El privilegio CAPÍTULO 90.
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CAPÍTULO 90.

La muerte de Juan, hacía ya más de un año, llenó de consternación a su familia y amigos.

Durante varias semanas Jerónima se mantuvo junto a su lecho, luchando contra aquellos humores amarillos que le hacían vomitar cada vez que comía algo.

Cuando el enfermo le preguntó si sus días se acababan, ella no pudo mentirle.

Pese a que Zohara y Sara se negaban a asumir la gravedad de aquel mal, fue el propio Juan quien les pidió que rezaran a Yahvé para que se apiadara de su alma.

Aquellas mañanas en las que Sara se mantenía junto a él, estuvo tentado en contarle con detalle la muerte del rabino Levy, pero decidió que no era su hija quien debía reclamar aquella justicia.

Únicamente le advirtió de la maldad del médico.

Miguel, Lorea y todos sus amigos pudieron despedirse de él. Estaba tranquilo. Una tarde le dijo a Zohara que le había dado una vida feliz y ella temió lo peor. Murió esa misma noche asido a la mano de su esposa. Cuando Juan la apretó con fuerza, ella aún pudo apreciar su última sonrisa.

La comunidad judía lo despidió como a un auténtico rabino.

Nunca ningún converso había alcanzado el cariño de la aljama como él y, pese a la oposición de Lot y de algunos otros de sus miembros, fue enterrado de acuerdo con el rito hebreo.

Las familias de Miguel y de Lorea acompañaron a Zohara y a Sara en el duelo y en el último adiós a su amigo.

Cada día, después de rezar sus oraciones y de lavar sus manos, Sara tomaba pan, higos o alguna fruta de temporada y, sin más dilación, se despedía de su marido Simón para acudir a casa de su madre.

Si el pequeño Aaron se despertaba lo llevaba con ella.

Zohara esperaba cada mañana a su nieto y, cuando no acudía, preguntaba a su hija la razón por la que no lo había llevado.

Pese a su duelo, seguía siendo una mujer alegre y cantarina, pero sufría una dolorosa hinchazón en las piernas que atemperaba con los ungüentos que Jerónima y Blanca preparaban.

Sara la ayudaba con las tareas de la casa.

Revisaban juntas las verduras y legumbres para evitar que tuvieran gusanos o insectos; separaban la carne de la leche y amasaban pan, quemando una pequeña porción de la masa como ofrenda.

Cuando concluían con aquellos ritos judíos, la joven acarreaba agua de un pozo público cercano y, solo después de haberlo hecho, se daba el gusto de tejer junto a su madre.

Aquella mañana terminaron muy pronto y Zohara quiso disculpar a su hija.

―Sara, puedes marchar. ¿Habéis acabado ya el trabajo que Adrián os encargó?

―No os preocupéis, madre. Creo que en unos días concluiremos.

―No quiero ser un freno para ti.

―En todo caso, el rey se encuentra en Olite. Hasta que no llegue a Pamplona, Adrián no necesitará los manuscritos.

Cogió el pozal en el que transportaba el agua y salió de la casa rumbo a la fuente.

Pasó por delante de la sinagoga, llegó hasta su propia casa y tomó la belena para llegar a la plaza donde recogían el agua.

En mitad de la callejuela se encontraba la casa del médico Lot y Sara la atravesó cumpliendo una rutina que repetía desde niña.

Si no podía evitar el pasaje, al menos lo recorría a paso ligero.

El recipiente de cobre estaba a punto de llenarse de un agua cristalina, cuando la escribana advirtió la presencia del buey Lot a escasos pasos del lugar.

Se hallaba inmóvil frente a ella y no dejaba de mirarla con una sonrisa bobalicona.

Aunque nunca se había sentido cómoda en su presencia, jamás había reparado en el descaro con el que ahora el médico la observaba.

No era una mujer en la que se fijaran los hombres.

Era demasiado delgada y su rostro no era especialmente armonioso.

Apartó la vista, se concentró en la labor que le ocupaba y cuando el pozal se hubo colmado alzó el rostro.

Ya no se encontraba allí. Respiró aliviada y se apresuró a abandonar el lugar.

Lot había sido relegado como médico de la corte.

Creyó que la muerte de la reina Leonor, hacía más de tres años, podría permitirle acercarse a alguno de los miembros de la familia real.

Sin embargo, las acusaciones llevadas a cabo por Jerónima y por el juez Adrián, aunque no se pudieron demostrar, hicieron mella en el rey.

Ahora el judío subsistía proporcionando a miembros de la aljama bebedizos para su mal de tripas, sus jaquecas y su urticaria.

Sara rehízo el camino cargando con el pozal en brazos. La belena permanecía desierta y en silencio. Vaciló antes de atravesarla, pero se decidió. Se apresuró al llegar a la vivienda del médico como hacía siempre. Entonces, la puerta se abrió y él apareció en el umbral.

―¿Regresáis ya? ―preguntó sonriendo de forma exagerada.

Sara se detuvo con un gesto de angustia dibujado en el rostro.

Su padre, Juan, siempre le había dicho que no se acercara a él, que no era una buena persona.

Y desde el extraño fallecimiento del rabino Levy, hacía ya muchos años, el médico judío miraba a la joven con una mezcla de desprecio y de odio. Aquel día su mirada era de otro tipo.

―Mi madre espera el agua.

Intentó continuar, pero el médico le bloqueó el paso.

―Podríais descansar un momento. Cargáis con demasiado peso para un trayecto tan largo.

Aquel tono de voz, la mirada y la sonrisa de Lot hicieron que Sara se estremeciera.

―Debo marcharme.

Intentó pasar por el espacio que quedaba libre en la estrecha belena, pero Lot volvió a interponerse en su camino.

―Sé que sois una judía fervorosa ―murmuró―. Y también paciente.

Ella apretó el pozal contra su pecho hasta sentir el metal clavándose en su cuerpo.

―Apartaos ―suplicó.

Lot volvió a mirarla con aquel gesto de rencor.

―Tuvisteis un hijo hace años, pero Yahvé no os ha honrado con otro. Yo podría ayudaros ―casi le susurró.

El corazón de Sara comenzó a latir de forma acelerada.

―No es asunto vuestro.

La expresión de Lot se endureció en apenas un instante. Aquella mirada de repugnancia de la joven le hizo más daño que sus palabras. Se acercó y la tomó por la muñeca. Ella intentó soltarse, pero la sujetaba con firmeza.

―¡Dejadme, por Yahvé!

―Soy médico. Conozco remedios que no podéis ni imaginar. Y estoy dispuesto a procurároslos ahora.

Sara comenzó a temblar. Las normas de modestia restringían a los hombres las exploraciones íntimas y el contacto físico.

Cualquier maniobra de ese tipo la llevaban a cabo matronas y sanadoras judías.

La joven consiguió alzar la mirada y encontró entonces en los ojos de aquel hombre algo que la dejó helada.

Tiró hacia atrás, pero no la soltó. Entonces el pozal resbaló de sus manos y cayó con estrépito metálico, derramándose por el suelo.

Lot la soltó instintivamente y ella aprovechó para retroceder unos pasos.

―¡Gritaré!

El médico miró a ambos lados de la belena, pero no vio a nadie.

―Si sois sensata no hablaréis de esto con nadie ―advirtió sorprendido ante su firmeza.

Sara trató de recuperar la respiración.

―No diré nada ―prometió.

―Si lo hacéis será peor para vos, para vuestra madre y para vuestro hijo ―le advirtió al oído―. Recordad lo que ocurrió con el rabino Levy, quizá vuestro padre, que en paz descanse, os lo contó.

Ella abrió mucho los ojos y asintió aterrada.

Pasó junto a él conteniendo la respiración y, solo cuando se alejó unos pasos, echó a correr.

Tropezó y cayó al suelo. El buey Lot no hizo nada.

Se mantenía inmóvil, contemplándola con la cabeza inclinada hacia un costado, como una fiera que observa a su presa consciente de que en algún momento le va a dar caza.

Sara se levantó y siguió corriendo sin mirar atrás, dejando tras de sí el pozal vacío.