CAPÍTULO 89.
Adrián ascendió la cuesta de la rúa Mayor de la Navarrería a pie.
Una ligera neblina se había asentado en toda la ciudad y no pudo apreciar los avances en la construcción de la catedral.
Siempre que el soberano lo llamaba, lo primero que hacía era preguntarle sobre lo que veía en su recorrido por los tres burgos hasta llegar a palacio.
Se fijaba en las obras, en los nuevos puestos de mercancías de las lonjas o en el estado de los muladares, en donde confluían las aguas sucias de las tres demarcaciones y se arrojaban los desperdicios.
Cuando llegó a la austera estancia, el rey lo esperaba. Vestía una jaqueta clara y un manto oscuro que manejaba con elegancia. Lo recibió como lo había hecho en las últimas ocasiones: a solas, en una mesa amplia en la que no faltaban las frutas, los pasteles y el vino. Se colocaban frente a frente.
―He dado orden para que liberen a Lot ben Abraham. Ha pasado un tiempo preso en la torre María Delgada. El alcalde de la Navarrería y el rabino de la judería han solicitado su liberación ―fue lo primero que le dijo sin siquiera saludarlo.
Adrián respondió de inmediato.
―Disponemos de testigos que aseguraron que encargó la recogida de beleño y mandrágora, ingredientes para preparar pócimas negras.
―Lo cierto es que no se produjo ningún envenenamiento ―reflexionó el soberano.
El juez del tribunal de la Cort no pudo negarlo.
―Sabéis que es un momento delicado. No quiero rebeliones de ninguno de los burgos y menos de la Navarrería. Es aquí donde dispongo de mi residencia en Pamplona y donde se está construyendo la catedral.
Adrián estuvo a punto de mostrar su desacuerdo, pero entendió que el monarca había tomado su decisión.
―Ese hombre es un desgraciado incapaz ―añadió―. Recibirá escarnio público en el cepo del Chapitel y, si aún vive, será devuelto a la judería.
Ambos guardaron silencio hasta que el rey recuperó su tono autoritario.
―Pero esa no es la razón única de mi llamada. Deseo que os encarguéis de redactar las ordenanzas.
Adrián esperaba aquella decisión desde hacía semanas.
―De acuerdo, Majestad. Me encargaré de ello. ¿Deseáis que lo haga según mi propuesta? ―contestó el consejero ya sentado a la mesa.
―Exacto. Quiero que recojan esa idea. El Consejo solo intervendrá en asuntos muy graves o en asuntos relacionados con la Corte. Una vez manuscritas, yo las revisaré y haré los cambios que estime oportunos.
Pese a la falta de unanimidad del Consejo Real, el rey, una vez más, confió en su juicio.
Cada reunión con los consejeros acababa recibiendo el encargo del monarca de trasladar a manuscritos aquello que defendía.
Solo a veces el soberano pulía las disertaciones finales del juez de la Corte Mayor para complacer en cierta medida a los miembros disidentes.
―Serán Simón de Leoz y su esposa Sara quienes las manuscriban. Conocen las leyes y son los mejores escribanos ―propuso, a la espera de la ratificación del soberano.
Adrián siempre confiaba en la hija de su amigo Juan y en su marido.
―Conozco a Simón. Quiero reclutarlo para que trabaje para mí. En todo caso vos los habéis elegido y vos seréis el responsable último de la bondad de su trabajo.
El de la Población estaba a punto de levantarse, cuando advirtió que el monarca no había concluido.
―Antes de marcharos quiero haceros una pregunta.
―Por supuesto, Majestad. Soy todo oídos.
―Me habéis hablado de los puestos de la lonja, del mercader de lana que no habíais visto nunca y de la nueva casa que están construyendo en el solar de Santa Cecilia.
―Así es.
―Pero no me habéis comentado ni una sola palabra de lo ocurrido con la casa de uno de vuestros empleados hace semanas.
Adrián lo miró sorprendido, sin embargo, de inmediato cayó en la cuenta de que tarde o temprano el rey acabaría conociendo aquel suceso. El monarca disponía de muchas fuentes de información y cualquier consejero, los regidores de los burgos o los almirantes podían habérselo contado.
―Disculpad, Majestad. Lamento enormemente no haberos informado de un hecho que sin duda es relevante para la ciudad, para el reino y que, por tanto, debería haber puesto en vuestro conocimiento.
―¿Pensáis que de haberlo conocido os hubiera otorgado un trato de favor? ―preguntó―. Si fuera así estaríais en lo cierto. Soy el rey.
Adrián vaciló.
―No lo sé. Supongo que sí. Lo hicisteis cuando otorgasteis carta de perdón a Miguel de Obanos ―se excusó―. Pensé que como cualquier otro asunto debía seguir los cauces oficiales para su resolución.
―¿Es uno de esos asuntos que según vuestro criterio debieran resolverse en instancias inferiores a aquellas en las que participe el propio rey?
―Existen mecanismos para administrar justicia entre particulares de forma que no sea necesaria vuestra intervención, ni siquiera vuestro conocimiento. Decenas de asuntos ya os requieren y os ocupan. Así es como yo imagino la justicia del reino.
Adrián era una de las pocas personas a las que el rey permitía discrepar de sus juicios y opiniones sin mostrar su ira regia.
―Los conflictos entre los burgos han sido una de mis preocupaciones permanentes, vos lo sabéis bien. En este momento cualquier rebelión puede suponer una guerra que no deseo bajo ningún concepto. No estoy dispuesto a retroceder.
―Tenéis razón, Majestad. Quizá la cercanía con este asunto me impidió ser objetivo ―admitió Adrián.
―Hemos solventado las disputas entre las familias de Estella, apagamos las guerras en Tudela, las juderías viven un momento de paz. Ruego a Dios que no se produzca un desencuentro entre nuestros burgos.
―Permitidme, Majestad. Un buen hombre que murió por esta ciudad defendió que las luchas no acabarían hasta que las murallas fueran derribadas y las tres poblaciones se convirtieran en una sola. Es lo que yo hoy defiendo.
El rey no mostró enfado alguno.
―Llevar a cabo semejante reforma exige tiempo y, sobre todo, dinero.
El derribo de las murallas supondría restringir los fondos para la construcción de la catedral y del Palacio de Olite.
No lo puedo permitir ahora. He tomado medidas para evitar las disputas.
Y los burgos disponen de órganos y servicios comunes.
Adrián estuvo tentado en rebatirle, pero solo mostró de forma tibia su desacuerdo.
―Lo sé, sin embargo, humildemente, creo que no es suficiente.
―Lo será, aunque para ello tenga que sacar mi guardia a la calle.
La niebla se había levantado cuando salió del palacio y el sol lucía ya pleno.
Adrián estaba contento. Sus amigos Miguel y María habían regresado y, aunque Lot fuera perdonado, el monarca tenía intenciones de hacer algo para evitar los enfrentamientos entre los burgos.
Decidió llegar cuanto antes a casa para contárselo a Lorea.
Atravesó la tierra de nadie hasta la puerta de la Salinería con la idea de entrar directamente en la Población de San Nicolás.
Se giró antes de atravesar la muralla y observó el burgo episcopal.
Sobre el resto de edificios despuntaban el Palacio Real, el castillo del Hutín y la catedral, que poco a poco sumaba hiladas a sus muros y se asomaba al fondo.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que un hombre seguía sus pasos a una cierta distancia.
Lo había visto al salir de palacio y le llamó la atención su aspecto: larga melena, barba y una capa negra que lo cubría por completo.
Accedió a San Nicolás por la rúa de Salinería, pero torció a su izquierda para avanzar hasta la rúa Chica.
Antes de tomarla volvió a darse la vuelta y comprobó que el desconocido seguía detrás, ahora más cerca.
Se ocultó a su vista en la esquina de la rúa Chica y lo esperó.
―¿Quién sois y por qué me seguís? ―le preguntó de forma impetuosa en cuanto apareció en la bocacalle.
Trató de identificarlo antes de que respondiera, pero ahora se había cubierto con una capucha que tapaba sus ojos y su cabello.
Solo podía ver con claridad la parte inferior de su rostro: una barba arreglada, su boca y su nariz.
Parecía un hombre joven. No le respondió.
De pronto desenvainó una espada corta y la levantó sobre Adrián.
El embate fue muy potente, pero consiguió hacerse a un lado.
El arma golpeó la piedra de la casa a espaldas del consejero real, dejando en el aire el eco del sonido del metal.
Adrián se repuso y se concentró en salir airoso de aquella situación.
El asaltante volvió a dibujar una curva con su espada lanzándole un golpe horizontal, que esta vez no pudo evitar.
Sintió el impacto en la parte derecha del torso y a continuación la sangre empapando su sayo.
Cayó al suelo y buscó ayuda, pero la rúa Chica estaba desierta.
El de negro preparaba su golpe definitivo cuando Adrián advirtió en el otro extremo, justo en la puerta por la que había accedido a la Población, la presencia de un hombre y una mujer.
―¡Ayuda, por Dios! ¡Ayuda! ―gritó.
El encapuchado miró hacia allí y comprobó que alguien se acercaba a la carrera. No hubo tiempo para más. Enfundó su arma y echó a correr.