El privilegio CAPÍTULO 46.
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CAPÍTULO 46.

Las obras del Palacio Real de Olite avanzaban a buen paso y sus majestades Carlos y Leonor se encontraban cada vez mejor allí.

Muchas de las reuniones de Cortes se celebraban ahora en la villa y allí eran recibidos por el rey los embajadores de los reinos vecinos, el vicario y algunos de los ricoshombres, merinos y procuradores de los municipios.

Y también Rodrigo creció con su negocio en Olite.

Inicialmente se hizo con una cabaña de ovejas y de aves de corral tratando de no competir en la lonja con Sancho.

Sin embargo, pronto se convirtió en el principal proveedor de carne de las cocinas del Palacio de Olite y en titular del puesto más importante del mercado de la villa.

El cuidado a los animales, su buen trabajo y su atención hicieron que los reyes le reclamaran de manera permanente y le otorgaran una carta de provisión.

Se crearon puestos de trabajo, muchas familias se trasladaron allí y también el negocio de la carne creció de forma considerable.

Fue entonces cuando Miguel y María decidieron traspasar a Rodrigo de forma definitiva su cabaña en Olite.

Era necesario contratar a nuevos ayudantes y organizar el negocio de otra forma.

Consideraron entonces que la mejor opción era cederlo a su hijo como premio a su trabajo.

El joven carnicero se sintió satisfecho.

Lo que no había sabido resolver todavía era la frialdad de los encuentros con su padre y con su hermano.

Las veces que viajaba a Pamplona, sentía que ambos lo evitaban.

Rodrigo y Sancho se complementaban. El del Burgo sabía hacer su tarea.

En función de la demanda de carne existente, organizaba la crianza, engorde y sacrificio de los animales.

Y era también él quien gestionaba la venta a las cocinas de palacio e incluso quien llevaba a cabo la matanza en el propio recinto real.

Sancho, mientras tanto, se ocupaba de la venta en la lonja, donde se manejaba como un encantador de serpientes.

Ambos habían ido consolidando tanto su relación personal como la profesional y se habían convertido en inseparables.

Compartían cada noche refrigerio al calor del hogar y en aquella ocasión Sancho había asado hígado y riñones de cordero. Tomaron con las manos las piezas trinchadas y las degustaron acompañadas de vino procedente de las viñas cercanas.

―Si no es un deshonor para vos acudir un día más a la lonja, mañana yo volveré a palacio. Debo matar, limpiar y despiezar allí varios cabritos y os ahorraré ese trabajo propio de siervos y esclavos ―anunció Sancho con sorna.

Las dos últimas semanas, había pedido a Rodrigo ser él quien se ocupara de transportar a las cocinas reales la carne pedida por el maestre. Cuando el de Olite se prestó por tercera vez consecutiva a llevar a cabo la entrega, Rodrigo supo que se trataba de un enredo de alcoba.

―Sancho, es una mala idea cortejar a una dama en palacio, a no ser que se trate de una moza que preste allí sus servicios. Y por supuesto sería una calamidad que te encontraran con ella en las dependencias reales ―le aconsejó sin tapujos.

―¿Por qué dices eso? Siempre me atribuyes este tipo de actos sin prueba alguna. No me has visto ―replicó Sancho en tono desenfadado.

―No te quepa duda de que sería el mejor testigo de semejante acusación. Veo tus guiños y tus cortejos. Y te aseguro que, si hago la cuenta de las noches que has dormido en esta casa en las últimas dos semanas y lo presento como prueba, cualquier tribunal acabaría condenándote.

―No lo creo así. ¿Llevas también las cuentas de eso? ―le preguntó sin esperar respuesta.

El de Olite le había confesado en muchas ocasiones su afición y no ocultaba sus aventuras a Rodrigo.

Solo las advertencias y el freno que su amigo le imponía hicieron que salvara situaciones comprometedoras.

Le pedía que no se acostara con mujeres casadas, no solo para sortear la ira de sus maridos, también para evitar la condena en forma de multas o de escarnio público.

Le rogaba abstenerse de tener relaciones carnales con ninguna mujer que formase parte de la corte, de la nobleza o de la alta sociedad.

Pero a veces el deseo acababa tumbando su voluntad.

Sancho había tenido que salir corriendo medio desnudo por el patio trasero de más de una casa.

Por eso, cuando se enteró a través de uno de sus muchos amigos que también Rodrigo había mantenido un flirteo con una doncella del Hostal de la Reina, se lo recriminó.

―¡Oh, mi señor! ¿Acaso solo un burgués como vos puede relacionarse con doncellas cortesanas? ¿O no es cierto lo que me cuentan? ―le atacó con flema.

―Debo negarlo, mi siervo ―respondió Rodrigo también en tono irónico―. Me gusta conversar con esa dama porque es inteligente y reta mi entendimiento, algo que nunca he logrado con un necio como vos.

Sancho lanzó una carcajada ante la broma y le replicó.

―O sea que se trata tan solo de un amor cortés, de un amor espiritual que nunca os llevará a gozar en sus aposentos.

―Ni siquiera se acerca a un amor cortés y, por supuesto, no se trata de un simple amor carnal como los que vos prodigáis.

―Es cierto. Sé que una dama os espera en Pamplona ―recordó Sancho.

Rodrigo se lo había confesado en alguna ocasión y no quería saber de nadie en Olite, a menos que descubriera el compromiso de su amada con algún varón. No obstante, había pasado tanto tiempo que ni siquiera sabía cómo reaccionaría al verla de nuevo ni qué sentiría ella.

A primera hora de la tarde Sancho llegó a las dependencias del palacio viejo tirando de tres cabritos atados con cuerdas. Era allí donde se hallaban las cocinas y donde mataban y despiezaban a los animales.

―¡Sed bien hallados! ―exclamó Sancho a voz en grito al llegar a las cocinas.

Todos respondieron a su saludo y varias mozas de cocina comenzaron a parlotear entre ellas.

―¿Venís a visitar a alguna dama? Mucho te vemos por aquí últimamente, Sancho ―preguntó una de ellas provocando la risa de las demás.

―Espero un día poder visitaros a vos ―le dijo guiñándole un ojo.

―Soy mayor para ti. ¡Eso nunca ocurrirá! ―le contestó ágil, lanzando una sonora carcajada a continuación.

Sancho rio también y se dirigió hasta el lugar en el que mataba y despiezaba los animales.

Empleó un buen rato en hacerlo, pese a que manejaba con habilidad cuchillos y hachas.

Segó el pescuezo de los cabritos entre berridos y esperó a que se desangraran.

Y cuando consideró que había pasado el tiempo necesario, separó con destreza sus diferentes partes y rompió los huesos con golpes precisos.

A él no le molestaba aquel olor fuerte a sangre y vísceras, pero a Aldonza sí.

Le decía que apestaba a animales muertos.

Se lavó sus manos manchadas de aquel rojo intenso y se acercó a una de las puertas laterales en la que un soldado guardaba el paso.

En cuanto vio al joven carnicero dejó la guardia y se perdió en el interior del pasaje que daba acceso a dependencias anejas a la cocina.

En castillos y palacios medievales los espacios reservados para el servicio, como cocinas, despensas o caballerizas, se hallaban en alas o edificios secundarios, mientras que los salones y cámaras reales estaban situados en zonas más altas y alejadas.

La suciedad, el humo, el riesgo de incendios y el ruido provocado por las tareas cotidianas hacían que así fuera.

Y esa separación se daba también en Olite.

El guardia no tardó mucho en volver y en cuanto llegó, hizo un gesto a Sancho sin que nadie lo viera y le cedió el paso.