El privilegio CAPÍTULO 78.
71%

CAPÍTULO 78.

Jerónima había asistido a varios enfermos de peste negra en las aldeas cercanas a Villava e incluso un par de casos en Pamplona, y una vez más había comprobado que era inmune a la enfermedad.

No era casual que, cada vez que retornaba aquella plaga, conviviera día y noche con ella y nunca se hubiera visto afectada.

La herbolaria estaba convencida de que quienes, como ella, sobrevivieron a las primeras pandemias, habían adquirido algún tipo de protección.

Sin embargo, no permitía que Blanca la acompañara.

Decía que no disponía de aquella inmunidad y prefería mantenerla alejada, más ahora que era madre de un pequeño.

Esa última oleada no era tan letal como las primeras narradas por los más viejos del lugar.

Cada vez que la enfermedad regresaba, lo hacía de forma más débil y afectaba a menos vecinos.

Ahora para hacerle frente, bastaba con el establecimiento de cuarentenas y el aislamiento de las poblaciones o barrios en los que se localizaba.

Como las últimas jornadas, acudió al hospital de la Magdalena, para visitar a algunos infelices afectados.

Los religiosos de San Lázaro asistían en aquel lugar, fuera de los límites habitados de la ciudad, a enfermos de lepra y también de peste.

Aquel olor a podredumbre, a enfermedad y a metal que tan bien conocía la herbolaria la recibió nada más atravesar la puerta de entrada.

Al menos cuatro apestados cubiertos de bubones y de heridas purulentas agonizaban en los jergones de la estancia.

Cuando uno de los hermanos hospitalarios la vio acercarse, le pidió que se protegiera.

―Cubrid vuestras manos y vuestro rostro. No los toquéis directamente con la piel y no respiréis directamente sus efluvios ―advirtió.

Jerónima conocía aquellas pautas y, pese a estar convencida de sentirse a salvo, le hizo caso.

Antes de entrar en el hospital, había vuelto a ver al muchacho cruzar el puente de la Magdalena y dirigirse hacia el bosque situado en el camino de Villava.

En más de una ocasión la herbolaria había reparado en él, con su ropa harapienta y su zurrón a la espalda recolectando hierbas.

Le volvió a parecer que, pese a tratarse de un chico enclenque, su zancada decidida y su mirada firme revelaban disposición y propósito.

En algún momento tenía que hablar con él.

El sol se encontraba ya en lo alto del horizonte cuando Jerónima finalizó su visita y una leve brisa acarició su rostro terso y curtido.

Echó un vistazo por los alrededores y no vio a nadie.

Normalmente, el joven herbolario volvía a pasar por delante del hospital después de un rato, sin embargo, esa mañana no lo había hecho todavía.

Avanzó por el camino y, tras atravesar un amplio claro, pudo divisar en el linde del bosque los primeros sauces y fresnos.

El amarillo y dorado habían alcanzado a todos ellos y ahora el otoño comenzaría a desnudarlos.

La herbolaria tomó la senda semioculta entre arbustos que utilizaba cuando no quería ser vista.

Completó el recorrido con paso lento sin advertir rastro del zagal.

Descifró el sonido del agua, el movimiento de algún pequeño roedor, el viento sobre las hojas y el graznido de los pájaros sobre su cabeza.

Pero no escuchó nada que denotara presencia humana.

Hasta que en el centro mismo del bosquecillo localizó al muchacho agachado entre los arbustos.

Sin duda recogía alguna hierba. Llevaba un palo de avellano en su mano, y tras incorporarse, lo golpeó contra el tronco de un roble cercano.

―¡Maldición! ¡Es imposible! ―clamó con rabia.

Jerónima lo observó oculta entre los árboles. Lo había visto a veces mostrándose amable con personas con las que se cruzaba en el camino y pensó que no podía ser una amenaza para ella. Salió de su escondite sin que el joven advirtiera su presencia y se dirigió a él con tono firme.

―¿Qué es lo que buscas? ¿Te puedo ayudar?

Se volvió de golpe ante la inesperada voz a su espalda y estuvo a punto de caer al suelo.

―¡Por Dios! ¿De dónde habéis salido? ¡Me habéis asustado!

―No pensé que una vieja como yo pudiera asustar a un muchacho como tú. ¿O acaso estás haciendo algo inconfesable? ―le preguntó.

El joven se revolvió nervioso, se recolocó el saco y se masajeó las manos en un gesto que Jerónima había observado antes.

―Disculpadme, llevo toda la mañana en el bosque y no encuentro lo que busco ―contestó al fin.

―Lo sé. Te he visto cuando has pasado por delante del Hospital de la Magdalena.

―¿Os encontrabais allí? ¿No tendréis la peste? ―preguntó dando un paso atrás.

―No te preocupes, es imposible que la tenga ―le aseguró―. ¿Qué es lo que buscas que no encuentras?

Él pareció titubear.

―Quizá te pueda ayudar. En este bosque crecen todo tipo de especies.

―No os lo puedo contar ―contestó finalmente.

Entonces, ambos escucharon con nitidez el ruido de un carruaje acercándose desde Villava.

El muchacho miró a los dos lados del camino buscando una escapatoria, pero justo entonces apareció en el recodo una pareja de campesinos.

Transportaban sacas de grano en una carreta tirada por una mula vieja y avanzaban despacio hacia ellos.

―¡Con Dios, Jerónima! ―saludaron―. ¿Os encontráis bien? ―preguntó el hombre mirando de reojo al chico.

―¡Con Dios, Honorio, Dorotea! Todo está bien. Recolectamos algunas hierbas. Podéis seguir vuestro camino, gracias.

El joven permaneció callado. Parecía haberse calmado, pero ahora miraba con los ojos muy abiertos a la mujer.

La herbolaria intercambió un par de frases de cortesía con la pareja de campesinos y finalmente se despidieron.

Observaron el lento avance de la carreta en dirección al puente de la Magdalena, hasta que desaparecieron en una de las revueltas del camino.

Fue entonces cuando el muchacho la interpeló mientras volvía a frotar sus manos.

―¿Sois Jerónima, la herbolaria de Villava?

―Así es.

―En más de una ocasión he pensado acudir a vuestra casa para aprender de vos.

―Puedes hacerlo cuando gustes ―le invitó.

El joven asintió satisfecho y por su gesto pareció estar dispuesto ahora a responderle.

―Me han encargado recoger dos especies. Las necesitan con premura. Las dos. Y me pagan bien. Pero me han hecho jurar que no se lo contaría a nadie ―explicó.

―Si no me dices qué es lo que buscas no te podré ayudar. Si lo haces, podrás entregar tu encargo. Nadie sabrá que has estado conmigo. ¿Qué interés puedo tener yo en contárselo a nadie?

El muchacho la miró y dudó antes de revelar su intención. Pensó que si alguien podía ayudarle a encontrar lo que necesitaba era aquella mujer.

―La primera la he encontrado sin problema ―le dijo―. Pero llevo buscando toda la mañana la que completa el encargo y no la hallo. Nunca la había recogido.

Abrió la mochila y mostró a Jerónima algunos ejemplares.

―Es mandrágora. Me falta el beleño ―confesó al fin de golpe.

Jerónima apretó sus manos y trató de no transmitir su conmoción. Aquellas dos hierbas juntas no conformaban un remedio de sanación, sino una solución letal. Tardó en reaccionar, pero al fin lanzó la pregunta sin recato.

―¿Para quién las buscas?

El muchacho dudó apenas un instante, pero la promesa de la mujer y su aparente sinceridad le indujo a confiar en ella. Le mostró sus muñecas. Un visible moratón aparecía en cada una de ellas.

―Me lo ha hecho con sus garras al pedirme que no revelara el encargo. Lo debéis conocer. Es el hombre más grueso que nunca haya visto. Le llaman el buey Lot.