El privilegio CAPÍTULO 50.
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CAPÍTULO 50.

Martín de Viana apenas pudo descansar las primeras horas tras la operación.

Destemplado, sudoroso y molesto por la picazón y el dolor en el brazo, permaneció en un estado de semiinconsciencia lanzando improperios contra los ingleses, contra el rey francés y contra el médico judío Lot.

Sin embargo, en el momento en que las campanadas de la torre Barbazana anunciaron el toque de queda en la Navarrería, había caído rendido en un sueño profundo.

No se movió de aquella posición en toda la noche.

El caballero de la Bone Foy despertó cuando uno de los siervos de palacio entró en la estancia para encender la chimenea.

En ese mismo momento sintió que algo había cambiado en su cuerpo.

La herida parecía muy bien cerrada, había bajado algo la inflamación y ya no le supuraba como lo había hecho durante el viaje desde Cherburgo.

Pensó en aquel ángel que lo había intervenido la tarde anterior y lo inundó una sensación de calma.

Sin duda había sido enviada por el Altísimo para salvarlo.

Parecía incluso que aquella mañana entraba más luz por los ventanucos de la estancia.

―En cuanto acabéis con vuestra tarea podéis traerme una escudilla con agua para asearme y ropa ―pidió al sirviente―. Acudiré a la capilla de San Pedro para dar las gracias a Dios por su intercesión.

―Ahora mismo, señor.

Y antes de que el empleado de palacio abandonara la estancia, una nueva visita irrumpió por la puerta ojival. Lot, acompañado por un aprendiz, se dirigió decidido hacia Martín de Viana.

―¿Qué hacéis aquí? ―preguntó el herido incorporándose―. No quiero saber nada de vos.

―Ayer vi con mis propios ojos vuestro brazo tajado por completo por la bruja de Villava. ¡Podéis dar gracias a Dios de que seguís vivo! ―argumentó alterado Lot.

―Así es. Ayer un ángel me salvó ―replicó con calma el alférez.

El médico real sintió arder todo su cuerpo. La ira lo dominaba por completo cuando no era capaz de controlar las situaciones que se le presentaban.

―No sé cómo ocurrió, pero no puedo permitir dejaros a su cuidado. A partir de ahora yo os asistiré. Soy el médico de la reina y debo velar por quienes se hospedan en palacio.

―Yo elegí a esa muchacha y os puedo asegurar que acerté. Hoy me encuentro mucho mejor gracias a su intervención ―afirmó tumbándose nuevamente en su camastro.

La batalla librada por su cuerpo lo había dejado extenuado y solo el hecho de incorporarse y mantener aquel pulso con el judío lo hizo sentirse aturdido.

―No diría que os ha salvado. Apenas tenéis pujanza para articular palabra ―apreció Lot.

―Lo cierto es que mi brazo se ha deshinchado y ya no me duele.

―No sois vos quien puede juzgar la evolución de vuestra dolencia. La bilis negra puede estar invadiendo todo vuestro cuerpo sin que todavía os deis cuenta ―discrepó el médico.

―Solo sé que me siento mejor ―replicó Martín de Viana sin ninguna intención de seguir discutiendo.

Lot se movió impaciente basculando hacia uno y otro costado sin encontrar una posición descansada para su enorme cuerpo. Pensó que iba a ser imposible convencerlo.

―Si os encontráis mejor, nada tiene que ver con la sangría que ayer llevó a cabo esa bruja en vuestro brazo. Solo se puede deber al tratamiento previo que yo os procuré ―arguyó sin demasiada convicción.

Martín de Viana rio de forma convulsa, lo que hizo que se atragantase. Tosió hasta que logró aclarar su garganta.

―Es imposible. La herbolaria limpió el bálsamo que me aplicasteis sobre el brazo y lavó la herida con agua y con vino.

Lot lo miró con desprecio. Aquel sucio soldado estaba enfermo, sin fuerzas.

No debería tener ningún problema para imponerse, aunque fuera por la fuerza.

Se acercó aún más al camastro y trató de retirar las vendas que cubrían la herida del paciente, pero este, de inmediato, apartó el brazo y lo protegió con su mano sana.

―¡No dejaré que vuestras sucias zarpas me toquen! ¡Por Dios! ―respondió haciendo un grandísimo esfuerzo.

―No lo repetiré más. Fue la propia reina la que ordenó que debía salvar vuestra vida aún a costa de vuestro brazo. Vos también la escuchasteis.

El médico sacó una de las pequeñas alcuzas que guardaba bajo sus ropas y trató de inmovilizar la cabeza del herido para verter el contenido en su boca, pero este se situó de costado para impedírselo.

―¡No permitiré que me durmáis! Ahora menos que nunca dejaré que amputéis mi brazo ―exclamó Martín de Viana mirándolo fijamente a los ojos.

Lot no cejó en su empeño hasta que el alférez se apartó de él hacia el otro costado, se asomó al borde de la cama y se deslizó al suelo de piedra.

Martín de Viana se levantó y, pese al repentino mareo, consiguió lanzarse sobre Lot y empujarlo con toda la fuerza que pudo reunir.

La situación resultó grotesca. Aquel que pretendía salvar al enfermo de la muerte se encontraba a sus pies, tendido gimoteando y pidiendo clemencia.

―Ella es una bruja, una simple herbolaria. Si finalmente perdéis el brazo o perdéis la vida habrá sido culpa suya.

El caballero de la orden de la Bone Foy se acercó tambaleándose hasta un pequeño mueble en el que se encontraban depositadas sus armas.

Tomó la espada que siempre llevaba en su cintura y volvió hasta el camastro.

Lot seguía tumbado con las manos en la cabeza.

Martín de Viana apoyó el arma sobre su cuello y utilizó toda la fuerza que aún quedaba en su cuerpo para replicarle.

―¿El brazo? ¡Dijisteis que era necesario cortarme el brazo desde el hombro! Sin embargo, esa muchacha me aseguró que podría salvarlo y así ha sido. La bilis negra estaba inundando mi cuerpo y ahora resulta que ella tenía una cura para hacerla retroceder.

―¡No es un ángel! ¡Es un demonio! Habéis vendido vuestra alma ―le replicó desde el suelo.

―Salid de esta habitación antes de que cometa un crimen. He matado a muchos hombres que ni siquiera me habían amenazado de la forma en que vos lo habéis hecho. ¡Fuera de aquí!

Lot intentó levantarse, pero el peso de su cuerpo se lo impidió en su primera tentativa. Se apoyó en el camastro y finalmente lo consiguió. Ni siquiera miró a Martín de Viana. Le dio la espalda y salió de la estancia balanceándose con paso renqueante.

Blanca había dormido aquella noche en la Población de San Nicolás, en casa de su padre.

De ese modo podría regresar a palacio si la situación del enfermo se complicaba.

Pasó un buen rato a la luz de las velas charlando con Adrián, con Lorea y con su hermana.

Se interesó por cada uno de los acontecimientos que esta le relató: su conversación con Felipe, el encuentro con Lancelot y la oportunidad que ahora tenía.

―Espero que consiga demostrarlo. Lo merece ―opinó Blanca.

Pensó en su amigo y en su hermana, dudó un instante y se lanzó.

―¿Tú lo amas? ―le soltó sin aviso previo.

Ane la miró sorprendida.

―¿Lo crees? Lo quiero como a un hermano, siempre os lo he dicho.

Guardó un momento de silencio antes de continuar.

―Quizá el sí me ame. Ez dakit. No lo sé. Nunca me he atrevido a hablarle de ello porque no quiero hacerle daño.

Blanca asintió y trató de cambiar de tema cuanto antes. Le contó su asistencia al alférez de compañía y su encuentro con Lot.

Ane todavía miraba a su hermana extrañada ante aquella pregunta tan directa, pero trató de apartarla de su mente y continuó la conversación. Le habló también ella del médico judío, de la muerte del maestro Perrin de Simur y de las sospechas que en su día se barruntaron en la fábrica de la catedral.

―Ese hombre es capaz. No me sorprendería. A la luz es un cobarde, pero en la sombra es capaz de cualquier cosa ―juzgó la herbolaria.

Blanca se acostó junto a Ane en la que fue su cama durante muchos años y, antes de dormir, le advirtió de que no se asustara si aparecía de noche algún soldado para llevarla nuevamente ante el herido. Afortunadamente, nadie interrumpió su sueño.

Era día de mercado y en la tierra de nadie entre los burgos los tenderos habían preparado ya sus puestos.

Se respiraba una intensa algarabía y olía a pan recién hecho y al hierro de las forjas, pese a tratarse de la primera hora de la mañana.

Blanca atravesó aquella franja de terreno y llegó hasta las inmediaciones de palacio.

Allí reinaba una calma total. Y, cuando se disponía a entrar en el complejo, escuchó una voz a su espalda.

―Sabía que no me necesitabas, pero es doloroso comprobarlo.

―¡Jerónima, me habéis asustado! ¡Pensé que era el buey Lot! Aunque él no hubiera aparecido de la nada como vos.

La anciana le sonrió y esperó a que su joven aprendiz le contara.

―Por fin habéis vuelto. ¡Cuánto me alegro! Ayer tajé el brazo de un caballero. Era una herida de hace semanas y estaba a punto de gangrenarse ―simplificó.

―¿Te han llamado esta noche de palacio?

― Ez, ez , en absoluto.

―Es la mejor señal.

Blanca asintió.

―¿Cómo es que sabíais que estaba aquí?

―Me contaron que viniste a asistir a alguien y también que tuviste un altercado con Lot. Por tu reacción cuando te he llamado debe de ser cierto.

―Así es ―confirmó la joven―. Pero lo que me importa es la salud de Martín de Viana. Me gustaría que me acompañarais para ver cómo se encuentra hoy.

―No es necesario que lo haga, no me necesitas, pero no quiero que te enfrentes otra vez sola a ese hombre.

Blanca abrazó a Jerónima y se dirigieron juntas hacia el palacio.

Cruzaron la primera de las puertas y tomaron el pasillo que llevaba a la sala donde se hallaba el herido.

Olía a humo de cirios encendidos, a piedra y se escuchaban voces procedentes de cámaras cercanas, risas de los cortesanos y los ensayos de los ministriles reales.

Varias sirvientas se cruzaron con ellas transportando sábanas, agua, incluso algún plato con fruta y embutidos como desayuno.

Cuando doblaron el pasaje que desembocaba en la estancia, apareció ante sus ojos una figura inmensa que avanzaba hacia ellas ocupando toda la anchura de paso.

El contraluz les impidió distinguir el gesto de Lot hasta que se acercaron a pocos pies de distancia.

―¡Malditas brujas! Os aseguro que un día moriréis abrasadas bajo las llamas de la hoguera. Entonces Satanás no os salvará.

El corazón de Blanca comenzó a latir con fuerza, pero no se amilanó.

―Vengo a tratar al caballero Martín de Viana por expreso deseo suyo y por orden de palacio. Os ruego me permitáis el paso ―pidió con calma, pero con firmeza.

La joven trató de superar al médico por uno de los costados, pero él le cerró el paso. Se encontraban ahora frente a frente y Blanca sintió miedo. No era capaz de calibrar si aquel hombre iba a golpearla o iba a dejarla pasar. Lo que sí apreció fue su aliento rancio cuando él volvió a hablarle.

―Si no abandonas el cuidado de este hombre, te aseguro que no podrás contarlo.

Jerónima se había mantenido en un segundo plano y fue entonces cuando se acercó. Se colocó junto al médico judío y le habló al oído. Su reacción fue inmediata. Miró a la anciana como si hubiera visto a un muerto y sin decir ni una sola palabra se apartó y las dejó pasar.

―¿Qué es lo que le habéis dicho?

―Algo que le impedirá cumplir con su amenaza.