El privilegio CAPÍTULO 82.
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CAPÍTULO 82.

Hacía mucho tiempo que Jerónima no había estado en Olite.

Le impresionó la grandiosidad del palacio, pero también lo hizo la cantidad de nuevas edificaciones surgidas desde que los reyes se habían trasladado a la villa y la habían convertido en capital de una nueva merindad.

Olite bullía con una desbordante actividad.

Embajadores, clérigos y otros invitados paseaban por la lonja mientras los comerciantes ofrecían sus productos a voz en grito.

Jerónima se apresuró para llegar cuanto antes a palacio y, conforme se acercó, advirtió el olor a estiércol, a humo y a carne asada procedente de sus chimeneas.

El zaguán de acceso se encontraba defendido por varios guardias, pero no le hizo falta superar aquel obstáculo.

A pocos pasos, su amigo Adrián charlaba animadamente con un par de hombres que sujetaban las riendas de sendos caballos.

Por sus vestimentas estrafalarias y sus tocados coloridos, debía de tratarse de embajadores llegados de tierras lejanas.

Dos mozos tomaron los animales y se los llevaron hacia las caballerizas.

Entonces, cuando el consejero del rey hizo un gesto a los extranjeros para que lo siguieran, advirtió la presencia de la herbolaria.

Los acompañó hasta el portal de entrada, los presentó a alguno de los ujieres y de inmediato deshizo sus pasos, dirigiéndose hacia su amiga.

―¡Jerónima! ―saludó preocupado―. ¿Qué es lo que ocurre?

Ella le hizo un gesto leve para apartarlo de la zona de paso y, solo cuando se cercioró de que nadie los escuchaba, le respondió.

―Lot está aquí. Hemen dago!

Adrián dibujó un gesto de sorpresa sin entender nada.

―¿Estáis segura? ―contestó levantando la vista como si fuera a encontrarlo a su lado―. En todo caso, ¿por qué has viajado desde Pamplona para contarme eso?

―Estoy convencida de que pretende envenenar a alguien en la celebración ―aseguró con la firmeza habitual de sus palabras―. Creo que se trata de la reina Leonor.

Adrián se quedó inmóvil durante un instante apretando los labios. No cuestionó el juicio de Jerónima. Si ella había llegado a aquella conclusión, él la creía.

―¿Otra vez?… El rabino ―murmuró.

Apoyó una mano sobre la piedra de los muros exteriores de la fortaleza, agachó la cabeza y la volvió a levantar tras un momento.

―No podemos permitirlo ―reaccionó al fin.

―La reina ha prescindido de sus servicios. Lo supe esta misma mañana. He pedido a uno de los boticarios que vende mis remedios en la lonja que busque a Lot y que no lo pierda de vista ―le contó Jerónima.

―Las cocinas. Lo detendremos antes de que vuelva a hacerlo.

Lot había visto a la herbolaria mucho antes de que ella lo descubriera.

Cuando la distinguió acercándose al palacio entre siervos y cortesanos, el judío dio un paso atrás para ocultarse en las cocinas.

Durante un instante trató de razonar con lucidez y un pensamiento fugaz cruzó su mente.

¿Era posible que aquella hechicera sospechara algo?

Esa mujer era un demonio y era su enemiga, siempre lo había sido.

Ella y la bruja rubia lo acosaron cuando murió el rabino Levy.

Pero era imposible que pudiera saber de su intención.

Se volvió a asomar al portal y comprobó entonces que Jerónima hablaba con su amigo, el juez del tribunal de la Cort, que asentía de forma reiterada.

Tomó la saca, la tocó y trató de encontrar las vasijas en las que portaba el veneno.

Seguían allí. Debía actuar con mucha cautela o renunciar a su intención.

Adrián encontró al rey rezando en una pequeña capilla que se hallaba junto a su cámara.

Sintió que se estaba inmiscuyendo en la intimidad del soberano, pero aquella noticia era demasiado grave como para no hacerlo.

Comprobó que todavía no se había percatado de su presencia, así que, tras arrodillarse, lo llamó casi en un susurro.

―Majestad, disculpad mi presencia.

El soberano volvió con calma su cabeza y, al ver a su consejero, se levantó y se acercó a él.

―¡Adrián, pasad! Rogaba a Dios por Leonor. Sus males la mortifican. ¿Qué se os ofrece?

El juez de la Cort se dio un momento para elegir las palabras.

―Majestad, creo que alguien va a tratar de envenenar a la reina.

El monarca endureció su mirada, pero no alteró su tono de voz.

―¿Cómo podéis saberlo? Se trata de una acusación muy grave.

―Tengo sospechas muy fundadas de que va a ser así. Necesito que me autoricéis a extremar las medidas para evitarlo.

―¿Quién pensáis que osa cometer semejante aberración?

―El médico judío Lot ben Abraham.

El rey no mostró sorpresa, ni siquiera irritación.

―Creí que Leonor había pedido que ese hombre no la volviera a asistir.

―Es lo que me han informado. Por eso nos ha sorprendido que viajara hoy a Olite. Aquí no tiene nada que hacer.

El monarca caminó unos pasos por la estancia.

―Ese hombre conoce el estado de salud de la reina. No entiendo que pretenda envenenarla ―reflexionó.

―Quizá no sea nada extraño para una mente rencorosa y perturbada como la suya.

Ambos permanecieron en silencio.

―Dudo que la reina pruebe nada, quizá algún caldo de ave.

En todo caso, pedid al cocinero mayor que prepare nuevos platos para ella.

Y registrad a ese loco antes de que empiece el banquete.

Llevaos a dos soldados con vos. Si encontráis algún veneno entre sus pertenencias, detenedlo y encerradlo.

Si no lo halláis, expulsadlo de palacio y dad la orden de que no lo dejen entrar.