El privilegio CAPÍTULO 68.
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CAPÍTULO 68.

Resonaba la tormenta en la lejanía mientras una legión de nubes oscuras se arrastraba en el cielo de Olite.

La expedición se encaminó hacia el impresionante Palacio Real de la villa, pero cuando llegaron a la puerta de acceso del recinto amurallado, uno de los guardias les indicó que el soberano se encontraba en Pamplona.

Sancho y Fortún se quedaron en Olite y el resto continuó el viaje sin hacer escala.

Cuando los pocos hombres que componían ya la expedición divisaron al fin la capital del reino, el cielo negro y gris contenía a duras penas la tormenta.

Soplaba un viento fuerte que olía a tierra y a azufre y, antes de que los navarros cruzaran la puerta del Chapitel, comenzaron a caer gotas gruesas que golpearon con fuerza los cascos, pellizas y cotas de malla de todos ellos.

Miguel sintió un escalofrío. Fue como una premonición.

La encomienda dictada por el rey había fracasado de la forma más estrepitosa y era la hora de dar cuenta de ello.

Miguel de Obanos y Martín de Viana entraron en la ciudad bajo una cortina de agua, cansados y humillados, y se dirigieron directamente al Palacio Real.

―¿Cómo osáis siquiera presentaros para darme estas noticias? ―tronó el soberano.

Había sido el caballero de la Bone Foy quien, sin ningún tipo de preámbulo, informó al rey sobre la mala nueva.

Carlos III se levantó del trono en el que despachaba sus asuntos con el rostro congestionado y los ojos desorbitados.

Los dos hombres se acercaron y se arrodillaron ante él, evitando mirarle directamente.

―¡Podría hacer que os ejecutaran ahora mismo! ¡A ambos! Hubiera sido mejor que desaparecierais. Lo haréis ―amenazó ofuscado.

Miguel no se atrevió a levantar la cabeza. Mantuvo su postura de sumisión ante la furia del rey sin variarla ni un ápice y fue el alférez, como responsable de la seguridad de la expedición, quien se defendió.

―Fue una trampa. Solo os pido que permitáis que vaya en busca de los ladrones antes de que deshagan la bolsa.

―¡Silencio! ―bramó el monarca―. ¡Es ya vuestra deuda! Y podéis hacer aquello que consideréis oportuno para saldarla. Marcharé en breve a París. ¿Qué es lo que voy a contar allí?

Pese a que el soberano había dictado su sentencia, Miguel trató de apoyar a su compañero de desventura.

―Majestad, disculpadme. Ocurrió tal y como ha contado Martín de Viana. No fue un solo hombre quien lo hizo y utilizaron la oscuridad de la noche para impedir nuestra defensa. Poco pudimos hacer ―corroboró calmado, aunque con firmeza.

El rey había dejado hablar a Miguel esta vez, consciente de que su misión era otra. Sin embargo, no lo liberó de ninguna responsabilidad.

―Ese dinero era parte del pago recibido por la cesión al reino de Francia de Cherburgo, Evreux, Champaña…

Territorios por los que perdieron la vida muchos de mis fieles vasallos ―expuso con lucidez―.

He trabajado para hacerme con un patrimonio líquido y para empeñarlo en convertir este reino en la envidia de otras cortes.

Habéis echado por tierra ese esfuerzo. Tres años permanecí en París hasta que conseguí llegar a un acuerdo con el rey de Francia ―les reprochó.

El soberano calló y se hizo un silencio pesado, pegajoso, que ninguno de los dos hombres se atrevió a romper. El ujier de cámara y varios soldados presentes en el salón de audiencias se mantenían también inmóviles, aguantando la respiración para no alterar el momento.

―No esperaba esto de vasallos valientes y duchos como vosotros. Mi decepción es muy honda ―lamentó ahora con otro tono de voz.

Martín de Viana aprovechó el comentario del rey para intervenir.

―Majestad, os aseguro que encontraré al ladrón. Hemos llegado hasta Pamplona para daros cuenta de lo ocurrido, pero sabemos quién lo hizo. Un valenciano que dijo llamarse Jaume Castelló. Os pedimos humildemente que vuestra Majestad nos permita ir a buscarlo.

―Podréis hacerlo. Para recuperar vuestro dinero. Es a vos a quien os lo robaron. Era vuestro. El mío ahora me lo debéis ―le respondió pausando cada afirmación.

Nuevamente se hizo el silencio hasta que el rey volvió a romperlo.

―Puedo disculpar una derrota en la batalla, incluso una misión fallida por circunstancias ajenas. Pero no puedo perdonar una falta de diligencia como esta, un descuido semejante para con los intereses del reino.

El soberano había apaciguado su ira y se sentó en el trono.

―He perdido la confianza y no puedo mantener más mi protección sobre ninguno de vosotros. Deberéis abandonar el reino hasta nueva orden. No perderéis vuestro vínculo de naturaleza. Quedará en suspenso hasta que cubráis vuestra deuda. Espero que ya lo hayáis hecho a mi vuelta de Francia ―decretó.

―Majestad, es imposible pagarla, aunque vivamos tres vidas ―se atrevió a objetar Miguel.

El rey no dio muestras de escucharlo, aunque el ganadero creyó advertir en su rostro un ligero gesto parecido a una mueca de dolor. Carlos III se levantó, les dio la espalda y alzó la voz para que sus palabras fueran escuchadas y tenidas en cuenta por todos los que se encontraban en la estancia:

―Prendedlos y colocad al alférez en el mentidero del Cairefort de la Navarrería y a Miguel de Obanos en el de San Cernin. Que sufran su propio escarnio, que padezcan las burlas de quienes no los conozcan, la vergüenza de sus familias y de quienes se digan sus amigos.

Dos soldados se acercaron hasta ellos.

―Deberán permanecer allí dos días y dos noches. Luego abandonarán el reino ―sentenció el soberano.

Los ataron de pies y manos y se los llevaron mientras el rey les daba la espalda.

Ya no llovía y, después de recorrer las calles de Pamplona, llevaron a los acusados a su destino final.

Al caballero lo trasladaron a la picota de la Navarrería, allí donde arrancaban la rúa de la Zaga del Castillo y la rúa Mayor de la Navarrería; a Miguel a la entrada de Portalapea, a pocos metros de la iglesia de San Cernin y de su propia casa.

Los vecinos de los tres burgos estaban acostumbrados a ver a conciudadanos y extranjeros expuestos a mofas y burlas en cepos y mentideros. Lo inusual era que se tratara de dos personas de tan alto rango social en la ciudad.

―Dos días estuvo en el cepo aquella bruja. La azotaron y la expusieron por intentar matar a su marido ―explicó una mujer al lado de la torre de la Galea cuando vio que los guardias preparaban la trampa.

―Mi niño no pudo dormir cuando clavaron la cabeza de aquel bandolero en una lanza ―contó otra.

Habían presenciado mutilaciones de orejas y de manos por robos y por otros delitos menores.

Aquellos castigos tenían un morbo especial para los habitantes de la ciudad, que se contagiaban de una extraña ansia de castigo.

Eran las celebraciones más esperadas y las que luego daban lugar al mayor número de comentarios.

―¡El carnicero real y el caballero de la Bone Foy! ¡Que paguen por sus delitos! ¡Ladrones! ―gritó un viejo cuando vio acercarse a una pareja de guardias con Miguel.

―¡Era el dinero de todos! ¡Que lo devuelvan! ―continuó una mujer.

Lo escupieron, lo empujaron y le lanzaron todo tipo de improperios, pero Miguel continuó avanzando sin resistirse a los soldados. Comprobó que no se encontraban entre aquellas gentes ni su esposa María ni sus hijos, y tampoco vio a ninguno de sus amigos. Sin duda no lo sabían.

Atraparon sus pies, sus manos y su cabeza en el cepo y lo dejaron allí expuesto ante aquella jauría que crecía por momentos.

Sin embargo, pese a la gravedad de la situación, Miguel se sintió extrañamente en casa.

Conocía el olor de aquel lugar tras la lluvia y la luz que en aquella hora de la mañana templaría la portada de la iglesia de San Cernin en cuanto las nubes desaparecieran.