El privilegio CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

Blanca había accedido a la residencia de los reyes en Pamplona en un par de ocasiones, siempre acompañada por su maestra.

Aquella tarde Jerónima no se encontraba en la casa.

La avisaron con urgencia para asistir a un hombre que se había roto la cabeza y la joven herbolaria no tuvo más remedio que acudir sola a palacio.

Siguió al soldado que la recibió por el laberinto del edificio.

El eco de sus pasos retumbaba en techos y paredes de piedra y, como en anteriores ocasiones, volvió a llamarle la atención la agradable temperatura del interior en pleno invierno.

Se respiraba el olor a chimeneas de habitaciones cercanas.

Cuando la joven atravesó el arco ojival que daba acceso a la estancia, no sabía exactamente quién era el herido ni cuál la gravedad de sus dolencias.

Martín de Viana se encontraba solo, recostado en una cama sencilla en el extremo opuesto de la gigantesca sala.

El soldado volvió su mirada hacia la entrada.

Rendido al delirio provocado por el dolor, a la luz de la vela que portaba Blanca creyó ver un ángel.

Aquella joven con su cabello rubio suelto sobre los hombros y aquellos ojos tan claros lo hipnotizaron.

Sin embargo, cuando se le acercó reaccionó y pareció recobrar la cordura.

―Ese maldito Buey no ha hecho más que provocarme un dolor mayor y el brazo se ha hinchado más. Pero no he tomado el bebedizo que me ha dado. Os esperaba ―profirió con un hilo de voz.

Blanca no se permitió preámbulo alguno, ni para presentarse ni para saber la prescripción de Lot al herido.

Se acercó al lecho en el que reposaba y levantó el paño que cubría su brazo.

Estaba rojo e hinchado como si se tratase de un vientre gigante.

Sin embargo, eso no fue lo que más le preocupó.

La herida supuraba un líquido blanco y estaba cubierta del ungüento maloliente de Lot.

―¡El judío quería cortarme el brazo! Antes prefiero morir que perderlo.

Blanca observó la herida, comprobó la costura que la cerraba y le contestó por primera vez desde que entró en la habitación.

―Es posible que el médico tenga razón y quizá no podamos salvar vuestro brazo, pero al menos la cura que os procuraron en Francia lo ha evitado hasta ahora.

―¿Entonces no vais a cortármelo? ―clamó esperanzado.

―No tenéis calentura, seguís hablando y razonando, la herida no presenta a su alrededor color marrón y no huele a podrido.

―Dijo que me debía seccionar el brazo desde el hombro para salvar mi vida y eso no lo podría soportar ―le aseguró en tono de súplica.

Blanca lo miró a los ojos y le habló como si estuviera leyendo una pócima o un salmo.

―Solo extirparíamos aquella parte de vuestro cuerpo que hubiera sido alcanzada por ese color pardo del que os hablo, el tono que muestra la carne cuando está muerta. Os puedo asegurar que no será necesario hacer lo que el médico judío pronosticó.

―¿No será necesario amputar mi brazo?

―Al menos no desde el hombro. Si en unos días la evolución no es satisfactoria, bastaría hacerlo desde el codo.

Martín de Viana pareció recobrar fuerzas con solo escuchar aquellas palabras.

―¡Sabía que ese hombre no era de fiar! ¿Estáis segura de ello? ―preguntó receloso.

Blanca asintió.

―De acuerdo, confiaré plenamente en vos. Os creo y eso me basta.

Habían entrado en la gran sala varias servidoras y servidores de palacio para asistir a Blanca. Julián, también caballero de la orden de la Bone Foy, estaba presente, así como un clérigo que observaba la escena a cierta distancia.

―Para tratar de evitar la amputación necesitaré abrir nuevamente la herida y limpiarla. No quiero daros falsas esperanzas, pero es lo que deberíamos hacer y necesito vuestra autorización ―planteó la joven de Villava.

―Estoy en vuestras manos.

Blanca se desplazó hasta un extremo de la estancia en el que las mujeres esperaban.

La herbolaria les trasladó alguna indicación y, a continuación, acompañada por una de ellas, se acercó hasta la enorme chimenea en la que varios troncos crujían entre las llamas.

Puso agua a calentar en un gran caldero, colocó un cauterio al fuego y volvió hasta el camastro en el que descansaba Martín de Viana.

―Si os intervengo despierto sentiríais un dolor diez veces mayor al que ahora sentís.

La única forma de evitarlo es hacer que perdáis la consciencia o al menos que os encontréis aturdido ―le explicó―.

De esa manera podré trabajar mejor cuando tenga que limpiar la herida y coserla nuevamente.

Creedme que volveréis con nosotros, sé exactamente la dosis que os debo administrar.

―Os lo he dicho, me fío de vos ―consintió el herido.

Blanca asintió cerrando los ojos e hizo una seña a las sirvientas.

Se habían hecho ya con algunas sábanas y habían llenado una jofaina de agua caliente.

Se acercaron y colocaron los enseres en uno de los muebles bajos cerca de la cama.

La joven herbolaria sacó un frasco de la saca que siempre portaba consigo y se lo dio a beber al herido.

Se trataba de un extracto que Jerónima y ella misma producían y que estaba hecho con mandrágora.

Cogió otro idéntico, volvió a alcanzárselo y Martín de Viana lo vació otra vez de un trago.

Para cuando Blanca colocó el escalpelo y la lanceta sobre una de las sábanas y dispuso el vino y el agua a su alcance, el caballero había perdido el sentido.

Fue entonces, cuando la curandera aceleró sus movimientos.

Aunque la joven poseía una enorme habilidad, sabía que la clave en aquellas intervenciones no era la delicadeza de sus gestos sino la rapidez.

Colocó el brazo deforme del herido sobre otro de los muebles bajos y pidió a las servidoras de palacio que vertieran agua sobre él.

Lo lavaron, otra mujer roció la herida con vino y solo entonces Blanca tomó la lanceta.

Abrió con una incisión precisa en el mismo lugar en el que la herida había cerrado de forma infructuosa.

Pese a que el líquido purulento aparecía a medida que avanzaba, la curandera no detuvo su maniobra.

Volvió a lavar con agua la llaga abierta desde el codo hasta la muñeca y después con vino.

Usó entonces el escalpelo para limpiar los bordes de la herida y, cuando finalizó, hizo una seña a la sirvienta que se mantenía junto a la chimenea.

En aquel momento uno de los hombres que alumbraba a la herbolaria cayó al suelo de forma aparatosa, pero de inmediato lo ayudaron el caballero y el clérigo.

―¿Sabéis lo que estáis haciendo? ―preguntó Julián a Blanca mientras trataban de reanimar al sirviente.

Ajena a todo lo que ocurría a su alrededor, ni siquiera se molestó en contestar.

Tomó el hierro candente que le tendía la sirvienta de palacio y lo aplicó sobre algunas zonas de la llaga.

Había aprendido de la mejor maestra y sabía cómo proceder para que el brazo no perdiera movilidad.

Martín de Viana no había despertado y apenas se había movido hasta aquel momento, pero al colocar el cauterio sobre la herida gruñó y trató de retirar el brazo.

―Sujetadlo o no podré continuar ―pidió la curandera mirando entonces a Julián.

El caballero y uno de los sirvientes lo inmovilizaron mientras Blanca empapaba un paño con el somnífero y lo colocaba sobre su boca y su nariz.

Cuando Martín de Viana se calmó, la herbolaria untó la herida con miel y con ungüentos de hierbas y se dispuso a suturarla.

Siempre utilizaba una aguja de latón e hilo hecho con intestinos de animales.

Cualquier otro material habría vuelto a provocar la aparición de pus.

Sin embargo, no pudo iniciar la maniobra.

Antes de que diera una sola puntada se escuchó una voz aguda semejante al graznido de un cuervo.

Todos los presentes se volvieron hacia la entrada.

―¿Qué es lo que aquí está ocurriendo?

En el acceso a la estancia, tapando por completo el vano de la puerta ojival, se hallaba petrificado el médico real Lot.

―¡Paradlo todo! Yo soy quien está tratando a ese hombre. ¿Qué es lo que estáis haciendo? ¡La reina pidió expresamente que fuera yo quien lo atendiera! ―gritó fuera de sí.

Blanca se quedó aturdida ante la aparición.

Durante mucho tiempo el médico había sido una pesadilla que regresaba a su mente de forma intermitente y ahora se hallaba frente a ella reprochando su actuación.

La joven había seguido asistiendo a muchos judíos, en Villava e incluso en la Población de San Nicolás.

Pero hasta que no pudo volver a entrar en la judería con normalidad no había logrado superarlo.

―¡No toquéis a ese hombre! ¡Avisad a la reina! ―insistió.

El rostro del judío había enrojecido y respiraba con dificultad, pese a no estar realizando en ese momento esfuerzo alguno. El caballero Julián apoyó su mano derecha en la empuñadura de su espada y dio un paso al frente.

―La reina es conocedora de la atención de la curandera. Yo mismo le he informado. No os debéis preocupar.

―¡Por Yahvé! ¡Este hombre deliraba hace apenas horas! No ha podido decidir al respecto ―repuso Lot con un bufido.

―Os aseguro que ha sido Martín de Viana quien ha tomado la decisión de ser intervenido, consciente y en plenitud de facultades.

El judío se había acercado a la cama donde yacía el paciente y, cuando observó su brazo abierto desde el codo hasta la muñeca, sintió un vahído. Se detuvo en seco y todo su esfuerzo se concentró en no caer desmayado.

De pronto Martín de Viana pareció revivir y emitió un lamento largo y agudo.

―Se está despertando. Debo volver a sedarlo ―advirtió Blanca con serenidad.

―No se os ocurra hacerlo ―exigió Lot con un hilo de voz.

―¿Vais a ser vos quien cosa la herida? Sois incapaz. Ni siquiera podéis sosteneros de pie ―rebatió Blanca.

El médico judío se abalanzó sobre ella tambaleándose, pero la joven reaccionó a tiempo.

Se apartó y el judío cayó sobre la jofaina de agua.

Intentó ponerse en pie sin conseguirlo y, en cuanto al fin lo logró, se encontró de frente al caballero Julián.

El agua teñida con la sangre del herido y con el vino empapaban el ropaje blanco del judío.

Julián no tuvo clemencia. Tomó a Lot por el talit, lo arrastró hasta la entrada y lo empujó para que volviera a caer al otro lado de la puerta ojival.

Blanca permaneció inmóvil contemplando la escena, con sus manos manchadas de sangre y el pulso latiéndole con fuerza en la cabeza. Se limpió con un paño y se dispuso a cerrar definitivamente la herida.