CAPÍTULO 77.
Lot ben Abraham hacía mucho tiempo que se sentía molesto con la humillación a la que lo sometía la reina Leonor. El médico era ya incapaz de procurar alivio al sufrimiento que ella padecía y eso le hacía ser desconsiderada y cruel con quien hasta entonces había aplacado sus males.
Hacía mucho frío en el Palacio de la Navarrería.
Cuando los reyes no se encontraban allí, no utilizaban las chimeneas de las habitaciones y a su regreso era necesario prender un fuego intenso.
La humedad que rezumaban aquellas paredes de piedra no desaparecía a no ser que se mantuviera encendido durante varios días.
Leonor había acudido a Pamplona junto a su esposo para encomendarse a santa María la Real y, cuando Lot supo de su presencia, acudió a verla.
Avisaron al ujier de cámara de la soberana de la visita del judío y antes de llevarlo hasta ella, le advirtió:
―Su padecimiento se ha hecho insufrible. Se encuentra aletargada durante todo el día, pero cuando la ataca el dolor, es capaz de arremeter contra quien ose permanecer a su lado.
―¿Sigue así? Achaqué su sufrimiento a la muerte en Bearn de su hija Juana, condesa de Foix y heredera del reino.
―Ese quizá fue el detonante, pero ha empeorado vertiginosamente.
Lot confió en que Leonor, tras su estancia en Olite, hubiera reconsiderado su decisión de prescindir de él o que al menos se encontrara calmada.
La penumbra reinante, el aire viciado y el olor a enfermedad lo golpearon nada más asomarse a la estancia.
Tan solo la luz de un candil permitió al médico distinguir a la reina tumbada de espaldas en una enorme cama con dosel.
Se acercó tratando de no molestarla y, cuando estuvo a unos pasos, se decidió a hablarle.
―Majestad, traigo nuevos remedios para vuestros males ―se justificó.
La enferma se dio la vuelta y Lot se estremeció.
Pese a haberla atendido postrada en su lecho tantas veces, nunca había visto en ella esa palidez ni un rictus de dolor semejante.
Su rostro a la luz de la vela se veía deforme.
Leonor no parecía una reina. Cuando descubrió que quien la visitaba era el médico, enrojeció y sus ojos evidenciaron el miedo de quien se sabe al borde de la muerte.
―¡A mí, la guardia! Es este infiel quien me ha hecho enfermar con sus pócimas y brebajes. ¡Me trae la muerte!
Lot trató de hablarle, pero ella, pese al temblor de sus manos, sacó fuerzas de lo más profundo y le lanzó todo lo que encontró a su alcance: una taza, un peine y también un pequeño cascabel que utilizaba para llamar a la servidumbre.
El médico desistió. Retrocedió y salió de la estancia esperando que se calmara.
Quizá volviera a intentarlo al cabo de un rato.
Sin embargo, lo único que escuchó fueron sus gritos de sufrimiento.
El gesto del ujier cuando se asomó por la puerta de la sala no era nada halagüeño.
―Le he dado un bebedizo y se encuentra más calmada.
―Volveré a entrar. Puedo hacer que se recupere ―presumió.
―No quiere volver a veros. Me ha pedido que pague vuestros servicios y que no volváis a asistirla.
―Pero entonces, ¿quién lo va a hacer? ―preguntó, como si solo él pudiera dispensarle esa atención.
―Quiere a uno de los médicos jóvenes que la atendió en la última ocasión que estuvo en Pamplona, Aarón de Estella se llama.
Lot enderezó poco a poco la espalda y tensó sus pesados brazos, que hasta entonces colgaban sin vida a ambos costados de su cuerpo.
Lo conocía. Había sido uno de sus aprendices y ahora debía ceder ante el empuje y buen hacer del joven.
Su respiración se aceleró y sintió la sangre ardiendo en todo su cuerpo, pero no hizo nada por resistirse a aquella sensación.
Sabía que en aquellas situaciones era capaz de tomar las decisiones más osadas.
―¿Cuánto tiempo permanecerá la reina en Pamplona?
―Partirá mañana mismo hacia Olite. Dentro de unos días se reunirán allí los ricoshombres, merinos y prelados del reino para obtener consenso en el nombramiento de su hija Blanca, reina de Sicilia, como heredera al trono.
―En este estado será difícil que la reina soporte una celebración de ese tipo.
―Así es, pero ella quiere defender los derechos de su hija ante los embajadores de Fernando de Antequera, suegro de Blanca y recién coronado rey de Aragón.
Lot lo miró pensativo y de pronto sus ojos se abrieron, como si descubriera en aquel pasillo de piedra algo que no hubiera visto hasta entonces.
―Aunque supongo que todo eso ya no os concierne ―añadió el ujier.
―Así es. No os preocupéis por mí.
El médico tuvo que descansar nada más salir de palacio.
Se detuvo junto a un tocón de madera que había hecho en más de una ocasión las veces de asiento para él y esperó al muchacho a quien enviaba a recoger hierbas.
Hacía recados para los maestres de palacio y para otros cortesanos, y a buen seguro aparecería pronto por allí. No tuvo que aguardar mucho tiempo.
―Voy a encargarte unas hierbas que nunca has recogido antes. Te explicaré al detalle cómo son y dónde las puedes encontrar.
―Con gusto, maese ―contestó un mozuelo de pelo revuelto y mirada avispada.
Era un trabajo que le reportaba más monedas que otros encargos y él siempre estaba dispuesto.
―Las necesito mañana. Puedes ir a buscarlas al amanecer y entregármelas en cuanto las recojas.
El chico lo miró con temor. Su voz temblaba. Nunca lo había visto hablar así.
―De acuerdo ―asintió.
Lot lo agarró por las muñecas, lo atrajo hacia sí y le habló poniendo énfasis y pausa en cada palabra.
―Te pagaré el doble de lo que hago normalmente, pero no debes contar a nadie lo que buscas ni quién te lo ha encargado.