El privilegio CAPÍTULO 87.
79%

CAPÍTULO 87.

Durante semanas Ane se había dejado llevar por los acontecimientos. Se daba cuenta de que no razonaba sus decisiones como siempre y eso le enfadaba. La ausencia de noticias de Rodrigo le afectaba más de lo que había supuesto.

El día apenas había comenzado a declinar cuando la joven abogada llegó a su casa de las Zapaterías con paso fatigado.

―Hija, llegas pronto hoy. ¿Vas a volver a salir? ―saludó Lorea extrañada.

Volvía de la visita a un hombre al que habían robado su ganado.

―No, ama . Te ayudaré a preparar algo de comer. Supongo que Adrián no tardará.

Tomó un puñado de verduras del aparador situado junto al fuego del hogar y comenzó a pelarlas.

Lorea permanecía en silencio, tratando de encontrar las palabras con las que animar a su hija, cuando se oyó un trueno cercano.

Le sucedió el aullido del viento y acto seguido se desató un fuerte aguacero.

―Te has librado por poco ―concedió Lorea.

Ane no respondió. Aquel sonido sordo de la lluvia sobre los tejados de los tres burgos y el crujido constante de la tormenta sobre sus cabezas la transportaban a tardes de relatos junto al hogar. Su madre la observó con gesto de preocupación y ella retiró la mirada.

―Estoy bien, ama ―trató de convencerla.

―Hija, no te tortures. Rodrigo volverá. Hizo lo que tenía que hacer. Solo nos queda rogar a Dios por él.

La joven se mantuvo absorta en sus pensamientos, hasta que por fin se desahogó.

―No podía pedirle que se quedara, pero en más de una ocasión me pregunto qué habría pasado si lo hubiera hecho.

―Hiciste lo que debías hacer. Su causa es noble.

―Confío en él…, pero quizá no vuelva nunca.

Aquella incertidumbre era su mayor pesadilla. Tomó las verduras cortadas y las echó en una cazuela de agua que ya hervía en el fuego.

― Ama , ¿has hablado con Pedro? Yo no quiero volver a pedírselo ―le advirtió.

Habían pasado meses desde que los jurados del Burgo destruyeron la casa junto a la muralla y, pese a la insistencia de Ane, Pedro se había negado a demandarlos en los tribunales.

―Lo he hecho esta misma mañana. No quiere denunciar a nadie. Dice que si ha ocurrido así es porque Dios lo ha querido. Y, sobre todo, no quiere ponerte en peligro.

―Lo sé, por eso te pido que lo convenzas. No es justo.

―No estoy segura, hija ―discrepó Lorea tras un instante de reflexión―. Respetaría su decisión si interpusiera denuncia por propia iniciativa, pero no voy a animarle a hacerlo.

Ane, contrariada, comenzó a cortar más rápido la verdura y fue en ese momento cuando apareció Adrián por la puerta de la cocina. Estaba empapado y no esperó a saludar a las mujeres para deshacerse del manto y de las pellizas que lo protegían.

―¡Menuda tormenta! ―exclamó.

Se acercó hasta Lorea y la besó en la mejilla.

―¿Sabes algo de Lot? ¿Lo liberarán? ―preguntó la joven recuperando nuevamente su energía.

― Ez . No lo sé. Se trata de un asunto en el que será la corona quien decida ―respondió buscando algo que llevarse a la boca―. ¿De qué hablabais?

Ane mostró un gesto de decepción y a continuación trató de defender su postura ante su padre.

―La ama no es partidaria de que Pedro demande al Burgo por el derribo de la casa. Yo sí lo soy.

Adrián, como si se tratara de la sentencia de uno de sus juicios, se tomó unos segundos antes de responder.

―Sería de justicia que lo hiciera. Estoy seguro de que los tribunales exigirían a los jurados, o incluso al propio Burgo, reponer la casa a su estado original.

―Amenazaron a Ane. No quiero correr riesgo alguno y Pedro tampoco ―le replicó su esposa―. Y ese hombre, Godofre, es el dueño de la mitad de las propiedades del Burgo.

― Ama, hasta un juez de la Cort como tu marido entiende que sería condenado. ¿Qué más garantías necesitas? ―rebatió Ane.

Adrián dio un trago largo a una jarra repleta de vino y se volvió hacia ellas.

―Ane, pese a todo, creo que tu madre tiene razón. Si le condenan, reconstruiría la casa de Pedro y te odiaría eternamente ―resolvió.

La joven arrugó el ceño y se concentró en las llamas danzantes del hogar.

―No estamos en desacuerdo con tus argumentos. Si no existiera la justicia, siempre prevalecería el fuerte frente al débil. Solo queremos protegerte ―arguyó Adrián.

―Si dejamos de apoyarnos en ella, seguirá ocurriendo ―le interrumpió Ane molesta―. Me toca enfrentarme a hombres influyentes. Si alguien quisiera vengarse de mí, podría hacerlo en cualquier momento.

―Lo sé y estoy orgullosa de tu valentía ―concedió su madre―, pero lo ocurrido me ha traído a la memoria muchas cosas que prefiero dejar atrás. Quizá algún día Pedro se anime y vuelva a levantar la casa.

Ane tardó en reaccionar, miró a su madre con cariño y la abrazó.

―El encierro de Pedro en la torre María Delgada fue el culmen del despropósito y el alcalde me ha asegurado que eso no volverá a ocurrir ―intervino Adrián.

Lorea mantenía su mirada perdida en el fuego.

―Pedro no hizo nada para que las gentes de San Cernin temieran un ataque. ¿Por qué se emplearon de esa forma derribando la casa?

Nadie contestó a la pregunta lanzada al aire por Lorea, porque ninguna respuesta tenía que ver con la razón.

Todas las que se les ocurrían obedecían a la interminable historia de violencia entre los vecinos de unos burgos frente a otros, historia en la que sin duda los poderosos siempre habían tenido un papel primordial.

―Hemos hecho muchos esfuerzos para erradicar los altercados. No quiero contribuir a su reaparición interponiendo demandas y manteniendo disputas ―concluyó Lorea.

Ane sabía que tenían razón. Volver a la situación de incursiones permanentes entre los burgos suponía retroceder décadas.

Los últimos litigios se habían debido a los nuevos términos en las afueras de la ciudad.

Hacerse con su jurisdicción implicaba disponer de mayores ingresos y repartir aún más los impuestos.

Adrián, Lorea y algunos jurados habían conseguido sofocar aquellas disputas cuando el rey publicó las ordenanzas que fijaban los límites de los tres concejos.

―Hablé en su día con los miembros del tribunal de la Cort para plantear de oficio una demanda contra el Burgo, pero es algo inusual. Se trata de un agravio particular.

Ane dibujó una sonrisa amarga.

―Salvo que el despropósito afecte directamente al rey o a los concejos. Entonces tendría la oportunidad de prosperar ―le reprochó.

Ni su madre, ni su padre adoptivo le replicaron.

Esa noche Adrián, tras reponer fuerzas, dejó a solas a las dos mujeres junto al fuego de la cocina. Durante un buen rato ambas se limitaron a observar el baile relajante de las llamas y a escuchar la lluvia en el exterior, hasta que fue Ane la que rompió el silencio.

― Ama, has hecho frente a muchos poderosos, has exigido justicia al propio rey… ¿Tuviste miedo entonces?

―Sí que lo tuve. Nadie es inmune al miedo, la diferencia es cómo te enfrentas a él.

Su hija la escuchaba atenta.

―El miedo hace que a veces nos conformemos con lo que se nos da, con lo que los gobernantes nos tienen reservado ―continuó Lorea.

―Por eso nunca dejan de provocarlo ―interrumpió Ane.

―No obstante, pese a sufrirlo, siempre puedes elegir qué hacer. Nunca te avergüences de tener miedo. Tu padre lo tuvo, pero no por ello dejó de defender sus ideas. Por ellas murió ―apostilló.

Pocas veces había hablado a su hija de aquel capítulo. Era demasiado doloroso para ella y Ane lo había respetado. Lorea continuó su reflexión.

―Pero también el miedo te hace ser prudente y medir mejor las consecuencias de tus actos.

―¿Es ahora cuando debemos tener prudencia? Conseguisteis cosas impensables en aquellos años. Parece que ahora solo yo mantengo vivo el sueño de mi padre. Tú me acabas de decir que murió por esta ciudad.

Lorea sintió aquellas palabras como una saeta en su pecho, sin embargo, entendió la impaciencia de juventud de su hija.

―Lo que he aprendido es que los cambios necesitan tiempo, necesitan maduración, como la fruta, el vino o un buen queso.

Los Burgos ya no pelean como antaño. El mismo año que Carlos III fue coronado, unió como un solo municipio al Burgo y la Población a muchos efectos.

Hoy disponen de algunos servicios y representantes comunes.

― Ama, siguen siendo tres buenas villas diferentes que acuden a Cortes también por separado.

―Las cosas están cambiando. Tengo una esperanza. El rey quiere reordenar sus tribunales de justicia ―le contó―. Adrián trabaja con sus asesores y con el propio soberano. Está convencido de que formará parte del nuevo Consejo Real. Y desde ahí puede hacer mucha más fuerza.

―La unión real llegará con el derribo de las murallas y la conversión en una sola universidad, una sola entidad con un solo concejo y un solo alcalde. Siempre te lo he oído decir.

Lorea sintió que se humedecían sus ojos y su mandíbula temblaba. Reconocía a Peru en su hija y también se veía a sí misma hacía ya muchos años.