El privilegio CAPÍTULO 74.
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CAPÍTULO 74.

Pese a que ahora su residencia principal era el Palacio de Olite, el rey acudía a Pamplona para dejar constancia de su autoridad.

Trataba asuntos de los tres burgos, disputas entre ellos en muchos casos, y se complacía también en comprobar el avance de las obras de la catedral.

Aquella mañana se reunía el Consejo Real, tribunal que fallaba las causas más importantes del reino, y, pese a que Adrián Alegre no formaba parte de él, había sido convocado.

El juez de la Cort era uno de los hombres en los que el soberano depositaba su confianza.

Cuando llegó a palacio los miembros del Consejo aguardaban en varios corrillos a que el monarca hiciese acto de presencia.

Habían sido citados por el monarca, pero desconocían las razones de la convocatoria.

Los nobles, clérigos y cortesanos miraron a Adrián con aire de superioridad, pero también con envidia.

No era uno de ellos y, sin embargo, el rey mantenía largas charlas con él en el salón del trono del Palacio de la Navarrería.

El único consejero que a menudo lo apoyaba era Engarrán de Villers.

La sala en la que se reunían habitualmente estaba ya dispuesta.

La sobriedad del mobiliario y la ausencia de tapices y alfombras hacían que el eco de las voces resonara en las paredes de piedra.

Ahora todo el esfuerzo de la corona en engalanar los escenarios reales se lo llevaba el Palacio de Olite.

En el centro de la habitación se situaba una mesa alargada rodeada por sitiales de respaldo alto, y en su cabecera, ligeramente elevado, el sillón en el que se sentaba el rey.

El escribano había ordenado sobre la tabla las plumas, tinteros y pliegos de pergamino en los que dejaría constancia de los acuerdos.

Adrián permanecía de pie, calculando el momento en que podría llevar a cabo la petición y repasando las palabras que utilizaría, cuando las puertas se abrieron.

La guardia real precedía a Carlos III de Navarra.

Todos los presentes detuvieron sus murmuraciones y se arrodillaron rindiéndole pleitesía.

El soberano avanzó con paso firme, saludando apenas con una inclinación de cabeza, y solo cuando tomó asiento, lo hicieron también los demás.

No portaba corona en aquel acto. Únicamente lo hacía en acontecimientos muy señalados y en aquella ocasión vestía una jaqueta de seda carmesí ceñida al torso, calzas y un manto oscuro de terciopelo sobre los hombros.

―Vengo a escucharos ―anunció―. Esta es una reunión extraordinaria. He recibido una propuesta que concierne a este órgano del reino que me gustaría atender.

Los consejeros se miraron unos a otros sorprendidos y se hizo audible el rumor de sus comentarios.

―¡Silencio! ―pidió el canciller del tribunal.

Todos callaron de inmediato, pero las miradas de expectación entre ellos continuaron. Y fue Adrián, el único que no pertenecía al Consejo, situado en el extremo de la mesa más alejado del monarca, quien habló.

―Con el permiso de vuestra Majestad.

―Adelante ―concedió el rey.

Adrián se levantó con calma. Mantenía una figura envidiable, aunque su pelo rizado era cada vez más escaso.

―Majestad, sabéis que tengo en muy alta estima a este Consejo Real, pero os he dicho en alguna ocasión que sus funciones debieran ser definidas con claridad. No solo las de este órgano, las de todos los que administren justicia en el reino.

El murmullo de disconformidad creció a medida que hablaba y no se detuvo una vez hubo concluido su primera reflexión. Continuó pese a todo.

―Entiendo que este Consejo actúa como un tribunal en asuntos que a mi juicio no requieren de la autoridad de la corona.

―El rey es la justicia ―proclamó un ricohombre de mucha edad que representaba a la nobleza.

―¡Todos los asuntos que aquí se tratan son importantes para el reino! ―gritó irritado Pablo, el tesorero real.

La contrariedad se convirtió en un tumulto que el canciller trató de acallar de inmediato.

―¡Por Dios! ¡Estamos en presencia de nuestro soberano! Esto parece la lonja, no el tribunal supremo del reino.

Engarrán de Villers tampoco pudo evitar intervenir.

―¡Dejémosle hablar! Oigamos su propuesta.

Carlos III se limitaba a escuchar. Ni siquiera sus gestos delataban una opinión. Adrián intervino cuando al fin se calmó el ambiente.

―No se trata de limitar las funciones de este órgano. Al contrario, propongo que sus funciones sean mucho más ajustadas a su misión original: dar consejo a nuestro rey.

Perigot, uno de los funcionarios reales más destacados, quizá el hombre más calmado del Consejo, intervino por primera vez.

―Las causas que aquí se sustancian requieren de toda la prudencia ―replicó―. ¿Quién puede garantizar que las decisiones se tomen por el bien del reino si no se toman aquí?

―He sugerido a su Majestad que este tribunal conozca únicamente pleitos muy graves en segunda instancia, sean civiles o criminales, o bien asuntos relacionados con la Corte.

―¡Nuestro soberano tiene el derecho a juzgar cualquier cuestión! ―insistió el tesorero Pablo, cada vez más alterado.

El de la Población no retrocedió.

―Por supuesto. Pero no la obligación de conocer muchos de los asuntos que a veces llegan hasta aquí. Desde que su Majestad regresó de su último viaje a Francia las causas se acumulan.

―¿Lo decís porque no sois miembro de este Consejo Real? ¿Pretendéis que el tribunal de la Cort, al que sí pertenecéis, juzgue asuntos más importantes? ―le acusó Pablo.

―En absoluto. Bien sabe su Majestad que mi intención es otra.

Los consejeros mantenían ahora un silencio tenso, pero esa vez nadie se unió a la acusación del tesorero. Fue entonces cuando el soberano intervino.

―He escuchado lo que necesitaba escuchar. Tomaré pronto una decisión.

Cuando el rey dejó la sala, los consejeros salieron uno a uno hablando entre ellos y mirando a Adrián con descaro.

Ninguno le dirigió la palabra. Solo Engarrán asintió cuando pasó junto a él en señal de conformidad con su propuesta.

Esperó a que todos se hubieran marchado y se dirigió entonces a uno de los ujieres de palacio.

―Deseo hablar con su Majestad. Se trata de un asunto privado.

―Esperad aquí. Yo os avisaré.

El de la Población asintió complacido y respiró profundamente.

El sol tenue de aquella hora de la tarde pareció recobrar fuerza y dos haces de luz, uno por cada ventana, iluminaron la estancia.

Aquel era el momento. Le había dado la sensación de que el soberano se encontraba satisfecho de su trabajo.

Regresaría al día siguiente a Olite y quizá no volviera a tener la oportunidad en semanas.

El servidor real apareció muy pronto y con un gesto hizo que lo siguiera. Bajo la luz de uno de los ventanales de la cámara, el rey leía algún libro de caballería. Invitó a pasar a Adrián, dejó en una mesa cercana su lectura y se sentó en el sillón en el que recibía las visitas.

―No os puedo decir nada respecto a vuestra propuesta. Cuando lo decida, seréis el primero en saberlo.

―Gracias, Majestad. No se trata de eso. Permitid que os haga una reflexión que, de aceptarla, sin duda supondría una concesión por vuestra parte ―anticipó con prudencia―. No dependerá de las razones que argumente, sino de vuestra piedad, de la que solo vos sois dueño.

―Sabéis que confío en vuestro juicio. No tengáis reparo. Pedid.

Adrián se frotó las manos nervioso. Bajó la mirada al suelo, tomó aire y al fin la alzó para fijarla en la del rey.

―Majestad, se trata de Miguel de Obanos y de su esposa María.

Se mantuvo a la espera de la reacción del monarca, pero este no se inmutó. Permaneció inmóvil, con la mirada perdida, sin articular palabra. Únicamente extendió su mano para permitir que Adrián continuara hablando.

―Han pasado más de cinco años desde aquel hecho desafortunado en el que nada tuvo que ver la voluntad ni la diligencia de Miguel de Obanos. Él aceptó la sanción que le impusisteis sin réplica como vuestro humilde vasallo. Y sus hijos han continuado sirviéndoos sin reproche alguno.

El soberano descendió del estrado y caminó despacio hasta el ventanuco más cercano de la sala. Entrelazó las manos a la espalda, se giró y se detuvo frente a él.

―Decid lo que habéis venido a pedirme.

―Es el momento de ejercer vuestra autoridad y permitir su retorno ―remató Adrián.

El rey le dio la espalda y volvió a sentarse en su trono frunciendo el ceño.

―Sus hijos me pidieron que solicitara humildemente vuestro perdón y su regreso. Miguel de Obanos se encuentra enfermo… y mi hija Blanca teme que muera antes de ver a su nieto, a mi nieto.

Fue la única vez en la que la voz de Adrián pareció haberse debilitado hasta el punto de tener que impostarla.

―¿Dónde se encuentran? ―se interesó al fin.

―En el reino de Aragón, tal y como ordenasteis. Viven en la ciudad de Zaragoza. Sus hijos le envían ahora dinero para su sustento. Los primeros años se ganó la vida trabajando con los animales, como siempre lo había hecho, pero desde hace meses es incapaz de llevar a cabo esa tarea.

El monarca mantuvo aquel rictus severo. Golpeó con sus puños de manera rítmica los reposabrazos del trono y finalmente respondió.

―Siento tanto como vos la situación de un vasallo fiel y cabal como Miguel. Siento la distancia que obliga a María a estar alejada de su nieto.

Alzó la mirada hacia Adrián.

―Pero se vieron afectados por aquella decisión y a ella se deben atener.

El silencio volvió a invadir la estancia.

―Si ahora la revoco, ¿qué queda de mi autoridad? ¿Qué harán quienes esperan la misma indulgencia? ―Concluyó sin apartar los ojos de su consejero―: No puedo hacerlo.

Adrián sintió la respuesta como si le hubiesen clavado una daga.

Las palabras del monarca denotaban sensibilidad, pero no la suficiente como para avenirse a la petición.

El consejero permaneció callado. Se tensó y se dispuso a rebatirlo, pero aquella mirada autoritaria lo hizo desistir.

Se trataba del soberano del reino y era él quien elegía el momento en el que sucedían las cosas.

―Así será, Majestad ―asintió escueto.

El rey Carlos ni siquiera se despidió cuando Adrián abandonó el salón del trono.

Se apresuró para salir del Palacio Real y, en cuanto lo hizo, una ráfaga de aire frío lo embistió.

Pensó en sus amigos, en su hija Blanca, en su propio nieto.

Le vinieron a la mente las palabras que Lorea siempre le dedicaba halagando su paciencia.

Hasta entonces había sido prudente. Esta vez no estaba seguro de poder serlo.