CAPÍTULO 76.
Alicaído, bajó la rúa Mayor de la Navarrería y cruzó la tierra de nadie entre los burgos. Antes de entrar en San Cernin, una arcada subió a su garganta y lo obligó a detenerse. Se agachó en cuclillas apoyándose en aquellas piedras de Portalapea y, una vez se recuperó, reanudó la marcha.
―Dios os guarde, Adrián Alegre ―saludó el portalero.
―Con Dios ―replicó el de la Población sin levantar la cabeza.
Las torres de la iglesia de San Cernin se levantaban orgullosas frente a la casa de Miguel de Obanos.
Se detuvo, volvió su mirada hacia el templo y rezó a la virgen del Camino, que tantas veces los había escuchado.
Nadie transitaba ya las calles del Burgo.
Pronto se anunciaría el toque de queda y la guardia real comenzaría su ronda.
Una fría ráfaga lo azotó recordándole su fragilidad y, pese a aquella impotencia, se recompuso y se dirigió a la casa de sus amigos.
Cuando lo vieron entrar en la cocina, los dos hermanos y también Blanca se levantaron de la mesa. Bastó el simple gesto de aflicción de Adrián para que los tres supieran que no traía buenas noticias.
Rodrigo no pudo contenerse. Con su brazo extendido, golpeó varias jarras que se estrellaron con estrépito contra el suelo. En apenas unos segundos el vino se derramó por completo, tiñendo el suelo de rojo intenso.
―¡No volverán! Nunca podrán saldar su deuda ―exclamó afligido.
Felipe miró a Adrián apretando con fuerza los puños y se acercó hasta su hermano.
―Viajaré a Zaragoza. Al menos podré abrazarlos, les hablaré de su nieto y, si Blanca me acompaña, quizá pueda curarlo.
Su mujer no quiso contradecirlo y tampoco lo hizo Adrián, pero su hermano se opuso.
―No. Tú te debes a tu familia, a tu hijo y a tu mujer. No te puedes ir y tampoco podéis dejar solo a Martín. Yo no tengo familia, ni compromiso. Seré yo quien lo haga. Los buscaré y trataré de sacarlos de allí.
―Quizá puedan vivir en algún lugar de Castilla cercano a la frontera del reino, como Nájera o San Vicente de la Sonsierra. Podríamos visitarlos e incluso podríamos mudarnos a Viana o a Laguardia ―propuso Blanca mirando a Felipe.
Adrián se dio cuenta de inmediato de lo que aquella idea suponía para Felipe. Lo obligaría a renunciar a aquello por lo que durante tanto tiempo había peleado.
―El rey vaciló en su decisión ―les confesó―. Se interesó por vuestros padres.
―¡Vaya forma de demostrarlo! ―clamó Rodrigo.
―Entiendo vuestra decepción, pero quizá hayamos sembrado una semilla que pronto dé sus frutos ―replicó el de la Población.
―No tenemos tiempo ―se lamentó el menor de los hermanos.
Se sentó en uno de los taburetes, agachó la cabeza y la escondió entre sus brazos.
Todos discurrían cuál podía ser ahora el siguiente paso.
―Si lograra cumplir la encomienda del rey... ―caviló Rodrigo.
―¿A qué te refieres? No lo entiendo ―preguntó Felipe.
―Me refiero a traer la pareja de jirafas o alguna bestia que reduzca la deuda.
Todos lo miraron perplejos.
―¿Qué estás diciendo? ¡Eso es imposible! ¿Cómo financiarías esa empresa? ―saltó su hermano.
―Desconozco el valor de esos animales. Podría obtener algún préstamo que me permitiera traerlos. Estoy seguro de que Juan me fiaría.
Adrián lo contradijo.
―Podríamos ayudaros, Juan y también nosotros. Pero es un verdadero tesoro el que necesitarías. No podríamos devolver esa deuda ni aunque os fiáramos todo ese dinero.
―Quizá si el rey ve cumplido su deseo, sea benévolo y contribuya con una parte.
―Sabes lo que le ocurrió a padre. La expedición estaba compuesta por un pequeño ejército y, pese a todo, fracasó ―le recordó Felipe.
La herbolaria los había escuchado en silencio, pero entonces quiso darles su opinión.
―Aquella empresa fue una auténtica temeridad y vuestra intención vuelve a serlo.
Rodrigo se levantó de la banqueta.
―Blanca, el propio rey, Fortún y Martín de Viana nos contaron que vieron esos animales. Viajando al lugar adecuado, por remoto que sea, ¿por qué no iba a verlos también yo? ―insistió.
Todos enmudecieron, sumidos en sus pensamientos, hasta que sonaron las campanadas de la cercana iglesia de San Cernin anunciando el toque de queda. Se levantaron de sus asientos despacio.
―Estoy seguro de que Martín de Viana y Fortún me acompañarán. Partiré hacia Zaragoza, con o sin vuestra ayuda.