CAPÍTULO 79.
Aún no había amanecido cuando Rodrigo se levantó y bajó la escalinata que llevaba a la cocina.
Pese a su tamaño y al enorme patio abierto que se abría al cielo de Pamplona, aquella casa mantenía bien el calor.
Sus paredes eran gruesas y disponía de dos chimeneas que caldeaban las estancias de toda la vivienda.
Felipe y Blanca se encontraban junto al fuego del hogar hablando sobre la intención del pequeño de los hermanos.
Rodrigo se acercó sin decir nada y dio un abrazo largo a cada uno de ellos.
Tomó un plato con un mendrugo y una consistente sopa de ave que Blanca preparaba con maña y se sentó a la mesa.
―¿Cuándo partirás? ―le preguntó directo Felipe.
―Hoy mismo. Llegaré a Olite, hablaré con Fortún y en un par de días estaremos preparados. Él sabe dónde encontrar a Martín de Viana y yo a padre y madre ―detalló.
No hubo respuesta, ni apoyo a la empresa que estaba decidido a acometer ni tampoco oposición.
―Es la única vía, Felipe. Tú no puedes hacerlo.
Tampoco lo contradijo esta vez.
―Debo irme. Dos vacas están a punto de parir y es posible que ya lo hayan hecho ―anunció acercándose a su hermano―. Lleva tu zurrón repleto. Blanca te dará además nuestros ahorros. Aunque sabemos que no serán suficientes, no te irás de vacío de esta casa.
―No sé si pasarán meses sin vernos o serán años, pero tendréis noticias.
Felipe no quiso prolongar la despedida.
―Abraza a nuestros padres y dales esperanza ―pidió―. Háblales de Martín.
El mayor de los hermanos dio la espalda a Rodrigo, pero antes de dejar la estancia se giró y le hizo una última súplica.
―Cuídate mucho y asegúrate de regresar.
Rodrigo sonrió a Blanca con tristeza y, mientras ella preparaba una saca con comida y un par de odres de agua, llegó hasta la cama en la que descansaba el pequeño Martín.
Observó su sueño plácido y lo besó, tratando de no despertarlo.
Tomó las provisiones, se pertrechó con su ropa y sus armas y se dirigió hacia la salida de la casa seguido por su cuñada.
Blanca y Rodrigo siempre se habían guardado un cariño muy especial. Ella sabía hasta qué punto admiraba a su hermano y él le agradecía enormemente haberlo ayudado a superar las diferencias entre ambos.
―Rodrigo, ve a despedirte de Ane y cuéntale que la quieres ―le dijo ella de pronto.
Rodrigo se quedó pasmado. Había fantaseado con la visita que haría a la mujer que amaba desde que llegó a Pamplona, pero desechaba la idea cada vez que volvía a su cabeza.
―¿Te ha dicho algo? ―preguntó sin atreverse siquiera a nombrarla.
―No con palabras.
―Quizá nunca vuelva.
―Lo harás. Y ella te estará esperando. Siempre te ha esperado.
La tenue luz de aquella hora de la mañana había comenzado a filtrarse por las ventanas de las últimas casas de San Cernin.
Se abrigó ajustando el pellizón que lo cubría.
El aire helado de la madrugada se colaba en las calles del Burgo, aunque Rodrigo sentía un frío mucho mayor.
Estaba decidido a contar a Ane sus sentimientos, para abandonarla a continuación sin otra solución.
Cruzó el foso y se encaminó hacia la casa de Adrián.
Quizá ella no se hubiera levantado todavía.
Nada más entrar en la rúa de las Zapaterías percibió claramente el olor a pieles curtidas y a animales. Llegó hasta la casa, llamó suavemente a la puerta y pronto apareció ante él Adrián.
―Bienvenido, hijo. Pasa.
El joven entró y buscó a Ane. No se encontraba en la enorme sala central de la planta baja y tampoco se oía ningún ruido.
―Si buscas a Ane la avisaré ―adivinó―. Está en el taller. Ha llevado a Pedro algo para comer. Ya se ha repuesto del asalto, pero ella quiere convencerlo para que denuncie a quienes echaron abajo su casa.
Rodrigo asintió, pero no se decidió a pedirle que la buscara.
―Respeto tu decisión, pero quizá podríamos pensarlo mejor ―le dijo el juez mirándolo como si lo hiciera con su propio hijo.
―Si no parto ya, mi padre morirá ―le contestó Rodrigo con calma―. Si lo hago, no tendré nada que reprocharme.
Adrián buscó palabras para disuadirlo, pero no encontró las adecuadas.
―No todo se resuelve con la voluntad que siempre muestras ―le dijo.
―Tampoco con la paciencia que vos practicáis.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para convencer al magistrado de la Corte Mayor. Rodrigo había tomado su decisión y nada lo detendría.
En aquel momento el joven ganadero dudó. Pensó en las palabras que había preparado para Ane y sintió que no tenía fuerzas para hacerlo.
―Os ruego que me despidáis de Lorea y de Ane ―pidió.
―Así lo haré.
Abrazó a Adrián y salió por la puerta de la casa.
Nunca había padecido aquella angustia, pero no podía ahora ceder.
Dejó atrás la rúa de las Zapaterías y se dirigió hacia la belena.
Su intención era acercarse hasta la iglesia de San Lorenzo para encomendarse a san Fermín.
Entonces, antes de salir de la Población, escuchó una voz tras de sí.
―Rodrigo, ¿pensabas escaparte sin verme?
Ane lo miraba con una sonrisa triste, mientras el corazón de su amigo latía más deprisa que nunca.
Hacía meses que no la veía y no recordaba aquella sensación.
Su pelo rojo suelto, su piel blanca y sus labios también púrpuras le causaban siempre el mismo efecto.
Todas las palabras que había pensado se deshicieron como la niebla tocada por el sol.
La miró hipnotizado y le habló casi temblando.
―No sé si volveré a verte.
Ane sintió un escalofrío, pero se repuso.
―Mi padre me lo ha contado todo. Pensé que vendrías uno de estos días antes de partir...
―No tuve fuerzas ―fue lo único que pudo decir.
Las sacas y los cueros que cargaba le pesaban mucho más que cuando partió de la casa del Burgo. Incluso la espada parecía importunarle ahora en su cintura. Se encontraban separados por apenas un par de pasos, el uno frente al otro, entre los dos muros que encajaban la estrecha belena.
Ane pareció recordar algo de pronto e introdujo su mano bajo las capas que la cubrían. La sacó y la extendió ante su amigo. Sobre su palma asomaba una pequeña medalla grisácea con la figura de una virgen y un niño.
―Es la Virgen del Camino. Te protegerá en el viaje.
Las lágrimas se asomaron a los ojos de Rodrigo.
Tomó la insignia con cuidado y al hacerlo las manos de ambos quedaron prendidas.
Ane se acercó despacio hasta él. Sintió con nitidez su dolor y lo abrazó.
No hicieron falta las palabras. Rodrigo la tomó en sus brazos como si recogiera la mercancía más frágil que nunca hubiera portado y se fundieron en un beso sin testigos ni promesas.