El privilegio CAPÍTULO 44.
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CAPÍTULO 44.

Tras las celebraciones de la Navidad, el rey navarro Carlos III había vuelto a Olite para impulsar la construcción de algunas galerías del palacio, mientras que Leonor permaneció en Pamplona.

Lo hacía a menudo para visitar a su confesor y para hacerse con las medicinas que su médico, el judío Lot ben Abraham, le administraba.

Pero en esta ocasión quería además admirar con sus propios ojos las nuevas tracerías que se acababan de colocar en el claustro de la catedral.

Cuando el soberano navarro fue informado de la llegada a la capital de cuatro caballeros de la Bone Foy procedentes de Cherburgo, pidió a su esposa que se ocupara de ellos.

Ordenó que todos los siervos del Palacio Real de Pamplona atendieran a Martín de Viana, alférez de la compañía, y a sus acompañantes, como si de su propia persona se tratara, y la reina le prometió cumplir fielmente su encomienda.

La firma del tratado de París hacía algunos años supuso la cesión al reino de Francia de las tierras de Champagne, Brie y la fortaleza de Cherburgo a cambio del ducado de Nemours, doscientas mil coronas y otras rentas.

Además, Carlos III se convirtió en vasallo del rey francés y, ante su solicitud, el navarro lo apoyó con un pequeño ejército de ballesteros y caballeros.

Ellos fueron quienes apuntalaron la defensa de la antigua fortaleza navarra frente a eventuales ataques ingleses.

Los soldados recién llegados a Pamplona habían participado en las últimas batallas de aquella larga guerra dinástica y todos ellos habían sido heridos.

Durante el viaje de vuelta sus lesiones habían evolucionado favorablemente, salvo la que Martín presentaba en su brazo derecho.

Avisaron a la reina Leonor del estado del caballero y fue entonces cuando ella pidió que fuera un médico real, su propio sanador, quien lo atendiera.

La sala donde se encontraban los heridos se situaba en la planta baja, a escasa distancia de la entrada al edificio.

Estaba presidida por un espectacular tapiz rojo y azul que se elevaba sobre uno de sus muros altos de piedra advirtiendo a todo el que accediera que se encontraba bajo el auspicio de los reyes de Navarra, los Evreux.

El silencio se había instalado en la amplísima estancia y la penumbra lo cubría todo.

Solo el resplandor procedente de la chimenea encendida y un par de antorchas suspendidas alumbraban de forma tenue la habitación.

Se escuchaba el crepitar de la lumbre hasta que Martín de Viana rompió la quietud para pedir ayuda a gritos.

―¡Por Dios! ¡Que alguien traiga a ese maldito médico o yo mismo me levantaré para traerlo a rastras!

Se trataba de un hombre maduro, de barba cana, ojos verdes y cuerpo atlético.

Pese a su aspecto saludable, era el peor parado de los cuatro caballeros.

Se retorcía de dolor en su lecho. Y nada más proferir aquellas palabras, por la puerta ojival de la estancia apareció el hombre más grueso que jamás hubiera visto.

―¿Sois vos quien la reina Leonor me ha asignado? Espero que sepáis cuidar mejor de mi salud que lo que veláis por la vuestra.

Lot no contestó a la provocación y se dispuso a examinarlo.

Cuando el médico real destapó la herida que recorría su extremidad desde el codo hasta la mano, los presentes retiraron la mirada.

La dimensión de aquel brazo inflamado era grotesca y por su color parecía además que la gangrena había cundido en la carne.

Martín no pudo evitar agarrar al galeno con su mano útil y proferir una sarta de improperios.

―¡Maldito seáis, matasanos! ¡Por mi Dios y por Yahvé! ¡Hacedlo con cuidado u os juro que no sé lo que haré! Todavía dispongo de una mano que responde plenamente a mi voluntad.

―Solo si me soltáis podré curaros ―se excusó Lot acongojado.

El herido miró fijamente al médico con los ojos entrecerrados.

―¿Vos sabéis quién soy, bastardo? Soy alférez de la compañía, uno de los cincuenta y seis hombres que su Majestad, el rey Carlos, nombró caballero de la orden de la Bone Foy y el soldado de más alto rango de entre los que envió a Cherburgo para defenderlo de los ingleses.

Martín de Viana se había incorporado en su camastro, pero su estado no le permitió mantenerse mucho tiempo en aquella posición. Soltó al judío, se derrumbó en su lecho y con su extremidad sana señaló el rincón más alejado de la estancia.

―Ellos también lo son ―indicó.

El buey Lot volvió la vista hacia el lugar señalado e identificó a tres hombres de armas que estaban siendo atendidos por siervos de palacio.

Portaban capas verdes con vueltas rojas en el cuello y en las mangas, atestiguando la pertenencia de aquellos hombres a la orden de la Bone Foy, fundada por Carlos III al estilo de las órdenes de caballería de otras cortes.

Aquella capa les fue entregada por el soberano navarro en el acto solemne en el que habían sido nombrados caballeros.

Lo que entonces no portaban era el famoso collar con eslabones de plata en forma de hojas de castaño que también se les colocaba en dicha celebración.

Solo en ocasiones importantes utilizaban aquel distintivo.

En cuanto el médico examinó la herida, se pronunció sin clemencia.

―Es imposible salvar este brazo. Debemos cortarlo por el hombro o moriréis.

El herido se agitó en su lecho y todas sus arrugas se hicieron visibles en aquel rostro ajado por el sol, el agua y el viento.

―¡Juro por la lealtad que dispenso a mi rey y señor que, si no conseguís salvar mi miembro, yo mismo tajaré vuestro pescuezo como hacemos con los cerdos por san Martín!

―Lo siento, pero, como os he advertido, el humor negro se ha extendido y debemos evitar que se propague al resto del cuerpo ―trató de justificar Lot.

Martín de Viana levantó la voz para que fueran los soldados quienes lo escucharan.

―¡Hemos cabalgado casi doscientas leguas para regresar a Navarra, hemos empleado casi un mes para que ahora y aquí este hombre diga que mi brazo no tiene cura!

Cuando Martín de Viana comprobó que había captado la atención de todos los presentes continuó.

―¡Por Dios! ¡Sería mejor encomendarme a las reliquias de san Fermín que a la atención de este judío!

Golpeó una jarra de agua colocada sobre un pequeño mueble, derribándola y haciéndola caer al suelo con estrépito.

―¿Cómo un hombre con esta figura, incapaz de librar una batalla, va a ser quien cure a los soldados que defienden nuestro reino?

A Lot pareció no afectarle la humillación. Estaba acostumbrado, aunque la burla doliera.

―Aplicadme la medicina que entendáis, pero no permitiré que seccionéis mi brazo. Antes prefiero morir a perderlo ―lo amenazó.

Lot no intentó hacerle cambiar de opinión. Colocó con muchísimo cuidado el ungüento que utilizaba para aquellas heridas cuando los soldados volvían de las batallas y se limitó a anunciarle con voz quebrada.

―Volveré mañana al amanecer para comprobar cómo ha evolucionado.

―¿Eso es todo? Un simple ungüento. No son esas las curas que hacen sanar heridas como esta. Vos tenéis la experiencia de un médico, pero yo la de un herido en la batalla ―replicó.

Lot salió de la fría estancia con pasos muy cortos llevando el peso a uno y otro lado del cuerpo con cierta sincronía. Y en cuanto desapareció de la vista de todos los presentes, uno de los soldados, el más veterano, se acercó al lecho de Martín y le recriminó.

―No ha sido ese hombre el que os ha herido. Solo intenta curaros. Se trata de un médico real.

―Desconozco la razón por la que ostenta ese cargo, pero sé que no lo merece. Asiste a la reina Leonor, pero me contaron que apenas le administra caldos y bebedizos para curar su mal de tripas.

―¿No os fiais de él?

―Sé de sus errores y de sus desencuentros con numerosos cortesanos y desde ahora os pido que busquéis otro médico para que me trate.

―¿Creéis que una herida como esta sanará o no lo hará dependiendo de quién os atienda? Se trata de una lesión como tantas otras semejantes que médicos y cirujanos tratan en guerras y batallas ―repuso el veterano Julián.

―Lo sé, pero no todas son iguales y quizá haya alguien que pueda sanarme sin necesidad de amputar mi brazo ―se expresó sin ningún tipo de autocompasión.

Uno de los jóvenes médicos, un aprendiz que en aquel momento recogía las vendas purulentas que Lot había retirado al caballero, intervino para sorpresa de la pareja.

―Yo sé quién os puede ayudar.

Los dos soldados se volvieron hacia él como si descubrieran en aquel momento su presencia. El joven se retiró un par de pasos hacia atrás, arrepentido.

―¿Cómo osáis interrumpirnos? ¿Conocéis mejor que todos los presentes a los médicos y cirujanos más capacitados del reino? ―preguntó el imponente veterano plantándose ante él.

―Disculpadme. Tenéis razón ―repuso asustado el aprendiz.

El caballero Martín de Viana volvió a incorporarse.

―Julián, ¿acaso vos, que habéis permanecido años en Normandía, sabéis más que alguien que aprende cada día de los mejores médicos del reino? Dejadle hablar, por Dios, ¡es mi brazo! ―pidió mirando ahora al muchacho.

Este tardó en reaccionar, pero se atrevió al fin a apuntar lo que había pasado por su mente mientras los escuchaba.

―Jerónima, la herbolaria, es sin duda la que más sabe sobre heridas y sobre la forma de curarlas. Y Blanca, su aprendiz, ha asimilado sus enseñanzas. Os aseguro que obran milagros.

Martín no había oído hablar de las curanderas y miró a Julián para conocer su opinión.

―Dicen que son brujas, pero que saben más del cuerpo de los hombres que los propios médicos. Aseguran que pactan con Satanás para cuidar a sus pacientes ―refirió Julián.

―Es mi brazo y mi cuerpo el que se está pudriendo. Traedlas aquí de inmediato antes de que anochezca ―suplicó.