CAPÍTULO 64.
Miguel se despertó temprano y se asomó a un ventanuco que daba a la calle en la que se hallaba la entrada a la taberna.
Tan solo algunos comerciantes que se dirigían hacia la plaza Mayor y un par de soldados atravesaron la vía delante de sus ojos.
El sol brillaba apoyado en las montañas y una ligera brisa procedente del Ebro soplaba en la ciudad.
Pensó en María y en sus hijos. Si quería volver a verlos tenían que evitar cometer errores.
Así que repasó lo que harían esa mañana y las cautelas que deberían guardar.
Indagarían sobre las rutas de las caravanas que pudieran transportar la ansiada mercancía.
Quizá incluso necesitarían acudir a la Corte de Aragón para dar con quien les pudiera facilitar alguna información.
Pero en ningún caso entrarían en discusión con nadie y mucho menos entablarían pelea alguna con desconocidos.
Esas eran las pautas que daría a todos los soldados.
Se encontraban en un reino extranjero y sería muy difícil defenderse, pese al salvoconducto real que portaban.
Todos habían podido al fin descansar y habían repuesto fuerzas, así que Martín de Viana, acompañado de varios soldados, Mateo liderando otro grupo y finalmente Miguel junto a Sancho y Fortún, salieron a la calle en busca de información.
La feria se dejaba sentir en toda la ciudad.
Los sonidos de los herreros trabajando en sus forjas, comerciantes de frutas y hortalizas, carniceros y panaderos vendiendo pan caliente, se sumaban a las voces extrañas de mercaderes llegados de otros mundos para ofrecer especias, joyas, prendas de seda y otros objetos preciosos.
El del Burgo y sus amigos se acercaron a la feria de ganado ubicada en el rincón oeste de la plaza.
El fuerte olor a estiércol y a orín le hizo recordar a sus animales, su granja y, por supuesto, a su familia.
Además de bueyes y algunas ovejas, principalmente se exponían caballos de distintas razas: españoles, blancos y nobles o de color canela; árabes, de complexión más estilizada y largas crines; e incluso algunos de cuerpo musculoso y algo más bajos provenientes de las montañas.
Miguel se detuvo para contemplar los equinos y convino con Sancho y Fortún que eran los más preciosos que hubieran visto nunca.
Pero en ningún caso identificaron entre todos ellos animales que no hubieran visto antes.
Hablaron con los dueños de los puestos, intercambiaron frases también con visitantes interesados en el ganado.
Sin éxito. Ninguno de ellos les pudo dar más allá de referencias confusas imposibles de seguir.
Y tras toda la mañana buscando, se dispusieron a volver hacia la taberna para conocer si los soldados habían corrido mejor suerte.
Dejaban ya la plaza cuando un hombre bien vestido, acompañado de dos sirvientes, se plantó frente a él interrumpiéndole el paso.
―Aquí no encontraréis nada de lo que buscáis ―le dijo con acento extranjero.
Miguel se quedó mirando al extraño. Se trataba de un hombre de buena planta, ojos verdes y una melena bien arreglada.
Su piel tostada le hizo dudar si era un hombre de raza africana o si su color se debía simplemente al efecto de la exposición al sol.
Vestía un sayo en crudo corto, calzas largas y un sombrero con plumas, propio de burgueses o cortesanos.
Fortún y Sancho se habían adelantado y Miguel les hizo una seña para que se detuviesen.
―¿Quién sois y quién os ha hablado de mí? ―preguntó precavido.
―Me han dicho que buscáis animales exóticos traídos del otro lado del mundo.
Fortún y Sancho habían llegado a su altura y pudieron oír el comentario.
―¿Quién os lo ha contado? ―preguntó Fortún.
―Cualquiera en esta plaza podría habérmelo dicho. No sois precisamente celosos de vuestros secretos.
Miguel retomó la conversación
―No tenemos por qué ocultarlo. ¿Podéis ayudarnos?
―He visto jirafas, leones, tigres y búfalos.
Miguel lo miró esperanzado. Era el primer hombre desde que salieron de Pamplona que se anticipaba a lo que iba a solicitar.
―¿Podríais proporcionarnos algunos de esos ejemplares?
―Yo no puedo hacerlo, pero sé dónde deberíais acudir para encontrarlos. Puedo poneros en contacto con quien lo haga a cambio de una pequeña cantidad ―se explicó con un gesto exagerado de sus manos.
―Supongo que podremos entendernos.
El moreno se quitó el sombrero y le habló con seguridad.
―Mañana podría acudir al lugar que me indiquéis para daros más información.
Miguel miró receloso al desconocido e insistió.
―¿Quién sois y de dónde venís? ¿Cómo puedo fiarme de vos?
―No podéis hacerlo. Pero estáis desesperado y no corréis ningún riesgo al hablar conmigo.
Soy Jaume de Castelló. Vengo de Valencia.
Allí coincidí con una expedición que había transportado en una gran barcaza dos jirafas y varios leones desde las tierras de África.
Partieron rumbo a Barcelona. Es posible que podáis conseguir alguno de ellos o en cualquier caso conocer la forma de hacerlo.
Miguel asintió todavía dubitativo.
―¿Dónde os encontraremos? ¿Dónde os hospedáis? ―preguntó con naturalidad el tal Jaume.
―Nos alojamos en la taberna de la vaca, al final de la rúa que tenemos enfrente ―dijo señalando en aquella dirección.
―Acudiré a primera hora de la mañana y allí podré daros todos los detalles. Sé de varias personas en Barcelona que os podrían ayudar.
Se despidieron con un apretón de manos y Miguel se quedó mirando a aquel curioso personaje. Se desplazaba de forma extraña, con zancadas largas y firmes, y daba la sensación de que tras cada paso hacía una pausa casi imperceptible.
―¿Os fiais de él? Se parece más a un bufón de teatro que a un mercader ―intervino Sancho.
Miguel no contestó.
―Solo es diferente. Pero lo serán todos los hombres de tierras extrañas con los que hablemos ―opinó Fortún.
El grupo del alférez no había conseguido información que les sirviera y tampoco Mateo.
Al menos disponían de un hilo del que tirar: Jaume Castelló.
Repusieron fuerzas en la taberna y, pese a que volvieron a visitar algunos lugares concurridos de la ciudad aquella tarde, nadie sabía nada de caravanas de animales exóticos, salvo que venían de otro mundo.
Cenaron un buen asado, bebieron un vino que nada tenía que envidiar al navarro y se acostaron en cuanto el sol se puso.
Sancho se despertó muy poco después de haberse quedado dormido y buscó a Judas en la penumbra.
Había soñado que huía con el zurrón, pero comprobó que se trataba de una falsa alarma.
Aquel farsante roncaba como un buey. Escuchó jolgorio en la taberna y trató de identificar lo que ocurría.
Pudo distinguir claramente las risas provocadoras de una mujer y se decidió.
No iba a dormir y prefería aprovechar el tiempo de alguna forma.
Mateo se levantó acuciado por su vejiga y decidió aliviarse.
La oscuridad era total aquella noche y salió de la habitación a tientas.
Ni siquiera se dio cuenta de la falta de Sancho.
Bajó la escalinata que daba a la calle trasera del edificio y se dispuso a desahogarse.
El olor a cuero de algún taller cercano era insoportable, pero el militar estaba acostumbrado a olores mucho peores: la sangre de la batalla, la carne muerta.
De pronto escuchó un siseo a su espalda y su olfato para percibir el riesgo le hizo girarse de forma automática.
Varios hombres vestidos de negro se encontraban frente a él con los rostros cubiertos por velos también oscuros.
Llevó su mano al cinto: no portaba arma.
No hubo tiempo para más. Paró con el antebrazo el primer embate con la espada de uno de los desconocidos, pero acto seguido se abalanzaron sobre él otros tres hombres y lo sujetaron.
El filo de la navaja de uno de ellos le segó el cuello.
Trató de avisar al resto de la guardia volviendo su mirada hacia la habitación, pero el grito quedó ahogado en su garganta.
Lo tomaron por los hombros antes de que cayera fulminado y lo dejaron resbalar con suavidad sobre las tablas.
Ninguno de los soldados navarros se percató de lo ocurrido.
Los cuatro asaltantes entraron en la habitación en absoluto silencio y se colocaron uno a uno al lado de los cuatro bultos dormidos.
Esperaban la señal cuando una silla cayó al suelo, empujada por uno de ellos, e hizo que se precipitaran los acontecimientos.
Los soldados apenas tuvieron tiempo de abrir los ojos para saber que iban a morir.
Los de negro repitieron el gesto con sus cuchillos sobre sus cuellos.
Solo el alférez reaccionó un instante antes y trató de evitarlo.
Agarró de la muñeca a su agresor parando el golpe y, casi en el mismo movimiento, rodó sobre su cuerpo alejándose.
En el momento en que se encontró boca abajo con la espada preparada para defenderse, recibió un golpe en la cabeza que le hizo perder la consciencia.
Miguel se despertó sobresaltado. Alguien aporreaba la puerta de su habitación como si fuera a derribarla. Se levantó de un salto, tomó su arma y se enfundó el sayo.
―¡Nos han robado la bolsa con las monedas y el oro! ―chilló Martín de Viana desde el otro lado de la puerta.
―¿Cómo es posible? ¡Erais cinco hombres para proteger el dinero! ―reprochó Miguel mientras abría.
―¡Todos están muertos! ―le anunció el caballero de la Bone Foy.
―¡Dios santo! ¿Qué ha ocurrido? ¿Están muertos? ¡Sancho!
―No está. Quizá sea él quien ha tramado el asalto. Hace unos días lo vi hablando en voz baja con Judas. No me hizo sospechar de nada serio, pero ahora...
―¡Eso es imposible! ―negó Miguel rotundo―. ¡Confío plenamente en Sancho! ¿Y Judas?
―Él está muerto.
Miguel se dirigió entonces a examinar los cuerpos. Judas y otros dos soldados yacían inertes en sus jergones con un corte en el cuello negro como el carbón.
―El cuerpo de Mateo se encuentra en la calle, quizá los descubrió y trató de detenerlos antes de que entrasen ―comentó Martín.
Se tocó la cabeza justo en el lugar en el que recibió el impacto.
―Eran varios hombres, al menos tantos como nosotros. Conseguí parar a uno de ellos, pero antes de que pudiera reaccionar recibí un golpe en la cabeza. Trataron de degollarnos a todos a la vez para evitar que alguno diera la voz de alarma.
Fue en aquel instante cuando apareció Sancho sofocado en la habitación.
―¿Qué ha ocurrido? ¡Dios mío! ¡Me lo han contado en la taberna!
―¿Dónde habéis estado? ―preguntó Miguel con voz severa.
Sancho se tapó los ojos con las manos y compungido confesó.
―No he pasado aquí la noche.
Durante un largo instante se hizo el silencio y fue de nuevo Miguel quien intervino.
―¡Vamos tras ellos!
―Hace ya un rato que escaparon. No sabríamos hacia dónde ir ―contestó el alférez.
Los soldados que habían dormido en la campa cercana se presentaron en la taberna poco después. Todos ellos reclamaban venganza al conocer lo ocurrido.
―¡Maldición! ―se lamentó Fortún―. ¿Cómo hemos podido ser tan ilusos? Hemos ido alardeando por todos los rincones de la ciudad de nuestras intenciones, de que teníamos dinero suficiente para pagar la adquisición de jirafas, leones y búfalos.
―Era la única forma de encontrarlos ―justificó Miguel.
―¿Quién iba a pensar que alguien podía robar a una mesnada de soldados como la nuestra? ―apuntó Martín de Viana.
―No dijimos a nadie donde nos alojábamos, tal y como nos indicasteis ―exclamó Fortún.
―Cualquiera pudo habernos seguido y comprobar que solo algunos de nosotros dormíamos en la taberna ―imaginó Miguel―. El comerciante extranjero. A él sí le di el detalle de nuestro alojamiento y le hablé de las dificultades que tuvimos para hospedarnos en la taberna.
―Les ha bastado con igualar fuerzas y pillarnos por sorpresa ―calculó Martín de Viana.
―El guardia que protegía el puente se quedó mirando nuestro zurrón ―comentó uno de los soldados que había dormido en la tienda.
―Comprobaremos todas las sospechas ―ordenó Miguel―. Llegad hasta el puente con un par de hombres y el resto se quedará aquí conmigo. Martín, tú también te quedarás aquí. Esperaremos al tal Jaume Castelló.
Los soldados que partieron hacia el Ebro regresaron a última hora de la mañana.
―El guardián del puente de piedra seguía allí y lo primero que nos preguntó es si habíamos dado con alguna de las fieras que buscamos ―explicó el soldado enviado por Miguel.
―¿Creéis que ese hombre ha podido urdir semejante plan para robarnos? ―le preguntó el carnicero.
―En absoluto. No lo creo capaz. De haberlo hecho, no se encontraría en el puente.
El presunto ganadero valenciano, Jaume Castelló, no había aparecido en la taberna en toda la mañana.
Llegaron hasta el Alcázar real, volvieron a repartirse por las calles de la ciudad para preguntar por el extranjero y, pese a que emplearon toda la tarde en dar con alguien que lo hubiera visto, su rastro se había evaporado como la bruma lo hace con el sol de mediodía.