CAPÍTULO 47.
Aldonza era una mujer rubia, de buen porte y mente ágil que, pese a su origen humilde, era deseada por burgueses y cortesanos.
Y ella no hacía ascos a cualquier oportunidad que se le presentaba.
Hasta que no consiguió que uno de los hombres que frecuentaban el palacio le propusiera matrimonio, no dejó de intentarlo.
No obstante, pronto se hizo evidente que aquel hombre no la satisfacía.
―Oléis a azahar ―fue la forma en que Sancho saludó a su amante cuando le abrió la puerta de sus aposentos.
Aldonza rio satisfecha.
―Me he rociado ese perfume para vos. Sé que lo apreciáis.
―Lo que no me habíais dicho es que vuestro marido es Mateo García de Enériz, caballero de la orden de la Bone Foy y jefe de mesnada. Entiendo que es él quien no estima vuestro perfume ―le reprochó Sancho.
―¿Eso es importante? Es un soldado, nada más ―replicó con un retintín.
―Cierto, pero su cargo hace que cualquiera que se acerque a vos ponga mucho cuidado en no ser descubierto.
Ella soltó una carcajada con fuerza.
―¿Acaso preferís hacer voto de castidad y renunciar al goce que yo os procuro? ―preguntó con descaro.
―O puedo buscar alguna manceba que no me ocasione semejantes dolores de cabeza.
―Puedes hacerlo. Quizá sea lo mejor ―le contestó mostrándose falsamente compungida.
Sancho la atrajo hacia sí, la besó y le sacó la saya haciendo que levantara sus brazos.
Ahora solo un simple camisón dejaba entrever su cuerpo exuberante.
El joven carnicero se quitó también el sayo y justo en aquel momento oyeron algo en el pasillo de acceso a la cámara.
Se quedaron paralizados. Sancho colocó su mano sobre la suave piel del hombro de Aldonza y ambos aguardaron inmóviles.
Comprobaron de inmediato que se trataba de pasos firmes acercándose sobre el suelo de piedra.
―¡Mi esposo! ―exclamó Aldonza.
―Dijisteis que estaba en Pamplona ―reprochó Sancho en un susurro.
―Hoy llegaba a Olite uno de los miembros de la orden de la Bone Foy y mi marido debe de haberlo acompañado ―le contestó sin demasiada preocupación.
―No os entiendo. ¡Dios! ¡Nos puede costar la vida!
Sancho no perdió ni un instante mientras ella lo seguía mirando con una sonrisa insolente. Tomó su ropa y se escondió tras un bastidor situado cerca de la puerta de acceso.
Mateo García de Enériz irrumpió en la habitación y se quedó inmóvil en la entrada mirando a su esposa.
―Os esperaba, amor. Me dijeron que Martín de Viana llegaba hoy y supe que vos también lo haríais.
El marido de Aldonza era alto y fuerte como una roca, aunque su prominente nariz, su falta de pelo y sus dientes negros no hacían de él un hombre agraciado.
―¿Qué hacéis casi desnuda? ¿Estabais con alguien? ―desconfió.
―Por Dios, ¿con quién iba a estar? Sabía de vuestra llegada. ¿Por qué si no os esperaría así vestida?
El hombretón olfateó la estancia y la recorrió de uno a otro costado acercándose al escondite de Sancho. Sus pasos resonaban nítidos sobre la piedra y ahogados cuando pisaba alguna de las alfombras.
―Huele a algo extraño. ¿Habéis comido algo en la cámara? ―insistió.
―Así es. Las doncellas me trajeron un caldo de ave en vista de que no llegabais ―justificó―. Podéis mirar donde deseéis ―invitó con aparente calma señalando un rincón muy cerca de la cama.
Allí se situaba una especie de capilla semioculta desde la habitación.
―Nunca podría perdonaros una deshonra como esa. El escarnio público sería devastador para un jefe de mesnada como yo. Pero aún más lo sería para vos. Os expulsarían de palacio e incluso podrían azotaros y encerraros ―recitó con calma mientras observaba detenidamente la alcoba.
El militar se dirigió hacia el oratorio y fue entonces cuando Aldonza hizo un gesto a Sancho, que observaba desde una rendija en el armazón.
Se movió de su escondite tratando de no hacer ningún ruido y, cuando estaba a punto de salir de la habitación, el sayo que llevaba en sus manos se le resbaló.
La prenda provocó un sonido apenas audible al tocar el suelo de piedra, pero Mateo lo percibió.
―¿Quién hay ahí? ―clamó.
―No hay nadie. ¿No lo veis? ―contestó Aldonza mientras su marido salía de aquel rincón.
Sancho ya no se encontraba en la habitación.
En aquel momento sonaron en la iglesia de Santa María las cuarenta campanadas que marcaban el toque de queda y que suponían el cierre de las puertas de la villa.
Aquella mole de hierro fundido era la que tocaba a tentenublo para alejar las tormentas, la que invitaba a las reuniones del concejo y también la que anunciaba el peligro.
Y Mateo entendió que aquellos tañidos también a él le avisaban del peligro.
―Lo encontraré, aunque tenga que buscar en cada casa. Con las puertas del cerco de dentro cerradas no podrá escapar del recinto ―anunció saliendo de la habitación con determinación.
El pequeño Fernando había contado a Sancho en más de una ocasión la forma que usaba para colarse en el Palacio Real.
El único objetivo del mozuelo era acercarse hasta la sala en la que los maestros impartían clases a los infantes para escuchar sus lecturas y aprender caligrafía.
Sancho creía saber dónde se hallaba el pasadizo y trató de encontrarlo.
Cruzó a paso ligero una pequeña sala en penumbras y, a continuación, en uno de aquellos largos pasillos se cruzó con una sirvienta.
―¡Rápido, decidme! ¿Dónde se encuentra la capilla de San Jorge?
La mujer se asustó en un primer momento, pero fue precisa.
―Al final debéis girar a la izquierda ―le dijo señalando el fondo del pasaje―; desde ahí necesitaréis la misma distancia para alcanzar el oratorio.
Sancho salió a toda prisa sin siquiera darle las gracias.
En aquellos pasadizos cercanos a las nuevas edificaciones, las paredes disponían de velas encendidas y pudo acelerar el paso sin miedo a tropezar.
Pronto encontró lo que buscaba. Apareció la capilla a la vista y, tal y como había descrito Fernando, un arco ojival la antecedía en la pared izquierda.
Se acercó, tanteó el interior del espacio calado y comprobó que había un hueco oculto a primera vista.
Le pareció demasiado angosto para atravesarlo, pero lo intentó.
No lo consiguió. Se colocó de perfil y nuevamente trató de encajar su cuerpo en aquel agujero.
De pronto oyó pasos que corrían apresurados hacia allí.
Se asomó y vio aparecer al marido de Aldonza en la esquina del pasadizo.
―¡Deteneos! ¡Pagaréis por esta deshonra! ―gritó el militar.
Sancho empujó con todas sus fuerzas y en un último empellón consiguió escurrirse al otro lado. Cayó por un corto tramo de escaleras que terminaba en un descansillo. Se levantó aturdido y tanteó las paredes de aquel espacio. La oscuridad era total y olía a tierra y a humedad.
―¡Maldito bastardo! ¡Os encontraré me cueste lo que me cueste! ¡Os espera la horca! ―escuchó al otro lado.
Sancho sabía que el grandullón no pasaría por el escaque, no obstante, prefirió no quedarse a comprobarlo.
Se dio media vuelta y trató de recordar lo que Fernando le había contado.
Encontró a tientas la escalera de caracol que descendía varios niveles y que lo condujo hasta una galería subterránea.
Conocía aquel lugar. Había escuchado a los viejos de Olite que al extenderse la ciudad fuera del cerco, el foso del recinto fortificado fue cubierto para nivelar el espacio y para ampliar el suelo sobre el que edificar.
Y contaban también que era allí donde retiraban los cuerpos de los fallecidos en las recientes oleadas de peste.
La escalera acababa en una especie de cámara a la que llegaban dos pasadizos paralelos que se unían y formaban una bóveda sostenida por fuertes arcos fajones.
El carnicero continuó sin titubear por uno de ellos, muy ancho y bien construido que, después de un corto tramo bajo tierra, lo llevó fuera de palacio.
Cuando salió a la superficie, la oscuridad lo siguió acompañando.
La noche no tenía luna ni estrellas y, pese a que eso le daba ventaja en la huida, no pudo evitar caer en agujeros y charcos una y cien veces.
Sancho llegó hasta la casa sofocado y cubierto de barro hasta las orejas.
―¿Qué te ha ocurrido? Supongo que tiene que ver con vuestra visita a palacio.
―No ha ocurrido nada que pueda comportar consecuencias. Prepararé algo de comer. Tengo hambre.
―¿No vas a contármelo?
―Prefiero hacerlo mañana cuando ambos hayamos descansado.
Rodrigo asintió y, antes de que su amigo saliera al corral para asearse, sonaron tres golpes en la puerta de la casa.