CAPÍTULO 65.
Llevaban meses en aquella situación. Mencía se había recuperado, aunque seguía durmiendo en el edificio de los cuartos de San Martín, y Johannes se había instalado en el porche de una casa abandonada cerca de allí.
El invierno fue duro, pero con la llegada de la primavera ambos fueron recuperando fuerzas.
El joven conseguía comida gracias a la caridad de las gentes de los tres burgos y algunos días bajaban juntos a Villava para ver a su hijo Román.
Cuando no obtenía limosnas tomaba algún alimento de los puestos instalados en los mercados y se refugiaba en su escondite.
Los soldados de la guardia real aparecían detrás de cada esquina, pero no frecuentaban aquellas calles.
Esa mañana Johannes llegó hasta las inmediaciones de la catedral casi sin darse cuenta y se detuvo muy cerca de los muros incipientes del templo.
Se sentó en un montón de piedras y observó aquel hormiguero.
Los obreros se movían coordinados, como si estuviera ensayado.
Las labores rítmicas de picado y colocación de aquellas piedras le hicieron sentirse bien.
Adivinaba en casi todos los casos dónde iban a colocar la siguiente y de qué forma lo harían.
Justo enfrente, un joven esculpía ensimismado una de aquellas figuras con una pericia de experto cantero.
El joven artista se dio cuenta de que Johannes lo observaba desde hacía un buen rato.
―¿Queréis probar?
―No. Seguro que no sé hacerlo.
―Vuestras manos son fuertes. Probad ―lo invitó―. Las piedras de color marrón acaban de ser arrancadas a las entrañas de la tierra. Guardan esos tonos ocres tras haberlas desnudado.
―¿Y las grises?
―Esas han sufrido la inclemencia de lluvias, hielos y vientos. Todos preferimos las marrones.
El joven siguió explicándole mientras él escuchaba con atención.
―Cuando elegimos la piedra con la que vamos a trabajar es como si solo esa sirviera para representar lo que ha dibujado el maestro. En ese momento es mucho más que una simple piedra.
Estaba a punto de tomar la maza y el cincel que le ofrecía el cantero.
Entonces uno de aquellos carros arrastrado por un buey blanco, a tan solo unos pasos de donde se encontraban, rompió el eje de sus ruedas con un chasquido.
Toda la carga de piedras volcó sobre el costado izquierdo en el que trabajaba uno de los mazoneros.
Su grito agudo acompañó el estruendo de las moles cayendo sobre él.
Johannes saltó como un resorte, el primero de todos los que estaban cerca.
Las piernas y la cintura del hombre habían quedado atrapadas entre dos grandes bloques.
―¡Ayudadme, por Dios! ¡Sacadme de aquí! Me he roto las piernas ―gritó.
El cantero había quedado boca abajo y se apoyaba sobre sus brazos tratando de reptar para sacar su cuerpo. Pero estaba atrapado.
―Esperad. Voy a ayudaros ―le dijo―. No os mováis. Aguantad.
La piedra más grande se apoyaba sobre la que realmente aprisionaba al cantero y Johannes la empujó con todo su cuerpo hasta separarla y dejarla caer a un lado.
Comprobó que el herido se había desmayado.
El de Atarrabia se puso en cuclillas y con las dos manos agarró el segundo bloque, tomó aire y trató de levantarlo en un esfuerzo ímprobo.
Varios mazoneros que estaban a su lado sacaron de allí a rastras a su compañero.
Y en cuanto lo hicieron, Johannes, cuidando que sus manos y pies no quedaran ahora bajo aquel peso enorme, soltó el bloque.
Se agachó tratando de recuperarse del esfuerzo y en aquel momento sintió en su hombro una mano que le recordó su condición de fugitivo.
Se revolvió evitando el contacto y descubrió a un hombre muy bien vestido que se encontraba a su lado. Lo miraba.
―Solo quería daros las gracias ―se expresó.
Johannes se tranquilizó. No podía mantener esa tensión. Debía actuar de otra forma si quería pasar desapercibido.
―¿Quién sois? ¿Cómo os llamáis? ―preguntó el desconocido.
―Me llamo Jesús ―mintió.
―¿Venís haciendo el Camino? ―insistió.
Dudó un instante.
―Sí ―le contestó.
Pero se dio cuenta de que el hombre elegante no le había creído.
―Estamos contratando nuevos mazoneros para la catedral. ¿Lo sabíais?
―No lo sabía. Quizá me pueda interesar ¿En nombre de quién contratáis?
―En el mío. Soy Lancelot, vicario general y administrador apostólico de la sede episcopal de Pamplona.
Johannes lo miró asustado.
―Pero si trabajáis para mí, deberéis contarme la verdad. Podéis confiar en mí.
Giró la cabeza a uno y otro lado para comprobar si alguien los estaba escuchando. El vicario advirtió su incomodidad y le hizo un gesto para que lo siguiera. Se dirigieron a la zona del claustro y juntos entraron en la torre Barbazana.
En uno de los tablones que servían de mesa de trabajo había extendidos varios pergaminos.
Johannes no pudo salvar la tentación de detenerse y observarlos.
No entendía cómo aquellos dibujos podían llevarse a otras proporciones, a una escala que multiplicaba decenas de veces aquellas medidas.
Lancelot no le apremió y le dejó admirarlos.
El muchacho se volvió al fin hacia él. Aquel religioso le había hablado sin prejuzgarlo y parecía sincero.
No estaba en disposición de rechazar nada y se fio de su intuición.
―Me llamo Johannes. Escapé de los hombres del rey ―confesó―. Robé dos huevos en uno de los puestos del Chapitel y me detuvieron. Eran para mi esposa Mencía.
―¿Y qué hacéis en Pamplona? ¿De dónde habéis llegado?
―Nos moríamos de hambre ―se disculpó―. Vinimos aquí dejando a nuestro hijo en Atarrabia para buscar una forma de sobrevivir.
Johannes puso palabras al temor que ahora lo maniataba.
―¿Me denunciaréis ante la guardia del rey?
Lancelot se quedó pensativo, mirándolo fijamente.
―Al contrario. Os contrataré. Desde hoy seréis Jesús.
En ese instante entró uno de los oficiales de la obra y se dirigió al vicario:
―Acaba de llegar el obispo de Bayona García de Eugui. Dice que las obras van muy lentas y que eso no gustará al papa Benedicto XIII.
Lancelot no contestó. Miró directamente a Johannes y le habló en voz alta para que también lo escuchara el oficial.
―Jesús, desde mañana trabajarás para él. Necesitamos a todos los hombres fuertes disponibles para avanzar con las obras.
―¡Así lo haré! ―contestó Johannes pletórico.