CAPÍTULO 69.
―Necesito hablar contigo ―pidió Blanca a Felipe cuando se encontró con él en el mercado del Chapitel―. He estado buscándote en la catedral y por fin te encuentro.
―Por supuesto, Blanca. ¿Ocurre algo? ―le preguntó turbado.
La joven herbolaria no se había refugiado de la tormenta.
Tenía la ropa y el cabello empapados, pero parecía no importarle.
Tomó por el brazo a su amigo y lo condujo a través de los puestos de hortalizas, de pan, pescado y carne que volvían a desplegarse tras la lluvia.
Blanca iba dos pasos por delante arrastrándolo y él la seguía sin entender lo que ocurría.
Entraron en la Navarrería y, cuando llegaron al mentidero, el joven tracista se detuvo.
―¡Dios santo, Blanca! ¿Quieres explicarme qué te pasa?
―Sé que vas a seguirme, así que no voy a contestarte aquí.
Se dio media vuelta y sin ningún otro tipo de explicación se encaminó en dirección a las obras de la catedral.
La Navarrería se encontraba en plena ebullición: los sonidos de los artesanos, el golpeo del herrero en la fragua, la sierra y el martillo de los carpinteros, los gritos de quienes acarreaban los maderos y piedras rumbo a la nueva catedral.
Felipe estaba sorprendido ante la extraña conducta de su amiga.
Alzó la vista tratando de adivinar hacia dónde se dirigía y observó que los trabajos de reconstrucción de la catedral habían tomado ritmo.
Los habitantes de la Navarrería se habían volcado en la construcción del nuevo templo, pero entre los andamios se escuchaban también acentos de francos y de canteros venidos de Aragón.
Cuando llegaron a la explanada, Blanca torció a su derecha y se dirigió hacia el claustro seguida de cerca por Felipe.
La mayoría de los trabajadores de la catedral se concentraban aquellos días en las obras del edificio principal y apenas se encontraban allí un par de hombres que construían el murete definitivo del lado este.
Atravesaron las galerías del claustro hasta llegar a la torre Barbazana y accedieron a la capilla sin detenerse siquiera en la entrada.
El hecho de que Blanca eligiera aquel lugar hizo que creciera todavía más la incertidumbre de Felipe.
Se sintió confundido. En aquel momento no había nadie en la capilla.
El aroma a incienso, cirios encendidos, madera y piedra que impregnaban el templo y la paz que allí se sentía los calmó después de aquella carrera.
Blanca lo llevó junto al altar, situándose bajo la Virgen del Consuelo, único testigo de lo que iba a decirle.
―¿Qué es lo que quieres contarme que necesitas traerme hasta este lugar? ―le preguntó Felipe en voz baja.
―Necesitaba esta calma para decírtelo. Es aquí, además, donde todo ha ocurrido, pero también donde todo empezó.
Felipe miró a Blanca con el corazón latiendo acelerado.
―Se trata de Rodrigo ―le lanzó de golpe en un susurro.
―¿De Rodrigo? ¿Qué tiene que ver Rodrigo con todo esto? ―le preguntó desconcertado.
―He hablado con María y está triste. ¿No sois capaces de mantener una conversación para dejar atrás vuestras rencillas?
El joven no le contestó.
―Tu padre se ha enrolado en una misión muy peligrosa; tu madre necesita más que nunca vuestra presencia y vuestra unión, y ni siquiera lo habéis intentado.
―¿Me has traído aquí para decirme que me reconcilie con Rodrigo?
―Te he traído aquí para cambiar tu perspectiva, para que pensaras sin que nada a tu alrededor te impidiera detenerte y centrarte únicamente en ese hecho ―le habló Blanca ahora con pausa.
Felipe se le quedó mirando sin entender todavía nada. Se mantuvieron sin decir palabra. Únicamente se escuchaba el crepitar de los cirios encendidos y los graznidos de algún ave en el exterior de la torre.
―Se trata del día que te robaron los pergaminos y las plumas. ¿Lo recuerdas?
Felipe la miró sorprendido.
―Claro que lo recuerdo. ¿A qué viene ahora hablar de aquel día?
―¿Qué es lo que recuerdas?
―Seguí al ladrón con todas mis fuerzas, pero era muy rápido. Al menos conseguí que desistiera y soltara la saca en el claustro de la catedral.
―No fue así como ocurrió ―negó la joven.
Un gesto de extrañeza se dibujó nuevamente en el rostro de Felipe.
―No te entiendo.
―Quien cogió tus pergaminos solo quería llevarte hasta el claustro ―le explicó―. Habías dejado de dibujar. Habías decidido no volver a trazar ninguna línea.
Felipe escuchaba atónito sin interrumpirla.
―Dejaste de visitar las obras, dejaste de acudir a la catedral, al claustro. Renunciaste a tu pasión. ¿Lo recuerdas?
―Así es ―contestó Felipe esperando algo más.
―Y aquella visita hizo que retomaras tu trabajo, que volvieras a dibujar con más pasión si cabe.
Blanca lo dejó un instante más en la duda, para revelarle al fin el secreto.
―Aquel encapuchado era Rodrigo.
Felipe abrió mucho los ojos.
―¿Rodrigo quiso robar mis materiales? ¿Para qué? Los tenía en casa a su disposición cuando los hubiera querido.
―¿No te das cuenta? Lo hizo por ti.
―¿Por mí? ¡No lo entiendo! ―exclamó Felipe enfadado.
―Esa misma mañana lo vi en las obras de la catedral. Estaba sofocado y le pregunté de dónde venía. No quiso decírmelo, pero al final me lo confesó. Me dijo que solo eras feliz cuando tomabas tus plumas y pergaminos.
―¿Estuviste con él? ―le inquirió Felipe incómodo.
―Él había visto los avances del claustro y quería compartirlos contigo, pero tú te negabas a aparecer por aquí. Ideó la forma de traerte.
―¿Por qué me lo cuentas ahora?
―Porque no podéis seguir viviendo de esta forma: negándoos la mirada y obviando las palabras del otro. Es hora de pasar página. Vuestra madre lo necesita.
El silencio del templo y aquella atmósfera se hicieron sentir aún con mayor intensidad.
Felipe bajó la cabeza incapaz de replicarle.
Ella lo había asido de la mano mientras le explicaba, pero él no había reparado en ello hasta aquel momento.
Sentía los ojos inescrutables de Blanca, tomó su otra mano y por fin levantó la mirada.
―Nunca he sido capaz de descifrar tus sentimientos, siempre he querido comprender lo que llevas dentro, pero nunca me lo has permitido.
Blanca vaciló antes de responder.
―Es una barrera que construí frente a ti. Durante mucho tiempo pensé que amabas a Ane y que ella te amaba a ti. Nunca quise interponerme.
―Estabas equivocada ―le reprochó.
Pareció dejar pendiente una última confesión, hasta que al fin la desveló:
―Era a ti a quien quería acercarme.
Blanca lo atrajo hacia sí y él la estrechó por la cintura. Por un instante deshicieron el abrazo y se miraron en silencio. Sus labios se encontraron bajo la mirada impertérrita de la Virgen del Consuelo y, pese a ser la primera vez, no se sintieron extraños.
Un alboroto en el claustro les hizo volver a la realidad.
Salieron de la torre y observaron movimiento en las inmediaciones del refectorio y del resto de edificios de los canónigos.
Se acercaron y comprobaron desde allí que varios soldados se dirigían corriendo hacia el Palacio Real.
Un mercader se acercaba desde aquella zona con una cesta en el hombro.
―¿Qué es lo que ocurre? ―preguntó Felipe.
―Han colocado a dos hombres en la picota. Al parecer a uno de ellos frente a la iglesia de San Cernin y a otro en el mentidero del Cayrefort.
―¿En los cepos? ―quiso saber Blanca.
―Sí, así es. Los acaban de llevar allí soldados del rey.
―¿Sabéis quiénes son? ―insistió Felipe.
―Aquellos a quienes el rey encomendó la captura de animales para el Palacio Real de Olite: Martín de Viana y Miguel de Obanos.