El privilegio CAPÍTULO 86.
78%

CAPÍTULO 86.

Solo Blanca predijo que aquella tarde de la primavera recién iniciada nevaría.

Cuando Felipe vio caer los primeros copos sonrió para sí.

Ninguna señal le había hecho pensar que iba a caer de aquella forma, sin embargo, se alegró de haber creído a su mujer una vez más.

El tracista se encontraba en los campos de la Rochapea junto a dos de sus siervos recogiendo el ganado.

―Teníais razón, señor ―concedió uno de los hombres―. Tendremos a los animales a cubierto para cuando haya cuajado.

―Estaremos ya calientes cuando otros salgan de sus casas ―se mofó el más joven de los dos.

Felipe rio la ocurrencia, pero no añadió nada.

Prefería mantener en secreto la fuente de aquella predicción.

Jerónima había enseñado a Blanca a observar y escuchar todo lo que acontecía a su alrededor.

Había aprendido a interpretar el aspecto del cielo, los cambios del viento, las nubes, la luz, el comportamiento de los animales y hasta el de las plantas.

Pero la arrogancia y la envidia de muchos los llevaban a acusarlas de tener tratos con Satanás e incluso de ser ellas mismas quienes provocaban las tormentas.

Faltaba apenas una hora para que oscureciera cuando comenzó a nevar también dentro del recinto amurallado de Pamplona.

Las gentes de los tres burgos regresaron a sus casas con la intención de alimentar el fuego de sus hogares.

Blanca esperaba a su marido en la ventana de la casa del Burgo con el pequeño Martín en brazos.

Los copos caían muy despacio. Eran más grandes de lo que la herbolaria nunca había visto y pensó que se trataba de un buen augurio.

Se había formado una capa blanca sobre los tejados y sobre las calles casi desiertas, cuando vio acercarse por la rúa Mayor de los Cambios una pequeña expedición.

Cuatro jinetes montaban imponentes caballos que avanzaban al paso.

―Es María. Y Miguel ―musitó Blanca para sí―. ¡María! ―exclamó.

Se levantó sujetando a Martín, bajó deprisa la escalinata y salió a la calle sin ropa de abrigo ni calzado para la nieve.

Los cuatro viajeros se encontraban ya a tan solo unos pasos y al llegar junto a la casa se detuvieron.

Todos ellos se protegían con gruesas capas y capuchas, cubiertas ahora de nieve.

Dos hombres desconocidos para Blanca descendieron de los animales y a continuación se acercaron a las otras dos monturas.

La herbolaria esperó ansiosa en el umbral mientras María y Miguel eran ayudados por sus acompañantes.

―¡Hija! ―la llamó María en cuanto la vio.

Se acercó hasta ella y la abrazó con fuerza, dejando a su nieto entre ambas. Cuando al fin se separaron, María miró los sonrientes ojos del pequeño y le acarició el pelo como lo hacía con Blanca cuando era una niña.

―María. Cuánto me alegra teneros aquí ―la recibió Blanca emocionada―. Vos no envejecéis. Estáis tan bella como siempre.

Su rostro limpio en forma de corazón, su piel aceitunada y su cuerpo armonioso seguían inmutables pese a la edad y pese a las penurias sufridas en el destierro.

―Tú sí que te has convertido en una bellísima mujer ―contestó María sonriendo―. Y este pequeño debe de ser Martín ―agregó a continuación tomándolo en brazos.

Miguel había bajado del caballo con cierta dificultad y permaneció unos instantes apoyado en la montura.

Mostraba una amplia sonrisa y sus ojos brillaban con intensidad.

Se acercó al fin decidido, acarició a su nieto y abrazó a Blanca con fuerza.

Fue entonces cuando, desde el otro extremo de la rúa, apareció Felipe.

En cuanto divisó los cuatro caballos en la puerta de la casa, lo adivinó.

Comenzó a correr sobre la nieve y no paró hasta llegar junto a ellos.

―La habéis mantenido tal y como la dejamos ―advirtió María una vez se hallaron todos junto al fuego de la cocina.

―Es vuestra casa y sabíamos que volveríais ―aseguró Blanca.

―Padre, os encuentro muy bien ―concedió Felipe.

Miguel dibujó una sonrisa cansada.

―Cuando Dios escuchó nuestras plegarias y supe que el rey me había perdonado comencé a sanar.

―Al día siguiente comió como no lo hacía desde que salimos de Pamplona, se levantó de la cama y ayudó con el ganado al hombre que nos dio trabajo ―explicó María a modo de reproche.

Todos rieron y Felipe se acercó a su madre, la volvió a abrazar una vez más y ambos lloraron en silencio.

―Cuánto os he echado de menos ―confesó.

Los padres del tracista eran incapaces de apartar la mirada de su nieto, que no dejaba de subirse a su regazo y tirar de sus brazos.

Sin embargo, la sonrisa de los abuelos no era completa.

Pensaban haber encontrado allí a Rodrigo.

Acompañado de Fortún, había conseguido localizarlos en la Ciudad Blanca y permaneció junto a ellos en la casucha en la que vivían.

Sin embargo, transcurrida la primera semana se fue prometiéndoles que volvería.

Lo que no les contó fue que su intención era emprender un viaje en busca de las jirafas.

Miguel no dejaba de negar con la cabeza apoyada en su mano derecha.

―Ahora entiendo la razón por la que Rodrigo y Fortún tenían tanto interés en localizar a Martín de Viana. Solo espero que los haya acompañado. Se enfrentarán a muchos peligros y más si llevan consigo una suma de dinero importante. ¿Cómo lo ha conseguido?

―No llevan suficiente moneda para hacerse con las bestias. Tan solo una cantidad que pueda valer como primer pago, una señal. Luego confiamos en que el rey sea benévolo y corra con el resto del coste ―le informó Felipe.

María había escuchado con atención y entonces fue ella quien continuó su propio relato.

―El heraldo nos entregó la carta de perdón del rey unas semanas después de la partida de Rodrigo. Nos sorprendió que no fuera él mismo quien viniera a buscarnos.

―Debieron de partir de la Ciudad Blanca hacia el sur cuando se despidió. No supo que el rey se apiadó al fin de nosotros ―se lamentó Miguel.

Todos guardaron silencio y fue Felipe quien intervino.

―Padre, ¿qué es lo que podemos hacer? ¿Tenéis alguna idea de la ruta que han podido seguir?

―Ha transcurrido demasiado tiempo desde su partida ―caviló.

―Enviaremos un mensajero a buscar a Martín de Viana o a alguien que lo conozca ―añadió Miguel―. Quizá de esa forma sepamos al menos si Rodrigo dio con él y si lo acompañó en su expedición. Yo mismo acudiré.

―No puedes hacerlo. Debes recuperarte ―se opuso María―. Quizá Sancho esté dispuesto.

―Cierto ―avaló Felipe―. Se casó con Aldonza, pero no han tenido descendencia. Ella es doncella principal de la corte. Lo extrañará, sin duda, pero en palacio se encuentra protegida y Sancho partirá sin cuidado.

―Querrá hacerlo, os estima ―cerró Blanca.

Miguel se levantó y se acercó al patio trasero de la vivienda donde mantenían a los animales de corral. La nieve seguía cayendo en silencio, impasible a los avatares de los hombres. Pensó en Rodrigo avanzando hacia el sur, cada vez más lejos.