CAPÍTULO 53.
Blanca se presentó en la casa de Engarrán de Villers, situada en el mismo centro del burgo de San Cernin. La puerta se encontraba medio abierta y la joven la empujó para avisar de su llegada. Fue el propio dirigente real quien le salió al paso.
―¿Quién sois y qué hacéis en mi casa? ―preguntó autoritario.
―¡Dios, me habéis asustado! Disculpad ―exclamó la muchacha dando un paso hacia atrás―. Soy Blanca, herbolaria de Villava, y vengo para trataros de vuestra afección.
El mandatario se colocó frente a ella cerrándole el paso.
―¿Mi afección? ¿Qué estáis diciendo? Yo no he llamado a ninguna herbolaria ―exclamó molesto.
Blanca siempre aguantaba la primera embestida de pacientes que no querían dejarse tratar. También en aquel caso tenía preparada su réplica.
―Supongo que habréis oído hablar en palacio sobre la sanación del alférez de compañía, Martín de Viana. Yo lo asistí y gracias a Dios conseguí salvar su brazo.
―¿Fuisteis vos quien lo curasteis? ―preguntó con tono de incredulidad―. Creí que fue el médico real Lot. Al menos es él quien presume de ello.
―Yo sé quién lo curó y el propio enfermo también lo sabe ―respondió Blanca resignada.
―Es fácil atribuirse ahora un mérito cuando quien puede certificar su autoría, el propio Martín de Viana, acaba de partir hacia Olite ―la acusó el almirante.
Blanca se mostró sorprendida, pero eso no la detuvo.
―Si queréis saber con certeza quién tajó su brazo y lo salvó de la gangrena, podéis preguntar a los siervos de palacio. Ellos lo vieron con sus propios ojos.
Engarrán de Villers levantó sus hombros y dibujó un gesto de indiferencia en su semblante.
―¿Y qué es lo que venís a hacer aquí? ¿No me diréis también que yo os he llamado? ―preguntó con flema.
―No. No habéis sido vos. Alguien que os aprecia en palacio me ha hablado de vuestro problema. Yo sé cómo resolverlo.
―¿Mi problema? Tengo a mi disposición médicos judíos, médicos reales que conocen mis dolencias y me atienden solícitos. ¿Creéis que puedo fiarme de una simple herbolaria?
―Al parecer de momento nadie ha curado vuestro padecimiento.
El hombre llevó a cabo el gesto espontáneo de taparse los brazos pese a que ahora los mantenía cubiertos.
Se oyeron unos pasos en la sala y ambos volvieron la vista hacia el lugar de donde provenían. Al fondo, en la puerta que daba acceso a la otra parte de la planta baja, se encontraba una mujer ataviada con una saya oscura y un tocado muy ceñido.
―Almirante, ¿tenéis algún problema? ¿Deseáis que avise a los soldados? ―preguntó servicial.
―No es necesario. Seguid con vuestro trabajo ―respondió firme.
Engarrán de Villers se rascó ahora los brazos con fuerza y, en cuanto se dio cuenta, dejó de hacerlo.
―¿Cómo sabéis que estoy enfermo? ¿Pretendéis conocer la naturaleza de mi padecimiento? ―interpeló a la muchacha.
―La mejor respuesta se encuentra en los hechos ―le dijo Blanca señalando sus brazos, casi en carne viva.
El gesto del consejero fue ocultarlos.
―¿Habéis oído hablar de la sarna? Es el mal que padecéis. Es lo que deberían haberos indicado vuestros médicos.
Engarrán pareció sorprendido y, tras un momento de máxima tensión, cambió al fin el tono de su voz.
―Lo sé. Me han prescrito varios ungüentos, pero ninguno ha conseguido calmar la picazón ―se sinceró.
Blanca aprovechó aquella brecha en la resistencia del mandatario. Llamó a la asistenta que ahora observaba junto al fuego y le pidió una jofaina con agua tibia. A continuación, abrió la mochila que llevaba a su espalda y sacó una vasija tapada con cuero, telas y una especie de cuchara de madera
―Esta pomada hará que dejen de picaros las rojeces. Es el primer paso. Si no os rascáis poco a poco sanará. Es un remedio que elaboramos en nuestra botica. Todos aquellos a los que lo hemos aplicado han sanado.
El almirante no dijo nada, pero su silencio fue la aceptación tácita de las condiciones.
Mientras Blanca lo lavaba, él se interesó por la herbolaria
―¿Sois la joven que trabaja junto a Jerónima?
―Así es. ¿Habéis oído hablar de ella? ―le preguntó Blanca.
―Dicen que ha pactado con el diablo. Que es la mujer más longeva de toda Navarra y que sin embargo aparenta ser una joven de vuestra edad.
Blanca rio mientras colocaba el ungüento con la cuchara de palo en los brazos del enfermo.
―Son falsedades. No es tan mayor. Solo es una mujer que conoce las propiedades curativas de las plantas, que guarda el conocimiento de sus ancestros y que ha tratado de trasladármelo a mí.
El almirante dejó hacer a la joven, aliviado con la frescura del preparado.
―Huele bien. ¿Qué contiene?
―Es el tomillo y el romero. Contiene también grasa, azufre y aceite.
Engarrán asintió.
―Notaréis de inmediato que calma el picor. Los humores de vuestro cuerpo comenzarán a equilibrarse. En unos días desaparecerán las rojeces y muy pronto ni siquiera recordaréis que teníais vuestros brazos quemados.
Engarrán de Villers durmió prácticamente toda la noche.
Se levantó y tuvo la sensación de que había amanecido el día con más luz que nunca.
No le molestaron los sonidos en la calle de los artesanos y comerciantes que iniciaban su tarea diaria.
Pidió amablemente a su sirvienta que le limpiara la zona con agua templada y que a continuación untase el sarpullido con aquel ungüento, tal y como había visto hacer a Blanca.
―Señor, no quise ayer inmiscuirme en vuestra conversación porque vi que esa muchacha os estaba asistiendo ―se disculpó la mujer―. ¿La conocíais?
―No, no la conocía. Es una herbolaria ―contestó escueto―. La verdad es que este remedio me ha aliviado.
―He visto trabajar a esa joven y he sido testigo de verdaderos milagros.
―Vive en Villava con Jerónima. De ella sí había oído hablar.
―Así es, señor. Pero es hija de alguien a quien seguro conocéis y que no vive en Villava. El juez del tribunal de la Cort, Adrián Alegre, el que fuera zapatero de la Población.
―No puede ser. La hija de ese hombre se llama Ane. Es una pelirroja, como su madre, que quiere ser abogada. La conozco.
―Lo siento, señor. Es lo que había escuchado, que esa curandera era hija del juez.
Engarrán de Villers se quedó pensativo. Recordó cómo la joven aprendiz de abogada se había quedado mirando sus brazos cuando se encontró con ella en la iglesia de San Cernin y tuvo la intuición de que algo podía unir a las dos mujeres.