CAPÍTULO 63.
La huerta que rodeaba la ciudad de Zaragoza era fértil y cubría un terreno inabarcable a la vista repleto de cultivos, viñas y olivares.
Allí, el río Gállego y el Huerva desembocaban en el Ebro, que continuaba caudaloso, colmado también con las aguas provenientes de las montañas de Navarra y Castilla.
Miguel cabalgaba junto a Martín de Viana y Fortún y no pudo dejar de preguntarles por las amplias barcazas situadas en la orilla y por los artefactos apoyados en ellas.
―¡Dios santo! ¿Son molinos con sus norias?
―Lo son. Aprovechan la gigantesca fuerza de la corriente para dirigir el agua hacia la tierra de cultivo ―respondió el alférez.
―La anchura del río es al menos cuatro veces mayor que la del Runa ―exclamó Fortún con admiración.
―Por eso un único puente lo atraviesa. Al otro lado se encuentra la capital del reino de Aragón ―aclaró de nuevo Martín de Viana.
El Ebro era una de las vías de comunicación más importantes para el tránsito de mercancías con los reinos vecinos y Miguel pensó que sería también una de las formas utilizadas para transportar los animales trasladados desde tierras remotas.
Muy pronto el del Burgo comprendió por qué durante siglos habían llamado a aquel enclave la Ciudad Blanca.
Decenas de casas de paredes encaladas con yeso se asomaban por encima de murallas también claras.
Los rayos de sol se reflejaban en cada elemento de la ciudad y acababan deslumbrando a quien mantuviera la mirada.
El día estaba a punto de claudicar tras aquel horizonte de montañas lejanas a la derecha de la ciudad, cuando la expedición se dispuso a cruzar el puente de piedra. Dos soldados guardaban el paso y uno de ellos, el más alto y decidido, los detuvo.
―Sois un grupo muy numeroso. ¿Quiénes sois y qué buscáis? ―preguntó con voz ronca.
―Hemos sido enviados por el rey Carlos III de Navarra, hermano en la fe de vuestro rey Martín, al que llaman el Humano. Venimos para adquirir mercancías en vuestros mercados ―explicó Miguel.
―¿Acaso no os bastan los que se celebran en vuestro reino? Tengo entendido que también llegan a ellos mercaderes genoveses, venecianos y gascones y que todas vuestras gentes acuden a la capital para adquirir sus productos ―comentó el guardia con sorna.
―Así es. Pero lo que necesitamos no podemos encontrarlo allí ―contestó Miguel sin inmutarse.
―¿Qué es lo que buscáis? ―insistió.
Miguel dudó, pero pensó que para lograr su objetivo debían hacerlo saber a todo el que encontrasen en su camino.
―Animales exóticos, bestias, fieras traídas desde tierras remotas. Nuestro rey pretende llenar su ménagerie del mayor número de piezas y razas. Ese es nuestro cometido.
El guardia abrió los ojos en un gesto de sorpresa y solo entonces se mostró solícito.
―En apenas dos días comienzan las ferias de san Jorge. Ya se encuentran en la ciudad mercaderes llegados de oriente, desde el otro lado del Mediterráneo, de Italia. Podréis buscar vuestro botín, aunque dudo mucho que lo halléis en la ciudad. Nunca he visto esos animales.
―No es nuestra intención encontrarlo en las ferias, pero sí hallar a alguien que nos de información sobre el lugar al que debiéramos dirigirnos para conseguirlos ―aclaró el alférez.
―Eso podréis hacerlo. Como os digo, estos días os tropezaréis con gentes venidas desde los lugares más remotos y es posible que alguien os pueda ayudar.
Miguel asintió dirigiendo su mirada hacia el portalón del puente que el soldado mantenía cerrado.
―Se está construyendo un nuevo puente de piedra. Las últimas riadas han hecho que el viejo necesite reformas cada primavera. Deberéis pagar el pontazgo real si queréis pasar ―exigió el guardia.
―¿Este es el nuevo puente? ―preguntó Fortún con sorna.
―Se ha levantado casi una tercera parte bajo la dirección del maestro Gil de Menestral y eso cuesta mucho dinero.
Miguel echó mano de su zurrón y tras extraer varias monedas las depositó en las manos del soldado.
―¿Sabéis si podremos encontrar alojamiento en la ciudad? ―preguntó ahora el alférez.
―Veo que disponéis de oro o plata con el que pagarlo. Sin duda lo encontraréis ―contestó sin perder de vista el zurrón del que Miguel había sacado las monedas.
―Podremos pagarlo. Por supuesto.
―En ese caso, que Dios os acompañe ―concluyó, abriéndoles al fin el portalón.
Atravesaron con comodidad la primera parte del paso, aquella que habían reconstruido, y al llegar al tramo en uso del antiguo puente romano, tuvieron que colocarse en fila de a uno.
Siguieron a un grupo de campesinos que se acercaban a la ciudad con productos de la huerta y se encaminaron hacia las robustas murallas jalonadas por torres y portones.
Durante años habían protegido a los infieles musulmanes de sus enemigos cristianos.
Ahora defendían a los aragoneses de los ataques de sus reinos vecinos, entre los que se encontraba el reino de Navarra.
El sello de la presencia de los musulmanes se dejaba sentir en edificios, iglesias que antes fueron mezquitas y en la singular arquitectura de las calles sombrías y estrechas de Zaragoza.
Un bullicioso mercado se abrió de pronto a los ojos de la expedición navarra en la amplia plaza Mayor de la ciudad.
La presidía una impresionante iglesia de piedra gris y, formando su perímetro, se alineaban talleres de artesanos y casas de dos plantas.
En ambos lados de aquella amplia explanada, comerciantes y artesanos, carpinteros y peleteros, vendían sus productos a la multitud que se apiñaba en torno a los puestos.
Les costó encontrar alojamiento. Eran un grupo numeroso y tuvieron que hospedarse repartidos en diferentes lugares.
―Martín se quedará conmigo. Prefiero que sea así. Y tú lo harás con el grupo mayor de soldados en la campa ―pidió Miguel a Fortún.
―Así lo haremos. Que Sancho se quede también contigo.
Miguel asintió y dio las instrucciones al resto de la expedición.
Finalmente, Miguel, Sancho, Martín de Viana y Mateo se alojaron en el hostal junto a otros tres hombres, mientras que Fortún y el resto de los soldados lo hizo en el corral interior de un grupo de casas frente a ellos.
Se trataba de un espacio descubierto, pero si llovía podrían montar la tienda que utilizaban cuando acampaban a la intemperie.
Repusieron fuerzas en la misma taberna. Comieron un buen asado de carne de vaca, pan y un vino afrutado que, sin embargo, rascaba la garganta hasta hacerlos toser.
Aquello supuso la oportunidad perfecta para que Sancho hiciera bromas sobre la hombría de sus compañeros.
Y en cuanto quedaron saciados, después de la más copiosa cena de toda la travesía, se retiraron.
Los hombres que se habían quedado en la posada se instalaron en jergones de paja en una estancia de la primera planta; el alférez de compañía eligió el único camastro de la habitación, junto a Mateo, y Miguel se instaló en una pequeña cámara adyacente a tan solo unos pasos del resto.
Judas también se había quedado en el hostal. Se había convertido en la sombra de Sancho y este se sentía molesto. El joven soldado se colocó junto al carnicero, muy cerca de la entrada de la habitación, y en cuanto el resto de hombres se hubo acomodado, se acercó hasta su compañero.
―Sancho, ¿has pensado en algún momento qué harías si tuvieras todo el oro que transportamos? ―le susurró.
―¿De qué estás hablando? ¿Estás loco? ¿Otra vez con el oro? ―replicó al instante el carnicero.
―Sssshhhh. Calla ―le pidió―. Piénsalo. Con esa fortuna podríamos vivir en cualquier lugar de la tierra con cuantas mujeres puedas imaginar.
―Como vuelvas siquiera a insinuar algo parecido no te daré tiempo a escuchar mi respuesta. Mejor aún, será Mateo quien te destroce ―replicó Sancho mirándolo fijamente.
―Tan solo era una broma. ¡Por Dios! Nunca lo intentaría y menos teniendo al alférez y a ese animal aquí al lado ―volvió a responderle en voz baja.
Judas se retiró hacia su jergón y Sancho siguió mirándolo pese a que ya le daba la espalda.
Una cosa era hacer bromas sobre los soldados, sobre las mujeres o los aragoneses y otra muy distinta hacer aquellas propuestas.
Sospechaba que quien como él pronunciaba una traición en la sombra era capaz de ejecutarla.
Solo cuando comprobó que el soldado dormitaba se dio también la vuelta en su camastro.
Colocó su espada en el suelo a la altura de su cadera para utilizarla con rapidez si fuera necesario y trató también de conciliar el sueño.