El privilegio CAPÍTULO 72.
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CAPÍTULO 72.

Pedro era uno de los animosos zapateros que trabajaba para Adrián.

Había dejado Estella hacía casi dos años y, en apenas unos meses, se había ganado la confianza de su patrono, de Lorea y de Ane.

Vivía en un pequeño excusado del taller de la zapatería, pero su sueño era construir una vivienda en la Población y formar una familia.

Cuando la mujer de Adrián le ofreció aquel edificio en ruinas, no se lo pensó.

Lorea siempre evitaba llegar hasta aquel lugar, a apenas unos pasos de la vivienda y el taller de Adrián.

Allí se había roto su corazón en mil pedazos.

La construcción de la casa fue el motivo de la detención de su marido y de su posterior ejecución.

Y ahora, el hecho de que la vivienda tuviera una segunda vida suponía para ella una especie de redención.

―Será sanador para ti ―le había animado Adrián―. Es un buen chaval. El taller de zapatería acabará siendo suyo.

―Con solo pensar en las veces que he visto arrojar fuego de uno a otro lado por encima de la muralla, se me para el corazón ―le confesó.

―Estoy convencido de que esta vez no volverán las represalias. El rey no permitiría ahora ese tipo de conflictos.

La vivienda se encontraba demasiado cerca de la muralla de San Cernin, pero no representaba ningún tipo de amenaza para sus habitantes. Las defensas del burgo franco superaban en más de dos veces la altura de la casa y entre ambas construcciones se abría además un enorme foso.

El zapatero cumplió las normas requeridas para una edificación tan cercana al muro.

Su altura máxima no superó la de una lanza militar y utilizó piedras en su base solo hasta tres codos.

Al contrario que las de San Cernin, erigidas sin restricciones y protegidas por aquella muralla, la casa de Pedro estaba construida en su mayor parte en madera y se encontraba indefensa en una posible batalla con el Burgo.

Sin embargo, sus jurados creyeron que suponía una amenaza para los vecinos de San Cernin y pidieron a los de la Población detener aquella obra.

El alcalde y los concejales de San Nicolás hablaron con el joven en varias ocasiones, pero finalmente coincidieron en que cumplía la normativa y que no había motivos para pararla.

Hacía ya tiempo que no se producían escaramuzas entre ambos emplazamientos y, en todo caso, cualquier desencuentro podría dilucidarse en los tribunales.

Hacía frío a aquella hora de la mañana, pero Pedro había acudido temprano a la casa.

Llevaba trabajando en ella casi un año y quería concluir la obra cuanto antes para trasladarse a vivir allí.

Se encontraba cerrando la techumbre y colocando puertas y ventanas, cuando divisó a un grupo de hombres que cruzaban decididos el foso.

Lo invadió un extraño presentimiento y un sudor frío recorrió su cuerpo.

Los saludó desde lo alto del tejado y comenzó a descender para recibirlos.

Cuando puso el pie en tierra, cinco hombres, tres de ellos soldados de la guardia real, se hallaban a tan solo unos pasos de la entrada.

―¡Bienvenidos! ―los recibió inquieto.

Portaban picos y almádenas y ninguno de ellos mostraba gesto amigable. Pedro se mantuvo en tensión.

―Soy Godofre, jurado del burgo de San Cernin ―saludó el cabecilla del grupo con un tono nasal muy marcado.

Pedro lo conocía. Se trataba de un hombre de cierta fortuna, bien parecido, con el cabello cano y rostro arrugado. Parecía nervioso.

―Vienen conmigo tres soldados del rey y otro miembro del concejo. ¿Sois vos el propietario de esta obra? ―tartamudeó.

―Así es. ¿Qué es lo que ocurre?

―Os conmino a derribar ahora mismo esta casa por orden del rey ―exigió el tal Godofre con el rostro congestionado.

El joven zapatero lo miró atónito. No daba crédito a lo que pedía con aquella urgencia.

―¡Por Dios! ¿Cómo puede ser? ¿Cuál es la razón de semejante pretensión? ―preguntó angustiado.

―Los habitantes del Burgo disponemos de un privilegio que exige mantener una zona de respeto frente a nuestras murallas. Esta edificación fue censurada hace muchos años ―largó como si se tratara de una frase aprendida.

―Y yo he respetado ese privilegio. He cumplido las normas de la ordenanza ―argumentó Pedro firme.

El jurado agachó la cabeza y volvió a alzarla.

―Amenaza los hogares del otro lado de la muralla. Esa y no otra es la razón ―manifestó con aquella voz gangosa que ahora sonaba grotesca.

―¡No es cierto! Desde aquí sería imposible hacerlo. ¿No lo veis? ¡De ese lado, además, os defiende la torre del Rey! ―aseguró Pedro señalándola.

El zapatero era un joven fuerte y decidido, no obstante, no podía enfrentarse a tres soldados y dos jurados del Burgo sin apoyo.

―¡Os pido que os apartéis! ―exclamó Godofre impaciente―. Si no sois vos quien eche abajo la vivienda seremos nosotros.

―Veo que no esperabais que fuese yo quien derribara la casa. Habéis venido preparados ―manifestó el zapatero observando sus picas y mazas.

Ninguno de los de San Cernin respondió y fue Pedro quien nuevamente se dirigió a ellos.

―Os ruego que sean los tribunales, con ayuda de Dios, quienes diluciden el mejor derecho. Pero si vuestra intención sigue siendo hacerlo por la fuerza, adelante. No es mi intención apartarme.

Godofre parecía sufrir más que el propio zapatero.

No quería dar la orden, sin embargo, tras tomar una bocanada de aire, se decidió.

A una señal suya, los guardias se adelantaron y trataron de entrar en la casa.

Pedro se interpuso cerrándoles el paso. El segundo de los jurados, un franco de pelo negro, barba también oscura y cejas tupidas, intervino entonces.

―Mi hogar también se encuentra al otro lado, muy cerca de la puerta de las Belenas. No permitiré que mantengáis vuestra amenaza ―clamó con claro acento extranjero.

El hombretón blandía una maza peligrosa sobre su cabeza.

―Quien asalta mi casa con un hierro en sus manos sois vos, no yo. Sois vos quien busca mi desgracia ―se defendió sin moverse un solo paso.

El rudo jurado de San Cernin intentó sobrepasarlo, pero cuando estuvo a su altura, Pedro lo empujó, haciendo que se trastabillara y cayera al suelo.

Se levantó doliéndose del costado sin desviar su mirada del joven zapatero.

Empuñó la herramienta con fuerza y le lanzó un ataque definitivo.

Pedro evitó el impacto de la maza en su cabeza, pero no pudo sortearla.

Un crujido perfectamente audible acompañó al golpe en su hombro y cuello.

El zapatero profirió un grito sordo y cayó fulminado a la puerta de la casa.

Su cuerpo se desmadejó en el suelo y su postura final se asemejaba a la súplica de un sentenciado a muerte ante su verdugo.

Observaron el bulto, pero ninguno de ellos hizo nada por comprobar su estado.

No sangraba y mantenía los ojos cerrados.

―¡Deteneos! ¿Qué es lo que hacéis? ―se oyó muy cerca.

Lorea llegaba sofocada. Sin tocado alguno y con el pelo rojo suelto, su imagen captó de inmediato la atención de los cinco hombres. Vio a Pedro caído y se agachó junto a él. El joven se encontraba inconsciente, pero aún respiraba.

―Soy la mujer de Adrián Alegre, juez del tribunal de la Cort. ¡Os denunciaré por este crimen!

―Este hombre se ha opuesto a los soldados del rey ―fue lo único que se le ocurrió a Godofre.

―He sido testigo de lo acontecido. Puedo dar fe de que no ha sucedido así ―afirmó Lorea con un hilo de voz.

La pelirroja sintió un leve mareo. No podía creer lo que estaba ocurriendo. En el mismo lugar, después de tanto tiempo, volvía a producirse una injusticia como la que tanto daño le hizo. En aquel mismo instante Pedro pareció recobrar la conciencia y ella se agachó de inmediato.

―¿Te encuentras bien?

―Lo estoy, señora. Me duele el golpe. Pero nada más.

Pedro consiguió levantarse bajo la atenta mirada de los presentes y volvió a colocarse ante la puerta de la casa, impidiéndoles el paso.

―Ambos seréis acusados de oposición a la autoridad real… si es que podéis contarlo ―amenazó el jurado haciendo una nueva señal a sus acompañantes.

Los soldados desenvainaron sus espadas y se prepararon para embestir si fuera necesario.

―No merece la pena ―pidió Lorea al joven―. Esto no quedará así. La justicia les obligará a reconstruir lo que hayan derribado.

Pedro ladeó el cuello con un gesto de dolor y lo masajeó.

―No puedo hacerlo. Emplearé todas mis fuerzas en impedirlo.

―No. No lo harás. No permitiré que vuelva a ocurrir. No volveré a pasar por ello ―exigió Lorea con ternura.

Lo abrazó con fuerza impidiendo que se enfrentara a ellos. El joven no se resistió.

La mujer sacó fuerzas de flaqueza y advirtió a los asaltantes.

―El Burgo puede acudir a los tribunales para exigir cualquier incumplimiento, pero no puede actuar por la fuerza. Los jueces nos darán la razón y deberéis reconstruir la casa.

Los soldados del rey los apartaron sin contemplaciones.

Empuñaban sus mazas y picas y comenzaron a golpear paredes y ventanas sin oposición.

Cada acometida retumbaba en sus oídos y el suelo vibraba bajo sus pies.

Pedro se liberó por un momento del abrazo que todavía lo sujetaba y se acercó hasta la casa, pero el gesto amenazador con el hierro de uno de los soldados lo detuvo.

Lorea volvió a rodearlo y él lloró en su regazo apartando la vista.

La pared que daba al foso cayó entera con estrépito y, con ella, una buena parte del tejado.

La puerta de entrada y la ventana enfrentada a la muralla sur de la Población eran ahora dos agujeros sin forma.

En apenas unos instantes la casa había vuelto a transformarse en las mismas ruinas que Pedro recibió de Lorea.

Los golpes cesaron al fin y los hombres de San Cernin dieron por finalizado su trabajo. Se acercaron hasta la pareja y se detuvieron frente a ellos.

―Prended a este hombre y encerradlo en la torre María Delgada. Se ha opuesto con violencia a la autoridad real ―exigió Godofre todavía nervioso.

―¡Por Dios! ¡Dejadlo libre! Os estáis equivocando. Adrián me lo aseguró.

Pedro trató de resistirse, pero los tres soldados lo asieron con fuerza, ataron sus manos a la espalda y se lo llevaron a rastras hacia la cárcel.

―Dejé de confiar en la justicia hace mucho tiempo. Pero ahora es mi hija quien la defiende y Adrián quien la imparte. Pagaréis por lo que habéis hecho ―musitó la mujer.

Los jurados no la entendieron, pero tampoco quisieron hacerlo. Dieron la espalda a la pelirroja y se alejaron sin pronunciar una sola palabra más.