El privilegio CAPÍTULO 80.
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CAPÍTULO 80.

Lancelot era un hombre culto e ingenioso y lo que más le gustaba era llevar a sus invitados al palacio que construyó en Arazuri.

Allí organizaba fiestas y banquetes aderezados de trovadores, juglares y danzantes.

Su vida no era ciertamente la de un clérigo.

Tuvo dos hijos ilegítimos que reconoció y a los que trató de proveer.

Pero las retribuciones como vicario general y administrador apostólico de la sede episcopal, sumadas a las asignaciones que el rey le procuraba no eran suficientes para cubrir los cuantiosos gastos en los que incurría.

Las deudas se fueron acumulando y, pese a que su padre dejó de fiarle, no se produjo cambio alguno en su conducta.

Felipe solo estuvo una vez en una de aquellas veladas en el Palacio de Arazuri.

Desde que nació Martín, ignoró las numerosas invitaciones que Lancelot le había hecho.

Mantener vivo el negocio ganadero de su padre y la efervescente actividad en la catedral le absorbían por completo.

Cuando regresaba a casa por las noches prefería acostar a su pequeño Martín y charlar con Blanca sobre lo que les había deparado la jornada.

Aquella mañana Lancelot apremió al del Burgo para que estuviera a media tarde, a la hora nona, en la torre Barbazana y el tracista temió que se tratara de una nueva invitación a su palacio.

Cuando llegó al claustro de la catedral, Tristán de Asiain salía de la sala capitular junto a dos maestros canteros y dos oficiales.

El maestro principal de la fábrica de la catedral retorció su boca en un gesto de desprecio que a Felipe le recordó al de un perro rabioso.

Se cruzaron sin que ni uno ni otro retirara la mirada, pero tampoco hicieron ademán de enfrentarse, ni siquiera de detenerse.

Al tracista ya no le molestaban sus desplantes, ni sus insinuaciones.

Tenía la confianza del vicario y de otros maestros y era con ellos con quienes trabajaba y departía.

―Felipe, sed bienvenido. Tengo algo muy interesante que contaros ―le dijo Lancelot en cuanto entró en la torre Barbazana.

El vicario era un excelente anfitrión y un grandísimo orador.

Felipe pensaba que aquel hombre sería capaz de obtener lo que se propusiera tan solo con sus palabras.

Eso le hacía ser precavido y mantenerse en guardia siempre que se encontraba con él.

Invitó al del Burgo a llegar hasta el apartado en el que despachaba sus asuntos y se sentaron en un par de sillas junto a la pesada mesa de roble.

Aquel lugar, su olor a incienso, la luz que se filtraba de frente por sus ventanales, traía a Felipe recuerdos gratos.

―He contado a Tristán y a los maestros lo que ahora os explicaré. ¿Lo habéis visto?

―Sí, me he cruzado con él. Nunca admitirá mi trabajo ―simplificó hastiado Felipe.

El vicario general había conseguido mantener al joven tracista a resguardo de la animadversión que el maestro de obras tenía hacia él.

―Por eso siempre me he preocupado de que trabajarais en proyectos separados. Tristán se ocupa de lo relacionado con la ejecución de cimientos y estructuras, mientras que vos os empleáis en el engalanamiento de la catedral ―le confesó.

―Cierto. Y os doy las gracias por ello. Recuerdo el día en que me pedisteis consejo sobre la manera en la que construir los techos de la catedral. Vi tal ira en sus ojos que temí que fuera a atacarme.

―Por eso he preferido citaros por separado. Vos respondéis de vuestro trabajo ante mí de la misma forma que él. Aunque, en este caso, también espero algo diferente de vos ―se explicó.

―Soy todo oídos ―contestó Felipe ante el gesto decidido del vicario.

―Supongo que habéis coincidido en alguna ocasión con el maestro Johan Lome de Tournai.

Felipe sabía del artista venido de tierras lejanas para prestar su servicio al rey navarro.

―Sí, lo he visto un par de veces en la catedral con vos. Nunca he hablado con él ―contestó curioso ante la pregunta.

―Él realiza su trabajo en el Palacio de Olite. Llegó tras el último viaje de mi padre a Francia. Sin duda os entenderíais bien. Estoy seguro de que él valoraría vuestro trabajo.

Felipe permaneció en silencio a la espera de que Lancelot concretara el motivo de su llamada.

―Sabéis que ahora la mayor preocupación de mi padre es que la ornamentación, el embellecimiento de su catedral, constituya uno de los mayores legados de su memoria.

―Lo sé. Siempre lo he sabido. Es eso lo que trato de hacer cada día.

―Y para eso es necesario que cada uno de los edificios estén tallados por los artistas más importantes de todos los reinos de la cristiandad.

―Cierto. No solo ha llegado Johan Lome, lo han hecho Anequin de Sora, Michel de Reims o Vincent Huyart.

―Pero también hay tallistas y tracistas en nuestro reino. Vos sois uno de ellos ―le lanzó el vicario esperando una reacción que no se produjo.

Lancelot se levantó de su silla y comenzó a andar despacio en el reducido apartado. Siempre hacía eso cuando necesitaba que sus palabras sonaran más convincentes.

―Estoy seguro de que están haciendo un gran trabajo. He visto algunas de sus esculturas en tracerías, tímpanos y columnas ―intervino Felipe.

El vicario dirigió su mirada hacia la estrella de ocho puntas que coronaba la torre Barbazana.

―Sí, así es, pero también nuestros artistas han levantado obras excelsas ―se vanaglorió―. Propondré a mi padre que reclute a nuevos artistas para apoyar a los maestros venidos desde Francia. El esfuerzo de traerlos no habrá merecido la pena si después no se les procura la ayuda suficiente.

Miró fijamente a Felipe y al fin concretó su intención.

―Me gustaría que vos fuerais uno de los maestros que dirigierais las manos de esos hombres, que ellos tallasen lo que vos dibujaseis.

Felipe se sintió abrumado, sin embargo, siguió sin responder a sus halagos. Hacerlo supondría estar más cerca de aceptarlo y en aquel momento no lo veía posible.

―¿No decís nada? Recuerdo que hace mucho tiempo vuestro deseo no era otro que colaborar en la obra más grande que jamás se haya visto para gloria de Dios y de nuestro rey Carlos.

El del Burgo se vio obligado.

―No puedo trasladarme a Olite. Mi familia está en Pamplona y también debo ocuparme del negocio de mi padre. Sabéis que fue desterrado y que el rey no se ha dignado a concederle carta de perdón.

Lancelot asintió, pero al momento pareció olvidar aquella circunstancia.

―Pero vos estáis aquí. ¡No me digáis ahora que os atan los cerdos y las vacas!

―Recordad que también vos y vuestro padre consumís la carne de los animales que criamos y sin duda el maestre de la cocina de palacio la echaría en falta.

―Me decís que vale tanto el trabajo que hacéis como ganadero como vuestro ingenio con la pluma... De eso puede ocuparse vuestro hermano Rodrigo.

―Él viajó hace días al reino de Aragón para cuidar de mi padre. Está enfermo. Un mensajero nos trajo noticias suyas ―se justificó, eludiendo el asunto de las jirafas.

Lancelot continuaba rehaciendo una y otra vez su corto paseo en el interior de la torre Barbazana. Llegaba hasta el altar balanceando las mangas de su hopalanda y volvía hasta la mesa de trabajo en la que Felipe se mantenía sentado.

―Lo que ahora os propongo no supondría abandonar la ciudad. No soy yo quien establecerá qué artistas se emplearán en el trabajo que os he detallado, pero quería al menos conocer vuestra disposición. Todo sería más fácil de esa manera.

Felipe titubeó.

―En todo caso, el rey debe aceptar mi propuesta. Tenéis tiempo para adecuar vuestra situación y prepararos. Mi padre ha convocado Cortes en Olite para consensuar el nombramiento de mi hermanastra Blanca como heredera del reino. Será entonces cuando le proponga el encuentro con Johan Lome.

―No lo entiendo. ¿De qué encuentro habláis?

Lancelot pareció llegar al punto clave de la reunión. Se detuvo, se colocó frente a él y lo tomó de los hombros como si fuera a nombrarlo caballero.

―Un encuentro de artistas en el palacio: tracistas, canteros, escultores y arquitectos. De entre todos ellos reclutarán a los mejores. De esa forma dispondríamos de un ejército de expertos que trabajen en las obras. Si mi padre acepta, tendrá lugar cuando concluya el invierno.

―Y ¿quién acudirá?

―Maestros de todo el reino y de los reinos vecinos.

―¿Creéis que yo puedo hacer algo diferente a lo que ya hago en la obra de la catedral?

―Quiere levantar su mausoleo, el más precioso que hayan visto los ojos del hombre, uno que sea envidiado por los soberanos de todos los reinos del continente.

Felipe salió de la torre pensativo. Dar aquel salto supondría sin duda un mayor salario, que le permitiría dejar el trabajo como ganadero y ayudar aún más a sus padres en el exilio.

Quizá aquella visita a Olite le permitiría además interceder por ellos ante el rey.

Atravesó el claustro y cruzó la puerta del Amparo.

Justo al otro lado, allí donde se levantaba el edificio principal del complejo, vio a Tristán de pie, inmóvil, observándolo.

―No creáis que no sé la predilección que el vicario siente por vos ―gruñó con una profunda mirada de desprecio.

―Desconozco la razón de esa afirmación. Yo hago mi trabajo y vos el vuestro. Así debe seguir ocurriendo.

―No alcanzaréis el puesto que él os ofrece como tracista del mausoleo del rey Carlos III.

―¿Sabéis antes que yo lo que piensa ofrecerme? ¿Qué haréis para impedirlo? ¿Envenenarme, como hicisteis con Perrin de Simur? ―replicó Felipe enfadado.

Tristán no pudo ocultar su sorpresa. Abrió los ojos sin dejar de mirar a Felipe, dio un paso atrás, tropezó y perdió el equilibrio. Se levantó todo lo rápido que pudo y abandonó el recinto catedralicio sin mirar atrás.