CAPÍTULO 61.
El gentío se agolpaba en la capilla. Todos hacían comentarios ante la propuesta del joven tracista, la mayoría de ellos arrebatados, pocos críticos.
El vicario general de la diócesis parlamentaba con varios clérigos sopesando aquella idea descabellada, mientras Tristán esperaba con gesto serio junto a uno de sus colaboradores.
Felipe, por su parte, trató de acercarse hasta el lugar en el que se encontraban su madre, Ane y sus amigos.
Fue entonces cuando lo vio. Rodrigo se hallaba frente a él con gesto indeciso.
―Espero que te permitan demostrarlo ―le dijo a su hermano mayor.
―Pensé que padre te habría llevado con él.
―Salieron hace días hacia Zaragoza. Sancho lo acompañó. Prefirió que yo me quedara y os ayudara aquí.
Felipe endureció su rostro. Seguía ofuscado con su hermano.
Hacía mucho tiempo que no se acercaba a Pamplona.
Ni siquiera ahora, en el momento más duro para su madre, en el que más ayuda necesitaban con los animales, se había apresurado a volver.
Durante un instante se miraron en silencio sin saber qué decirse.
Cuando María se dio cuenta de que su hijo Rodrigo se encontraba en la capilla, fue ella la que llegó hasta él y lo abrazó con fuerza.
Poco tardó Lancelot en levantar sus dos manos al cielo de la bóveda estrellada. Cuando consiguió que todos callaran, mantuvo un instante la expectación para dotar de solemnidad a su presencia y, al fin, profirió su veredicto.
―¡Que así sea! ¡Que Dios os ilumine si decís la verdad! Todos vosotros seréis testigos de este Juicio de Dios ―concluyó dirigiéndose a la multitud.
El semblante triunfal de Tristán hacía apenas un instante se transformó en un rictus extraño.
El de la Navarrería no parecía emocionado con la decisión adoptada por el vicario, pero, ante la aclamación mayoritaria de los presentes, no pudo oponerse.
El vicario general de la diócesis miró directamente al maestro y extendió su brazo señalando la puerta de acceso a la torre.
Solo cuando hubo abandonado la capilla todas las miradas se centraron en Felipe.
Tristán trató de escuchar tras la puerta de la capilla Barbazana.
Apenas percibió la resonancia de las palabras más agudas de Lancelot y posteriormente un rumor grave que supuso se correspondía con la explicación de Felipe.
No pudo entender ni una sola palabra y, antes de que lo llamaran, comenzó a dar vueltas en torno al claustro.
Los allí presentes no sabían de trazos, ni de medidas, ni de cálculos.
Y, aunque él no conociera exactamente la forma de llegar hasta el punto clave del dibujo, utilizaría vocablos que ninguno de ellos habría oído pronunciar.
Sin embargo, cuando escuchó un sonoro aplauso tras las palabras incomprensibles de Felipe, intuyó que no sería tan sencillo.
No tuvo tiempo para más. Se abrió la puerta de la torre Barbazana y uno de los hombres de su taller le avisó:
―Lo ha explicado limpio y claro. Todo el mundo lo ha entendido.
Accedió a la sala y se hizo el silencio mientras se abría un pasillo humano entre la puerta y el altar.
Observó una especie de aura formada por el humo de los cirios en torno a aquel joven arrogante y sintió un profundo pesar.
Él era ahora quien mostraba el rostro radiante.
La voz que salió de la garganta del maestro de obras sonó ronca y titubeante.
―Solicito a su Señoría que, de la misma forma que yo he hecho con anterioridad, este hombre abandone la capilla ―pidió, señalando al joven del Burgo.
Un murmullo de desaprobación se oyó nítido en la sala, pero apenas duró un instante. Se acalló de inmediato para escuchar la decisión de Lancelot.
―El joven Felipe ha demostrado que tiene el conocimiento para llevar a cabo el dibujo. No es necesario que deje la sala. No es necesario que lo haga ―repitió―. Ahora sois vos quien debe demostrar cómo ha trazado esas líneas ―solicitó al maestro de obras.
Una exclamación de júbilo certificó el acierto de la decisión. Tan solo pareció cuestionada por algunos jurados de la Navarrería y obreros de la catedral que murmuraron entre sí, pero ninguno de ellos se atrevió a contestar la decisión a viva voz.
Tristán comenzó a hablar sin ningún orden.
Él sabía motivar a sus mazoneros, colocar los sillares, hacer el mortero de cal y sabía también leer los planos.
Pero él no era quien imaginaba la catedral, no era quien visualizaba el resultado final ni tampoco quien trazaba los dibujos.
Habló de reglas y medidas que había escuchado, algunas que conocía, pero ninguna de ellas explicaba cómo había completado el espacio que se abría en los ventanales del claustro.
Alguno de los presentes le gritó mientras sus hombres y los de la Navarrería lo defendían, aunque cada vez con menos convicción.
―¡Embustero! ―se escuchó desde el fondo de uno de los costados.
―¡Farsante! ―gritó un joven jurado de la Población.
―¡Él fue quien ordenó esculpir esa tracería! Nosotros lo vimos ―afirmó uno de los suyos.
La atmósfera se había vuelto irrespirable.
El humo de las velas acumulado en la capilla, el calor de todo aquel gentío y los gritos de muchos de ellos afectó al maestro de obras.
No pudo más y tras uno de aquellos ataques verbales calló.
Durante un momento volvió a arreciar el tumulto, pero poco a poco se calmó hasta que se hizo el silencio en la capilla de la torre Barbazana.
Lancelot intervino cuando todo el mundo volvió la vista hacia él.
―Felipe ha demostrado su valía ante todos nosotros ―concedió―. Se incorporará mañana mismo a trabajar con los mejores arquitectos, tracistas y artistas llegados desde Francia.
El grito de júbilo se elevó esta vez por encima de todos los presentes hasta llegar a la estrella de ocho puntas que los cubría. El vicario continuó sin esperar a que se apagaran los vítores.
―Sin embargo, no dudo de que también nuestro maestro de obras sabe lo que hace.
Él ha sido el responsable del trabajo llevado a cabo en la catedral.
Incluso de que la tracería del claustro luzca como lo hace.
Me es indiferente quién haya sido el artista que la haya dibujado.
Lo ha hecho para honrar a nuestro rey y para gloria de Dios ―concluyó con solemnidad.
Tristán lo miró aliviado y asintió. A pesar de las murmuraciones que se escucharon en la capilla, nadie se opuso públicamente a aquellas palabras.
Felipe comprobó que Adrián se encontraba junto a Ane y parecía tratar de tranquilizarla.
Ella no estaba de acuerdo con la decisión.
Felipe, sin embargo, estaba sorprendido de lo poco que le había afectado el hecho de que aquel farsante saliera indemne.
Él podría hacer aquello que amaba. Trabajaría con los mejores artistas del mundo, aprendería de ellos y trazaría las más bellas formas para gloria de Dios.
María y Ane fueron las primeras que se acercaron para abrazarlo.
―¡Enhorabuena! ¡Podrás hacerlo! ―le felicitó la joven pelirroja.
―Padre estará orgulloso ―fueron las palabras de su madre.
Rodrigo se encontraba a tan solo unos pasos, pero no se acercó. Fue Blanca la que lo hizo. Se fundieron en un largo abrazo y cuando él retiró con delicadeza un mechón del rostro de la herbolaria, Ane pareció adivinar una lágrima en su mejilla.
Adrián y Lorea se hallaban junto a la puerta de acceso a la capilla, esperando a que sus amigos se acercaran.
―Felipe ha conseguido lo que deseaba, eso es lo importante. Gracias a Dios no ha sido necesario denunciar a Tristán en los tribunales ―dijo Adrián.
―No se trataba de una disputa entre Felipe y Tristán ―opinó Lorea.
―¿Qué quieres decir?
―Lo que hemos vuelto a presenciar es una lucha por la primacía de un burgo sobre otro; el intento de impedir que un hombre del Burgo prevalezca sobre uno de la Navarrería.