CAPÍTULO 84.
Pese a que Felipe no reconoció a Johannes, cuando este le confesó su desventura y cómo Lancelot lo había protegido, también él se comprometió a guardar su secreto.
Le contó que Blanca había salvado a Mencía y la persecución a la que los sometió Lot.
Desde entonces surgió entre ellos un vínculo especial.
Felipe respetó el nombre que había adoptado y comenzó a compartir con él muchos momentos en la catedral.
Jesús tenía un hambre voraz por aprender el oficio de cantero y poco a poco fue afinando sus habilidades para acometer los trabajos más delicados.
Su carácter impulsivo hacía que a veces destrozara sus esculturas fallidas contra el suelo de la catedral, sin embargo, en ningún momento dejó de intentarlo.
Felipe, consciente de su esfuerzo, pero también de su habilidad y de su progreso, lo apoyó y lo animó desde que Lancelot lo incorporó como uno más a las obras. Pronto se hicieron inseparables.
Él esculpía muchas de las tracerías, capiteles y relieves que Felipe dibujaba.
Cuando Lancelot o alguno de los maestros de la catedral requería algún trabajo al del Burgo, este siempre exigía que fuese su amigo quien trasladara a la piedra aquello que imaginaba y delineaba.
En aquellos años juntos habían alcanzado un entendimiento extraordinario.
Por eso, cuando el tracista decidió acudir a la cita con Johan Lome, resolvió que pediría al vicario que Jesús lo acompañara.
Unos días antes del encuentro en Olite, Felipe se dirigió a la torre Barbazana y encontró a Lancelot sumergido en un sinfín de pergaminos. Portaba unas curiosas antiparras en la nariz con las que corregía su vista deficiente. Se las retiró en cuanto vio a su protegido y se levantó para recibirlo.
―Acudiré a Olite ―le confirmó Felipe tras saludarlo.
―Os ha costado mucho tiempo decidirlo. Pero sabía que lo haríais. Rogué a Dios que así fuera. Mi padre no podía permitirse el lujo de prescindir de vos.
―Si no lo hubiera decidido así, me hubieseis obligado ―le acusó irónico.
Lancelot sonrió y volvió a sentarse en su mesa de trabajo a la vez que invitaba a Felipe a acompañarlo.
―Así es ―admitió―. No obstante, los hombres acaban convenciéndose de las cosas por razones que ellos mismos descubren, no tanto por las que otros tratan de inculcarles.
―Solo os pido una gracia ―le anticipó―. Me gustaría que también asista Jesús, el hombre que esculpe mis dibujos ―añadió después de guardar un instante de silencio.
El gesto de Lancelot bastó para provocar de inmediato la réplica de Felipe.
―Mi señor, admiráis mis obras una vez ornamentan los edificios, pero quien talla la piedra es él.
―Admiro esos dibujos antes de ser esculpidos. Es verdad que el resultado final del trabajo resulta pulcro y fiel. Y no niego que se deba a una habilidad, al entrenamiento de quien lo ejecuta, pero no al arte de imaginar que vos poseéis por la gracia de Dios.
Felipe negó resignado.
―Serán los maestros de los equipos de los distintos talleres quienes elijan a los mejores. Solo podemos invitar a la cita con Johan Lome a un par de tracistas y dos o tres escultores.
―Uno de ellos debe ser sin duda Jesús ―insistió obstinado Felipe.
―Esperemos que así lo decidan ―zanjó el vicario.
La víspera del encuentro en Olite, cuando Jesús le confirmó que no había recibido la invitación, Felipe se enfadó, pero decidió que acudiría a la cita. Se preparó y se puso en camino hacia el sur.
Apenas pudo dormir. Pasó la noche en la casa de Rodrigo en Olite, repasando sus dibujos a la luz de las velas y tratando de dejar de lado el resto de asuntos que una y otra vez volvían a su mente.
Tomó los pergaminos y una vez más se sintió orgulloso de su trabajo.
Había concebido un sepulcro rico en detalles de los que únicamente había delineado una pequeña parte.
Sobre un lecho elevado descansarían las figuras de los monarcas, acompañadas en sus laterales por un numeroso grupo de plorantes que reflejarían gestos, posturas y ropajes con el máximo detalle.
Cuando el del Burgo llegó a la explanada que antecedía al palacio se detuvo y contempló embelesado la residencia real.
Emergía como un bosque de torres, terrazas y galerías, más propio de relatos de juglares y trovadores que de un lugar real.
Hacía meses que no había estado en Olite y el palacio lo había vuelto a sorprender.
Cuando parecía que la obra estaba concluida los arquitectos construían una nueva torre o un edificio anejo que, lejos de desajustar el conjunto, lo dotaban de armonía y grandeza.
El tracista continuó la marcha hacia los talleres de los artesanos y, en cuanto rodeó el edificio, aparecieron ante él los jardines reales.
Allí se habían dado cita una docena de hombres de rostros ajados, ojos atentos y manos casi tan duras como la piedra que manejaban a diario.
No se trataba de obispos, ni embajadores ni caballeros, sino tracistas, escultores y mazoneros venidos de lugares tan lejanos como Flandes, Borgoña, Reims, Lille o Sora.
Se acercó y, para su enorme sorpresa, advirtió que su amigo Jesús era uno de ellos.
Lucía una amplia sonrisa y portaba en sus manos el hatillo de trabajo que sin duda contendría cinceles, gradina y maceta.
―¡Jesús, estás aquí! ¡Qué alegría!
―¡Felipe, Dios os guarde! He partido desde Pamplona antes de que amaneciera y acabo de llegar.
―No esperaba encontrarte. Cuando supe que Tristán te rechazó, insistí a Lancelot, pero él desechó contrariar a los maestros.
―Fue el propio Tristán quien ayer mismo, cuando ya no albergaba esperanza, me comunicó que al cabo seríamos tres escultores los que acudiríamos en vez de dos. Pero estoy seguro de que él no deseaba eso. Tengo todavía clavada la mirada de desprecio que me dedicó cuando me lo dijo.
―Lancelot lo obligó ―adivinó Felipe.
―Eso creo. Ayer vi discutir al maestro de la catedral con el vicario. Pero ese bastardo esperó a que pasara el día para comunicármelo. Felipe asintió con gesto decidido.
―Estoy seguro de que Johan Lome te reclutará. Sabes elegir a primera vista el bloque adecuado para cada composición y eso no es algo ordinario.
El cantero miró a los hombres que esperaban a tan solo unos pasos.
―Son escultores y tallistas que han labrado verdaderas obras de arte, en Francia, Castilla… Incluso vos hacéis un trabajo de oficial. Yo solo soy un simple cantero.
―Eres joven. Aún no has tallado tus mejores obras ―razonó su amigo―. Jesús, todos estaremos desnudos hoy ante los ojos de Johan Lome. Empléate como lo haces cada día.
El escultor lo tomó del antebrazo, le sonrió y asintió convencido.
―Gracias. Así lo haré.
Se volvieron hacia el grupo y se acercaron a ellos.
Allí, entre flores fragantes, árboles frutales y arbustos geométricos, se habían instalado varias mesas largas dispuestas con pergaminos, tablillas de madera, figuras de yeso y cera.
Apenas tuvieron que esperar. Todos se volvieron hacia el patio de acceso a palacio y advirtieron que Lancelot se dirigía hacia ellos junto a Johan Lome.
Se oyó un ligero murmullo de admiración y todas las miradas se fijaron en el maestro escultor.
De complexión recia y mirada atenta, mostraba los rasgos de los hombres del norte: piel blanca, barba entrecana y ojos grises.
Lo que más sorprendió a Felipe fue la forma de moverse, como si cada gesto adoptase la velocidad y trayectoria exactas.
Fue el vicario quien saludó a los presentes, que, sin ningún tipo de indicación, rodearon en un amplio corro a los recién llegados.
―¡Sed bienvenidos! Dios os guarde. Os traslado también la bienvenida de mi padre, el rey y señor de estas tierras y de todo el reino de Navarra.
Pronto nos honrará con su presencia ―anunció.
Tras una ligera pausa, prosiguió―. Habéis llegado desde tierras remotas, también de lugares cercanos, de nuestro reino, con una sola intención, demostrar al maestro Lome que podéis trabajar en su taller y ejecutar las obras más bellas jamás concebidas.
Lancelot hizo una pausa. Los muros de las torres y cercos en aquel costado reflejaban los rayos del sol sobre la espalda de los anfitriones, creando una especie de contraluz.
―También nuestro rey desea que de él, de su obra, quede memoria. Y algunos de vosotros seréis quienes lo hagáis posible. Su mausoleo en la catedral de Santa María la Real de Pamplona será digno de admiración.
El vicario señaló las mesas de trabajo con ambas manos, animando a los artistas a dirigirse hacia ellas.
Fue justo en aquel momento cuando, por el túnel emparrado que daba acceso a uno de los jardines cerrados, apareció el maestro de obras de la catedral, Tristán de Asiain.
Llegó hasta los anfitriones, los saludó con reverencia y comenzó a charlar con ellos mientras los invitados al evento se repartían entre las tablas.
Jesús hizo un gesto de decepción a su amigo.
Tenían la esperanza de que no estuviera, pero no era lógico que fuera así.
El maestro principal de la catedral cruzó una mirada con Felipe y le sonrió como si supiera de antemano que Johan Lome lo iba a descartar.
Algo estaba contándole, que lo escuchaba con interés.
A continuación, señaló hacia donde ellos se encontraban.
El maestro escultor volvió su mirada hacia allí y asintió.