El privilegio CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

Ane decidió hacerlo cuando Adrián no se encontrara en Pamplona.

El tribunal de la Cort del que formaba parte era itinerante a lo largo y ancho de todo el territorio del reino de Navarra.

En cada ciudad conocía y juzgaba los casos acumulados desde la última visita.

Aquellos días se había desplazado a Tudela para cumplir allí su ciclo.

Fue el momento en el que Ane lo llevó a cabo.

Accedió a la iglesia de San Cernin y se apoyó en una columna bajo el sotocoro tratando de no llamar la atención.

El almirante Engarrán de Villers se había reunido allí con el concejo del burgo de San Cernin y tendría que pasar delante de ella al salir.

La atmósfera en aquel lugar no había cambiado con los años.

Aspiró el olor de los cirios, el incienso y la humedad de la piedra y le vinieron a la memoria momentos de celebraciones eucarísticas junto a Felipe y Rodrigo.

Escuchó las idas y venidas de los fieles, sus parloteos y, de fondo, el monótono sonido de sus oraciones.

Hasta que al fin vio aparecer al consejero real junto a varios jurados.

Había envejecido desde la última vez que lo había visto.

Le dio la sensación de que la cabeza redonda del mandatario se hundía aún más en su tronco y que su espalda estaba más encorvada.

Engarrán de Villers la reconoció pese a la luz mortecina de las velas, pero no la saludó.

Dibujó una sonrisa sarcástica y desvió la mirada.

Ane apretó los puños bajo su manto y lo asaltó antes de llegar a la puerta de salida.

―Necesito hablar con vos ―pidió decidida.

Engarrán de Villers siguió andando, pero esta vez le contestó.

―Si lo que pretendes es insistir en tu absurda pretensión de hacer el trabajo de un abogado, puedes ahorrarte el esfuerzo.

―No tiene nada que ver con eso. Os aseguro que se trata de un asunto de vuestro interés. Me lo agradeceréis.

El almirante del Burgo no se inmutó ante sus palabras.

―Eres astuta. Si un día te propusieras engañar al mismísimo diablo, lo conseguirías. No hay nada que puedas contarme que me interese.

―Sin duda os equivocáis. Nada perdéis con escucharme. ¿O acaso me teméis?

―¿Lo ves? Es a esto a lo que me refería. Sabes elegir las palabras adecuadas y pronunciarlas cuando hace falta para conseguir lo que quieres.

―Es lo que hace un buen abogado. Yo lo sería, os lo aseguro.

Engarrán de Villers giró la cabeza, volvió a sonreír con gesto de hartazgo, pero no replicó. Ane lo siguió sin temor.

―Sé de vuestras luchas con la Población y con la Navarrería ―insistió la pelirroja.

Continuó hablándole pese a que en aquel momento atravesaba ya la puerta del templo.

―Conozco vuestro esfuerzo en que sean vecinos del Burgo quienes ostenten los cargos más importantes: la gestión de las cuentas del reino, los cargos eclesiásticos, la dirección de las obras del rey…

El mandatario se paró en seco, la miró molesto y continuó andando sin hacer ningún comentario.

―¿Acaso creéis que no he sabido que una vez más se ha elegido al candidato de la Navarrería para ejercer de tesorero real y a uno de la Población como canciller?

Engarrán de Villers volvió a detenerse y fijó su mirada en Ane.

―¿Qué tiene que ver todo eso con lo que queréis contarme?

―Os aseguro que desconocéis lo que yo sé y que os sería provechoso si lo supierais ―le tentó.

El almirante mostró un gesto de incredulidad, pero finalmente se dirigió a Ane con firmeza.

―Cuando las campanas de este templo toquen la nona, acude. Te esperaré en la sacristía.

La pelirroja asintió con un simple gesto y, cuando Engarrán le dio la espalda, se santiguó levantando la vista hacia las altas torres de la iglesia de San Cernin.

Ane no esperaba conseguir que el consejero del rey la escuchara en el primer intento.

Sin embargo, en cuanto imaginó su inminente encuentro sintió un escalofrío que recorrió su espalda.

El mismo hombre que la menospreció y la humilló la había emplazado en un lugar cerrado, sin testigos.

Y ella no iba a revelar a Adrián ni a Lorea aquella cita.

No había detallado tampoco a Blanca ni a Jerónima su intención de hablar con el almirante.

Había preferido intentarlo y luego contárselo.

Pensó en María, la madre de sus amigos Felipe y Rodrigo.

Su casa se encontraba muy cerca de la iglesia de San Cernin y disponía de un buen rato hasta la nona, así que decidió visitarla antes de acudir a la cita con el almirante.

El mediodía invernal había dado paso a una tarde gélida y las gentes de los tres burgos se refugiaban en sus casas.

El sol tardaría muy poco en desaparecer en el horizonte y entonces sonaría inconfundible el toque de queda.

Ane se había abrigado con varias capas de ropa y había echado a su espalda dos mantos gruesos que le facilitó María.

Justificaba su frío constante diciendo que, a diferencia de las personas morenas, su piel blanca no la protegía.

Su hermanastra Blanca rebatía aquella afirmación hablándole de los humores del cuerpo y ambas acababan riendo siempre de sus propias posiciones en aquel infructuoso debate.

Cuando aquella tarde entró en la iglesia de San Cernin, comprobó que en la cabecera de la nave había un nutrido grupo de vecinos.

Eso la tranquilizó. Se dirigió hacia la sacristía y entró decidida.

El mandatario hablaba a dos jurados del Burgo como si recitara un sermón, pero, en cuanto vieron llegar a Ane, aprovecharon para excusarse y salir de allí.

El consejero del rey se apartó de la luz que desprendían varias velas colgadas en la pared y se colocó en una zona más sombría de la estancia.

―Con toda la ropa que portas, cualquiera te podría confundir con una anciana. Pareces tu propia madre.

―Me parezco a mi madre sin necesidad de ponerme ninguna prenda, eso es lo que me dicen ―replicó Ane de inmediato.

Engarrán de Villers vestía solo un sayo para cubrir su torso pese a la temperatura. Ane descubrió pronto la razón. No dejaba de rascarse los brazos, y la amplia abertura de las mangas de la prenda le permitía hacerlo con cierta comodidad.

El almirante recuperó su tono autoritario.

―No he venido hasta aquí para cruzar palabras vanas. Cuanto antes me digas lo que sabes, antes podré calentarme en el fuego del hogar.

Tampoco Ane tenía la intención de salirse de su guion, así que trató de ordenar la forma en la que iba a desgranar la información.

―Como os dije, lo que quiero es contaros una afrenta terrible cometida por un hombre de la Navarrería contra uno de los más importantes vecinos del burgo de San Cernin.

Engarrán de Villers miró hastiado a la joven.

―Deja de plantearme acertijos de una vez por todas y dime lo que sabes.

La joven pelirroja guardó un breve silencio y lanzó el cebo.

―Existen testigos de que Perrin de Simur, el maestro de obras de la catedral de Santa María la Real, vecino principal del Burgo, murió envenenado.

El almirante salió de la penumbra para situarse a la luz de un cirio encendido a apenas un paso de Ane.

―¿Sabes lo que estás diciendo? ¡Perrin de Simur era un hombre del rey!

Ane dio un paso atrás y tropezó con el pie de uno de los ciriales. La estructura que sostenía varios cirios encendidos cayó al suelo con estrépito y la sala quedó en penumbras.

―Es imposible probar eso que contáis después de tanto tiempo. Pregunta a tu padre ―aseguró Engarrán de Villers enfadado.

El dirigente pareció dar por terminada la reunión, pero Ane intentó detenerlo haciéndole una concesión.

―Tenéis razón. Se trata de un delito grave y ha pasado mucho tiempo desde entonces. Eso no facilita llevar a cabo una acusación, pero os aseguro que cabe la posibilidad de hacerlo.

―Nadie estaría dispuesto a atestiguar semejante hecho. Asumiría el riesgo de ser condenado por falso testimonio.

―¿Vos recordáis lo ocurrido? ―preguntó Ane.

Engarrán la miró con gesto cansado.

―Perrin de Simur murió de una apoplejía. Lo recuerdo perfectamente. Es imposible que ocurriera lo que dices. Lo atestiguaron los médicos que lo atendieron tras el ataque.

Ane sostuvo su mirada durante un instante.

―A no ser que fuese el propio médico, vecino de la Navarrería, junto a un jurado de dicho concejo, Juan de Artajona, quienes lo asesinaran.