CAPÍTULO 48.
Miguel alcanzó las inmediaciones de Olite y rodeó la villa para atravesar el cerco de fuera a través de la Puerta de Tudela.
Desde que salió del Burgo de San Cernin hasta llegar allí había imaginado una y otra vez su propia reacción al encontrarse con su hijo.
Rodrigo había tomado su pequeña cabaña de ganado en Olite y había conseguido construir un próspero negocio.
Debería estar exultante ante el logro del menor de sus hijos, pero no era así.
Muchas veces trató de entender la sensación agridulce que lo invadía.
Aquella sombra salía a la superficie en cuanto lo veía.
Solo mucho tiempo después creyó haberlo comprendido.
La rabia incontrolable que sintió cuando su esposa María fue violada se había enquistado en lo más profundo de su corazón.
Tenía la necesidad imperiosa de que alguien le asegurara que era su hijo.
Deseaba ardientemente escuchar aquella afirmación para creerla no solo con su corazón, sino también con su razón.
Miguel llegó hasta la casa, apenas a unos pasos de la Puerta de Tudela y llamó a la puerta. Fue Sancho quien la abrió y al ver a su patrono no pudo evitar mostrar su sorpresa.
―¡Señor, estáis aquí! ¡No os esperábamos!
Rodrigo se hallaba sentado a la mesa y se levantó como un resorte.
―Padre, ¿ha ocurrido algo? ¿Madre se encuentra bien? ―preguntó preocupado.
Miguel permaneció en el umbral de la casa sin mostrarle un solo gesto de cariño.
―No ha ocurrido nada. Ella está bien y también tu hermano ―respondió serio―. Estoy aquí por una encomienda del rey. Necesito hablar con Sancho.
Rodrigo sintió un profundo vacío. Ni siquiera lo había abrazado después de meses sin verlo. Se volvió a sentar en la mesa en la que reponía fuerzas con su compañero de fatigas y calló.
Su padre y Sancho hablaron como si él no estuviera presente. Hasta que ambos se volvieron. Rodrigo miró a su padre con gesto de desencanto.
―¿Qué es lo que ocurre? ¿Es algo que yo deba conocer? Sancho es ahora mi empleado. Cualquier cosa que le concierna me atañe también a mí ―preguntó, adoptando el mismo tono desafectado con el que él le había hablado.
―No debes preocuparte de nada que tenga que ver con el negocio. Quizá él pueda ayudarme. Solo se trata de eso.
Rodrigo se percató del aspecto cansado e inquieto de su padre.
―Sentaos con nosotros a la mesa y tomad un trago de vino; supongo que pasaréis aquí la noche ―lo invitó, pese a su decepción.
―Me esperan en palacio ―contestó manteniendo la dureza en el tono.
Rodrigo asintió resignado.
―Simplemente necesitaba preguntar a Sancho sobre personas que él pueda conocer y me puedan ayudar ―concedió al fin Miguel.
Su hijo lo miró dolido.
―Padre, llevo viviendo años en Olite y quizá podríais confiar en mí.
Sancho observaba la escena entre padre e hijo sin decir una palabra y fue en ese momento cuando intervino para defender al joven al que ahora servía.
―Es así, señor. Cualquier persona que yo pueda conocer la conoce también vuestro hijo.
Miguel pareció compadecerse, aunque tardó en contestar.
―Tienes razón. Te lo contaré ―consintió.
Rodrigo no pudo deshacerse de la sensación de indiferencia de su padre, pero aquella concesión le sirvió al menos para rebajar su tensión.
Sancho sirvió a Miguel una jarra de vino y un plato de la carne de cerdo especiada que estaban degustando.
―Nuestro rey me ha solicitado un trabajo para el que sin duda no estoy preparado. Necesito rodearme de dos o tres personas de absoluta confianza para tratar de cumplir su mandato.
Rodrigo no quiso preguntarle nada sobre la misión en aquel momento. Prefirió saber de su madre y de Felipe mientras comían. Solo cuando comprobó que se encontraba algo más relajado, lo hizo.
―Padre, ¿cuál es ese trabajo que os ha pedido el rey y que os ha traído hasta aquí?
Sancho se levantó, alimentó el fuego con un par de leños y sirvió una nueva ración de vino.
Miguel apartó su plato a un lado y bebió un trago.
Cada detalle, cada expresión, cada dato fue escuchado y retenido por Rodrigo.
En ningún momento interrumpió a su padre y, únicamente cuando concluyó, le replicó tajante.
―Yo os acompañaré. Soy joven y sé tratar a los animales. Es muy peligroso y no puedo dejar que viajéis solo.
―No lo harás, no puedes abandonar el negocio. No puedes dejar aquí a Sancho. Esto ya es demasiado grande. Sería imposible que lo gestionara él solo.
―Seré yo quien os acompañe, señor ―intervino Sancho―. Buscaré a alguien que ayude a vuestro hijo en mi ausencia. Conozco a varios muchachos que desearían trabajar para él. Es generoso y justo.
Miguel se mantuvo un largo instante en silencio y asintió. Rodrigo se movió inquieto en su asiento.
―Pero, padre, quiero acompañaros; quiero ayudaros ―reclamó.
―Está decidido, será Sancho quien venga conmigo.
Y pese a que Rodrigo hubiera preferido ser él quien emprendiera aquel viaje, no insistió. Sabía que su padre no cambiaría de decisión. Pensó que al menos se llevaba a alguien que le sería fiel.
―El rey pondrá a mi servicio una pequeña mesnada de hombres a los que no conozco. Por eso busco a alguien en quien pueda depositar mi confianza ―aclaró Miguel a su hijo.
Sancho respondió de inmediato.
―Sé quién puede acompañarnos. No es ninguna bailarina ni ningún trovador, no habla bien el romance ni el hebreo y bebe a veces hasta perder el sentido, pero os aseguro que os será fiel como un perro y os podrá ayudar.
―¿Quién? ―preguntó Rodrigo impaciente.
―Si me dais vuestro beneplácito puedo ir a buscarlo para que lo conozcáis. Sé dónde encontrarlo ahora.
Cuando entró por la puerta aquel grandullón de cara colorada y nariz redonda, Rodrigo asintió para sí.
―¡Con Dios! Soy Fortún, para serviros ―saludó el recién llegado.
―¡Bienvenido! ―respondió Rodrigo―. Sin duda es una buena idea ―señaló mirando a su padre.
―Desconozco la razón de vuestra invitación. ¡Este malnacido no ha querido decirme nada! ―exclamó señalando a Sancho―. Pero debéis saber que mi vida está dedicada ahora a gozar de los placeres de este mundo. Pocas empresas pueden moverme al consejo o a la acción.
―No hace falta que nos convenzáis. Sabemos que sois hombre de buen beber y buen yantar ―bromeó el hijo de Miguel.
―¡A la vista está! ―exclamó con una carcajada rodeando su panza con ambas manos.
Vestía un amplio sayo, calzas marrones y en su cintura colgaba una larga espada sujeta por un cinto de cuero.
―Pero no queráis engañaros ni engañarnos ―completó Rodrigo―, sois fuerte, sois fiel y os dejaríais la piel por la causa de vuestro señor.
―¡No lo tengo! ―rio―. ¡Ahora solo yo soy mi señor!
Miguel observaba la escena con gesto de contrariedad y fue el propio Fortún quien lo interpeló.
―¿Por qué me miráis así? ¿Acaso pensáis que soy un lisiado? ¿O más bien un miserable?
El carnicero se vio sorprendido ante la pregunta directa.
―Se trata de una misión en la que es posible que debamos enfrentarnos a enemigos peligrosos ―fueron las primeras palabras de Miguel.
―¿Tan peligrosos como las mesnadas del maldito hermano de nuestra reina, el rey de Castilla, Juan y las hordas de su hijo el Doliente? ¡Entonces no me preocuparán! ―exclamó sin esperar la respuesta.
―Por lo que decís, vuestra dedicación a la buena vida no os permitiría hacerlo. ¿Acaso podríais enfrentaros ahora a las tropas de los Trastámara? ―preguntó Miguel.
―Por supuesto. ¿Dudáis de mi competencia con las armas? ―prorrumpió soltando una carcajada―. Aquí y ahora os reto a que me derribéis.
Rodrigo intervino.
―No es necesario. Padre, yo puedo dar fe de que este hombre os ayudaría a cumplir el mandato que el rey os ha encomendado.
―Dejad que vuestro padre lo compruebe por sí mismo ―pidió el antiguo soldado.
Miguel intentó dar por zanjada la conversación.
―No es preciso tener enfrentamientos innecesarios. Sancho me acompañará. Eso será suficiente.
Fortún desenfundó su espada y la lanzó al aire para que la recogiera Miguel al vuelo.
―Que vuestra negativa no esté motivada por vuestro desconocimiento ―argumentó el grandullón.
Observó el gesto de contrariedad del de Pamplona, pero no desistió. Tomó otro hierro que se hallaba en un mueble junto al fuego del hogar y se acercó al padre de Rodrigo.
―¡Atacadme sin miedo, carnicero!
Miguel se mantuvo inmóvil, con el arma apoyada en el suelo.
―No es una buena idea ―replicó.
―¡Hacedlo! ¿Acaso pensáis que voy a dejar que me rocéis siquiera?
Miguel levantó al fin la espada, la llevó a su costado derecho y descargó el golpe sobre el arma de su adversario. El choque de los hierros resonó seco y vibrante. Fortún había parado el ataque sin esfuerzo aparente.
―Sé de vuestra fama, pero esta acometida no la merece. Intentadlo nuevamente ―se burló.
Esta vez el embate sobre la cabeza de su oponente llevaba mucha más fuerza.
Pero el nuevo intento también fue en vano.
Miguel lo miró sorprendido armó nuevamente su brazo y cargó con toda la fuerza que pudo reunir.
Pese a su corpulencia, Fortún se movió a su derecha con agilidad inesperada y sorteó el golpe.
La espada se estrelló en el suelo de la casa y salió disparada de las manos de Miguel.
―Estoy seguro de que no aguantarías diez embestidas como esta ―calculó el de Pamplona.
―Diez veces diez. No os quepa duda ―respondió rotundo Fortún.
―Supongo que debo confiar en el juicio de mi hijo Rodrigo… y en vuestra palabra. Si aceptáis las condiciones del viaje, estáis contratado ―exclamó finalmente Miguel.