El privilegio CAPÍTULO 59.
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CAPÍTULO 59.

Adrián estaba ansioso por llegar a Pamplona.

Había salido de su casa tras la celebración de Santa Águeda y llevaba varias jornadas fuera.

Aquellas ausencias lejos de Lorea, cuando viajaba a otras ciudades o villas del reino, eran lo que más le costaba de su nuevo trabajo en la Cort.

Sin embargo, prácticamente desde que ingresó en el tribunal, había comprobado que el rey tenía razón cuando le prometió que desde aquel puesto podría ayudar más y mejor a hombres y mujeres inocentes.

Su buen hacer en aquellos años le había proporcionado una enorme satisfacción y una reputación de hombre justo y honesto.

Y eso enorgullecía a su mujer y también a sus hijas, Ane y Blanca.

Fue recibido por Lorea en la misma puerta de la casa de Zapatería. Supo que algo ocurría en cuanto la vio. La pelirroja llegó hasta él descompuesta y lo agarró por los brazos.

―¡Ane ha ido a ver al almirante Engarrán! ―le anunció angustiada.

―¿Qué es lo que ha pasado? ¿Cómo lo sabes?

―Es lo que han venido a contarme. Hace ya algunos días estuvo con él en la iglesia de San Cernin siguiéndolo e importunándolo. Y ahora la han vuelto a ver entrando en su casa ―se lamentó.

―¿Te ha comentado ella algo sobre su pretensión?

―Sigue empeñada en hacerse abogada, pero no me ha contado nada nuevo.

―Sabes que hablé hace tiempo con el rey y con alguno de sus asesores. Ese tipo de cuestiones las delega en el Consejo Real, al que pertenece el almirante. Mientras él esté presente en las pruebas, Ane nunca lo conseguirá.

―Ve a buscarla. Es valiente y decidida, pero también inconsciente. Tengo miedo de que la puedan detener por cometer alguna falta grave ante el consejero.

Adrián abrazó a Lorea tratando de tranquilizarla.

―Conozco bien a Ane y dudo mucho que eso pueda ocurrir ―le dijo.

Se dirigió hacia la casa de Engarrán de Villers.

Siempre había pensado que se trataba de un hombre impío, insensible, incapaz de cuestionarse las normas establecidas, pero que al menos actuaba de acuerdo con ellas.

Cuando impidió que Ane fuera abogada pudo comprobarlo.

El propio almirante le había asegurado que no tenía nada contra su hija, que simplemente hacía lo que consideraba pertinente.

Por eso no temía tanto su reacción visceral ante la insistencia de Ane, como la aplicación estricta de las normas ante cualquiera de sus infracciones.

Llegó hasta la casa y fue el ama de llaves quien le abrió la puerta.

―Ha estado aquí. Pero hace ya un buen rato que se ha ido ―le contestó cuando preguntó por su hija.

―¿Y el almirante?

―Salió también poco después.

―¿La siguió? ―insistió Adrián preocupado.

El ama de llaves lo miró sorprendida ante semejante pregunta.

―Lo único que os puedo decir es que ambos se dirigieron a Portalapea.

Adrián no sabía el destino de Ane, pero estaba casi convencido de que Engarrán de Villers habría acudido a la iglesia de San Cernin. No encontró a su hija en el camino, así que decidió hablar directamente con el consejero real, si es que se encontraba allí.

El interior del templo parecía en aquel momento un mercado.

Un grupo de artesanos discutía en una de las capillas patrocinada por su gremio; varios fieles oraban junto al altar; un par de clérigos leían a la luz de un cirio; y en uno de los costados se hallaba reunido el concejo del burgo de San Cernin.

―¡Dios santo! ¿Ahora vos? ¿Qué es lo que queréis? ―exclamó el almirante nada más ver a Adrián.

El juez del tribunal de la Corte Mayor se quedó mirando al consejero real y pensó en lo poco agraciado que resultaba aquel hombre.

―¡Con Dios, Engarrán! Solo deseo comprobar que Ane no ha cometido ninguna incorrección con vos. Es una mujer tozuda, aunque estoy convencido de que haría el trabajo de abogado mejor que muchos que ahora mismo lo practican ―respondió aliviado el juez.

―No hace falta que la defendáis. Ella lo hace muy bien sola.

Aquella afirmación confundió a Adrián.

―¿A qué os referís?

―Es obstinada, conoce las normas y llega de forma veloz a conclusiones irrefutables.

Adrián no entendía nada.

―Creo que llegará a ser una magnífica abogada ―aseguró el consejero real y almirante del Burgo.

―¿Es una broma lo que me estáis contando?

―En absoluto. Podría presentarse ahora a las pruebas y superarlas. Debería hacerlo.

―No lo entiendo.

―Se lo he dicho. Se lo he prometido más bien. Ese día yo no formaré parte del tribunal. Supongo que con eso será suficiente.

―¿Qué es lo que ha ocurrido mientras yo he estado fuera?

―Nada que podáis reprocharle, os lo aseguro. Sin embargo, me he permitido darle un consejo. Le he advertido que camine con los ojos abiertos y el corazón alerta: ella no mide a sus adversarios.

Adrián dio un paso al frente y se acercó hasta colocarse muy cerca del almirante.

―¿De qué adversarios habláis? ¿Está trabajando ahora en la defensa de alguien?

―Estoy hablando de las disputas entre los burgos. Ni siquiera Carlos II, ni ahora su hijo, nuestro rey, han sido capaces de detener las luchas. Peru, el padre de vuestra hija falleció por esa misma causa. ¿No es así? No me gustaría que a ella le ocurriera lo mismo.

Aquellas palabras soliviantaron a Adrián, que agarró a Engarrán de la jaqueta.

―¿Qué es lo que estáis diciendo? ¿La habéis amenazado?

―En absoluto. Tranquilizaos. No la he amenazado, al contrario. Le he dado el consejo que vos mismo le daríais. Ella ha descubierto cosas que han ocurrido, pero que no puede probar. Y vos sabéis que cuando el enemigo no es derribado resurge de sus cenizas con fuerza renovada.

Adrián lo soltó y esperó a que aclarara sus afirmaciones. El almirante parecía hablar con sinceridad.

―Vos también recordaréis algunos hechos que quizá habéis borrado de vuestra mente: la muerte del rabino Levy o de Perrin de Simur.

―Por supuesto ―afirmó Adrián.

―Ella ha querido retomar aquellos asuntos. Me ha hablado de ellos en varias ocasiones, pero no podría probar nada. No puede acudir a los tribunales acusando a alguien sin pruebas. Y el Burgo tampoco puede hacerlo.