El privilegio CAPÍTULO 56.
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CAPÍTULO 56.

Felipe no durmió en toda la noche y sin embargo aquella mañana se sintió con fuerzas renovadas.

Ya se había levantado y había borrado toda huella de su presencia en la capilla Barbazana cuando escuchó las maniobras de alguno de los clérigos al correr el estruendoso cerrojo del portón.

El del Burgo se apresuró y subió hacia lo más alto del torreón.

No se sentía amenazado por el hecho de ser descubierto, pero no pudo dejar de sentir un cierto nerviosismo.

El primero de los capítulos que los clérigos celebraban en la capilla, antes incluso de que amaneciera, era el de maitines.

Escuchaban lecturas piadosas, preparaban el día desde el punto de vista de la liturgia y cumplían con sus primeras oraciones.

Así que Felipe planeó bajar a la sala cuando concluyeran el capítulo y rompieran filas.

Si alguno de ellos le preguntaba qué hacía allí, alegaría que había acudido para rezar con ellos y que había entrado en mitad de sus lecturas.

Pensó que nadie lo pondría en duda y que nadie lo retendría.

Desde lo alto del torreón se divisaban los cuatro puntos cardinales sin obstáculo alguno.

Felipe por un instante admiró el amanecer mientras escuchaba de fondo la alocución monótona de alguno de los religiosos.

Y cuando el sol comenzó a surgir detrás de las montañas orientales, escuchó a su espalda una voz firme.

―El hombre que presume de haber llevado a cabo el diseño de las tracerías. Hace siete años nada menos. ―Sonó sin sarcasmo aparente.

Felipe se volvió de golpe y descubrió al vicario Lancelot en el vano de la escala que subía desde la capilla. Le pareció que tenía rostro de niño, sin embargo, su porte indicaba otra cosa. Vestía una hopalanda dorada propia de un rey y un tocado del mismo color en la cabeza, colgando a un lado.

―He sido el primero de los religiosos que he entrado en la torre y como cada día, he ascendido hasta este lugar. Es aquí donde rezo mi primera oración. Aquí me encuentro más cerca de Dios ―explicó.

El del Burgo intentó construir en su cabeza una frase coherente, pero se agolparon todas las cosas que había pensado contarle sin que saliera ni una sola palabra de su boca.

―¿Cómo es posible que os encontréis aquí si yo he sido el primero en entrar? ¿Acaso habéis pasado la noche en la Barbazana? ―se adelantó el vicario.

―No empezaré a mentiros ahora ―se sinceró Felipe después de sopesar la respuesta―. Tal y como habéis supuesto he pasado la noche en la capilla. He buscado por todos lados los pergaminos originales que sirvieron a los artistas para esculpir mis dibujos, pero no los he encontrado.

―Dijisteis que fuisteis vos quien los realizó. ¿No los conserváis?

―No. Los deseché cuando el obispo Martín de Zalba me despidió. Nunca creí que los volvería a necesitar ―confesó.

―El maestro de obras asegura que fue él quien dibujó los planos.

―Es imposible. Él no conoce los cálculos que realicé para trazar correctamente las figuras geométricas que cubren el hueco de la ventana. Si observáis con detalle las tracerías antiguas y estas últimas notaréis la diferencia.

Lancelot se quedó pensativo. Calculó que aquel joven tendría su edad. Si fuera cierta su versión y tuviera una vida larga, le quedarían muchas obras por realizar para orgullo y legado de su rey.

Felipe leyó en el semblante del joven vicario las dudas que bullían en su interior.

―Si Esteban de Obray, el escultor de las tracerías, se encontrara aquí, podría corroborar mi autoría. Él vio sin duda mi rúbrica en los pergaminos ―elucubró el del Burgo.

―Hacerle venir aquí es muy costoso y no podría justificarlo ―contestó el vicario de inmediato.

Aquel comentario hizo que le viniera a la memoria la conversación mantenida con Ane. La idea de traer al escultor de regreso a Navarra también la habían contemplado y descartado. Sin embargo, Ane había barruntado otras formas de probar su afirmación.

―Entiendo lo que decís. No podéis traer a Esteban de Obray. Sería costoso, como decís, y además pasaría mucho tiempo hasta que lo hiciera...

El vicario esperó a que concluyera su reflexión. Felipe mantenía silencio, consciente de que la entonación que había empleado en la última frase adelantaba una nueva.

―Y tampoco podéis requerir al maestro de obras principal que demuestre que fue él quien realizó los dibujos y que los trace nuevamente ante vos ―añadió al fin.

Fue un reto en toda regla lanzado directamente a Lancelot con la intención de poner a prueba su autoridad. Y para sorpresa de Felipe, el vicario no se opuso de inmediato a la idea.

―¿Pretendéis que los vuelva a dibujar?

―Ha sido solo un pensamiento en voz alta. No pretendo nada que para vos resulte difícil de llevar a la práctica. Ni tampoco que suponga un compromiso para nadie.

Lancelot pareció reflexionar sobre aquella idea y su indecisión hizo que el tracista tratara de dar el golpe definitivo.

―Esa petición no tendría ningún coste y podríais comprobar que digo la verdad. Si no logro demostrarlo podéis someterme a escarnio público, podéis azotarme o encerrarme en la mazmorra más fría del reino.

El vicario miró sorprendido a Felipe ante su arriesgada propuesta y, tras sopesar la idea, tomó la palabra.

―Soy yo, Lancelot, hijo del soberano que gobierna este reino, quien administra la sede episcopal y quien, en buena parte, paga las obras de la catedral a todos y cada uno de los trabajadores de la fábrica.

Maestros, arquitectos, tracistas, mazoneros, carpinteros y herreros dependen de mí.

Yo los pago. Y mi padre se hace cargo del resto de las obras ―se explayó antes de contestar a su insinuación―.

Sí puedo hacerlo. Por supuesto. El maestro principal de la fábrica se halla bajo mi mando.

Los ojos de Felipe brillaron.

―No obstante, os exigiré también a vos una condición. Deberéis trazar vuestros dibujos mientras él lo hace. Y si lo que resulta de dicho juicio es vuestra mentira, no dudéis que sufriréis un castigo ejemplar ―sentenció.