El privilegio CAPÍTULO 67.
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CAPÍTULO 67.

El obispo de Bayona, García de Eugui, celebró la liturgia en el espacio descubierto en el que se levantaría la catedral.

Algunos de los habitantes del Burgo y de la Población asistieron a la ceremonia, pero quienes sí lo hicieron en tropel fueron los de la Navarrería.

Aunque para ellos la celebración carecía de interés, Lot ben Abraham y algunos otros médicos judíos se habían personado también para atender cualquier eventualidad.

La misa, sin embargo, se desarrolló con total normalidad.

Corrió una ligera brisa durante todo el acto y el olor a incienso y el humo de los cirios encendidos impregnó todo aquel espacio.

Se bendijo el lugar, las obras de la catedral y a todos los que allí se encontraban.

En cuanto concluyó, la muchedumbre comenzó a dispersarse.

Fue entonces cuando un joven llamó la atención de Lot.

Se cruzó con él en el espacio que llegaría a ser el pasillo central de la catedral y se quedó paralizado.

Era Johannes, o una réplica exacta. Se dio la vuelta y para entonces había desaparecido engullido por la masa de fieles.

Trató de alcanzarlo, empujando a todos los que se encontraban delante.

Derribó a un anciano y estuvo a punto de hacerlo con un par de mujeres, hasta que se apartaron.

Entonces, a través del pasillo humano que se abrió ante él, lo vio.

El joven se hallaba junto al altar provisional hablando con el vicario Lancelot y con el tracista del Burgo que había desafiado a Tristán.

No tenía sentido. Durante un instante lo observó con detenimiento y de inmediato se dio cuenta de que ellos también lo miraban.

Se acercó balanceándose y saludó confuso al trío que lo esperaban.

―Excelencia, ¿conocéis a este joven? ―preguntó escueto.

―Claro que lo conozco. Trabaja para mí.

―¿Trabaja pa, para, para vos? ―tartamudeó.

―En la fábrica de la catedral. Así es ―volvió a afirmar el vicario.

―Creo que yo también lo conozco. Este joven perdió a su hijo antes de nacer y yo atendí a su mujer.

―Eso es imposible. Este hombre no ha tenido hijo alguno recientemente ―negó el vicario con firmeza.

Lot lo miró estupefacto. Era cierto que tenía otro porte, vestía de forma decorosa y parecía más joven, pero siguió creyendo que era él.

―Llevasteis a vuestra esposa Mencía al hospital de los Labradores. Johannes os llamáis ―afirmó Lot, dirigiéndose a él.

―Yo me llamo Jesús. Mi esposa se llama Eugenia y nunca ha pisado ese hospital ―replicó el muchacho.

Felipe miraba la escena con extrañeza. Aquel joven había aparecido de la nada hacía unos días y ahora el buey Lot pretendía conocerlo.

El médico se acercó aún más a Johannes. Tenía el pelo más corto, no llevaba barba y le pareció que sus ojos eran más verdes de lo que recordaba.

―¿Tenéis algún hermano mayor? ¿Se puede llamar Johannes?

―En absoluto, no tengo hermanos.

―Entonces debo haberme confundido ―pareció claudicar al fin.

Y con un gesto de aturdimiento en su semblante se dio la vuelta y retrocedió por donde había llegado.

Lot llevaba días dando vueltas a aquel asunto.

La denuncia contra la bruja de Villava no tenía ninguna probabilidad de fructificar pese a la disposición de aquel extraño vecino de Atarrabia.

Solo podría llevarla adelante si encontraba al arrogante padre de la criatura o si contaba con el apoyo de alguien muy poderoso que elevase el valor del testimonio de un testigo indirecto como Lázaro.

Así que decidió hablar con la reina Leonor.

El primer día que la reina requirió al médico judío para suministrarle sus medicinas se envalentonó para agotar su última carta.

La encontró sentada en el trono real, llevando a cabo la habitual recepción de siervos y viajeros.

Los primeros solicitaban su intercesión y los segundos buscaban permisos comerciales, mostraban su reconocimiento con regalos o entregaban misivas de reyes y nobles.

Durante los viajes de su marido a Francia y también en otras ocasiones en las que se hallaba ausente, ella actuaba como regente.

Lot se acercó e hincó su rodilla en tierra tratando de no hacer evidente su dificultad para los movimientos más sencillos. Y, como hacían todos quienes entraban en aquella sala, la saludó de forma protocolaria.

―Señora, que Dios os guarde.

―Levantaos ―ordenó Leonor.

―Le traigo su bebedizo de poleo. Le he añadido menta. Sin duda hará que el sabor sea más placentero a vuestro paladar y os ayudará también a que el tránsito sea más ligero y a que los alimentos más pesados no impidan el paso en vuestro estómago.

―Agradezco vuestra atención, lo sabéis. Me hace bien ―concedió.

Lot no dudó. Hacía ya tiempo que la reina le mostraba confianza y acababa haciendo lo que le pedía.

―Mi señora, sé que es abusar de vuestra bondad infinita, pero necesito pediros una gracia que solo vuestra alteza puede concederme.

―¡Por Dios! ¿Queréis que os ayude una vez más? Sois vos quien está a nuestro servicio.

―Lo sé, Majestad. Disculpadme.

―Hace no mucho tiempo os acompañé para obligar al caballero Martín de Viana a aceptar vuestra atención y ahora ¿me volvéis a requerir?

El médico agachó la cabeza y esperó a que cediera.

―¡Deberé descontar de vuestro salario los favores que os procuro! Estáis restando tiempo a mi oración, a mi recogimiento y a mi ocio.

―Tenéis razón.

―¡Decidme de una vez! Me tenéis en ascuas ―ordenó impaciente ahora.

Lot respiró aliviado.

―Se trata de un hecho relacionado con la misma mujer que asistió sin permiso al alférez de compañía.

Supisteis que cambié el tratamiento dispensado por esa curandera y que gracias a eso Martín de Viana sanó ―mintió―.

Pues bien, he recibido otra queja contra esa herbolaria que desembocó en la muerte de una pequeña recién nacida.

La reina le dedicó una mueca de fingida sorpresa.

―¿Murió en el parto? ¡Por Dios! ¡Más de la mitad de los recién nacidos mueren antes de cumplir su primer año de vida!

―Tenéis razón, Majestad ―musitó apocado ante el furor de Leonor.

El médico se volvió a poner de rodillas en señal de sumisión. El miedo y la falta de fuerzas para mantener aquella posición hicieron que todo su cuerpo temblara, como si se encontrara desnudo en mitad de una tormenta de nieve.

―Vos sabéis que también yo perdí a un nonato en mi vientre y que hace muy pocos años murieron siendo muy niños mis hijos Carlos y Luis. Dios los llamó a su seno. ¡Esa es nuestra creencia!

―Lo sé, Majestad.

―La religión hebrea no concibe la muerte como una llamada de Dios, sino simplemente como el final de la vida terrena. ¿Creéis que solo lo que ocurre entre los hombres determina nuestra muerte? ―reprochó la reina.

El médico judío no fue capaz de mantener aquel debate con Leonor.

―Porque en ese caso los fallecimientos de mis hijos se deberían a la mala atención que vos o uno de vuestros aprendices les prestó ―concluyó mostrando una indignación que crecía por momentos.

―Por supuesto que no, Majestad. Hicimos todo lo que pudimos por salvarlos ―susurró Lot, ahora asustado.

Leonor, tras un largo instante en el que pareció arder por dentro, consiguió calmarse y tomó otra vez la palabra.

―¿Cómo podéis demostrar esas prácticas? ―preguntó, concediéndole al fin el beneficio de la duda.

Lot recuperó su compostura.

―Sumando los hechos.

―¿Qué queréis decir?

―Blanca y Jerónima ya fueron condenadas por el tribunal de la aljama.

El rabino Levy murió como consecuencia de sus tratamientos ―explicó el médico todavía nervioso―.

Sabemos el inadecuado tratamiento que procuró a Martín de Viana.

Y ahora sumamos una nueva denuncia con la muerte de una criatura.

El testimonio de los testigos es claro. Y yo traté además a esa mujer en el hospital de los Labradores. Puedo testificar lo que vi.

―Y por qué me contáis todo eso. Las instituciones del reino, los tribunales son los que garantizan el cumplimiento de las leyes y la imposición de castigos. Solo si se tratara de una ofensa o un ataque a la corona tendría sentido nuestra intervención ―expuso la reina hastiada.

―O que esa mujer practicara la brujería e invocara a Satanás. Es lo que cuentan. El maligno es común a nuestras religiones y ambas deben unir sus fuerzas para combatirlo.

La reina Leonor se santiguó y Lot continuó.

―Majestad, podríais convocar al alcalde de la Población en palacio. El propio alcalde será quien la juzgue una vez nos haya escuchado y quien ordene a su vecina la dejación de cualquier tipo de atención médica.

―Si esa mujer ha cometido crímenes de brujería, debería ser ejecutada como ejemplo en presencia del pueblo ―replicó la reina, mostrando su autoridad.

―Bastaría con que fuera apartada de la práctica de la medicina. No deseo su muerte ―replicó Lot con voz impostada.

―Podéis retiraros. Pediré a uno de mis heraldos que cite al alcalde de la Población. Mañana cuando las campanas de la Barbazana llamen a la tarea. Vos deberéis también comparecer para dejar constancia de la denuncia.

El buey Lot miraba al suelo para evitar delatar su regocijo y, cuando consiguió levantarse, salió de la sala y le pareció flotar, como si en ese momento no le condicionara su envergadura.

El médico real había ensayado su discurso ante el alcalde de la Población una y mil veces.

No podía dejar pasar la oportunidad que había esperado durante tanto tiempo.

Necesitaba ser creíble ante un juez fajado en mil debates, como cualquiera de los alcaldes de los tres burgos.

Las campanas sonaron justo en el momento en el que Lot arribaba a las inmediaciones de palacio.

Ascendió con esfuerzo la pequeña cuesta de acceso al edificio y recorrió sofocado el pasillo que lo llevaba hasta la sala de recepciones.

El ujier de cámara de la reina lo esperaba a la entrada.

―Avisaré a su alteza Leonor. El almirante y consejero real Engarrán de Villers ya está esperando en la sala.

El médico se paró en seco.

―¿Engarrán? Quien debiera estar presente es el alcalde de la Población ―farfulló.

―Yo mismo recibí el encargo de nuestra reina para que el miembro del Consejo Real estuviera aquí y así lo hice ―se justificó el heraldo.

Lot no reaccionó mientras el mensajero permanecía con su brazo extendido invitándolo a pasar.

Atravesó contrariado la puerta: hubiera preferido contar con el hombre que finalmente juzgase a la herbolaria.

Se hubiera asegurado la sentencia antes de dictarla.

Su paso inseguro se hizo más corto y su forma de caminar más grotesca.

― Shalom aleijem ―saludó el consejero sin recibir respuesta de Lot―. Poco conozco sobre la razón de esta convocatoria, pero supongo que vuestra presencia y las palabras del heraldo responden a alguna demanda que pretendéis interponer.

―Así es ―le contestó el médico temeroso.

―Sabed que para llevar a cabo cualquier denuncia es inexcusable disponer de testigos ciertos.

Lot no pudo pronunciar ni una sola palabra hasta que al fin reaccionó.

―No soy yo quien ha denunciado ningún hecho. Solo soy el receptor de dicha súplica como testigo de otros crímenes cometidos en el pasado por la persona denunciada.

―Entiendo. Lo que observo es que no os ha agradado mi presencia. ¿No me esperabais? ―preguntó con sorna Engarrán.

―La reina me anunció que llamaría al alcalde de la Población, juez que deberá dilucidar en primera instancia sobre los hechos que la acusación atribuye a la imputada.

El almirante sonrió asintiendo al médico.

―Es por eso por lo que ha debido de convocarme a mí y no al alcalde.

Si lo que desea la reina es consejo en relación con una posible denuncia, yo puedo dárselo.

Es suficiente. Traer al futuro juez a esta sala no solo supone una acción desmedida, diría que sería una extralimitación ―expuso con aparente calma.

Lot calló y buscó con la mirada la llegada de su Majestad.

Fue la reina Leonor la que suspendió la reunión en cuanto escuchó en su primera alocución al consejero real Engarrán. Lot pareció haber olvidado absolutamente todo su discurso y apenas farfulló alguna incoherencia.

―¡Nunca más atenderé ninguna de vuestras súplicas o consejos a no ser que tengan que ver con la medicina! Os lo dije. Esa acusación nunca podría prosperar ―bramó la reina.

El médico judío había perdido sus fuerzas y era incapaz de mantenerse en pie. Se arrodilló y finalmente acabó sentado en el suelo.

―Me habéis hecho perder mucho tiempo. Pese a todo, no tomaré otras medidas. Dad gracias a vuestro Dios y también al nuestro de que esta acusación no ha prosperado más allá. Si hubiera sido de otra manera, os aseguro que no os perdonaría la vida.

―¿Puedo retirarme? ―balbuceó el judío.

―¡Por supuesto! No deseo veros hasta que no os necesite ―cerró la soberana.

Lot se levantó a duras penas y salió tambaleándose de la sala.

Engarrán de Villers se retiró también tras el agradecimiento de la reina. Recordó las intenciones de Ane, la hermana de Blanca. Aquella reunión había sido reveladora para él.