda el hospital de San Cernin y corrió hacia el claustro.

En cuanto afinó la vista distinguió a dos muchachos que agarraban a una joven pelirroja por ambos brazos.

Un tercero más alto, un joven rubio, vestido con un sayo corto, calzas y bonete, se encontraba frente a ella.

―¡Soltadla! ―gritó.

Todos se volvieron hacia él cogidos por sorpresa. El consejero trató de llegar al claustro de forma precipitada y cayó por un pequeño talud, pero se levantó rápido y se encontró frente a los jóvenes.

―Estaba escondida escuchándonos ―se justificó con voz titubeante uno de los que la sujetaba.

―¿Acaso ha descubierto algún crimen que pensabais cometer? ¿Cuál es la razón por la que la retenéis?

Callaron hasta que el más alto de los tres, el que parecía dirigir a los otros dos, respondió con voz ampulosa.

―Hablamos de nuestros negocios. No tenemos por qué contarlo a nadie.

Los muchachos no parecían tener intención de soltar a Ane.

―Sé quién sois ―dijo Adrián mirando al rubio―. Sois jurado del Burgo. Y a vosotros dos también os conozco. Os aseguro que si no la dejáis será el propio rey quien dicte castigo.

Los jóvenes se rieron a carcajadas y el cabecilla le replicó exagerando el tono en cada sílaba.

―Será el rey Carlos III de Navarra quien nos capture uno a uno y quien nos inflija el mayor de los castigos.

El más ancho y fuerte de todos ellos, el que aferraba a Ane con mayor firmeza, reforzó la ocurrencia con tono burlón.

―Será su guardia la que nos detenga y nos lleve a las cárceles más frías de la ciudad. ¡Perdón, no! ¡Se encuentra en Olite!

Volvieron a reír.

El tercero, un muchacho muy delgado y con mirada triste, no había hablado hasta ese momento.

―¿Quién sois vos para decir que eso ocurrirá? ―preguntó.

―Soy Adrián Alegre, consejero Real.

El joven miró a uno y otro lado de la calle desierta y sin aviso previo soltó a la abogada y huyó por la rúa de las Tecenderías hacia la tierra de nadie del Chapitel.

Ane perdió el manto que la protegía, pero consiguió al fin liberarse del fortachón y llegó hasta el lugar en el que se encontraba su padre.

Frente a ellos solo quedaban el jurado y su compinche.

―Puedo daros garantía de que, si ocurre algo en las próximas noches en las casas de la Población de San Nicolás, seréis los primeros en ser llamados ante la justicia ―amenazó Adrián.

Ane temblaba. Los dos fanfarrones se miraron y, sin articular palabra, como si se hubieran puesto de acuerdo, comenzaron a correr en la dirección que había tomado el primero de ellos y no se detuvieron hasta alcanzarlo.

Adrián abrazó a Ane y esta se separó de él de repente.

―Estás sangrando de tu herida.

―Solo se ha abierto, no te preocupes ―dijo tras observar su costado.

Los muchachos seguían parados a cierta distancia. No parecían preocupados tras lo ocurrido y siguieron mirando desafiantes a padre e hija.