El privilegio CAPÍTULO 45.
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CAPÍTULO 45.

Lot ben Abraham no era un hombre clarividente, sin embargo, era astuto y ladino.

Siempre que se le presentaba la ocasión, utilizaba su conocimiento sobre remedios que sanaban los males del cuerpo o calmaban el dolor con intención de ver colmados sus propios intereses.

Cuando asistió por primera vez a la reina Leonor, esta lo humilló riéndose de su aspecto y lo despachó de su presencia.

Pero él, pese a desear con todas sus fuerzas castigar aquella soberbia, decidió conocer sus males con el mayor detalle y aprender la forma de atenuarlos.

Sin duda sería recompensado. Cuando no necesitase de sus servicios, podría cobrarse su venganza sin demasiado esfuerzo.

Lo que el médico judío conocía bien y tenía a su alcance era todo tipo de fórmulas y venenos capaces de quitar la vida sin dejar rastro.

Después de algunos encuentros no demasiado afortunados, la constancia de Lot surtió efecto.

El médico aprendió que algunos de los alimentos pesados tomados por la reina como primeros platos bajaban al fondo de su vientre y cerraban su estómago.

Y poco a poco, cuando ella comprobó que los remedios que el judío le administraba calmaban sus dolores abdominales, le otorgó su confianza.

Lot nunca hasta entonces había utilizado a la reina Leonor para conseguir nada, pero pensó que había sembrado ya lo suficiente como para recoger el fruto de su esfuerzo.

La llegada a Pamplona de los cuatro caballeros procedentes de Normandía estaba siendo comentada por los habitantes de los tres burgos.

En los mercados y en las iglesias el principal tema de conversación era el estado en que se encontraban tras la defensa de la fortaleza de Cherburgo y su accidentado retorno.

Y Lot sabía que ser el médico que sanara a los soldados le procuraría una recompensa justa y le haría ganar popularidad.

Sin duda se trataba de una ocasión propicia para obtener un reconocimiento similar al que otorga la victoria en una gran batalla.

Por eso, pese a la gravedad del estado de Martín de Viana, no renunció a seguir atendiéndolo.

Cortaría su brazo cuando perdiera la consciencia o la razón, salvaría su vida y se ganaría el favor real.

Las dependencias reales del Palacio de la Navarrería se hallaban más caldeadas que cualquier otro lugar del enorme edificio y, además, las alfombras de lana y algunas esterillas de cáñamo desplegadas en los suelos de las habitaciones evitaban el contacto con la piedra.

Leonor de Trastámara era una mujer hermosa y gustaba siempre de recibir a sus visitas con la mejor de sus vestimentas.

El color y los materiales de las prendas eran una muestra del estatus de quienes las vestían y la reina estaba en el escalafón más alto.

En aquella ocasión portaba una hopalanda escarlata ceñida hecha de lana importada, muy fina, con mangas muy amplias, y su tocado se componía de una sencilla redecilla engastada con piedras preciosas.

―¿Decís que Martín de Viana no quiere que lo atendáis? ―preguntó la reina mientras Lot permanecía inclinado frente a ella.

―Así es, Majestad.

―¿Cuáles son las razones que aduce? ¿Acaso os conocíais?

―En absoluto, mi señora. Desconozco los motivos. No obstante, en este momento los médicos reales, Ezequiel y Efrén, se encuentran en Olite con su Majestad el rey. No sé quién puede atenderlo salvo uno de mis aprendices ―expuso con fingida ingenuidad.

―¿Qué enfermedad padece y cuál es vuestro pronóstico? ―quiso saber Leonor.

―Ese hombre perderá su brazo o su vida.

―Entre esas dos opciones es preferible amputar su extremidad y que viva.

―En efecto, Majestad. Pero él no está dispuesto a permitir que cortemos su brazo. Si persiste, perderá la vida y, por tanto, el rey a uno de sus caballeros.

Leonor caviló y finalmente realizó un gesto mínimo con su mano que pareció significar la coincidencia de su propia reflexión con la del médico.

―Sin su brazo dejará de ser uno de los caballeros de la orden de la Bone Foy y será una terrible desgracia para él ―calculó―.

Sin embargo, mi esposo me ha pedido que tratáramos a Martín de Viana como si lo hiciéramos con su persona.

En el caso de que fuera el propio rey quien sufriera ese padecimiento, sin duda lo salvaríamos.

―Estoy de acuerdo, Majestad ―concedió Lot satisfecho.

―Convencedlo para que permita ser tratado por vos y, en última instancia, yo misma hablaré con él.

―Disculpad mi atrevimiento, pero os ruego que vuestra Majestad me acompañe hoy mismo junto a su lecho. Mañana puede ser ya muy tarde.

La reina lo miró con cierto recelo, pero se levantó y se dirigió decidida hacia la puerta de su aposento.

―Que así sea. Lo haré.

Un ujier precedió a la reina Leonor de Navarra para anunciar su presencia en la sala en la que languidecía el herido. En cuanto Martín de Viana se percató, se revolvió en su camastro, se levantó con un gesto de dolor dibujado en el rostro e hincó una rodilla en tierra para reverenciarla.

―Majestad, Dios os guarde siempre. Gracias por permitirme alojarme en vuestro palacio. Sed bienvenida ―saludó con un hilo de voz.

―Descansad. Podéis reposar en vuestro lecho ―pidió―.

Caballero Martín de Viana, sé de vuestro valor en la batalla y de vuestro servicio a la corona.

El rey os pide disculpas por no poder atenderos personalmente.

Se encuentra en el Palacio Real de Olite, no obstante, en su nombre y en el mío propio os agradecemos vuestra fidelidad.

―Gracias, Majestad ―respondió, aceptando su indulgencia.

Leonor esperó a que el soldado descansara en su cama y solo entonces continuó.

―Sé que os negáis a ser atendido por el médico Lot ―expresó con un deje de reproche. Fue entonces cuando el alférez se percató de que el judío se encontraba tras la reina.

―Os puedo hablar de su conocimiento y de su acierto ―se expresó Leonor señalándolo con sus manos―. Os recomiendo que aceptéis sus servicios. Recordad que nuestro rey y señor os prefiere vivo sin un brazo a que sirváis de pasto para los gusanos ―aconsejó.

El caballero de la orden de la Bone Foy sintió vértigo. Aquella frase en boca de la reina derrumbó la esperanza que todavía albergaba de sanar sin necesidad de perder su extremidad.

―Agradezco vuestra atención. Os haré caso, Majestad ―se limitó a contestar con voz rasgada.

―Espero que así sea. Rezaré a santa María la Real por su intercesión.

Y con un gesto desabrido se dio la vuelta y desapareció por la puerta seguida por el ujier y por dos soldados que la acompañaban.

El buey Lot permaneció en la estancia observando el paso firme de la reina. Solo cuando esta desapareció tras la puerta ojival, se acercó al herido hasta que, con sus rodillas, tocó el camastro.

Desde aquella posición escrutó al yacente como los buitres cuando detectan a su presa. Sacó una pequeña vasija de su refajo y se la mostró. Pese a que la tensión apareció dibujada en el rostro de Martín de Viana, no articuló palabra.

―Ungiré vuestra herida con este bálsamo. Todavía es posible que recuperéis vuestro miembro herido y, en pocas semanas, podáis utilizarlo como si nada os hubiera ocurrido. Después os daré un bebedizo para que podáis dormir ―anunció el médico.

―Solo lo tomaré si me prometéis que no me amputaréis el brazo sin mi consentimiento previo ―solicitó.

―Únicamente lo haría si estuvierais en peligro de muerte ―prometió Lot con voz impostada―. Mañana comprobaremos vuestro estado.

Destapó la vasija y un olor acre se extendió en torno al lecho de Martín hasta el punto de hacerlo casi vomitar.

―¡Dios santo! ¿Es eso lo que pretendéis untarme? Ese olor nauseabundo no puede ser bueno para curar una herida.

―No os dejéis llevar por el olfato. La misión de los bálsamos, pomadas y ungüentos es deshacer los humores, y para conseguir ese efecto deben contener los elementos más mordientes.

Martín de Viana se encontraba exhausto y finalmente claudicó. Extendió su brazo y permitió que el médico lo alcanzara. Lot levantó el paño que cubría la herida y extendió la pomada con sumo cuidado. A continuación, sacó otra pequeña alcuza del mismo lugar donde llevaba escondido el ungüento.

―Y este es el brebaje que os hará descansar. Debéis beberlo de un trago.

Martín de Viana dudó un instante. No confiaba en aquel matasanos y quería mantenerse despierto.

Si se dormía, podría llegar a cortar su brazo y argüir que lo hacía para salvarle la vida.

Pensó que en breve traerían a la curandera de la que el aprendiz había contado verdaderos milagros.

Debía recibirla despierto y conocer así su opinión.

―Está bien, yo mismo lo tomaré cuando coma algo.

El buey Lot lo miró inquieto, pero admitió que fuera el propio alférez quien tomara el bebedizo más tarde. No aguantaría el dolor y acabaría ingiriéndolo. Volvería después del toque de queda y entonces actuaría. Alcanzó la alcuza a Martín de Viana y lo miró con expresión suspicaz.

―Es importante que descanséis bien esta noche. Si tomáis de ese frasco lo haréis.