CAPÍTULO 88.
Sancho recordó el paso estrecho y sinuoso por el que se accedía antaño a la otra orilla del río Ebro.
El cambio era muy notable. Ahora los viajeros procedentes del norte se encontraban con un puente ancho y seguro que los dejaba a los pies de la Ciudad Blanca.
El caudal de aquella gigantesca masa de agua se hallaba en calma aquel día y pensó que los océanos serían algo parecido.
Pese a encontrarse en primavera, el sol apretaba con fuerza y antes de cruzar el largo pasaje se sacó algunas prendas de encima y las metió en sus alforjas.
Conforme fue avanzando divisó una incesante columna de comerciantes y viajeros que ascendía hacia las puertas de Zaragoza.
Nada más atravesar el río se unió a ellos.
―¿Portáis algún tipo de mercadería? Deberéis pagar las alcabalas ―le informó uno de los dos guardias que defendían el cairefort de entrada a la ciudad.
―Nada tengo que declarar. Tan solo busco a un familiar ―respondió escueto Sancho desde lo alto de su caballo.
El guardia se retiró permitiéndole el paso sin hacer ninguna comprobación.
Era día de mercado y a aquella hora del mediodía la ciudad era un hervidero de gente.
La algarabía hacía que comerciantes, charlatanes y compradores subieran el tono de voz para hacerse oír.
Sancho recordó de inmediato aquellos sonidos tan distintos a los de Pamplona y reconoció el olor a especias, a cal y a un vino más afrutado que el que tomaba en Olite.
Azotó los flancos de su caballo y se abrió paso entre la multitud.
Las estrechas rúas y belenas formaban un auténtico laberinto, sin embargo, llegó hasta la taberna en la que se habían hospedado aquella noche funesta sin ser demasiado consciente de la ruta seguida.
Aunque el edificio mostraba el paso del tiempo, a primera vista nada había cambiado.
Hacía ya varios años, pero recordó con nitidez los cuerpos de sus compañeros de expedición, la sangre manchando aquellas tablas y los gritos de quienes lo contemplaron.
El ganadero se mezcló con los clientes que bebían celebrando eufóricos sus ventas o sus compras.
No conocía a nadie allí y tampoco a él lo identificaron.
Invitó a beber aquel licor suave a todos aquellos con los que departió; nombró a Martín de Viana, a Jaume de Castelló y habló sobre caravanas venidas de oriente y animales exóticos, pero, pese a la expectación que provocó, nadie le facilitó ninguna referencia que le pudiera servir.
Esa noche siguió visitando alguna tasca, tratando de encontrar el rastro de Rodrigo, pero fue inútil.
La mañana despuntó para Sancho con un terrible dolor de cabeza.
Pensó que aquel vino tan fácil de beber era sin duda el responsable de su padecimiento.
Sin embargo, un buen plato de carne guisada acompañado, pese a todo, por el licor grana, le hizo sentirse mejor.
El lugar en el que había pasado aquellos años Martín de Viana era un palacio de mayor tamaño que los que habitualmente poseían los comerciantes ricos de Pamplona.
Al parecer, el alférez había prestado servicio a un acaudalado judío como jefe de una pequeña mesnada que lo protegía.
―Busco a Martín de Viana. Traigo noticias de su tierra para él.
Una mujer imponente que tapaba su rostro con un velo oscuro tardó en contestarle.
―¿Quién lo busca? ―le preguntó con voz grave.
―Soy Sancho de Olite, amigo y compañero de Martín de Viana.
La sirvienta lo miró de arriba abajo y consideró que no era digno de ser recibido por su señor.
―Venid mañana. Yo le explicaré a quién buscáis y podré daros una respuesta.
―Os agradecería enormemente que me ayudarais ―pidió Sancho con la voz y el gesto que utilizaba con las mujeres en la lonja de Olite―. Os esperaré el tiempo que haga falta. Cuando se lo contéis, aquí me encontraréis.
No cayó de inicio en sus embauques y, aunque sin demasiada convicción, respondió.
―Preferís que llame a uno de nuestros guardias.
Sancho era muy capaz de leer aquellas vacilaciones. Sabía quién le compraría el género y quién no lo haría y aquello no era muy diferente.
―No será necesario. Os aseguro que vuestro señor agradecerá que me hayáis prestado atención.
La mujer vaciló un momento. Cedió, entornó la puerta y, con su gesto, invitó a Sancho a pasar al interior del edificio.
Un amplísimo patio cuadrado repleto de vegetación con sendas fuentes en dos de sus esquinas constituía el corazón de la vivienda.
Cada tramo de las galerías cubiertas disponía de varias puertas a las numerosas estancias del palacio y una escalinata curva, justo enfrente de la entrada, ascendía hasta la segunda planta.
La sirvienta desapareció de la vista del ganadero y muy pronto se volvió a presentar acompañada por un hombre moreno, de barba y cabello oscuros y porte majestuoso.
Vestía jaqueta blanca adornada con hilos de oro y calzas también doradas, y caminaba con la calma de quien controla cualquier situación.
―Apreciaba mucho a Martín ―confesó sin siquiera saludar a Sancho.
―Gracias por recibirme. Me alegro de haber dado por fin con alguien que sepa de él.
―Lo conocí bien, así es. Nadie como Martín sabe de la defensa de una casa como esta. Me dio muchos consejos que adopté y le estoy agradecido. Él me salvó la vida una vez.
Sancho se alegró de que así fuera.
―Solo quiero localizarlo. Es posible que Martín viajara con Rodrigo de Olite, el hijo de mi señor, con el objeto de cumplir una encomienda del rey Carlos de Navarra. Necesito saber dónde se hallan.
El judío asintió.
―Me explicó que su marcha nada tenía que ver con el trato que yo le había dado. Me dijo que tenía un trabajo que hacer.
―¿Sabéis a qué se refería? ¿Conocéis su destino?
―Lo siento. En absoluto.
La ilusión del joven ganadero se disipó.
―Quizá en alguna ocasión os habló de algún lugar, de un contacto al que ahora poder dirigirme ―preguntó esperanzado.
―Ni siquiera supe de sus intenciones. Se trataba de algún negocio que le obligaba a salir de la ciudad. Me pidió dinero y yo se lo presté. Solo lo hago a las personas en las que confío. Pero desconozco las rutas comerciales que pudiera seguir.
Sancho se sintió reconfortado al saber que aquel burgués había confiado en Martín hasta el punto de prestarle su dinero. Sin embargo, acto seguido, volvió a sumirse en la desesperanza. Si ese hombre no podía darle más pistas, nadie lo haría.
―¿Cuándo abandonó su casa?
―Hace ya muchas semanas, el pasado invierno.
Aquellas fechas podían coincidir con la llegada de Rodrigo. El judío no añadió nada nuevo pese al silencio prolongado de Sancho. Finalmente estrecharon con fuerza sus manos y se despidieron.
―Espero que encontréis a Martín. Rezaré por ello a nuestro Dios. He empeñado en ese viaje mi dinero.
Sancho asintió y, cuando se disponía a partir, el dueño de la casa lo hizo detenerse.
―Disculpad. Él frecuentaba la taberna del jabalí. Sé que jugaba a los dados, que gozaba de las mujeres que allí reciben a los viajeros, pero no sé sus nombres ni ningún otro detalle.
Nada más entrar en la tasca, el ganadero percibió el olor al vino aragonés, presente en abundancia en cada mesa.
Llegó hasta el mostrador y desde allí trató de identificar a las personas que podrían ayudarlo.
Tuvo la sensación de que solo lo harían los habituales del local: las mozas que hablaban animadas con los viajeros y el tabernero.
Desechó a este último en cuanto le sirvió una buena jarra.
Conocía a Martín. Le contó que era un buen cliente, pero solo supo decirle que hacía semanas que no acudía.
Así que se acercó a tres muchachas que lo recibieron en su mesa alborozadas.
Vestían sayas de colores vivos con cuerpos ajustados y llevaban el cabello suelto adornado con cintas.
―¡Sentaos con nosotras, buen mozo! Nunca os habíamos visto por aquí. ¿Quién sois? ―le dijo una de ellas inclinándose hacia él con descaro.
―Un pobre diablo que no dispone de caudal ni patrimonio, pero que os hará disfrutar con sus ocurrencias si le invitáis a una jarra de vino ―declamó como si de un juglar se tratara.
Las muchachas rieron a carcajadas. Acostumbraban a sentirse tentadas por el dinero de sus pretendientes, así que aceptaron que alguien lo cambiase por ingenio. Varios hombres que se encontraban en la taberna lo miraron celosos, pero Sancho los ignoró.
―¿Qué haréis si esas ocurrencias de las que habláis acaban antes que el vino? ―preguntó la más joven, observándolo con cautela.
―Estad seguras de que puedo haceros reír toda la noche y también de que mis fuerzas aguantarán hasta el amanecer ―respondió rápido.
La tercera de ellas, una muchacha de tez morena, dio un sorbo a su jarra antes de intervenir.
―¡De acuerdo, os estamos esperando!
Se carcajearon nuevamente de forma aparatosa mientras buena parte de la taberna volvía la vista hacia su mesa.
―La noche puede ser muy larga, os lo aseguro ―insistió la primera de ellas tomándolo del brazo.
―Yo digo siempre que es corta si se sabe contar bien ―replicó el joven, provocando nuevamente al alborozo de las muchachas.
Un hombre mayor, un burgués bien parecido, no había dejado de mirarlos. Se levantó y se acercó hasta la mesa.
―Decís que venís desde Olite. ¿Cuál es vuestra misión para llegar desde tierras tan lejanas? ―preguntó en tono sosegado.
―Veo que habéis estado atento, pero nadie ha hablado con vos. Os pido que no molestéis a estas bellas damas ―lo ridiculizó Sancho.
A las tres les hizo gracia el nuevo descaro del joven, pero al hombre no pareció gustarle la respuesta.
―Todavía no os he visto aflojar el zurrón ―le reprochó.
―No me ha sido necesario. Las monedas compran vino, nunca ingenio.
El hombre perdió su buen talante inicial y le replicó con acritud.
―El dinero permanece cuando las risas se agotan.
―Sin embargo, es imposible contar historias solo con él.
―¿Despreciáis mi patrimonio?
―No soy yo quien lo hago. Sois testigo de que ahora mismo ellas prefieren divertirse ―respondió mirando a las mujeres que lo acompañaban.
El hombre tomó a Sancho del sayo y lo atrajo hacia sí con violencia.
―¡Veremos si os quedan palabras cuando os falte de beber! ―le gritó rozando su rostro.
Sancho se levantó de la silla y le dio un fuerte empujón.
Se giró tratando de volver a los juegos y carantoñas de sus acompañantes, pero ellas lo miraron con los ojos muy abiertos y las manos tapando sus labios.
Por el rabillo del ojo percibió un movimiento brusco tras él, pero no tuvo tiempo de reaccionar.
Sintió un tremendo golpe en la cabeza y la visión de las tres mozas que lo acompañaban se desvaneció.
Cuando abrió los ojos no distinguió dónde se encontraba. Se levantó de un cómodo camastro y comprobó que era una habitación austera pero limpia y ordenada. Apenas resistió un breve momento en pie, su vista se nubló y perdió el conocimiento nuevamente.
―¿Os encontráis bien? Señor, despertaos.
Lo primero que vio fue el rostro de la más joven de las muchachas con las que había compartido mesa cuando lo golpearon. Sostenía su cabeza con una mano y la otra se apoyaba en su pecho.
―Gracias, muchacha. Me he mareado.
―Os abrieron la nuca y un cirujano tuvo que coser vuestra herida.
Se llevó la mano a la cabeza y sintió su pulso latiendo con fuerza en el lugar exacto en el que había recibido el golpe.
―¿Dónde estamos?
―En la taberna. Trabajo aquí. Vivo aquí. Habéis estado inconsciente en ese jergón muchas horas. Me llamo Inés.
―¿Por qué me habéis atendido?
―Porque alguien tenía que hacerlo y vos me parecisteis una buena persona, aunque lo disimuláis con vuestra arrogancia.
Sancho sonrió.
―Y porque conocí a Martín de Viana ―añadió la joven.
El de Olite sintió que todo su cuerpo recobraba el vigor.
―¿Lo conocisteis?
―Era un buen hombre. Fue como un padre para mí. Intentó sacarme de aquí. Pero al final se fue a buscar esos animales.
―Jirafas ―apostó el ganadero.
La muchacha lo miró con los ojos muy abiertos
―¿Cómo lo habéis adivinado? Una pareja de jirafas, sí. Un macho y una hembra.
―¿Sabéis si fue solo?
―No, estuvo aquí un día con un soldado con la nariz roja, como si no hubiera dejado de beber vino durante una semana, y con un joven muy educado. Se llamaba Rodrigo.