El privilegio CAPÍTULO 57
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CAPÍTULO 57

Cuando dejaron atrás el laberinto de callejuelas y salieron a la plaza del mercado surgió, como si se tratara de un truco de magia, el nuevo Palacio de Olite.

Miguel no había visto el avance de las obras en los últimos meses y se detuvo en cuanto contempló el edificio en toda su extensión.

Se habían añadido torres y dependencias sobre el eje de la antigua muralla ocupando los espacios que por ley permanecían vacíos.

―Es lo que le pasa a quien lo ve por primera vez ―exclamó Fortún soltando una carcajada.

―Tan solo había visto colocadas las primeras piedras de algunas de esas nuevas construcciones. Nunca me hubiera imaginado que lucirían así de espléndidas ―respondió Miguel sin dejar de admirar la escena.

El perfil de las torres y edificios sobre el cielo limpio de Olite era totalmente irregular, sin simetría, como si se hubiera construido de manera caprichosa.

Sancho, que acompañaba a la pareja, también había sido testigo de aquel prodigio. Cada día de mercado montaba su puesto en la lonja a apenas unos pasos.

―Se han ido levantando paso a paso. Cada mañana se apreciaba lo hecho el día anterior. ¡Pero nunca vi trabajando al monarca… ni a su esposa!

―El rey Carlos encarga la construcción de nuevas edificaciones cuando dispone de recursos ―explicó Fortún.

―Parece como si cada ventana se hubiera colocado sin orden. ¿Y las torres? ¡No hay una igual a la otra! ―exclamó Miguel con su mano sobre los ojos para evitar el reflejo del sol.

―La Gran Torre, la torre Nueva y la torre de la Vit son ahora el centro del palacio ―contó Fortún señalándolas una a una―. Allí se celebran las fiestas y recepciones reales. ¡Y allí nos espera el soberano!

Sancho agarró a ambos del brazo y los atrajo hacia sí como si fuera a contarles el mayor de los secretos.

―El arquitecto principal, Martín Périz de Estella, compra carne en la lonja ―les reveló bajando la voz―. Dice que cada edificio es un antojo del monarca. Que lo levantan con la forma, la distribución y el uso que él imagina.

―¡Para eso es el rey! ―bramó Fortún riendo aparatosamente.

Se acercaron hasta la puerta lateral del palacio, diseñada como acceso principal y custodiada por dos soldados en posición erguida.

―Soy Miguel de Obanos. Su Majestad, nuestro rey y señor Carlos de Navarra, nos aguarda ―recitó con voz firme―. Ellos son Fortún y Sancho, vecinos de Olite, y me acompañan.

Uno de los guardias les hizo un gesto para que lo siguieran. Atravesaron la entrada principal y de inmediato el soldado los dejó con un hombre vestido como un cortesano.

―Soy Antoine, ujier de la entrada principal de este Palacio Real ―les anunció―. Os guiaré hasta la sala de los Lazos. No obstante, quizá sus acompañantes no puedan disfrutar de la presencia de nuestro Señor ―advirtió a Miguel.

El de Pamplona miró a ambos, que mostraron cierto desencanto, pero asintió al ujier.

Caminaron por el estrecho patio empedrado hasta llegar a un vano donde se iniciaba una escalera de caracol.

La sala de los Lazos se encontraba en el segundo nivel, en la que Fortún había llamado la Gran Torre.

El ujier y los tres visitantes ascendieron en fila de a uno los escalones y, cuando llegaron arriba, se abrió ante ellos una nueva vista.

Las torres y las galerías, los patios elevados, los miradores y los tejados de cerámicas de colores les hicieron pensar que aquello no era real, que se encontraban en otro lugar.

―No lo hubiera imaginado así desde allí abajo ―exclamó Sancho boquiabierto.

―Eso es lo que busca, con sus construcciones y con sus palabras. Demostrar su poder ilimitado e intimidar a diplomáticos, embajadores y negociadores que aquí se presenten ―explicó Fortún.

Miguel se asomó hasta uno de aquellos ventanales entre las cámaras y salones reales y advirtió la existencia de un precioso jardín colgante.

Aunque se tratara de un espacio mucho más amplio y con muy diferentes especies de plantas, le vino a la memoria el jardín elevado de la Casa de los Pirineos en Obanos.

Pensó que quizá ambos fueran obra del mismo arquitecto.

Siguieron al ujier por aquella terraza, dejando a su izquierda un pasamanos desde donde se abría un espacio al nivel inferior en el que se encontraba el Jardín de los Naranjos.

Avanzaron hacia la Gran Torre y antes de llegar a la galería sobre los Naranjos escucharon una especie de graznidos.

Se asomaron al patio que quedaba a su derecha y advirtieron en su interior la presencia de un par de pavos reales con su plumaje desplegado y varios loros.

A Miguel le recordó a una pintura. Sin embargo, se trataba de un mural vivo que lucía para disfrute de los invitados, como si efectivamente se tratara de una obra de arte.

―¿Habéis probado alguna vez la carne de pavo real? ―preguntó Sancho a Fortún.

―¡Por Dios! ¡No podéis dejar de hacer bromas ni siquiera en este momento! ―clamó el militar. Afortunadamente, el ujier no lo había escuchado.

Llegaron al fin a un amplio patio cubierto sobre el Jardín de los Naranjos desde el que se accedía a la sala de los Lazos.

Las ventanas ojivales culminadas por elegantes tracerías filtraban la luz de la mañana y provocaban graciosas sombras sobre el suelo de piedra.

Dos pequeños grupos de cortesanos charlaban a la espera de ser recibidos por el soberano.

Sin embargo, fueron Miguel y sus acompañantes los que se acercaron a la puerta del salón.

Los hombres que aguardaban detuvieron su charla al instante y murmuraron entre sí, mirándolos con descaro.

―Estos engreídos no saben que seremos nosotros los que pasemos por delante de sus narices ―susurró Fortún a Miguel―. Ninguno es mejor que vos. Los conozco.

―Lo sé, Fortún. Tampoco vos sois menos que ellos. Estoy seguro.

El cortesano que los acompañaba se había detenido ante la puerta guardada por el ujier de cámara.

Era el encargado de la admisión a habitaciones y salones reales y de anunciar las visitas al monarca.

Ambos mantuvieron una corta conversación en voz baja hasta que el ujier de cámara les indicó que se acercaran.

Los saludó inclinando la cabeza y mediante un leve ademán con su brazo les impidió el paso.

―Ellos no están invitados ―dijo señalando a Fortún y a Sancho.

―A ellos les concierne esta cita tanto como a mí. No creo que nuestro monarca tenga ningún problema en recibirlos ―defendió Miguel con seguridad.

El portero caviló durante un instante.

―Disculpadme ―pidió, entrando a continuación en el salón.

Durante unos breves momentos que les parecieron interminables Miguel y sus acompañantes lo esperaron. Antes de que saliera, escucharon en el interior del salón la voz del ujier alta y clara.

―Majestad, aquí se halla vuestro leal vasallo Miguel de Obanos, que solicita audiencia ante vuestra merced. Lo acompañan vuestros también vasallos y vecinos de esta villa, el soldado Fortún y el carnicero Sancho.

Atravesaron la fantástica galería de las Yeserías y al fin se alzó ante ellos la sala de los Lazos, como un palacio dentro de otro.

Sus altísimas paredes de piedra, su techo en madera labrada revestido de pan de oro, el friso de triples lazos y los suelos repletos de alfombras de colores decoraban aquel espacio de fantasía.

Frente a la puerta de acceso, ajustado a la pared, un amplio estrado cubierto también de telas servía como base sobre la que se apoyaba el trono.

Y Carlos de Navarra se hallaba sentado en él, protegido por un enorme dosel de seda verde bordado con lebreles blancos.

Hablaba con un consejero mientras a sus espaldas ardía el fuego en una gigantesca chimenea sobre la que un tapiz lucía las armas del reino.

Avanzaron junto al ujier mientras el eco de sus palabras parecía rebotar en las paredes.

Entonces el soberano los saludó con naturalidad.

―Adelante, sed bienvenidos.

Los tres visitantes se acercaron hasta el lugar que el servidor real les indicó y allí se arrodillaron.

Olía a cera, a madera y a lana y se escuchaban las canciones de los ministriles de la corte, que probablemente amenizaban la mañana a damas y cortesanos en alguna de las cámaras cercanas.

―Podéis levantaros ―pidió el rey Carlos.

Lucía un bonete oscuro ribeteado en piel de armiño y vestía una elegante hopalanda dorada bajo la que se asomaba un sayo blanco.

En aquel instante Miguel lo entendió todo, como si un rayo le hubiera iluminado.

Las grandes torres, los animales exóticos, el lujo, los techos de madera, los tapices, respondían al fin que Fortún había expresado con palabras vulgares.

Él había estado con el rey en el Palacio Real de la Navarrería, pero nunca se había sentido tan pequeño como en aquel momento.

―Con el permiso de vuestra Majestad, deseo presentaros a quien me acompañará en esta encomienda. Se trata de dos personas de mi plena confianza: Fortún, a quien probablemente recordaréis, ya que ha pertenecido a vuestra guardia…

―Lo conozco. Así es. Bienvenido ―se limitó a contestar.

―Y Sancho, uno de mis empleados, un hombre joven pero diestro con los animales. Él abastece a las cocinas reales de carnes, aves salvajes y de animales de corral.

El monarca asintió ante las palabras de su vasallo.

―Estoy de acuerdo. Debéis ir acompañado por aquellas personas en las que confiéis ―concedió―.

Se trata de una peligrosa misión, la que os he encomendado, pero no de algo irrealizable.

El rey de Aragón y conde de Barcelona cría grandes felinos en su Palau Reial Major.

Juan II de Castilla posee una leonera en Segovia y osos en el foso del alcázar de dicha ciudad. Y qué deciros de París.

Miguel había dejado de sentir los latidos que percutían en su cabeza, a Fortún ya no le sudaban las manos y Sancho era el que parecía disfrutar más del momento.

―Propongo que os acompañe una mesnada de ocho soldados que os protegerán de ladrones y malhechores. Portáis una suma importante de oro y cualquiera puede quererlo para sí.

―Salvo que un ejército nos atacara, se trata de un grupo suficiente ―opinó Miguel.

―Al frente del grupo de soldados os acompañará uno de los caballeros de la orden de la Bone Foy, Martín de Viana.

Es un hombre ducho en mil batallas. Ha defendido Cherburgo de los franceses, ha combatido y mantenido las fronteras con Castilla.

Se encuentra ahora reponiéndose de una herida en su brazo, que estuvo a punto de serle amputado.

Gracias a Dios nuestro Señor, no ha sido así.

Él está dispuesto y os aconsejo que lo escuchéis, pero recordad que sois vos el responsable de esta misión ―le informó de seguido.

―Por supuesto, Majestad ―asintió Miguel.

―También formará parte de la expedición su escudero, el jefe de mesnada Mateo García de Enériz.

Por primera vez en aquella mañana Sancho se sintió desganado y notó cómo se cerraba su estómago.