El privilegio CAPÍTULO 71.
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CAPÍTULO 71.

Rodrigo llegó a la capital del reino tras recorrer el camino desde Olite sin detenerse ni una sola vez.

La tarde caía plácida sobre la terraza en la que se alzaba la ciudad.

Había sido un largo día sin nubes y los últimos rayos de luz se filtraban en el horizonte.

Llevó la vista hacia las sierras lejanas de Urbasa y Andía y se permitió un instante de sosiego.

El caballo canela bufó, tratando de recuperar el resuello.

Estaba empapado de sudor y una espesa espuma blanca cubría su hocico.

Lo acarició y lo condujo al paso hacia la puerta de San Lorenzo.

El joven carnicero entró a la casa de sus padres a través del portón que daba acceso directo al patio. Liberó al animal de bridas, riendas y montura y lo llevó hasta una pequeña artesa que hacía de abrevadero.

―¡Rodrigo! ¡Qué alegría! En cuanto oí ruidos en el patio trasero pensé que eras tú.

Felipe tenía buen aspecto y le mostró una sonrisa franca. Se acercó hasta él y lo abrazó con fuerza.

―¿Cómo estáis? ¿Está Blanca? ¿Y el pequeño Martín? ―preguntó.

―Acabamos de comer algo y ahora ella le cuenta sus historias.

Nada más atravesar la puerta de entrada a la casa le asaltaron un sinfín de emociones. Recordó las charlas junto al fuego tras duras jornadas, las palabras pausadas de su padre y, sobre todo, el calor de los brazos de su madre.

Blanca se hallaba sentada en una alfombra junto a la lumbre, mientras un pequeño de pocos años la miraba embelesado.

Su pelo rubio, casi blanco, era de ella y sus ojos tostados de Felipe.

La herbolaria le relataba historias de juglares y trovadores que ella, siendo niña, había escuchado a su padre, Martín de Muruzabal.

Le hablaba de las cosechas, de los astros o de las propiedades de las plantas que había recogido ese día.

En cuanto vio a su tío, el pequeño se levantó de un salto y se abalanzó hacia él.

Rodrigo lo tomó en brazos y lo lanzó al aire provocando sus risas.

―¡Tío Rodrigo! ¡Has venido! ¿Y el abuelo Miguel? ―le preguntó con su lengua de trapo.

―No, pero muy pronto vendrá y será él mismo quien te cuente sus historias: el día en que derrotó al alférez del reino o cuando un lobo le mordió el brazo.

Martín asintió con los ojos muy abiertos. No conocía al abuelo, pero su madre se había encargado de contarle sus hazañas. El niño amaba los animales y disfrutaba cuando su tío lo llevaba con él para controlar el pasto de los rebaños o ver una nueva camada de corderos.

Blanca abrazó también a Rodrigo y lo invitó a sentarse en la amplia mesa de la cocina.

―¡Qué alegría! Te traeré algo de comer.

Los hermanos se acomodaron junto al pequeño Martín.

Hacía ya mucho tiempo que ninguno de los dos veía a sus padres.

Ser enviado al destierro era una auténtica desgracia.

Suponía en la mayoría de los casos la ruina económica para los condenados y su desarraigo social, pero Miguel y María habían conseguido atenuar aquellos efectos.

Felipe y Rodrigo sabían de ellos gracias a las cartas que les enviaban cada cierto tiempo.

Habían mantenido una situación más o menos acomodada, en ningún caso similar a la que disfrutaban en Pamplona.

Su padre trabajaba para un ganadero de Zaragoza y, cuando en alguna ocasión necesitó de ayuda, fueron los dos hermanos quienes viajaron hasta la ciudad aragonesa para entregarle algún dinero.

Blanca sirvió a su cuñado un guiso de carne de cerdo, algo de pan y una jarra de vino mientras charlaba con Felipe.

Sin embargo, la herbolaria intuyó algo extraño en Rodrigo.

Desde su llegada, el gesto contenido del joven le hizo sospechar que no se trataba de una visita de cortesía.

Aun así, antes de averiguar la razón de su presencia en el Burgo, dejó que repusiera fuerzas.

Cuando hubo dado buena cuenta de la carne y del vino, Blanca sacó una botella de un licor digestivo que ella misma preparaba.

Acostó a regañadientes a Martín en una cama habilitada junto a la cocina y solo entonces habló.

―¿Qué es lo que has venido a contarnos? ―interpeló firme a su cuñado.

Rodrigo se volvió con gesto de sorpresa. También Felipe la miró extrañado. Nadie dijo nada, hasta que finalmente el de Olite respondió.

―Padre está enfermo.

―¿Por qué dices eso? ¿Cómo lo sabes? ―preguntó Felipe inquieto.

―Ayer llegó a la villa un viajero procedente de Zaragoza. Se acercó al mercado y dio con Sancho. Traía un mensaje de nuestra madre. Le pidió que cuando llegara a Olite se acercara a la lonja y preguntara por el carnicero Rodrigo o por Sancho.

―¿Os dijo algo más? ―quiso saber Felipe.

―Que lo había invadido el humor negro y que quizá nuestra visita podría ayudarle a eliminar aquella melancolía.

Felipe pareció medir las consecuencias de las palabras de su hermano.

Sabía que algún día recibirían una noticia semejante u otra aún peor.

No obstante, en aquel momento sintió una profunda impotencia.

Sus padres no podían volver y él ahora estaba obligado por su situación.

Se había comprometido con Lancelot en las obras de la catedral y su deber era mantener y defender a su pequeño y a su esposa. No podía dejarlos solos.

Blanca les dio su opinión experta.

―No se trata de una enfermedad grave. Estoy segura de que si volviera se recuperaría pronto. Estaría cerca de todo lo que quiere y tendría también a Martín. Esa medicina sería suficiente para eliminar el humor negro que lo invade.

Los dos hermanos no respondieron, conscientes de la imposibilidad de aquella opción.

Rodrigo había hablado en más de una ocasión con Adrián para que intercediera ante el rey por el perdón de Miguel, pero hasta ese momento no lo había conseguido.

El fuego se consumía en el hogar y el mayor de los hermanos se levantó para tomar un par de leños.

El otoño había llegado muy pronto aquel año y por las noches refrescaba.

Colocó los maderos dejando un hueco entre ambos y casi de inmediato las llamas volvieron a crepitar, soltando un ligero vapor y un olor tibio y limpio.

―Ha pasado ya tiempo desde que se ejecutó su destierro. Quizá pudiéramos suplicar al rey la concesión de su carta de perdón ―opinó Blanca.

―Ruego a Dios desde hace mucho para que eso ocurra. Nuestro padre nunca será capaz de devolver su deuda, pero quizá la piedad del rey lo haga ahora posible ―respondió Felipe.

Rodrigo se había abstenido hasta ese momento, pero no pudo más.

―Blanca, solo tu padre puede mediar. Él está muy cerca del rey ―le dijo con cierto tono de reproche.

―Es cierto. El monarca le pide consejo cada vez con mayor frecuencia. Volveré a hablar con él. Sabrá cómo y cuándo planteárselo.

―¿Crees que hay alguna posibilidad? Nunca lo ha admitido ¿Por qué iba ahora a concederle su perdón? ―preguntó Rodrigo hastiado.

Esperaron nuevamente la respuesta de Blanca y, cuando pensaban que su silencio ponía de manifiesto sus dudas, los sorprendió.

―En una ocasión hablé con él sobre esa carta de perdón. Mi padre lo cree posible.

―Solo si vuelve a pedírselo. Han pasado cinco años y nunca hemos tenido la más mínima esperanza.

―Pese a que os cueste creerlo, me dijo que el monarca aprecia a vuestro padre, pero que era necesario que transcurriera el duelo.

Felipe se mantuvo impertérrito y Rodrigo dibujó en su rostro un gesto de incredulidad. Ninguno de los dos replicó. Solo el crujido del fuego suavizaba el angustioso silencio.