CAPÍTULO 51.
Jerónima se despertó en cuanto escuchó a Blanca levantarse de su camastro.
Habitualmente era la anciana herbolaria la que antes lo hacía, pero desde que la joven mantuvo aquel pulso con el buey Lot no era la misma.
La maestra se acercó hasta ella y, sin decirle una sola palabra, le tomó las manos como si estuviera midiendo su pulso.
La miró a los ojos, le dedicó una sonrisa y se dirigió a la ventana.
Faltaba todavía un buen rato para que despuntara el día y todo era penumbra.
Blanca removió las brasas de la chimenea prácticamente apagadas y las hizo revivir con varias ramas y algún tronco pequeño.
Aquel olor a fuego, a ceniza y a hogar la recomponía también a ella.
Tomó la saca en la que recogían las hierbas sanadoras y se dispuso para salir.
―Es muy temprano todavía ―apuntó Jerónima.
―Voy a recoger artemisa antes de que salga el sol.
―Es buen día para hacerlo, el rocío conservará su fuerza vital si la arrancas ahora.
Blanca asintió.
―Me gusta estar en el bosque cuando despierta el día. El paisaje de luces y sombras que provoca el sol al colarse de costado entre los árboles es lo más bello que he visto nunca. Vos me lo enseñasteis.
―Lo sé ―se limitó a contestar.
Jerónima se había acercado a la botica, había tomado varias especies de plantas de la despensa y en aquel momento las machacaba en el mortero.
―El miedo no es malo para el hombre ―fueron las palabras de la anciana.
Blanca se acomodó junto a la mesa en la que preparaban las mezclas para escucharla―.
Al contrario. No solo nos advierte y nos permite sobrevivir a los peligros, también nos curte y nos aporta experiencia.
El miedo es el principio de la sabiduría.
―Estoy tranquila. Vi su rostro cuando le hablasteis y sé que él también lo tiene. Lo que temo es su falta de piedad.
Jerónima asintió.
―Tienes razón. Pero tu miedo pasará ―le dijo ofreciéndole el bebedizo que había preparado.
Blanca no preguntó qué contenía. Lo tomó de un sorbo y apretó el ceño tratando de que pasara aquel sabor amargo.
―Es curioso. No es mi cabeza la que teme a ese hombre, es mi cuerpo. Soy capaz de volver a contradecir uno de sus diagnósticos. Pero soy incapaz de dejar de temblar cuando pienso en él ―confesó mirando sus manos.
―El cuerpo es sabio, mucho más que nuestra mente.
Blanca caviló y finalmente se atrevió a preguntar a su maestra.
―Jerónima, confío en vos, pero necesito saber qué le dijisteis. Él tiene el favor de la reina, es quien nos acusó y quien puede hacerlo de nuevo.
―¿De qué te puede acusar? ¿De haber salvado al caballero de la Bone Foy?
―No lo sé. De actuar contra las órdenes de su Majestad.
―No te acusó entonces. Ahora tampoco lo hará. Ese hombre tiene más asuntos que ocultar que hechos que denunciar.
Blanca recordó las sospechas que su hermana Ane le había narrado respecto de la muerte del maestro Perrin de Simur e intuyó que podía estar relacionado con lo que Jerónima apenas apuntaba.
―He llamado a Ane. Quiero contaros algo. Pero prefiero hacerlo cuando estéis las dos ―le dijo la anciana.
La joven pensó una vez más que aquella mujer era capaz de leer los pensamientos.
―¡Podré esperar! ―le respondió sonriendo―. ¡Me alegro mucho de que nos venga a visitar!
Blanca volvió a la casa cuando el sol se había asomado entre las montañas.
Todavía no había aparecido su hermana. Antes de que lo hiciera tuvieron tiempo para preparar algún remedio y asistir a un enfermo que llegó a aquella hora temprana.
A media mañana la joven de la Población se presentó montada en un caballo color canela, casi del mismo tono que su pelo rojo.
Blanca salió a su encuentro y en cuanto Ane desmontó se dieron un abrazo.
―Jerónima, ¿cómo estáis? ―saludó Ane.
―Gracias por venir.
―Estoy segura de que merecerá la pena ―confesó la pelirroja
Entraron en la casa y se sentaron en un par de sillas al calor de la lumbre. Degustaron un líquido hecho con miel y flores que preparaba Jerónima mientras contemplaban el baile de las llamas. No pronunciaron ni una sola palabra en una especie de silencio convenido hasta que Ane lo rompió.
―Soy toda oídos ―exclamó.
Jerónima se levantó. Prefería colocarse frente a ellas y expresarse de pie.
―Quiero contaros algo sobre Lot, el médico judío.
Blanca avisó a su maestra.
―Mi hermana sabe lo que ocurrió en palacio. Pasé la noche en la zapatería el día en el que asistí a Martín de Viana.
―Lo suponía. No se trata de eso. Nunca te lo he contado y, pese a que siempre has intuido que algo escondía, has respetado mi silencio. Gracias por eso ―explicó.
Las dos hermanas permanecieron calladas, expectantes.
―Blanca, esta misma mañana me has preguntado qué es lo que dije al médico judío cuando te amenazó. Mi pretensión era que te dejara en paz.
―¿Por qué estáis tan segura de que ahora lo hará? ―quiso saber Blanca.
―Sencillamente porque oculta cosas. Y si tiene la más mínima duda de que nosotras las conocemos, nos evitará.
―No lo entiendo, Jerónima ¿Qué es lo que le dijisteis? ―preguntó Ane.
La herbolaria se llevó las dos manos a los ojos como si se estuviera lavando la cara.
―Hace ya tanto tiempo que quizá no lo recordéis. Cuando falleció Levy acudí a la judería para estar con Ester, el ama de llaves del rabino. Juan me llevó oculta en su carruaje. Hablé con ella y descubrí que Lot administró beleño al rabino.
―Nosotras también se lo dimos en dosis pequeñas ―recordó Blanca.
―Ester me contó que el médico le dio a beber todo el recipiente.
―¿Queréis decir que él lo mató? ―preguntó la joven herbolaria atónita―. Sé que hablasteis con mi padre, pero no sabía que fue eso lo que ocurrió. ¿Por qué no lo denunciamos?
Fue Ane la que contestó.
―Ester se fue. ¿No es así? Un delito como ese exige un testigo fiable. En caso contrario, nunca se llegaría a dictar una sentencia de condena.
Jerónima lo confirmó con su silencio inicial y tras unos segundos continuó la explicación donde la pelirroja lo había dejado.
―Traté de convencerla para que diera testimonio de lo que ocurrió, pero no se atrevió.
Tampoco teníamos la seguridad de poder probarlo.
Luego Ester desapareció. La busqué, pero no la encontré en Estella.
Y la sanción que se nos impuso me pareció razonable frente al riesgo de una acusación por un delito que podría haberte llevado a la horca.
Vuestro padre estuvo de acuerdo ―argumentó mirando a su pupila.
Blanca abrazó a Jerónima y la anciana apenas reaccionó.
―Nunca había podido probar a Lot para ver su reacción. Hasta el día en que te amenazó. Nuestros gestos nos delatan, lo sabéis ―continuó Jerónima―. Basta observar para descubrir a quién amamos o a quién odiamos.
Blanca y Ane se miraron durante un instante, se sonrieron y desviaron sus miradas.
―No es la primera vez que he actuado lanzando acusaciones infundadas contra alguien para comprobar su respuesta. Es lo que hice con Lot esta vez.
Guardó un instante de silencio.
―Cuando te amenazó, simplemente le dije que el rabino Levy todavía se estaba retorciendo en su tumba por el dolor que el beleño le produjo en sus tripas. Se quedó blanco como la piedra.
Blanca se levantó de la silla sobresaltada.
―¡Dios santo! Pudo ocurrir también con Martín de Viana. Él me dijo que Lot quiso que tomara un brebaje, que insistió en que bebiera todo el contenido de una alcuza, pero que no lo hizo.
―Eso tampoco lo podríamos demostrar, pero quizá haya algo que podríamos intentar ―reflexionó Ane.
Blanca y Jerónima se sentaron ahora para escuchar a su amiga.
―Un cantero, Pedro, contó a Felipe que el maestro de obras, Perrin de Simur, no murió de una apoplejía. Hubo sospechas de que fue envenenado.
―¿Y qué sentido tiene que fuera Lot quien lo hiciera? ―preguntó su hermana Blanca.
―El concejo de la Navarrería siempre ha peleado para que los maestros de obras de la catedral, sus artistas, sean hombres suyos. Y el cantero vio al médico junto a los jurados de la Navarrería antes de la muerte de Perrin de Simur y también después.
―No lo entiendo. Eso tampoco se podría probar ―insistió Blanca.
Ane asintió.
―Probablemente, pero sé quién estaría dispuesto a denunciar a Lot. No tendríamos que hacerlo nosotras. Y quizá el médico no aguante esa presión y acabe confesando.