CAPÍTULO 83.
El juez de la Corte Mayor atravesó la sala de los Lazos, en la que se celebraría el banquete.
Una mesa en forma de U ocupaba la estancia y en su frente, elevado en una pequeña grada, se encontraba el lugar reservado para el monarca.
Los aparadores ubicados junto a las paredes rebosaban de frutas, panes, empanadas y jarras repletas de vino, mientras decenas de velas encendidas iluminaban todos los rincones.
Adrián se apresuró a bajar por la escalera de caracol y cruzó terrazas y pasajes hasta llegar a las cocinas.
Allí la actividad frenética alcanzaba su punto álgido.
Lot se había sentado en una silla cercana a los estantes en los que depositarían los platos calientes poco antes de ser servidos, entre los que sin duda se encontrarían los de la reina Leonor.
Juan Viejo dirigía a gritos a los sirvientes, que llevaban los platos fríos y los caldos al salón en una especie de letanía interminable.
El médico judío observó con detenimiento.
Todos los hombres y mujeres presentes en las cocinas se ocupaban de su labor.
Nadie le prestaba atención. Fue entonces cuando descubrió a un hombre fornido de pelo revuelto y barba muy larga a tan solo unos pasos.
Vestía un sayo marrón y recordó haberlo visto ese día en más ocasiones.
Cuando uno de los sirvientes pasó al lado de Lot, este lo retuvo agarrándolo del brazo.
―¿Conocéis a esa especie de fraile que no deja de mirarme?
―Es el boticario de la lonja. No sé qué hace aquí.
Lot tuvo la sensación de que aquel hombre había estado cerca toda la mañana.
Salió de las cocinas y se dirigió hacia el portal de entrada a palacio.
Solo cuando llegó allí miró a su espalda.
El boticario había salido también tras él, aunque se encontraba a cierta distancia.
El médico reaccionó rápido. Volvió a darle la espalda y entró en el recinto palaciego por la puerta principal.
Los guardias conocían a Lot y no obstaculizaron su paso.
Pese a la limitada fuerza del sol en otoño, sus rayos lo golpearon ahora de lleno frente a la puerta de palacio.
Se dio toda la prisa que sus rodillas le permitieron.
Atravesó patios y pasillos para volver a aparecer en las cocinas, esta vez llegando desde el interior del edificio.
Quizá había conseguido darle esquinazo y podría ahora llevar a cabo su plan.
Se dirigió hacia uno de los rincones donde en otras ocasiones había realizado las comprobaciones de veneno.
Observó que, junto a uno de los aparadores, un joven escudero custodiaba los platos de los soberanos.
Lot confió en que el rey no hubiera pedido catadores que los probaran, porque entonces se descubriría su intento antes de que llegara a la mesa de la reina.
―Soy Lot ben Abraham, el médico de la reina ―le dijo―. Debo hacer las comprobaciones pertinentes.
Sacó de su refajo un colgante de oro en el que lucía encastrado una especie de árbol de coral y se lo mostró al joven.
Los médicos lo introducían en los guisos y observaban cualquier cambio en su color, que anunciaría la presencia de algún veneno.
El joven asintió y se retiró para permitir la prueba.
En uno de los estantes se habían colocado fuentes con guisos de carne, estofados, queso y empanadas, pero en otro descubrió una vajilla con caldo y un potaje.
Él había prescrito algunos de aquellos platos que beneficiaban las digestiones de la reina.
Dio la espalda al escudero y, sin permitir que viera su maniobra, abrió el zurrón y extrajo una pequeña alcuza que mantuvo también fuera de su vista.
El veneno estaba tan concentrado que bastaría una cantidad mínima.
Justo entonces advirtió que, por el mismo lugar por el que él había llegado, aparecía el hombre del sayo marrón.
Se mantuvo quieto en el umbral, observándolo sin ningún disimulo pese a darse cuenta de que el médico también lo miraba.
Lot sintió cómo su pulso se aceleraba y retumbaba en sus sienes.
Buscó a su alrededor y, pese a no encontrar ningún otro peligro aparente, supo que Jerónima estaba detrás.
Apretó la cerámica en su mano sudorosa y se acercó despacio a uno de los fogones en los que ya se doraban los cabritos.
Comprobó que, desde aquel ángulo, nadie, ni siquiera su perseguidor, podía verlo y lanzó el veneno en mitad de las llamas.
El fuego siseó apenas un instante, pero no ocurrió nada más.
Adrián también irrumpió en las cocinas por la puerta que daba acceso a la zona noble del palacio acompañado por dos hombres de la guardia real. Cesaron de golpe las conversaciones y todos los sonidos parecieron atenuarse. Juan Viejo fue el único que se dirigió hacia los recién llegados.
―¿Qué es lo que ocurre? Estamos sirviendo un banquete real.
Adrián no respondió. Su mirada recorría la sala. Cuando encontró a Lot, hizo una señal a los guardias, que se acercaron a él de forma atropellada. El judío permanecía inmóvil y sudoroso junto a las parrillas en las que se doraba la carne.
―Lot ben Abraham quedáis detenido por orden del rey ―proclamó el de la Población con voz firme.
Un murmullo recorrió las cocinas mientras se miraban unos a otros sin entender nada. El médico, sin embargo, no mostró sorpresa ni opuso resistencia.
―Cometéis un grave error. Desconozco la razón de este atropello, pero espero que vos me lo expliquéis.
Fue en ese momento cuando Lot descubrió a Jerónima tras los guardias y, en vez de mostrar preocupación, simplemente sonrió.
La herbolaria avanzó hasta el lugar en el que se encontraban y tomó la saca que le ofreció uno de los guardias.
Examinó su contenido, se llevó a la nariz alguna de las vasijas y finalmente miró a Adrián negando con la cabeza.
―Os lo dije. Os equivocáis ―declaró clavando los ojos en Jerónima―. Otra vez os equivocáis ―murmuró satisfecho.