CAPÍTULO 85.
A Felipe no le resultó difícil dibujar en un escenario tan solemne como los jardines de la residencia real.
El tracista del Burgo era capaz de concentrarse en su trabajo pese a los sonidos estridentes con los que convivía a diario.
En los talleres de la catedral no dejaban de sonar los golpes de las mazas sobre cinceles y gradinas, el crujido de la piedra al resquebrajarse y los gritos de mazoneros y canteros transportando material.
Jesús había tomado uno de los bocetos del mausoleo de Felipe.
Desplegó los pergaminos sobre una larga tabla y eligió entre la pila de piedras aquella que le pareció más adecuada para la pieza que iba a esculpir.
Siempre trabajaba con calma, calculando cada golpe, y en aquella ocasión extremó aún más el manejo de sus herramientas.
Se encontraba en el otro costado del jardín y Felipe, pese a su esfuerzo, no fue capaz de distinguir el avance del trabajo de su amigo.
Lo que advirtió pasado un buen rato fue que Lancelot, Johan Lome y Tristán se acercaban conversando en voz baja hacia la zona en la que él dibujaba.
Sin embargo, el del Burgo no tardó en abstraerse de lo que ocurría a su alrededor y volver a emplearse en sus trazos.
El tiempo pasó muy rápido y, cuando Felipe volvió a la realidad, el maestro Lome, Lancelot y también Tristán se encontraban a su lado.
―¿Dónde habéis visto una obra semejante? ―preguntó Johan Lome sin preámbulos.
―En la calle, en la iglesia, en el mercado. Son personas que he observado en algún momento cuyos gestos y facciones recuerdo ―respondió señalando sus dibujos con ambas manos.
―Y ¿qué es lo que hacen?
Felipe lo miró con cierta sorpresa. Le parecía evidente lo que había querido representar.
―El dolor de todo un reino ante la pérdida de su rey. Son plorantes, hombres y mujeres de toda condición.
―¿Los colocaríais en la tumba del rey?
―Así es. Quizá en la base del sepulcro. En el frente la familia real, los hijos del rey…, y en los costados nobles, clérigos y el pueblo.
Johan Lome se acercó aún más a los pergaminos y observó los detalles.
―Sin ellos, en ese plano solo existiría la piedra. Con ellos la obra tendría alma y ganaría movimiento ―trató de explicar Felipe.
―¿Y los soberanos? ―insistió el maestro señalando el pergamino como si se tratase de algo ya discutido en algún momento.
―Sobre la lápida. Las figuras de los reyes aparecerían echados, plenos de vida, con sus manos en posición de súplica, implorando a Dios por su alma y por todo su reino.
Johan Lome asintió y alzó la vista hacia él.
―¿Cómo os llamáis?
―Soy Felipe de Obanos, hijo de María y de Miguel de Obanos.
El tracista del Burgo había mantenido aquella conversación ajeno a la presencia de los acompañantes del maestro.
Fue al identificarse cuando se fijó en el gesto de ambos.
Lancelot parecía satisfecho mientras que Tristán mantenía el rictus crispado.
En aquel momento el maestro principal de la catedral intentó intervenir, probablemente para añadir al comentario el hecho de que sus padres habían sido condenados al destierro.
Sin embargo, cuando lo intentó, brotó de su garganta un sonido agudo, más parecido al graznido de un ave que a una palabra.
Lome hizo caso omiso al falsete de Tristán y, tras aquella pausa, se dirigió de nuevo al tracista.
―Felipe de Obanos, yo tallaré vuestros dibujos y, si me permitís, también intervendré en vuestros trazos.
―Será un honor trabajar para vos.
―Quizá os pueda trasladar enseñanzas de obras de las que he sido testigo. He visto la tumba de Carlos V, rey de Francia, la de su esposa Juana de Borbón y la de Felipe el Atrevido, duque de Borgoña. Veo en tu idea muchas de las cosas que allí se representan.
La conversación pareció cerrarse allí, sin embargo, Felipe intervino antes de que continuaran con el reconocimiento de los trabajos.
―Maestro, disculpad mi atrevimiento. Jesús es el hombre que hasta ahora ha esculpido mi obra ―dijo señalando con su mirada hacia el lugar en el que este trabajaba―. Espero que también él pueda formar parte de esta empresa.
El maestro escultor sonrió.
―Lo hará. Así se lo haré saber ―contestó―. Veo que no solo sois capaz de imaginar una obra de arte, también sabéis rodearos de los mejores. Esa es una cualidad que sin duda aprecio.
El joven asintió conforme y cruzó después una mirada de complicidad con el vicario.
Tristán se mantenía en tensión con los brazos estrechados contra su pecho.
No había sabido encontrar las razones ni las palabras con las que provocar el descrédito de Felipe.
Lancelot se fijó entonces en la extraña postura que había adoptado y, cuando por un momento la deshizo, observó una marca idéntica en cada uno de sus brazos provocadas sin duda por la presión de sus uñas.
―¿Qué es lo que hacéis? ¿Os ocurre algo? ―quiso saber el vicario.
El maestro de la catedral no fue capaz de contestar. Se dio la vuelta y desapareció.
El día se había nublado y un ligero viento del norte comenzó a soplar en los jardines.
Lancelot pidió a Felipe, a Jesús y a un tercer escultor procedente de Nájera que permaneciesen junto a él.
Agradeció a los artistas descartados su presencia y, cuando estos abandonaron el lugar, condujo a los elegidos.
Rodearon el estanque octogonal repleto de peces y continuaron a través de un camino cubierto de parras con cuyas uvas se producía el jugo de verjus.
Ninguno dijo nada hasta que llegaron a la puerta que daba acceso a palacio.
Felipe no había estado antes en el Jardín de los Naranjos y le llamó la atención la calma anclada en aquel lugar al abrigo de los edificios del palacio.
Aunque quizá lo que más le sorprendió fue la intensa fragancia que se respiraba.
Al menos ocho naranjos repletos de flores blancas se erguían alineados junto a las paredes del patio formando un pasillo central que conducía a las dependencias de los reyes.
En el centro del jardín se situaba una pequeña fuente con una figura de un caballo de latón y en un rincón una jaula con ardillas.
El del Burgo entendió entonces por qué su padre decía que todo el palacio estaba pensado para intimidar e impresionar a cualquier visitante.
―Es la flor de azahar la que luce en las ramas de los naranjos y la que extiende su halo envolvente, ¿lo notáis? No solo es su olor. Las noches de primavera como la de hoy, los reyes se refugian aquí ―les contó Lancelot.
―Nunca había visto estas plantas y tampoco su fruta ―comentó Jesús.
―Han sido traídos desde las orillas del Mediterráneo. Fueron plantados en este lugar y los jardineros reales han conseguido que prendan. Las noches de invierno los cubren con telas que cuelgan desde las paredes para evitar que se hielen ―explicó.
En aquel momento se escuchó un rumor de pasos y por encima de todos ellos, en la galería ubicada en la planta noble de la Gran Torre, apareció el rey Carlos III.
Se asomó a la arquería para que todos pudieran verlo y levantó sus brazos como saludo, manejando con gracia las amplias mangas de su hopalanda.
―¡Sed bienvenidos! ―los saludó desde lo alto.
A continuación, el monarca retomó la marcha y desapareció de la vista para presentarse ante ellos un momento después.
El ujier de cámara y dos soldados de la guardia real lo acompañaban con gesto nervioso.
Los presentes se arrodillaron, agachando su cabeza mientras él se dirigía directo al sillón situado en el único lugar al que todavía alcanzaban los rayos de sol.
―Sé de vuestro arte, de vuestra habilidad y sé que habéis sido seleccionados por el maestro escultor Johan Lome ―les habló directo―. No pensé que encontraría artistas notables entre mis súbditos, pero al parecer estaba equivocado.
El rey rio satisfecho, aunque de forma comedida.
―No he podido ver vuestros trabajos, ya que mis visitantes me requieren, pero lo haré próximamente. Seréis, con la ayuda de Dios, quienes contribuyáis a hacer más grande mi legado ―impuso.
No preguntó nada a ninguno de los presentes ni nadie osó intervenir por iniciativa propia.
―Es todo ―prosiguió―. Mi hijo Lancelot os convidará a una merienda frugal y os ayudará a hospedaros en palacio, si así lo deseáis, hasta que encontréis dónde hacerlo.
El monarca dejó su sillón casi sin dar tiempo a sus invitados a levantarse y, con la misma urgencia con la que había surgido, desapareció por una de las puertas del patio de los Naranjos.
―Ya lo habéis oído ―dijo Lancelot en un aparte a Felipe―. Salvo que os moleste la presencia del maestro de obras de la catedral en el banquete, lo invitaré a nuestra mesa.
―Por supuesto. No es un impedimento para mí, quizá para él lo sea.
Tristán mantuvo la corrección durante el convite.
Habló únicamente con Lancelot y con Johan Lome, pero en ningún momento provocó a Felipe ni insinuó nada que pudiera molestarlo.
El maestro de la catedral y el propio maestro escultor fueron los primeros en abandonar el salón, mientras que los tres elegidos permanecieron con el vicario.
Disfrutaron escuchando baladas interpretadas por la voz clara de uno de los cantores de la corte acompañadas con arpa y chirimías.
Las preferidas de Lancelot eran las compuestas por Guillaume de Machaut y las solicitó una y otra vez a los músicos.
Tras el número de dos bailarinas de poses imposibles, dejaron solo al vicario y, pese a las súplicas de este para que continuara la fiesta, se retiraron.
Felipe se dirigió a la cámara que los ujieres le habían indicado.
Estaba contento, pero en aquel momento volvieron a su mente la preocupación por sus padres y por su hermano.
Volvió a pensar en las consecuencias de su nombramiento.
Lancelot le había asegurado que podría trabajar en Pamplona, en la fábrica de la catedral junto a Jesús, pero él temía que quizá necesitara trasladarse a Olite demasiado a menudo.
Se concentró en el sonido de la leña ardiendo.
Pese a que había llegado la primavera, las noches eran frías y se hacía necesario seguir encendiendo las chimeneas.
El ambiente caldeado de la cámara, el lecho mullido y la calma reinante consiguieron que cayera rendido.
Fue poco después de la medianoche cuando despertó tosiendo sobresaltado.
La puerta de acceso, un aparador con telas y mantas a la entrada, los tapices de las paredes y las alfombras estaban ardiendo.
La habitación se había llenado de un humo negro que salía escupido por el único ventanuco que daba al exterior.
El cerramiento de cera había reventado y era el único lugar por el que podía escapar.
Se levantó de un salto y trató de acercarse a la puerta de la cámara.
No pudo llegar. La cabeza comenzó a darle vueltas.
Se tapó la boca con un paño y se acercó hasta el ventanuco.
La apertura en el muro de la habitación succionaba el humo como una chimenea.
Tampoco podía atravesar aquella cortina negra.
Estaba a punto de perder la consciencia cuando se encaramó al alféizar de la ventana.
En el exterior la apertura disponía de una peana que se prolongaba a izquierda y derecha.
Salió rodeado por la humareda y, sofocado, se colocó en cuclillas en uno de los extremos tratando de respirar el aire frío de la noche.
―¡Felipe! ―escuchó―. ¡Por Dios! ¿Dónde os encontráis?
Había transcurrido un tiempo desde que el del Burgo había salido a la ventana.
Comprobó que el caudal de humo que expedía el hueco se había reducido mucho.
Tomó una bocanada de aire y se asomó al interior de la habitación.
La cámara había evacuado casi toda la humareda.
Aguzó la vista y comprobó que las dos figuras en su interior eran Lancelot y Tristán.
Saltó dentro y, sin detenerse, se dirigió hacia el maestro de obras.
Llegó hasta él y lo empujó con tal fuerza que cayó de espaldas.
―¡Maldito bastardo! ¡Habéis sido vos quien ha prendido la cámara!
El maestro de obras lo miró desde el suelo aturdido y fue Lancelot quien habló.
―Ha sido él quien ha dado la voz de alarma. Tristán os ha salvado.