CAPÍTULO 62.
Miguel partió de Olite el día del equinoccio de primavera junto a Martín de Viana, caballero de la orden de la Bone Foy y alférez de compañía, Fortún, Sancho y seis soldados.
Era el día en el que se sumaban las mismas horas de sol que de oscuridad, el día en que aparecería en el firmamento la luna llena de marzo.
Eso les pareció un buen augurio y una señal de Dios.
Emplearían al menos dos jornadas en llegar a Tudela y otras tantas en atravesar la frontera con el Reino de Aragón y alcanzar la Ciudad Blanca.
Zaragoza era una ciudad vieja, construida por los romanos, que durante siglos había permanecido en manos de los sarracenos y constituido la Marca Superior, frontera entre los dominios cristianos y los del islam.
Durante aquellas veladas en las que reponían fuerzas en tabernas y posadas o bajo cielos estrellados, Miguel llegó a confraternizar con todos los miembros de la expedición.
Pero era con el alférez y con Fortún con quienes más tiempo compartía.
Hablaron sobre la forma en la que llevar a cabo la encomienda real.
Miguel nunca había cruzado las fronteras del reino, pero disponían de la experiencia de Martín de Viana.
Él había viajado en numerosas ocasiones a la capital del reino de Aragón, había visitado sus ferias y mercados e incluso había visto aquellas caravanas de animales exóticos.
Miguel sabía que la responsabilidad de proveer de las bestias al rey de Navarra recaía sobre él, pero aprovecharía la experiencia del militar.
―En uno de mis viajes al sur, cerca de la frontera con los musulmanes, escuchamos gruñidos y bufidos en un pequeño bosque ―contó el alférez una noche a la luz del fuego―.
Cuando nos acercamos pensamos que nos encontrábamos en el inframundo.
La cabeza y el cuello de un gigantesco animal de piel moteada se elevaba sobre los árboles y comía de sus hojas más altas.
Luego supimos que se trataba de una jirafa.
Los soldados expresaron su entusiasmo con gestos exagerados y comentarios entre ellos. Le pidieron que continuara contando sus anécdotas. Solo Mateo parecía indiferente, quizá porque ya conocía la historia o simplemente por su carácter ausente.
―¿Se encuentra ese lugar lejos de Zaragoza? ¿Encontraremos allí animales exóticos? ―preguntó Miguel.
―Está a unas diez jornadas a caballo de la Ciudad Blanca. Quizá en esta ocasión debamos llegar hasta Valencia, o incluso al reino Nazarí de Granada.
―¿Sabéis si el reino Nazarí y el de Castilla se encuentran en paz? Contaron juglares y heraldos que la batalla de Collejares fue terrible ―se interesó Fortún.
―Cierto. No tenemos la seguridad de poder acceder a los territorios dominados por el sultán Mohammed VII. Y si fuera así, deberíamos emplear toda la primavera y también el verano para localizar alguna expedición proveniente de oriente ―expuso el militar.
Miguel también hizo cálculos. Si la expedición necesitaba llegar tan lejos, no volverían a casa hasta el otoño y era precisamente lo que trataba de evitar. Rodrigo le había prometido que visitaría a María con frecuencia, pero eso no lo tranquilizaba.
Mateo actuaba como si ninguno de los comentarios le afectara.
Aquel hombre no tenía opinión sobre nada, pero Miguel se había dado cuenta de que sería fiel a la autoridad del alférez.
Actuaba como un resorte capaz de reaccionar de forma autómata a lo que pasase a su alrededor sin cuestionarse las consecuencias de sus actos.
Una noche descubrió a uno de los soldados de su mesnada bebiendo vino en mitad de la noche.
Lo agarró por el pescuezo y cargó con él hasta la lumbre sin ningún tipo de contemplación.
Los soldados se despertaron alertados por el ruido de su compañero al ser arrastrado por el campamento y por sus gritos gangosos de borracho.
Vieron cómo Mateo lo ataba y lo amordazaba, pero nadie hizo nada para defenderlo.
Cuando avisaron a Miguel de lo ocurrido se dirigió al caballero Martín de Viana.
―No puedo permitir que uno de vuestros hombres inflija semejante castigo a otro. Prefiero hablar con vos para corregir su conducta que ser yo quien se lo exija directamente.
―A veces es necesario hacer cosas que no nos gustan para evitar correr riesgos.
―No se trata de una guerra ni corremos un peligro inminente. Entiendo que hay otra forma de penarlo.
La respuesta del jefe de mesnada cuando Martín de Viana le pidió que liberara al soldado fue muy simple.
―A vuestras órdenes. Solo de esa forma podía asegurarme de descansar y de que el soldado dejase de beber.
Miguel sopesó tomar alguna otra medida, prescindir de Mateo y hacerlo volver a Pamplona, pero desistió.
Estaba de acuerdo con Martín de Viana en que les sería de mucha ayuda si en algún momento corrían peligro.
Solo tenía en su cabeza lo que el alférez le ordenaba y daría su vida por cumplirlo.
Por eso confiaba en que el oro destinado a costear la expedición se encontrara a buen recaudo.
Miguel y Fortún se ocupaban de preguntar a los vecinos de todas las poblaciones y aldeas que atravesaban sobre expediciones procedentes de oriente con animales exóticos.
Sin embargo, nadie había visto ni había oído hablar de ellas.
El viejo guardia real, pese a su diferente forma de afrontar la vida, se hizo imprescindible para Miguel.
Suponía un apoyo en las situaciones conflictivas y, aunque se mostrase en ocasiones correoso, maleducado y tosco, era muy listo y compartía siempre criterio con él.
Junto a Sancho, mantenía elevado el ánimo de la tropa.
El joven carnicero de Olite había encontrado la forma de evitar a Mateo mientras cabalgaban y también cuando se detenían para comer y reponer fuerzas.
No obstante, el jefe de mesnada no daba muestras de tener idea alguna sobre la infidelidad de Aldonza.
Cuando no estaba cerca, Sancho se animaba y hacía reír a los soldados.
Era el más joven de todos los participantes en aquella aventura y desde el primer día se hizo querer por el resto.
Una noche, tomó como blanco de sus risas al caballero Martín de Viana.
Con gestos amanerados interpretó a una presunta doncella a la que el militar intentaba conquistar.
Fue la imitación del alférez suplicando para conseguir los favores de la dama la que provocó la mayor carcajada en todos los presentes.
Fortún tampoco pudo contener la risa, pero de inmediato golpeó al joven en el cogote haciéndolo callar.
―Si Mateo se entera de que te ríes de su amado alférez, no dudará en cortarte el pescuezo ―le advirtió.
Sancho pensó que no era aquella la razón por la que el jefe de mesnada le cortaría el pescuezo, pero que quizá un día podía llegar a encontrar otras.
Las primeras jornadas el de Olite hizo buenas migas con Judas, uno de los soldados casi tan joven como él. Pero poco a poco se dio cuenta de que detrás de su ironía y de su flema se escondía la deslealtad y una notable falta de piedad. Llegó a aquella conclusión una noche, tumbados en sus jergones.
―Sancho, ¿cómo es posible que os llevéis bien con vuestro amo? Él os explota y se hace rico a vuestra costa.
―Eso no es cierto. Él es justo y bondadoso conmigo. Y yo prefiero trabajar para él que para cualquier otro noble o artesano.
―No lo creo.
Judas se dio la vuelta en un lecho improvisado con paja y, cuando estuvo de espaldas, le habló de aquello que llevaba rumiando toda la tarde y que no se había atrevido a preguntarle mirándole a los ojos.
―¿Cuánto oro crees que porta Miguel en sus alforjas? ¡Esos animales deben valer un tesoro!
―¿Es eso lo único que os importa?
―No penséis que es mi pretensión tomarlo. En absoluto. Pero lo cierto es que nunca he estado tan cerca de un tesoro.
―Si me volvéis a mencionar el dinero, os juro que hablaré de ello con Fortún ―le amenazó Sancho.
―No será necesario, os lo aseguro.
El carnicero decidió no contar nada a Fortún ni tampoco a Miguel, pero no le quitaría ojo. No era el vino lo que podía poner en peligro la expedición, sino la codicia.