El privilegio CAPÍTULO 70.
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CAPÍTULO 70.

―¡Madre, padre ha vuelto! ―gritó Rodrigo nada más entrar en casa.

El centro de la galería porticada de la planta baja disponía de un bonito patio abierto con un pozo, plantas y varios bancos de piedra.

Era donde María descansaba cuando llegaba la tarde, pero esta vez no se encontraba allí.

El joven carnicero se colocó en el centro del patio y miró hacia la planta alta.

Su madre estaba en el inicio de la escalera que descendía hasta el porche.

―¡Dios mío! ¿Está vivo? ―preguntó mientras bajaba a trompicones.

Rodrigo ensombreció el gesto, esperó a que su madre llegara hasta él y la tomó de los brazos.

―Dicen que no han cumplido con el encargo del rey y que este les ha castigado.

―Por Dios. ¿Cuál es su condena? ―preguntó angustiada.

―No lo sé. A padre lo van a atar en el cepo junto a Portalapea. No sé más.

―¿Se encuentra bien? ¿Está herido? ¿Lo han torturado?

―No lo sé, madre. Vengo de la Población de San Nicolás. He preferido pasarme para darte la noticia. Me han dicho que han llegado a Pamplona esta misma mañana y que se han dirigido al Palacio Real.

―Vamos ahora mismo. Quiero verlo ―pidió nerviosa.

―Madre, yo iré y volveré en cuanto sepa algo más ―trató de convencerla.

―No. Puedes acompañarme si quieres, pero debo estar allí. No tengo miedo a lo que pueda encontrarme, te lo aseguro.

Cuando María salió de su casa y se dirigió hacia Portalapea, todos la miraban a su paso, aunque esta vez el motivo nada tenía que ver con su atractivo, sino con lo que ya conocían.

En cuanto avanzaron unos pasos pudieron comprobar que era a las puertas de la iglesia de San Cernin donde habían situado el cepo.

La base octogonal de piedra servía como un escaño sobre el que se encontraba un hombre inmovilizado y humillado.

Un soldado del rey velaba junto a él para evitar su liberación y para proteger su vida.

Sin embargo, María creyó que no era Miguel.

Se encontraba sentado en el suelo, con los tobillos y muñecas atrapados en los agujeros del tablón, y sobre el cepo asomaba una cabellera que caía hacia delante tapándole el rostro.

En cuanto alzó la cabeza, madre e hijo lo reconocieron.

María lanzó un grito agudo mientras Rodrigo trató de sujetarla.

Ella se detuvo muy cerca de la picota, pero de inmediato reanudó sus pasos.

El soldado los reconoció. No impidió que se acercaran ni que la mujer agarrara una de las manos de su marido.

El olor a sudor, suciedad y podredumbre se había concentrado en aquella esquina, pero María no dio muestras de desagrado.

Los curiosos dejaron de murmurar y se echaron hacia atrás en señal de respeto.

―Estoy bien. No te preocupes ―pronunció con voz cansada, apretando la mano de su esposa.

La posición era incómoda. Debía mantener sus brazos y piernas extendidas, aunque al menos se hallaba sentado en la piedra octogonal. Conforme pasaran las horas su cuerpo acabaría pagando el esfuerzo de aquella postura.

―¡Dios santo, Miguel! ¿Qué ha ocurrido?

―Nos asaltaron y robaron el dinero del rey. Llamad a Adrián. Él nos ayudará.

―Yo iré a buscarlo ―se ofreció Rodrigo.

Miguel confiaba plenamente en su amigo Adrián y en Lorea. Eran los únicos que les podían ayudar en aquel momento.

―Y buscad a Felipe ―les pidió―. María, no quiero que te quedes aquí para verme así. Lo aguantaré. Luego me soltarán.

La respiración de Miguel se aceleró tras aquel comentario y su mujer trató de tranquilizarlo.

―Lo sé, Miguel. Trata de guardar fuerzas ―le dijo, tomando ahora sus dos manos.

María pensó que al menos había dejado de llover y pidió a Dios que no lo hiciera aquella noche.

―Traed a Adrián y a Felipe ―insistió―, les informaré sobre lo que va a ocurrir ahora y ellos te lo explicarán ―añadió dirigiéndose a su mujer.

Adrián, Lorea y Ane permanecieron un rato junto a Miguel.

Que a su lado hubiera siempre alguien cercano impediría que se produjeran las mofas y golpes de la marabunta.

María no lo había dejado en toda la tarde, le había acercado agua y comida, pero también le había prometido que esa noche se iría a casa a descansar.

Felipe permanecería junto a su padre la primera parte de la noche y después lo haría Rodrigo. Se turnarían hasta que lo soltaran.

El pequeño de los hermanos había acudido al Cayrefort de la Navarrería a petición de Miguel y había llevado agua y alimento a Martín de Viana.

Cuando volvió al Burgo recogió a su madre y se la llevó a casa, pese a sus reticencias.

Adrián, Lorea y Ane los acompañaron y allí el abogado les contó la información que había obtenido en el Palacio Real.

―Pasado mañana lo liberarán y al día siguiente los soldados acompañarán a Miguel y a Martín de Viana hasta la frontera con el reino de Aragón. Es el lugar que han elegido para salir de Navarra. Su intención es encontrar a los ladrones y recuperar el dinero.

―¿Cómo puede ser que el rey inflija semejante castigo al caballero de la Bone Foy y a su principal proveedor de carne, dos hombres que han hecho tanto por él? ―se preguntó Lorea.

―El soberano es la autoridad suprema y toda ofensa, todo agravio tiene sus consecuencias ―señaló Ane.

―¿Cuándo podrán regresar? ―preguntó María angustiada.

―Solo existen dos opciones para volver: pagar la deuda que han contraído o que el rey levante su condena de destierro. Pero esto último no ocurrirá con prontitud ―aclaró Adrián.

―Recuperar ese dinero es imposible. ¿Cómo creéis que lo pueden hacer? ―preguntó Rodrigo.

María no le permitió contestar.

―Venderemos nuestra casa y nuestro ganado y yo también me iré. Viviremos allí donde Miguel pueda vivir. Tú y Felipe podréis quedaros en Navarra. Es aquí donde tenéis hecha vuestra vida.

Esa noche madre e hijo permanecieron al calor de la lumbre en las horas en las que Felipe acompañaba a Miguel. María rodeó a Rodrigo con sus brazos, pero este rechazó su contacto.

―El rey está enojado. Yo también lo estaría, han perdido todos sus dineros ―se lamentó él―. ¿Pretende que recaudemos una cantidad semejante a la que debe padre? Ni aunque trabajásemos de sol a sol durante toda nuestra vida podríamos conseguirlo.

―Rodrigo, ahora necesita tu ayuda, la ayuda de todos.

―Padre es un gran hombre, lo sé. Lo ha dado todo por ti, por Felipe. Pero no por mí. Nunca me ha aceptado del todo como hijo suyo.

―No digas eso. Él es un buen hombre. Nos ama y siempre nos ha defendido a costa de su propia vida. A todos.

―Solo por ser hijo tuyo me debería aceptar. Pero eso no ocurre. Ni siquiera lo hace por ti.

Su madre no le replicó.

―He oído decenas de veces sus dudas, en Obanos, en Pamplona, de noche cuando nos hacíais dormidos. Debajo de las escaleras, escondido tras la puerta de vuestra habitación.

María lo escuchó compungida. Nunca le había confesado aquello.

―Él cree que soy hijo del monstruo que te forzó.

Algo se rompió en lo más profundo de María, que comenzó a llorar en silencio. Tardó un rato en reaccionar mientras Rodrigo mantenía su mirada fija en el fuego del hogar.

―En el fondo de su ser tu padre sabe que no es así. Simplemente se reprocha a sí mismo no haber evitado aquella brutalidad ―consiguió replicar con un hilo de voz.

―Eso no quita para que no me acepte como su hijo.

María volvió a intentar tomar la mano de Rodrigo, que esta vez lo permitió. La sensación cálida de su piel la tranquilizó.

―Tu nacimiento le recuerda aquel momento, aquellos meses previos en los que dudó y se sintió culpable. Pero una vez llegaste a este mundo, supimos que Dios nos había concedido un hijo de ambos.

Rodrigo se separó nuevamente de su madre, se levantó y tomó un trago de vino.

―Nunca me ha felicitado por mi trabajo, aunque lo realice siguiendo al pie de la letra sus instrucciones.

―No digas eso. No es así ―contestó su madre sin convicción. María siempre había sentido lo que ahora Rodrigo ponía en palabras. Pero una y otra vez se engañaba a sí misma pensando que su hijo no lo sufría como ella.

―Siento que mi vida no está aquí. Está lejos, en otro lugar. Allí donde alguien sepa valorar lo que soy.

―No digas eso. Ahora no. Seremos nosotros los que nos vayamos. Tú y Felipe debéis permanecer unidos. He visto que al fin os habéis abrazado.

María seguía llorando sin aspavientos. Rodrigo miró al fuego, que ahora parecía crujir con más fuerza, y comprendió que aquella noche todo había cambiado para siempre.