El privilegio CAPÍTULO 81.
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CAPÍTULO 81.

La mujer que limpiaba y cocinaba para Lot en la judería de Pamplona conocía bien a Jerónima.

En una ocasión acudió a la herbolaria de Villava ante la ineficacia de los remedios que su propio amo le administraba para calmar su urticaria.

Jemila se encontró con ella muy cerca de la sinagoga justo cuando alcanzaba el callejón estrecho en el que se hallaba la casa del médico judío.

―Ha partido esta mañana hacia Olite. Muy temprano. Mucho antes del amanecer ―le aseguró la anciana―. La reina ha requerido su presencia en el Palacio Real para asistirla en una celebración que tendrá lugar en la villa.

Jerónima dejó atrás la judería con el corazón latiendo de forma acelerada.

Había sido consciente de que Lot preparaba un veneno y que pensaba utilizarlo muy pronto.

Lo que no había calculado es que lo hiciera en una celebración en el Palacio de Olite.

Durante el trayecto hacia Villava no pudo dejar de pensar en el rabino Levy, en la confesión de Ester y en la decisión de dejarlo pasar para mantener a salvo a Blanca.

Siempre se reprochó no haber actuado contra él.

Se aprovisionó de algunas medicinas, de agua y algo de comer y partió hacia el sur sobre la mula más joven que poseía.

Cuando dejó atrás las murallas de Pamplona, el sol de la mañana había comenzado a inclinar sus rayos hacia los campos de trigo y cebada.

Era la hora en la que se rezaba para obtener las mejores cosechas, se recogían las hierbas medicinales y se bendecían los campos; y también ella rezó a su manera para llegar a tiempo.

Dos gigantescas columnas de humo se retorcían en el cielo limpio del mediodía anticipando actividad en el Palacio de Olite.

El carruaje que llevó a Lot hasta la residencia real parecía a punto de ceder y la mula que lo arrastraba, al borde del colapso.

Lo acompañaba a pie un joven judío que guio al animal hasta el portal de acceso a las cocinas reales y, una vez se detuvo, ayudó al médico a poner los pies en tierra. Lot estuvo a punto de caer.

―¡Eres un inútil! Nunca podrás llegar a ser médico ―gritó a su aprendiz.

―Lo siento, maese ―se disculpó.

―¡Dejadme ya! ¡Vais a hacerme caer!

El muchacho retrocedió sin confiar en que su maestro se mantuviera en pie.

Cada vez le era más penoso realizar movimientos sencillos.

El motivo no era el aumento de peso, sino los años que sus rodillas llevaban soportándolo.

El dolor ahora no remitía y no podía permanecer de pie durante mucho tiempo.

Cuando el médico accedió por la puerta de servicio comprobó que las cocinas se encontraban en plena ebullición.

Un acontecimiento como aquel exigía a todo el personal del Palacio Real el mayor de sus esfuerzos.

Sobre las mesas, aves, cerdos y terneros eran despiezados a golpe de cuchillo y la carne sazonada con hierbas, especias y sal.

Decenas de pasteles y empanadas de carne, pescado y frutas se hallaban preparadas para ser servidas a los comensales.

Lot se decidió a superar el zaguán de entrada que se abría entre los mozos, guarnicioneros y escuderos.

Apenas quedaba espacio. Un campesino que acarreaba huevos salvó al médico mediante un ágil requiebro mientras otro que llevaba varias cestas de verduras tropezó con él y estuvo a punto de caer.

―Deseo ver a Juan Viejo ―pidió Lot a uno de los jóvenes aprendices.

El chico se quedó pasmado mirando a aquel judío inmenso. Señaló el interior de la amplia estancia y continuó con sus quehaceres.

A medida que avanzaba hacia el interior de la cocina, el calor se volvió insoportable y el ambiente, cargado del vapor y humo de los fogones, irrespirable.

Cocineros y aprendices vigilaban los pucheros colocados en las dos gigantescas chimeneas.

Uno de ellos, al ver que el médico se acercaba, avivó uno de los fuegos y dirigió el humo hacia él.

Lot tosió de forma exagerada, contorsionando su enorme cuerpo y provocando las risas de quienes se encontraban cerca.

―¡Disculpadme señor médico, no me he dado cuenta de vuestra presencia! ―declamó en alta voz para que todos lo escucharan.

La carcajada volvió a elevarse al unísono aún más fuerte.

El cocinero mayor, Juan Viejo, se encontraba sentado en una silla entre un aparador y el fogón.

Era un hombre de corta estatura, pelo blanco rizado y padecía siempre de un fuerte dolor de huesos.

En cuanto advirtió el motivo de las risas, se levantó y golpeó al joven cocinero con una cuchara larga de madera con la que probaba potajes y brouets .

Lot había dejado de toser y observaba la escena con el rostro serio y la mirada fija.

―Con Dios, maese Lot ―lo saludó el jefe de las cocinas de Olite con voz grave―. Disculpadlos. El humor es lo único que poseen.

Condujo al judío hasta una zona algo más tranquila en la que pudieron sentarse. De la misma forma que Jerónima y Blanca, el médico viajaba con una pequeña bolsa en la que portaba sus remedios.

―Dejad que os ayude ―se ofreció el cocinero tratando de liberarle del peso de la saca.

―No os preocupéis. No me separo nunca de mis medicinas.

Juan Viejo asintió y, de inmediato, interrogó a Lot sobre los acontecimientos de la capital del reino.

El judío le contó los últimos desencuentros entre los burgos, le detalló el avance de las obras de la catedral y, en muy poco tiempo, volvió a ganarse su confianza.

Lo que también pudo comprobar fue que el jefe de cocinas ignoraba su cese como médico de la reina.

―Sabéis que debo comprobar los platos reservados para nuestra soberana en cuanto los tengáis preparados ―le informó.

Juan Viejo juntó sus manos en un gesto que repetía cuando no portaba en ellas utensilios de cocina.

―Desconozco si se encuentra bien, pero, desde que llegó, apenas ha tomado agua de rosas, algunos potajes y pastas en caldo ―contestó con su voz rota.

―Lo sé. La visité en Pamplona. No obstante, aunque ella no esté presente en el banquete, los días como hoy debemos extremar las precauciones.

A Juan Viejo no le pareció extraña su petición. El médico lo había hecho en multitud de ocasiones y le sugirió que se presentara en las cocinas justo en el momento en el que fueran a servirse los platos.