CAPÍTULO 75.
Ane siguió con impaciencia a José de Liédena desde el taller de las Tecenderías hasta la iglesia de San Cernin.
Restaban unas horas para que resonase en sus campanarios la llamada al toque de queda y era posible que algunos de los jurados se encontrasen todavía allí.
Cuando pasaron por delante de la casa de Felipe y Blanca, la pelirroja tuvo la tentación de pedirles apoyo, pero prefirió tratar de resolverlo por sí misma.
Un ambiente húmedo y cargante los recibió al entrar al templo.
Hacía más frío dentro del edificio que en el exterior y Ane ciñó sus prendas de encima.
Avanzaron hacia la cabecera, a su izquierda, y comprobaron que en el brazo derecho del transepto había varias personas.
Era allí, en la capilla de la Epístola, perteneciente a los gremios textiles y de guanteros, donde los miembros del concejo se solían reunir.
Ane y el alcalde del Burgo se acercaron hasta escuchar con nitidez lo que hablaban.
―Se trataba de una construcción a muy corta distancia de nuestra muralla ―esgrimía alguien.
Ane advirtió que quien hablaba era un hombre de pelo y barba negros y de cejas tupidas.
―Desde allí bastaría disparar una flecha encendida para que mi vivienda ardiera por los cuatro costados ―continuó Lope.
―De la misma forma que bastaría una flecha en sentido contrario para que prendiera también la casa del vecino de la Población ―arguyó uno de los jurados con los que discutía.
Ane se dio prisa en llegar hasta la capilla y, pese a encontrarse sofocada, no se contuvo.
―De hecho, disponéis de una muralla que os protege mientras que nosotros no la tenemos ―completó con rabia.
Todos miraron a los recién llegados. La abogada descubrió a Godofre en un rincón. Parecía agitado. Se movía a un lado y otro, como una fiera enjaulada, incapaz de contenerse ante el grupo de concejales que parecían reprochar su actuación.
―Quien ha incumplido las distancias exigidas ha sido vuestro vecino, no yo ―se defendió el acompañante de Godofre, más calmado, con aquel acento franco tan peculiar―. Las normas son claras. La vivienda debe ser derribada y en todo caso construida unos pasos más atrás.
―Quizá vuestros pasos son más largos que los nuestros, pero os aseguro que la vivienda guarda las medidas exigidas ―insistió la abogada tomando el relevo a los jurados del propio burgo de San Cernin.
Godofre, hasta ese momento en un segundo plano, estalló de pronto. Tomó un palo que utilizaban en los desfiles y procesiones para portar el estandarte del Burgo o el de su gremio y, como si hubiera sufrido una extraña enajenación, acometió contra el grupo de concejales.
―¡Maldito seáis! ―bramó―. ¿Por qué habéis insistido en defender a esos malditos villanos? ―gritó.
Trató de golpear al hombre que había reprochado su conducta.
Apenas tuvo tiempo para reaccionar, aunque al menos pudo protegerse con los brazos y parar el golpe que apuntaba a su cabeza.
Consiguió después hacerse con una vara utilizada en las lonjas para medir las telas y, esta vez, antes de que Godofre armara nuevamente el ataque, fue él quien lo golpeó derribándolo y desarmándolo.
―¡Por Dios! ¿Qué es lo que pretendéis? ―reprochó estupefacto a su compañero―. ¿Os habéis vuelto loco?
―Sois una alimaña. ¡Entre nosotros nos defendemos! ¿Cómo osáis poneros de parte de un vecino de la Población? ―profirió Godofre desde el suelo con los ojos desencajados.
Fue el momento que eligió el alcalde del Burgo para intervenir.
―Porque es nuestro deber procurar justicia a todos los habitantes del reino.
Godofre se levantó, se acercó alterado a José de Liédena y lo zarandeó ante la sorpresa de todos. El alcalde trató de desembarazarse de él, pero lo asía como si le fuera en ello la vida.
―¡Quemarán nuestras casas! Esa es su intención, ¿no lo veis?
El mandatario municipal consiguió al fin liberarse y, en cuanto terminó de pronunciar aquellas palabras, le asestó un puñetazo en la nariz. Godofre se desplomó ante la mirada atónita de los presentes y quedó tendido sin sentido en las losas del templo.
José de Liédena resopló, sacudió la mano con la que lo había golpeado y prosiguió su conversación con el hombre de las cejas pobladas.
―¡Por Dios! ¿Qué le ha pasado? ¿Por qué no me advertisteis de que acudiríais en nombre del Burgo para impartir justicia? Soy yo quien debe dictar ese tipo de órdenes.
―No quisimos molestaros ni haceros perder vuestro tiempo. Debéis entenderlo. Solo se trata de defender nuestros derechos, los derechos de todo el Burgo.
―Esa no es la forma de hacerlo.
Lope no parecía estar de acuerdo.
―¿Qué es lo que os ocurre? ¿Pensabais realmente que el joven zapatero iba a atacaros? ―le preguntó el alcalde―. Supongo que, en todo caso, sería el concejo quien tomaría una decisión semejante, no un solo vecino.
El hombre no le replicó.
―Dudo mucho de que la estrategia de la Población para lanzarnos un ataque sea construir una casa como la que habéis descrito.
Lope había agachado la cabeza y no fue capaz de mirar al alcalde mientras le hablaba.
―Llevaos de aquí a Godofre. No volveréis a asistir a ninguna reunión del concejo. Ya no formáis parte de él. Y si se demuestra que la vivienda se encuentra a la distancia suficiente, deberéis correr con los gastos de su reconstrucción.
―Lo está, os lo aseguro ―intervino Ane.
Godofre ya había recuperado la conciencia y Lope lo ayudó a levantarse. La joven abogada se sintió aliviada ante la escena, pero se dirigió al alcalde impaciente.
―Os ruego que uno de vuestros hombres me acompañe para sacar de la torre María Delgada al zapatero Pedro.
―Por supuesto. Un miembro del concejo os acompañará junto a uno de los guardias.
―Gracias. No hubiera soportado que se repitiera la historia. Y tampoco mi madre ―se sinceró bajando mucho su tono de voz―. Lo que ocurrió a mi padre cuando levantó su casa en el mismo lugar, su captura y, sobre todo, su indefensión, sigue vivo en su memoria.
José de Liédena dibujó un gesto de desagrado y asintió.
―Yo tenía apenas doce años. También fui testigo de la muerte de Peru. Y recuerdo a Lorea con una pequeña pelirroja en sus brazos ―le contó mirándola a los ojos.
Lope sostenía por los hombros a Godofre. Caminaban hacia la puerta de salida, cuando de pronto este se deshizo del apoyo de su compañero, se dio la vuelta y, como si de un sacerdote en el púlpito se tratara, se dirigió a ellos con voz potente:
―¡Maldita seas y maldito sea vuestro padre! ¡Él impidió con su voto que formara parte del tribunal! ―gritó bajo el ábside, en el mismo centro de la cruz del templo.
Todos lo miraron perplejos, pero nadie le replicó.
―Los vecinos del Burgo somos diferentes. ¡El rey nos prefiere! Lo sé ―prosiguió―. No solo porque aportamos más dinero a sus arcas. No sabéis leer ni escribir y sois incapaces de admirar el arte como nosotros lo hacemos. ¡Tu padre lo pagará y tú también lo harás!
José de Liédena miró a Ane con gesto contrariado.
―Sabía de su pretensión de pertenecer al tribunal de la Cort, pero no que fuera tu padre quien lo hubiera impedido.
―Tampoco yo lo sabía ―contestó la joven.
―Algunos creen que pertenecer al Burgo, ser hijos de quien son, los hace merecer mayores privilegios. Sobre todo, si disponen de una fortuna como la de ese hombre.
En aquel momento los dos jurados salían ya por la puerta de la iglesia.
―Os advierto, contad a vuestro padre lo ocurrido ―prosiguió el alcalde―. No echéis en saco roto las palabras de ese loco. Os aseguro que tiene muchos apoyos.
Ane seguía encogida. Apretó la mandíbula y asintió.