El privilegio CAPÍTULO 58.
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CAPÍTULO 58.

El rey Carlos estaba orgulloso del palacio y paseó a sus invitados por torres, salones y terrazas.

Había apostado por la villa de Olite como residencia principal.

Las salas en las que hacían la vida los monarcas y los infantes disponían de grandes chimeneas, de miradores con bancos de piedra y ventanas que proporcionaban muchísima luz.

El arquitecto Martín Périz de Estella había conseguido una excelente circulación entre las diferentes dependencias mediante la apertura de puertas para acceder de una a otra, incluso atravesando los muros.

Pero lo que más agradaba al monarca, lo que lo situaba por encima de todos sus siervos, era pasear por los miradores que se asomaban a la villa y a los jardines reales.

Nada reafirmaba más su autoridad que ser visto por sus súbditos desde el exterior.

Miguel acompañaba al monarca mientras Fortún y Sancho los seguían escoltados por el ujier de cámara.

―¿Qué es lo que te ocurre? Te has quedado mudo ―preguntó Fortún al joven carnicero.

Sancho continuó la marcha como si no le hubiese escuchado.

―Esto es muy preocupante. Nunca has dejado de contestar a una pregunta. ¿No estarás arrepintiéndote? ¿Acaso no tienes agallas?

―Eso nunca―contestó escueto Sancho.

El rey los había invitado a un ágape sencillo en la misma sala de los Lazos y hacia allí se dirigieron.

―Supongo que para nuestro soberano un ágape sencillo será lo que para nosotros es una celebración única ―intervino Sancho expresando lo que en aquel momento pensaba.

―Lo dice quien tiene cada día en su plato las mejores piezas de cabritos, cerdos y las aves más tiernas de Olite ―replicó Fortún.

La sala se había reconvertido en un elegante comedor.

Se sentaron en una mesa rectangular muy cerca de la chimenea, colocados tal y como les indicó el copero mayor.

El soberano se sentó en un amplio sillón en el centro y a los lados, a una cierta distancia, se habían dispuesto dos bancos corridos.

En el de la derecha, el comensal más cercano al soberano era Miguel y, a continuación, el copero mayor situó a Fortún.

A su izquierda dejó un espacio libre para colocar después a Sancho.

Se acababan de acomodar cuando escucharon pasos firmes y ruidosos en el patio exterior al salón.

Junto al ujier de cámara aparecieron dos hombres vestidos con elegantes calzas, sendas jaquetas y tocados en sus cabezas.

Miguel pensó que no parecían soldados, sin embargo, se trataba de los hombres que los iban a acompañar.

En cabeza, el más apuesto de ellos portaba su brazo derecho en cabestrillo y, junto a él, un hombre más tosco, con nariz desmedida y una pronunciada calvicie.

―Majestad, se presentan ante vos vuestros vasallos, caballeros de la Bone Foy, el capitán de compañía Martín de Viana y el jefe de mesnada Mateo García de Enériz.

Sancho se quedó petrificado. Sus manos comenzaron a temblar y apareció en su frente un sudor frío desconocido para él. Los recién llegados hicieron la reverencia pertinente y saludaron al monarca.

―A vuestro servicio, Majestad.

―Adelante, sed bienvenidos y compartid mesa con nosotros. Os esperábamos ―invitó el rey.

Se acercaron a los asientos que el ujier les había reservado y, entretanto, el soberano se interesó por la salud del alférez de compañía.

―¿Como os encontráis?

―Hace más de dos semanas que la joven herbolaria de Villava me practicó. Me encuentro mucho mejor. Gracias, Majestad. He seguido las indicaciones que me dio, pese a la opinión contraria de algunos de vuestros médicos judíos ―le reprochó riendo.

―Nos alegramos si ha servido para restañar vuestra salud.

Miguel no pudo dejar de intervenir.

―Conozco a dicha herbolaria y puedo dar fe de su habilidad y de su conocimiento.

―Ahora yo también lo puedo confirmar ―rio Martín de Viana levantando su brazo vendado.

El alférez presentó a continuación a su ayudante.

―Mateo es mi guarda personal, mi mano derecha. No os hará perder el tiempo en conversaciones improductivas durante el viaje. Lo que sí os aseguro es que, en caso de peligro, será el primero en afrontarlo.

Miguel asintió e hizo sitio al caballero en el lugar reservado para él.

Sancho se atrevió al fin a mirar directamente al marido de Aldonza y trató de adivinar lo que se ocultaba tras aquel rostro impenetrable.

No percibió ni la más mínima reacción. Tan solo saludó con un gesto burdo y se dirigió hacia su lugar.

Se situó a la espalda de Sancho para llegar hasta su asiento mientras el joven carnicero mantenía la respiración.

Cuando el marido de Aldonza rozó sus hombros, temió que sacara un cuchillo y le rebanara el cuello, pero no fue así. Pasó de largo y se colocó a su lado.

―Os pido que presentéis ahora al resto de mis invitados ―solicitó entonces el monarca al ujier.

Sancho puso de nuevo en alerta todos sus sentidos. Aldonza podía haberlo delatado y, aunque Mateo no había visto su rostro, quizá supiera su profesión o su nombre. El ujier nombró a Miguel, a Fortún y por último citó a Sancho y también su profesión. Mateo García de Enériz ni se inmutó.

En aquel momento el rey dio un par de palmas que resonaron con fuerza como señal indudable de que se iniciaba el banquete.

Sirvieron fruta fresca y ensaladas, vino de Olite y de San Martín de Unx.

Charlaron de forma animada. Con cada plato un ejército de servidores aparecía en escena portando bandejas.

El murmullo de sus idas y venidas, el sonido de la vajilla, de los cubiertos y las instrucciones del copero mayor, ordenando la forma de llevar las fuentes a la mesa, ambientaron el inmenso salón.

Miguel había mostrado su preocupación al monarca por la forma en la que podrían localizar los animales en el menor tiempo posible y Martín de Viana trató de tranquilizarlo.

―Conozco las rutas de las caravanas y los puertos donde desembarcan los animales. No os preocupéis.

Hablaron del coste de la expedición, de la forma de transportar el dinero y el rey ilustró a Miguel sobre la cantidad que podía pagar por las piezas que deseaba.

Al primer servicio siguió un potaje de calabaza y un estofado de carne de cabrito acompañado de una pequeña empanada.

―Esta carne huele a auténtica gloria. Debe ser de vuestra cabaña ―comentó Fortún a Miguel riendo.

―Eso supongo ―respondió.

―Doy fe de que vuestro hijo Rodrigo y nuestro amigo Sancho cuidan los animales que crían como si se tratara de sus esposas ―bromeó Fortún.

Todos rieron la ocurrencia. Miguel había hecho buenas migas con Martín de Viana, sin embargo, viendo cómo se manejaba con la comida le preocupó su invalidez temporal.

―¿Cuándo creéis que estaréis totalmente repuesto?

Fue el soberano el que contestó.

―No debéis preocuparos. Para cuando parta vuestra expedición, él podrá cortar la carne que estamos comiendo mejor que cualquiera de los trinchantes que nos sirven.

Sancho estuvo a punto de gastar una broma con aquel cabrito que él había degollado, pero finalmente calló.

Se encontraba en el extremo izquierdo de la mesa y su único interlocutor era Mateo.

Tal y como había anticipado Martín de Viana, el jefe de mesnada García de Enériz no era el mejor conversador.

Y él tampoco estaba interesado en facilitarle el más mínimo indicio que pudiera ayudarlo a atar cabos.

Quería creer que no sabía nada. Al menos así lo aparentaba.

Comía como si no lo hubiera hecho en una semana y lo hacía además con un sonido que le recordaba al rumiar de las vacas.

Una vez dieron cuenta de aquella sucesión interminable de platos, Miguel preguntó directamente al monarca.

―¿Cuál es vuestro próximo proyecto, Majestad?

―Este verano partiré hacia París. Además de ejercer mi condición como duque de Nemours y administrar mis tierras y rentas en Francia, es mi intención reclutar a los mejores artistas para ornar este palacio y la catedral.

―Es difícil pensar que este edificio pueda engalanarse aún más ―opinó Miguel.

El rey Carlos siguió hablándole orgulloso.

―Es cierto. El palacio cuenta con cámaras y antecámaras, salas, capilla, cocinas y espacios de disfrute, paseos y jardines interiores.

Pero tengo algunas nuevas ideas. Vos lo sabéis mejor que nadie.

Habréis visto algunas aves y pequeños animales exóticos; en los jardines de palacio viven lobos, gamos y jabalíes.

Ahora quiero completar mi ménagerie con bestias llegadas desde las tierras más lejanas.

Y mi especial capricho es disponer de una pareja de jirafas. Por eso estáis aquí.

―Yo solo sé de vacas, cabras, gallinas y cerdos; animales para llenar la enorme despensa de vuestra cocina, Majestad ―dijo Sancho con ingenuidad.

Se arrepintió de aquella broma en el mismo momento en que las palabras salieron de su boca.

Su tono de voz y el silencio tras la explicación del soberano habían hecho que se escucharan con total nitidez.

Todos miraron al rey sin hacer ningún comentario hasta comprobar su reacción.

Entonces Carlos III de Navarra soltó una gran carcajada, como si no hubiera entendido la broma hasta ese momento.

La tensión se deshizo de inmediato y el soberano les confesó un nuevo secreto.

―He encargado además otro animal ―contó con una sonrisa cómplice―, un dragón mecánico para disfrute de damas y cortesanos.

Los presentes mostraron su asombro con frases de admiración y fue entonces cuando el rey hizo un gesto al ujier, que salió del salón y volvió al momento acompañado por un trovador.

El joven ceñía una vihuela y, tras inclinarse ante el soberano, se colocó justo enfrente de los comensales y comenzó a interpretar baladas, cántigas y cansós.

Miguel disfrutó de la voz templada del cantante, de las notas que conseguía sacar a la vihuela y también de la conversación del rey Carlos. Sin embargo, se sintió extraño. Lamentó la ausencia de Rodrigo. Probablemente no volverían a vivir una tarde como aquella.

La jornada terminó sin aviso previo. El rey salió de la cámara tras una de las canciones y fue el ujier quien les habló.

―Os anuncio que nuestro rey y señor se ha retirado a sus aposentos para descansar. La velada ha concluido.

Miguel, Fortún y Sancho se despidieron de los militares emplazándose pronto para planificar el viaje y abandonaron el palacio.

Cruzaron la explanada en silencio y se adentraron en las callejuelas que los llevaban a la casa de la puerta de Tudela.

La noche había caído ya sobre la villa y tan solo la luz de algunas antorchas los iluminaba.

Fue entonces cuando Miguel les advirtió:

―No creáis que nuestra aventura será una fiesta como la que hoy nuestro rey nos ha concedido.

Lo que ha hecho es trasladarnos una inmensa responsabilidad.

Si no cumplimos su mandato, entonces la respuesta será tan grande como hoy su ánimo.

Es como el cebo que procuramos a los cerdos y a las aves de corral antes de ser sacrificados.