El privilegio CAPÍTULO 60.
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CAPÍTULO 60.

Clérigos, mazoneros y obreros de la fábrica se reunieron en la sala capitular de la capilla Barbazana junto a algunas personalidades de los tres burgos.

Fuera, en el claustro, se había congregado un buen número de curiosos que aguardaban el resultado de aquella prueba estrafalaria que enfrentaba al maestro de obras con el joven tracista de San Cernin.

Había sido la noticia más comentada en los corrillos formados en las calles de la ciudad, en los mercados, en las tabernas y en los templos.

De hecho, muchos vecinos interpretaban aquel enredo como una disputa más entre los burgos, entre el Burgo de San Cernin y la Navarrería, lugares de residencia de cada uno de los contendientes.

Adrián, Lorea y María se encontraban entre los asistentes.

Miguel había partido en busca del éxito en su particular empresa y, en su ausencia, la madre de Felipe buscó al de la Población aquella misma tarde para pedirle que acompañara a su hijo en aquel desafío.

Se sentía más segura si lo arropaba alguien del prestigio y la ascendencia de su amigo en el ámbito de las leyes y la justicia.

Y también Ane y Blanca habían acudido a acompañarlo.

Lancelot, exultante ante la expectación despertada, subió al altar, esperó a que se apagara la algarabía y, cuando se hizo el silencio, se dirigió a los presentes.

―Todos conocéis los hechos. Estamos aquí, en la capilla Barbazana, un lugar de culto a Dios, un lugar en el que nuestro Señor está muy presente.

Lo hacemos para que nos ayude a discernir la verdad, para que en su infinito entendimiento nos alumbre y nos muestre quién es el autor de la fantástica tracería que luce en el claustro a apenas cincuenta pies del lugar en el que nos encontramos ―resumió con voz segura.

A Tristán no le gustó la forma en la que el vicario expuso la cuestión. Presentaba a un mismo nivel a él, máximo responsable de las obras de la catedral, frente a un pretencioso joven que ni siquiera trabajaba en la fábrica.

―La prueba es muy sencilla. Deberán reproducir el trabajo que ambos afirman haber realizado con anterioridad.

Tristán, maestro principal de la catedral, realizará sus dibujos en pergaminos de piel de cabra en la mesa situada a la izquierda del altar, mientras que, quien se arroga la autoría de dicha obra, el joven Felipe, se colocará en la mesa situada a la derecha.

El trabajo será costoso, ya que se trata de una labor de detalle y cálculo para que las proporciones luzcan exactas.

Por eso solicito vuestra paciencia y vuestro silencio.

Que Dios todopoderoso ayude a quien en verdad ideara esa obra de arte ―concluyó Lancelot elevando sus manos al cielo y levantando también la mirada hacia la preciosa cúpula estrellada.

El del Burgo se encontraba junto a su madre y muy cerca de sus amigos, a quienes dedicó una sonrisa tensa que estos devolvieron.

Se dirigió con sus utensilios hacia el lugar que el vicario le había asignado, mientras que Tristán hablaba todavía con uno de los jurados de la Navarrería.

Por los gestos que realizaba el miembro del concejo daba la sensación de estar enfadado con el maestro de obras.

Felipe cayó en la cuenta de lo que ocurría de inmediato.

Aquella era una situación nada deseada por el concejo de la Navarrería.

La catedral era su parroquia, su templo, se encontraba en los términos de su ciudad.

Renunciar a cualquier responsabilidad, reconocimiento o privilegio en favor de los franceses o los habitantes de otro burgo suponía una afrenta y una deshonra.

Si el joven tracista salía airoso de aquel duelo, las consecuencias podían llegar a provocar nuevas disputas entre ambos burgos.

Los dos delineantes se colocaron al fin en sus respectivas mesas y comenzaron a trabajar sin dilación.

Tristán había tomado una pluma de ganso, mientras que Felipe eligió una de caña, como siempre hacía.

Y con esa decisión el maestro de obras sintió que ya había comenzado a ganar la contienda.

Frente a las plumas de caña hueca, las de ave procuraban trazos finos y precisos y además permitían un flujo suave de la tinta.

Simón, el calígrafo, desde hacía tiempo aconsejaba a su amigo usar plumas de ganso, pavo o cisne para dibujar.

Sin embargo, él siguió empleando las de caña y, gracias a su constancia, había adquirido una habilidad extraordinaria en su manejo.

Colocaba el tronco de la pluma con una determinada inclinación para los trazos más finos y otra diferente para los gruesos, lo que le permitía diferenciar unas líneas de otras en función de la visibilidad que quería dar a cada una.

Los dos se mantuvieron concentrados en sus trabajos desde el primer momento y en ambos pergaminos fue tomando forma la tracería de la ventana del claustro.

Los curiosos observaban asombrados el avance preciso de los dibujos y hablaban en susurros contrastando ambos y tomando partido por uno u otro sin ningún tipo de argumento técnico.

Felipe en varias ocasiones buscó a su madre y a sus amigos entre el público presente.

Él estaba tranquilo. Había repetido decenas de veces aquel dibujo.

Por el contrario, Tristán parecía sufrir con cada uno de los trazos que ejecutaba.

Fue el joven del Burgo quien primero dio por terminado su trabajo y quien pidió a Lancelot que se acercara para contemplarlo.

El vicario llegó hasta la mesa y se mantuvo observándolo durante un tiempo y, sin manifestar su opinión ni hacer ningún tipo de juicio, volvió a su posición neutral junto al altar.

No tardó mucho el titular de la fábrica de la catedral en concluir el suyo y, cuando lo hizo, miró con una sonrisa triunfal a su contendiente.

El máximo mandatario religioso del reino repitió la inspección que había llevado a cabo con el primer dibujo.

También Felipe se acercó intrigado. Se quedó atónito, Tristán había sido capaz de plasmar su obra de manera más que correcta.

El maestro principal se había desplazado también hasta la mesa de su oponente y, antes de que Lancelot diera algún tipo de veredicto, atacó al joven tracista.

―¿Cómo habéis sido capaz de calcular el punto exacto en el que debe acabar esta línea maestra para completar el espacio?

―le preguntó señalando el pergamino de Felipe―.

No lo has hecho. Simplemente lo has ajustado recordando lo que has visto en el claustro ―le censuró en voz alta para que todos los presentes lo oyeran.

Felipe sintió que le faltaban las fuerzas.

No le preocupaba explicar su cálculo, lo que le había desarmado fue ver que también Tristán había sido capaz de acabar el trabajo.

Y cuando se repuso y estaba a punto de responderle de la forma más clara posible, escuchó un grito procedente del público presente en la capilla.

―¡No caigas en su trampa!

El joven se volvió hacia el lugar de donde provenía la voz y vio a Ane junto a una de las paredes de la capilla. Se había subido a un banco y gesticulaba con su mano para captar su atención.

―¿Quién ha osado intervenir? ¡Esta es una ordalía que se celebra en la casa de Dios! ¡Solo nuestro Señor sabe de nuestros actos y solo él puede juzgarnos! ―exclamó indignado el maestro de obras.

Ane no le contestó y siguió hablando a Felipe.

―¡Es él quien no lo sabe! Por eso te lo pregunta, para saber cómo lo has hecho.

Se hizo un silencio tenso en la capilla y todos miraron al maestro de obras para comprobar su reacción.

―¡Ignorante y blasfema! ―exclamó lanzando una carcajada nerviosa.

―¡Se ha delatado y nos ha revelado cómo lo ha hecho! Él ha sido quien ha copiado el dibujo ―insistió la joven pelirroja.

―¿Una mujer con sangre mestiza de San Nicolás aliada ahora con un hombre del Burgo?

¿Tiene ella legitimidad para acusar a un vecino de la Navarrería, cuya parroquia y catedral restaura como maestro de obras principal?

¡Es grotesco! ¡Exijo que detengáis a esa mujer por semejante osadía! ―chilló mirando a Lancelot.

Y cuando todas las miradas se centraron en la decisión que pudiera tomar el vicario, fue Felipe quien habló.

―Yo sé cómo he calculado esa composición, cada paso, cada línea, de la misma forma que hice hace años ―aseguró ahora con calma―.

No obstante, propongo una forma de evaluar nuestra práctica.

Que el maestro de obras salga de esta capilla mientras yo explico cómo he llegado al punto que él refiere y que ingrese nuevamente una vez haya concluido.

Entonces será él quien deba contar cómo lo ha hecho.