CAPÍTULO 54.
Cuando las campanas de San Cernin anunciaron el toque de queda, Felipe salió de su casa por el patio trasero y avanzó por la estrecha rúa de Pellejería.
Trató de no llamar la atención. Sabía que el primer obstáculo sería el guardián de Portalapea, pero pensó que no pondría impedimento en dejarle salir del Burgo.
Antes de recorrer el último tramo exhaló una bocanada de aire mucho más larga.
Aquel aliento blanco se deshizo en un instante.
―¡Abrigaos! ¡La noche es fría! ―saludó al soldado.
―Con Dios ―respondió él con voz casi imperceptible.
Respiró profundamente otra vez y cruzó Portalapea.
Atravesó el descampado entre San Cernin y la Navarrería lo más rápido que pudo y llegó a la puerta del Chapitel.
Avanzó a buen paso hacia el portalero que autorizaba el acceso al burgo episcopal y lo saludó con un gesto con la cabeza.
Oculto tras un casco con celada y protegido por una tupida cota de malla, el guardia lo recibió sin aspavientos.
―Con Dios. Os esperaba ―lo saludó―. Simón me advirtió de vuestra llegada. Si acaso sois detenido por la guardia real, no habéis cruzado la puerta del Chapitel esta noche ―le advirtió.
El joven tracista asintió. Se despidió levantando el brazo y continuó la marcha en dirección a la catedral.
La rúa Mayor de la Navarrería estaba iluminada por un par de antorchas en el tramo cercano a la catedral y Felipe prefirió cambiar su ruta.
Dio un rodeo tomando la rúa de Calderería y subió por la belena Travesana acercándose a las paredes de casas y corrales.
Si se topaba con los soldados en su ronda nocturna tendría que inventar alguna excusa para justificar su presencia allí.
No ocurrió. Nadie se cruzó con él hasta llegar a las Casas de los Canónigos.
Entró en el patio del arcedianato y se asomó por el espacio entre el edificio de la cillería a la izquierda y la cocina y el refectorio a la derecha.
La imagen que se encontró a la luz de la luna lo sobrecogió.
La belleza de tracerías y columnas, la paz y el silencio que reinaban y la brisa que soplaba del norte transmitían una calma casi sanadora.
Una fuerte determinación lo colmó. Dios le debía al menos justicia y sabía que no lo abandonaría a aquella hora.
La cillería era un edificio muy estrecho de una sola planta que hacía de despensa y donde se almacenaban además documentos de la sede episcopal.
El acceso se encontraba en su costado norte, sin embargo, Felipe había comprobado que la puerta de entrada era de roble macizo y poseía una cerradura imposible de forzar.
Solo cabía entrar desde el patio del arcedianato a través de uno de los ventanucos.
Una verja de hierro impedía el paso, pero Pedro le había asegurado que solucionaría el problema.
Nadie sospecharía si lo veían trabajando allí.
Esa misma tarde el viejo cantero se había hecho con el más fino de sus cinceles y una maza ligera.
Llegó hasta la lumbrera y desencajó los barrotes que se sujetaban en hendiduras hechas en la piedra.
Cuando Felipe se encaramó al vano del ventanuco y probó a retirarlos, tal y como le había indicado su amigo, pudo hacerlo sin ningún esfuerzo.
Llevaba una pequeña antorcha empapada en aceite y un pedernal para prenderla.
En cuanto lo hizo iluminó la estancia desde la ventana.
Era pequeña y estrecha. Únicamente podía dar cabida a una veintena de personas y el joven imaginó las reuniones de los clérigos antes de que se construyeran el resto de los edificios.
De pronto oyó pasos en el claustro. Apagó la llama de un soplido, saltó al interior de la sala, rodó sobre el suelo y mantuvo la respiración.
Luego los pasos se alejaron hasta desaparecer por completo.
Supuso que se trataría de algún clérigo de sueño inquieto, pero aguardó un rato más sin moverse.
Solo cuando estuvo seguro volvió a encender la antorcha y se dispuso a buscar.
Necesitaba encontrar un lugar en el que se guardaran documentos.
Pronto lo halló. Un mueble ancho situado en un rincón le llamó la atención de inmediato.
En sus amplios estantes, a diferentes alturas, aparecían enroscados pergaminos de piel de oveja y de cabra.
Los tomó con cuidado, los desplegó y los alumbró con la antorcha.
Efectivamente contenían dibujos de los tracistas.
Sin embargo, no eran los que buscaba. En uno de ellos halló los que sin duda debieron ser los primeros bocetos de la nueva catedral, el detalle de las bóvedas elevadas, las nervaduras, y le pareció estar escuchando a Perrin de Simur.
Escudriñó con detenimiento cada palmo de aquella piel ya rígida y buscó la firma de su autor.
El corazón le dio un vuelco al comprobar cómo, en el extremo inferior de la pieza, aparecían las iniciales P.S.
con las que firmaba su maestro. Pasó sus dedos por encima de las letras.
Siempre le decía que aquella marca significaba que estaba satisfecho de su trabajo.
Se emocionó, pero en aquel momento no podía permitirse ningún tipo de distracción.
Devolvió a su sitio el documento e inspeccionó el resto.
Eran los primeros diseños de la nueva catedral, dibujos primigenios que dieron paso a otros definitivos.
La mayor parte de la obra del claustro se llevó a cabo antes del terremoto y no halló nada tan antiguo.
Rebuscó entre cajas de madera en las que almacenaban cereales y verduras, sacos de harina, tinajas de vino, enseres de cocina y grandes cazuelas que ya no se utilizaban, pero no encontró su dibujo ni ningún otro.
Accedió al claustro por la puerta del arcedianato y atravesó la galería oeste tratando de no hacer ruido.
Los clérigos descansaban en los dormitorios situados en uno de los edificios adyacentes y no quería despertarlos.
El corazón de aquella obra, el taller en el que trabajaban tracistas y canteros, se hallaba en una edificación provisional detrás de la puerta del Amparo, la puerta maravillosa que uniría el claustro con la catedral.
Felipe no pudo resistirse a levantar su mirada hacia el precioso tímpano policromado que la coronaba.
Allí aparecía esculpida la Virgen dormida rodeada de apóstoles mientras Cristo descendía de los cielos para llevarla con él.
No podía recrearse, así que salió del claustro cruzando el pasaje y llegó hasta el taller.
Intentó entrar retirando una de las tablas que formaban la pared más estrecha.
Le costó muy poco hacer un hueco en aquel costado.
Se introdujo en el habitáculo y volvió a encender la tea, calmó su pulso y respiró la quietud del lugar.
La escena que habitualmente mostraba el taller era muy diferente a la que ahora se podía apreciar.
No estaban allí los medios para el transporte de esculturas y sillares, ni ningún instrumento de medición, ni cinceles, mazas ni martillos, que utilizaban cada día.
Con la llegada del invierno el taller se cerraba hasta la primavera y los trabajadores trasladaban todo a un lugar más resguardado.
Lo que sí permanecían eran varias mesas en las que trabajaban los tracistas.
Allí el maestro de obras explicaba a menudo a escultores y mazoneros los pasos a dar a partir de los diseños.
Ya no había desperdigadas sobre las tablas las plumas de ave y de cáñamo, ni los compases ni la tinta.
Sin embargo, bajo aquellos inmensos tableros el tracista pudo apreciar que seguían guardando pergaminos.
Buscó nervioso en la que supuso era la mesa de Tristán.
No encontró nada. En las plazas de aprendices y oficiales sí había planos.
Sin embargo, la decepción se dibujó de inmediato en su rostro.
Eran dibujos del edificio principal de la catedral.
Examinó los estantes bajos de otra de las mesas y rescató ansioso una nueva serie de pergaminos enrollados.
Los abrió y comprobó excitado que contenían las tracerías.
Eran propuestas recientes y, a primera vista, intuyó que ninguna se había ejecutado.
Se concentró en analizar lo que veía y de inmediato se dio cuenta de que los dibujos no seguían las pautas que él utilizaba.
Una profunda rabia se apoderó de él. Ninguno de los trazos, ninguno de los artistas seguía las reglas que él usaba para calcular y plasmar proporciones.
Las que ellos utilizaban no procuraban las soluciones que él obtenía.
El del Burgo no se molestó en salir de allí ni tampoco en apagar la lumbre.
Se sintió vacío. Devolvió los pergaminos a su lugar y pensó mientras observaba hipnotizado el baile de cientos de diminutas partículas de polvo que aparecían suspendidas en el aire a la luz de la tea.
Estaba convencido de que Tristán había usurpado sus dibujos.
Si el maestro hubiera aplicado en sus trabajos las pautas de las que presumía en su soberbia perorata, se habrían reflejado luego en los dibujos de todos sus tracistas.
Felipe abandonó el taller y se encaminó hacia la rúa Mayor de la Navarrería sin preocuparse ahora de ser interceptado por los soldados.
Se preguntó una vez más cómo podría convencer a Lancelot sin los pergaminos.
Podía volver a dibujar las tracerías recién colocadas tal y como le sugirió Ane, pero el vicario y el propio Tristán alegarían que simplemente las había copiado.
Hacía mucho tiempo que no tomaba una pluma y temió que resultara un absoluto fracaso.
Y de pronto le vino a la mente una imagen: la torre Barbazana.
Aquel lugar hacía de sala capitular, donde los clérigos se reunían cada día, y era allí donde también actuaba el tribunal eclesiástico.
Felipe recordó que el maestro Perrin de Simur y posteriormente Tristán acostumbraban a trabajar allí en algunos momentos.
Quizá fuera el lugar en el que el actual maestro de obras principal de la catedral había escondido sus dibujos.
Estaba seguro de que contenían su firma en uno de los costados.
Pensó en esperar otro momento, en llegar hasta la capilla de día, sin embargo, no tendría la misma libertad para inspeccionar las dependencias.
Se dio media vuelta y rehízo sus pasos en dirección al claustro de la catedral.
No tendría muchas más opciones. Si los pergaminos se encontraban allí los encontraría esa misma noche.