El privilegio CAPÍTULO 55.
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CAPÍTULO 55.

Esta vez no le importó recorrer las rúas más iluminadas, pese al riesgo de encontrarse con la ronda nocturna de los guardias.

No sabía si podría acceder a la Barbazana, pero estaba decidido.

A medida que se acercaba le vinieron a la memoria escenas vividas en su interior.

En uno de los costados de la capilla estaba la mesa en la que Perrin de Simur trabajaba.

Recordó a su maestro extendiendo pergaminos con los dibujos de diferentes elementos de la futura catedral mientras los comentaba con el obispo.

Y, sin apenas ser consciente, llegó a la base de la torre amparándose en las sombras que la luna proyectaba sobre los ventanales abiertos del claustro.

Empujó el portón que daba acceso a la capilla, pero, tal y como imaginaba, no cedió.

Era la única entrada desde las galerías del claustro.

Discurrió que quizá existiera alguna posibilidad desde el perímetro exterior de la muralla.

Muy cerca se encontraba la puerta de los Canónigos y podría comprobarlo.

Los clérigos no habían apostado guardia alguno en aquella entrada que solo ellos usaban.

El postigo se abría simplemente retirando la barra de hierro sujeta por ambos lados en los encastres de la muralla y Felipe se empleó con cuidado.

Comprobó una vez más que no había nadie en los alrededores y liberó la tranca con movimientos calculados.

Salió al exterior del recinto y entornó el portón tras de sí.

La sensación al asomarse al abismo opaco que se desplomaba hacia la vega de la Rochapea fue extraña.

El Runa ronroneaba allá abajo y en algunos tramos despedía los reflejos de la luna.

Volvió su mirada hacia la imponente mole que honraba al obispo Barbazán y divisó el gran ventanal que en su interior se correspondía con la cabecera.

Allí solo podría acceder escalando. En el lienzo exterior de la construcción, los voluminosos sillares se habían colocado por su lado menos trabajado.

Palpó con sus propias manos aquella pared y creyó que podría apoyarse en los huecos y aristas de la piedra.

La noche se encontraba en calma. Una luna inmensa lucía en la bóveda celeste, lo que le permitió elegir cada apoyo.

Se elevó palmo a palmo, con sus manos cada vez más doloridas y sus brazos ardiendo.

Le costaba sostenerse cuando cambiaba sus pies de posición, pero, tras un durísimo esfuerzo, consiguió al fin llegar a la repisa del gran vano abierto.

Respiró sofocado. Y justo en el momento en que se colocaba en cuclillas en el hueco de uno de los cuatro arcos ojivales del ventanal, oyó un sonido amortiguado.

No pudo entender sus palabras, pero se trataba de dos hombres hablando.

De pronto, desde aquella fantástica atalaya, vio de dónde procedían las voces.

La puerta de los Canónigos se abrió y dos soldados aparecieron a la vista.

Felipe contuvo la respiración y trató de introducirse aún más en la oquedad.

Le extrañó que hubieran salido extramuros, pero pronto se dio cuenta de la razón.

Pese a que había empujado el portón, había dejado la barra que lo cerraba en el suelo y ellos la habrían visto.

Se acercaron por la estrecha senda adyacente a la muralla y se detuvieron a los pies de la torre, justo debajo del ventanal en el que se hallaba.

La tensión en los músculos de sus piernas y de su espalda era ya insoportable.

No podría mantenerse mucho tiempo en aquella postura.

―Aquí no hay nadie. Estos monjes son cada día más despistados ¿Quién pudo dejar abierta esta puerta? ―exclamó uno de ellos con voz clara.

―¡Quizá había bebido demasiado vino! ―respondió otra voz mucho más grave soltando a continuación una carcajada.

―Eso o tenía mucha prisa para acudir a su cita con alguna manceba ―intervino el primero.

―Me ha entrado sed al hablar de vino. Llegaremos hasta la casa de los Canónigos. Podemos descansar un rato mientras nos calentamos con una buena jarra. ¡Seguro que algún clérigo se encuentra despierto orando o laborando!

Felipe escuchó entonces los pasos de los guardias que poco a poco se perdieron en la lejanía.

Esperó un buen rato en la misma postura hasta que creyó que no podrían oírle.

Solo entonces se apoyó en uno de los costados y con su hombro golpeó el vidrio sencillo emplomado que cerraba aquel arco.

Fue en el segundo intento cuando cedió con un crujido.

Los fragmentos del cristal cayeron con estrépito dentro de la torre y alguno también al exterior.

Felipe permaneció quieto. El ruido podía haber alertado a los soldados.

No oyó nada. Insistió ahora con más cuidado, procurando no precipitarse al vacío.

Hasta que con una patada derribó una buena parte del altísimo ventanal.

Retiró los restos de vidrio sueltos y se introdujo a través del espacio abierto.

La luz de la luna no llegaba hasta el interior de la torre y Felipe aguardó a que su vista se acostumbrara a la penumbra.

Se sentó en el borde de la peana con sus piernas colgando en el vacío y entonces lo descubrió.

La distancia hasta el suelo era mayor que la que había cubierto en el exterior.

La altura le dio vértigo, pero ya no podía dar marcha atrás.

Ahí abajo se encontraba el sobrio retablo de la capilla y, sobre él, la talla en piedra de la Virgen del Consuelo con el niño.

Esa era la única forma de descender. Introdujo poco a poco todo su cuerpo de espaldas a la capilla y se colgó del alféizar de la ventana.

Desde allí se sujetó con las manos en el baldaquino que cubría a la virgen para seguir descolgándose y apoyó uno de sus pies en la talla.

Respiró jadeando por la tensión. Casi lo había logrado.

Con un último esfuerzo se sujetó en la estatua y colocó el otro pie en el perfil del retablo.

Desde allí le resultó más cómodo finalizar su descenso y aterrizar a los pies del altar.

Sintió una sensación extraña. Al silencio abrumador solo lo acompañaba una especie de vibración muy leve que fluía en el interior y que Felipe no supo explicar.

Hasta ese momento no había podido detenerse en contemplar los detalles.

Su vista se había adaptado a la ausencia de luz y llevó la mirada hacia la bóveda estrellada de ocho puntas que lo separaba del cielo.

Se apoyaba sobre unas curiosas ménsulas que hacían que el techo pareciera una gigantesca tienda.

Por encima de la bóveda imaginó el torreón desde el que se divisaban los tres burgos y todas las montañas que rodeaban Pamplona, y debajo la cripta.

Trató de concentrarse y pensar. En el centro de la sala se hallaba el sepulcro del obispo Barbazán y desde allí localizó los lugares en los que podían hallarse los pergaminos.

Se acercó a un armario alto colocado a la derecha del altar.

Únicamente contenía objetos y ornamentos litúrgicos: ropas para las celebraciones, un cáliz y un aspersorium con su hisopo para rociar agua bendita.

No había allí ningún dibujo ni los instrumentos para llevarlos a cabo.

Abrió un mueble bajo cerca de la mesa de trabajo del maestro de obras y el corazón le dio un vuelco.

Colocados en uno de sus estantes se encontraban, uno sobre otro, varios pergaminos.

Felipe los sacó de forma atropellada. Revisó infructuosamente los que se encontraban encima y de pronto se quedó petrificado.

Allí estaba su dibujo. Buscó nervioso en el espacio en el que él marcaba sus obras, pero no se hallaba su firma.

Aquella era una simple copia. Sacó angustiado los dibujos que restaban en el mueble.

Ninguno era el que buscaba. Y tampoco lo encontró en un par de mesas de trabajo situadas en un costado.

Felipe se tumbó exhausto en el centro de la capilla y solo entonces se dio cuenta de su situación.

Estaba encerrado en la torre Barbazana y se sentía incapaz ahora de hacer el camino contrario al que lo había llevado hasta allí.

Las paredes interiores no disponían de las fisuras y salientes que sí tenían los muros exteriores.

Intentó abrir desde dentro la puerta principal que daba al claustro, pero se encontraba cerrada.

Solo podía hacer una cosa. Abrigarse con alguna de las ropas de celebración que había visto y buscar algún rincón más templado para dormir al menos unas horas hasta que los clérigos llegaran a la capilla.

Acurrucado junto al altar, lo más lejos posible de la pared norte, pasó la noche rumiando su situación.

Pensó en la preocupación que sin duda habría cundido en su madre; pensó en su padre, que había partido hacia una odisea que quizá no lo devolviera con vida; en su hermano Rodrigo; y soñó despierto con Ane y con Blanca.

Ellas sin duda le ayudarían a tomar la decisión adecuada en aquel momento, pero no estaban allí.

Había buscado una y mil formas de demostrar su autoría y finalmente decidió que presentaría nuevas propuestas a Lancelot, nuevos dibujos que le abrieran una nueva puerta.

Solo le quedaba rezar a Dios, pedirle que, así como había ayudado a su padre cuando combatió en un juicio de Dios contra el mismo almirante del reino, lo ayudara también ahora en su enfrentamiento con los poderosos. Era lo que en justicia debía suceder.