CAPÍTULO 66.
Lot se había obsesionado nuevamente con aquella joven rubia a la que deseaba y odiaba con la misma intensidad. Sabía que nunca sería suya así que no pararía hasta destruirla.
Había deseado que el padecimiento del caballero de la Bone Foy concluyese con una desgracia, pero no había sido así.
Martín de Viana se recuperó por completo y no podría acusar de prácticas inapropiadas a Blanca.
Con lo que no dejó de especular fue con la posibilidad de denunciarla por la muerte prematura del hijo de aquella pareja de desdichados.
Los había buscado en hospitales, en refugios; envió a subordinados a indagar durante semanas, pero no los encontró.
Sabía que vivían en Atarrabia y, después de sus esfuerzos infructuosos, decidió desplazarse personalmente hasta allí para localizarlos.
No estaban. La chabola apestosa en la que vivían se encontraba abandonada.
Preguntó a varios vecinos si los habían visto pero la respuesta fue unánime: no habían vuelto por allí desde las fiestas de san Fermín.
Lot abandonó el lugar visiblemente enojado.
Se reprochaba una vez más haberlos dejado escapar cuando los tuvo a su alcance.
Lázaro se preguntó cuál sería la razón de que Johannes pidiera a los vecinos de Atarrabia que no contaran a nadie las visitas que hacían a su hijo.
Y cuando vio a Lot en su aldea, preguntando por la pareja, comenzó a atar cabos.
Sabía que habían perdido a la pequeña que esperaban y que fue Blanca, la joven herbolaria de Villava, quien había asistido a la mujer en el parto.
La misma que tuvo prohibida su entrada en la judería durante mucho tiempo.
No podía ser una casualidad. Conocía la enemistad entre el médico y las curanderas, surgida a raíz del fallecimiento del rabino Levy.
Fue muy comentada en Villava y en Atarrabia.
Jerónima había dejado de servir pócimas y ungüentos a la judería y muchos de ellos se desplazaban hasta su casa para conseguirlos.
Así que decidió interesarse por la extraña visita.
Preguntó a unos y a otros y no le costó demasiado descubrir el desencuentro entre Blanca y Lot hacía pocos días como consecuencia del diferente criterio en el tratamiento a Martín de Viana.
Esperó en la puerta de salida de la judería.
Lázaro siempre tenía frío y todo el mundo lo atribuía a su extrema delgadez.
Y a aquella hora temprana de la mañana sintió sus manos y pies congelados.
Pero permaneció a la espera. Cuando lo vio salir del recinto en dirección al Palacio Real, se sintió nervioso; aun así, lo abordó.
―Disculpad, ¿sois el médico Lot? ―le inquirió acercándose de forma educada.
El judío se detuvo sofocado tras culminar la leve pendiente de la calle y observó a aquel hombre que, por su aspecto, parecía un pordiosero.
―¿Quién le busca?
―Alguien que puede ayudarle a vengar la humillación que ha padecido no hace mucho ―le tentó.
Lot sufría un punzante dolor en ambas rodillas.
Se hallaban imposibilitadas para sostener su peso más allá de un par de horas.
Miró a izquierda y derecha hasta que, a unos pasos, en dirección a la explanada de la catedral, localizó un buen número de sillares dispuestos para ser utilizados.
Hizo un gesto al de Atarrabia para que lo siguiera.
El médico judío alcanzó el lugar con enorme dificultad y se sentó en una de aquellas grandes piedras. Con la voz entrecortada por el esfuerzo preguntó al joven.
―Sabéis bien que soy la persona a quien buscáis. Yo soy Lot. ¿Qué es eso que decís conocer que puede procurar mi regocijo?
―Una mujer a la que odiáis ha cometido un acto por el que debe pagar con el mayor de los castigos. Y yo puedo ser testigo de dicha afrenta.
Lot abrió sus ojos de sapo y lo miró como si fuera entonces cuando se diera cuenta de la presencia del hombre.
―¿Cómo os llamáis?
―Soy Lázaro. Vivo en la última casa de Atarrabia, allí donde comienza el camino que lleva al valle de Baztán, junto al río. Estoy seguro de que sabéis qué es lo que puedo relataros.
Lázaro trató de identificar algún gesto en el semblante del médico que delatara su interés, sin embargo, aquella primera información pareció no afectarle. Se frotó con fuerza las manos y exhaló aquel aliento blanco que quedaba suspendido en el aire.
―Se trata de Blanca, la bruja rubia a la que le place cuestionar vuestros conocimientos. Estoy seguro de que sabéis quién es. Vive en Villava con la que llaman Jerónima.
Lot dio un respingo involuntario y clavó su mirada en el hombre que tenía frente a él.
―Ellas no tienen la ciencia, experimentan con hombres y mujeres para conocer su constitución. Son seres del demonio que se nutren de las entrañas de los mortales.
Lázaro pareció relajar el gesto cuando comprobó que sus sospechas sobre aquella enemistad eran ciertas.
―Esa mujer mató a una criatura en el vientre de una muchacha. En el entierro de la pequeña, su marido Johannes repitió en varias ocasiones que quizá ella fuera la culpable de que naciera muerta ―confesó al fin el de Atarrabia.
Lot se mantuvo en silencio. No quería mostrar demasiado interés en aquel hecho que conocía mejor que nadie. Simuló rumiar aquella información durante unos segundos, hasta que dejó entrever su decisión.
―¿Cómo puedo encontraros? No os había visto nunca por aquí. No frecuentáis estos lares.
―Puedo acudir al lugar que me indiquéis en todo momento.
―Esta tarde. En la sinagoga. Me encontraréis allí después de la Minjá, la oración de la tarde, y antes de la de la noche.
Y, sin mayor dilación, el buey Lot se levantó y se alejó del lugar con pasos cortos y pesados. Muy pronto, sobre aquella superficie de tierra, se elevaría un templo que rendiría culto al Dios recto y bondadoso de los cristianos.
La sinagoga era el lugar en el que el médico se sentía más seguro.
Allí podía ostentar mayor grado de autoridad frente a cualquier interlocutor.
Ninguno de los varones judíos se encontraba ya en el templo y podrían dialogar sin interrupciones.
La calma era total. No se escuchaba en la calle la algarabía de comerciantes y artesanos en su tarea diaria.
Y la luz tenue que a aquella hora de la tarde se colaba todavía por los amplios ventanales hacía que la estancia no pareciera un templo.
Lot se hallaba sentado en una bancada situada junto a la pared en la cabecera.
El volumen de su cuerpo le impedía utilizar asientos que no fuesen abiertos en los costados.
Lázaro llegó hasta él, se acomodó en una silla cercana y lo saludó en su idioma.
― Shalom aleijem .
El médico no devolvió la cortesía al joven y le habló sin siquiera mirarlo.
―Contadme lo que escuchasteis a ese gañán en el entierro.
―Como os dije esta mañana, Johannes aseguró que la bruja no actuó con diligencia. De hecho, relató cómo la agarró del cuello e intentó ahogarla con sus propias manos cuando comprobó que su pequeña había muerto ―mintió Lázaro esperando una reacción.
Lot caviló.
―¿Y qué esperáis de mí? Sois cristiano. Yo soy judío y nuestros tribunales no pueden juzgar a una mujer que no forma parte de nuestra comunidad.
―Yo únicamente os puedo dar un medio para conseguir aquello que vos también deseáis. Desconozco los instrumentos que la justicia pone a nuestra disposición.
Lot negó con su cabeza, frunciendo el ceño, y al fin preguntó al joven.
―Johannes ha desaparecido, ¿quién va a acusar a la bruja?
―Yo lo haré. Para eso estoy aquí. Quizá incluso pueda dar con él ―respondió Lázaro sin pensárselo.
El médico dibujó una sonrisa de incredulidad.
―Quizá vuestra declaración no sea suficiente. Y si la pareja aparece, lo negarán todo en un juicio. Lo sé.
El de Atarrabia replicó con vehemencia.
―Supongo que, en caso de que fuera así, habría formas de hacerles entrar en razón.
El médico judío cambió su postura, incómodo en aquella tabla, y siguió interpelando al de Atarrabia.
―¿Qué ganáis con todo esto?
―Tengo mi propia historia con ese joven, aunque no es procedente contárosla ahora.
Lázaro dibujó entonces una mueca maliciosa.
―Supongo que vos podríais concederme alguna merced. Bastaría que me proporcionarais un trabajo en el que no tuviera que arar la tierra, segar los campos y acarrear la cosecha.
Lot no quiso dar por cerrado el pacto.
―¿Sabéis lo que ocurrió con nuestro rabino y con esas herbolarias?
―Lo sé y por eso he acudido a vos. Me lo contaron y he querido que se haga justicia. Con esa pequeña y con todos los crímenes que esas mujeres hayan podido cometer.
Se escuchó un ruido a la entrada de la sinagoga y ambos volvieron la mirada hacia allí.
Un judío vestido con su talit y su kipá apareció en el umbral.
―¡Lot, os requieren para atender a un hombre que ha sufrido una apoplejía! Yo os llevaré hasta él ―le apremió.
―Esperad fuera. Salgo ahora mismo ―replicó.
Miró fijamente a Lázaro y destapó su apuesta.
―Os repito la pregunta. ¿Estaríais dispuesto a acusarla pese al riesgo que supondría hacerlo de ser acusado por falso testimonio? No podríais mencionar mi nombre en ningún momento.
―Por supuesto. Cuando me pedisteis que acudiera a este templo supuse que buscabais discreción, pero no tengo ningún tipo de reparo en hacer pública mi denuncia.
―¿Sabéis que es el alcalde de la Población quien deberá juzgar ese hecho en primera instancia? Villava y Atarrabia forman parte del burgo de San Nicolás y allí esas brujas tienen muchos amigos.
―Me es indiferente.
―Entre ellos se encuentra el juez de la Cort, Adrián Alegre. Es el padre adoptivo de Blanca y quien puede llegar a juzgar los hechos en última instancia.
―Nada tengo que perder, pues nada tengo ―cerró Lázaro.