CAPÍTULO 73.
Ane supo que superaría la prueba cuando el almirante del burgo de San Cernin, Engarrán de Villers, declinó formar parte del tribunal que la iba a examinar.
Aquel día la pelirroja encontró cierta oposición inicial, pero conforme fue contestando con seguridad insólita a todas las cuestiones, los examinadores se dieron por vencidos.
La autorización se expidió por unanimidad.
Desde entonces, mostraba cada mañana una expresión de alegría que se prolongaba hasta el final de la jornada.
La popularidad de la joven abogada había crecido día tras día.
Su diligencia y su piedad hicieron que los vecinos de los tres burgos no dejaran de buscarla para ser defendidos en procedimientos civiles y criminales.
Ella nunca rechazó ninguna solicitud de ayuda.
Pero las causas en las que acrecentó su reputación fueron aquellas relativas a reclamaciones frente a instituciones públicas.
Con Carlos III las disputas violentas entre los burgos se habían apaciguado.
Los desencuentros se limitaban a diferencias respecto a sus límites jurisdiccionales y al pago de impuestos.
Sin embargo, muchos seguían temiendo que cualquier conflicto pudiese prender nuevamente la mecha entre los tres concejos.
Ane sintió frío y apuró el paso. Mostraba su sonrisa y saludaba a todo aquel con quien se cruzaba.
Rodrigo había vuelto y no tenía intención de regresar a Olite hasta que decidieran la forma de ayudar a sus padres.
En aquel momento Adrián debía de estar reunido con el rey Carlos y probablemente le habría solicitado la carta de perdón.
Era la única forma de que Miguel y María retornaran del destierro.
Avanzó el último tramo hasta llegar a casa y nada más abrir la puerta aspiró aquel olor a lumbre y cenizas que templaba su alma y su cuerpo.
Todavía el tiempo no era demasiado extremo, pero ella lo sufría con severidad.
Tan solo se deshizo de la primera de las capas de abrigo que la cubrían y se dirigió a la cocina.
―¿Qué te ocurre? ¿Ha pasado algo? ―preguntó en cuanto vio a su madre.
El rostro enrojecido y los ojos llorosos de Lorea la delataban.
―Algo terrible. Han derribado la casa…, nuestra casa. La que Pedro había vuelto a levantar ―se lamentó.
Ane la miró atónita y frunció el ceño hasta que su rostro adquirió una expresión de rabia incontenible.
―¿Quién lo ha hecho? Nork? ¿Llevaban alguna orden? ¡Adrián nos aseguró que no habría problemas!
Lorea se levantó, tomó de las manos a su hija y la sentó a su lado en un banco junto al fuego del hogar.
Presenciar por segunda vez el derribo había sido un golpe muy duro para ella.
Los recuerdos que creía olvidados habían regresado desde algún lugar recóndito.
Temblaba de forma incontenible y solo el calor del fuego y el contacto con la piel de su hija la aquietó.
―¿Cómo se encuentra Pedro? ―preguntó Ane algo más calmada
―Eso es lo peor de todo ―advirtió su madre, temerosa de la reacción de su hija―, lo han detenido y lo han encerrado en la torre María Delgada.
Ane se levantó del banco de un salto.
―¡Eso no es posible! Ahora mismo buscaré al alcalde o al almirante Engarrán de Villers.
―Pronto llegará Adrián. Él sabrá la mejor forma de abordarlo.
― Ama, se encuentra en palacio y probablemente no llegue hasta pasado el toque de queda. Entonces ya no podremos hacer nada por Pedro hasta mañana.
Lorea asintió.
―Busca al alcalde de la Población y ve con él. Conoce la contienda y te dará mayor autoridad.
Ane acudió a la iglesia de San Nicolás en busca del mandatario municipal, pero no se encontraba allí.
Había salido de la Población y, al parecer, regresaría pronto.
Sin embargo, no estaba dispuesta a esperar a nadie.
Atravesó la belena de San Nicolás, entró en el burgo de San Cernin y se dirigió al más amplio de los talleres de la rúa de las Tecenderías.
El alcalde del Burgo era tejedor y, cuando no se encontraba reunido con los miembros de su concejo, trabajaba a destajo.
Repasó de camino lo que diría. Derribar la casa de Pedro sin haber denunciado su construcción ante los jueces era algo poco común.
Y todavía era más extraño si se tenía en cuenta el carácter de su alcalde.
Las gentes del Burgo lo habían elegido porque era un hombre amable, cabal y poco amigo de la violencia.
Así que decidió adoptar un tono firme, aunque conciliador.
La abogada había estado en la tecendería del alcalde en varias ocasiones y la atmósfera que allí se respiraba era muy semejante a la de la zapatería de Adrián.
El polvo de lana flotaba en el aire y olía a tintes y a fibras húmedas.
Dos ventanucos mal ubicados en una de las paredes del taller arrojaban los únicos rayos de luz que alumbraban la estancia.
La joven abogada cruzó el obrador sin saludar a tejedores ni hilanderas.
Al fondo se encontraba el enorme telar en el que confeccionaban las piezas y, a medida que se acercó, se hizo más audible el crujido de su madera y el roce de la trama con la urdimbre a ritmo constante.
José de Liédena se encontraba junto a él dando instrucciones a varias trabajadoras sobre el acabado de algunas telas.
Era un hombre espigado, de poco pelo y nariz también estrecha y alargada.
Se volvió y reconoció a la pelirroja de inmediato.
―Dios os guarde ―la saludó―. Hacía tiempo que no os veía por el Burgo.
―Alcalde, debo hablar con vos.
Los almirantes de los burgos, los jueces de mercado como él, incluso los miembros del tribunal de la Cort, sabían de la pasión con la que Ane ejercía su oficio y no le sorprendió su determinación.
―Por supuesto. ¿Qué se os ofrece?
―Dos jurados de vuestro concejo se han presentado en la Población y han derribado una casa sin mandato de autoridad competente y sin conceder defensa alguna a su propietario ―explicó sin preámbulos.
―Había intuido que vuestra presencia estaba relacionada con la labor que ejercéis como abogada, pero no cuál era la razón ―respondió con calma.
Pidió con un gesto a los empleados de su taller que se retiraran y la invitó a sentarse en los bancos de trabajo junto al telar.
―¿Y decís que han sido dos miembros de nuestra corporación? Sabía de la disputa, pero no de esa actuación, que, desde luego, no ha sido ordenada por mí.
Ane lo miró con gesto de sorpresa, pero a continuación respiró con cierto desahogo. El desconocimiento por parte del alcalde le daba más probabilidades de salir airosa.
―Así es. Fueron dos jurados junto a tres hombres del rey. Y pese a la presencia de los soldados, no acreditaron ninguna orden para proceder de esa forma.
―¿Sabéis sus nombres?
―Godofre es quien se identificó ―respondió de inmediato―. El segundo jurado no dio su nombre. Los testigos dicen que se trataba de un hombre de aspecto rudo, cejas pobladas y cabello muy negro.
El alcalde asintió al reconocer a ambos.
―Lope, es como se llama ―precisó―. Quizá no me creáis, pero os aseguro que no tengo noticias de lo que me contáis. ¿Cuáles son las razones que han aducido para llevar a cabo el derribo ahora?
Ane se sintió en su terreno. Lo que más temía era tener que claudicar ante la autoridad sin poder esgrimir sus argumentos.
―Pedro de Estella había levantado esa vivienda con sus propias manos. Respetó las ordenanzas que limitan las construcciones fronterizas entre nuestros burgos. Sin embargo, ha sido violentado y su casa derribada.
―Y ¿cuál es la razón de la premura en vuestra acusación?
―¿Por qué me preguntáis eso? ―se sorprendió Ane.
―Podéis denunciarlo ante los tribunales. Estáis argumentando como si se tratase de un juicio real.
―Existe una razón. Pedro de Estella ha sido detenido, arrastrado por los soldados hasta la torre María Delgada y encerrado allí.
José de Liédena mantenía el mentón apoyado en su mano derecha y parecía medir las consecuencias de los hechos relatados.
―Entiendo que vuestro padre está al corriente ―quiso saber.
―No lo está. Todo ha ocurrido hace apenas un rato y Adrián no se encontraba allí ―le informó.
El tecendero no pareció sorprenderse ni tampoco molestarse. Sin embargo, Ane siguió justificando la urgencia.
―Es casi seguro que llegue a casa con el toque de queda y no podemos permitir que ese muchacho esté encerrado ni una sola noche en semejante cárcel insalubre.
―Lo entiendo.
La joven trató de ordenar su defensa.
―Alcalde, vuestro desconocimiento del ataque es el primer argumento a favor de mi pretensión.
¿Con qué fundamento han actuado los jurados?
Lo hacían en representación del concejo que vos presidís.
Además, ¿por qué los han acompañado soldados del rey?
Si es necesario acudiré al almirante Engarrán de Villers.
Los almirantes y prebostes representaban al rey en los concejos y el de San Cernin debería haber conocido los hechos.
―No es necesario ―aseguró José de Liédena levantándose del banco.
Sabía que Engarrán defendería a la abogada. Desde el día en que se abstuvo de formar parte del tribunal que permitió a Ane ejercer el oficio, siempre estuvo de acuerdo con los razonamientos de la joven en cada una de las causas que tuvo que juzgar.
―Tenéis razón ―concedió al fin―. Godofre es un hombre muy impulsivo y, aunque se trata de un comerciante con mucha influencia en el Burgo, al parecer ha actuado representando al concejo. Quiero oír su descargo ahora mismo.